Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
soy profesor en un liceo obscuro,
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
que envejecieron sin arte ni parte.
En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -¡Nada!
me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo ¡para qué!
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara de un burgués
y con olor y con sabor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!
Por el exeso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan.
¡Estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras de diamante:
aquí me tienes hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.
Nicanor Parra (1914)
AUTORRETRATO
Al final de estos brazos unas manos
para tocar por gusto
o acercarle sustento
a la boca que pía.
Igualmente dos piernas acopladas
al tronco: lo pasean
con sus lagares dentro,
con sus filtros y bombas,
sus engranajes sordos.
De perfil me embellecen
un ojo y una oreja, media nariz, dos labios
mitad sobre mitad.
Y duros huesos a los que se enredan
músculos trepadores
regados por la sangre que heredé,
todo cubierto de porosa dermis
mal abrigada por vellosidades.
Pero yo, que habito una región
ignota en el cerebro,
sólo me reconozco íntegramente
en el pene y los testículos:
esos ojos no natos con trompa umbilical,
reliquias ancestrales
de las eras biológicas que confluyen en mí,
pura animalidad que me despierta.
¿Para qué sirvo entonces,
a qué puedo aplicar estos dispositivos,
exactamente qué he venido a hacer?
Vivir, pero además
vivir consciente,
vivir como si solo
fuese real la vida.
Y dar gracias a ciegas
a quienes me engendraron,
gracias al niño que me trajo aquí,
gracias a las muchachas,
al perro que me sigue y a la flor transitoria,
a la llovizna mística, a la luna de agosto,
gracias a los viajes que al llevarme
me hacen creer en casa,
y a las drogas felices, y a las decepciones
que me tienen humilde.
Esto soy. Gracias,
enormemente gracias.
Aunque, en verdad, no era necesario nada de esto,
muchas gracias.
Rafael Espejo (1975)
Violeta Parra, "Gracias a la vida",
Nicanor Parra, Chistes para desorientar a la (p/ol/ic/i/a/) poesía. Visor, 1989.
Rafael Espejo. Nos han dejado solos. Pre-Textos, 2009.
Estando tranquilo y con olor verde
en la tibia tarde del verano,
y el ruido de los aspersores
que entra por mi ventana.
Vamos todos a cantar con BOB
porque nos dejen en paz ya que aunque estamos
locos y no nos peinamos
y no fregamos los platos como es debido
ni nos conformamos nunca con la división entre
placer y deber, ni hacemos nada
como es debido
porque somos bastante inmaduros y no tenemos
sentido de la responsabilidad ni sentido común,
a pesar de todo esto,
nosotros no matamos a nadie, ni perfeccionamos
misiles, ni leemos el "TIMES",
porque para ser policía o presidente se necesitan
cosas que no tenemos y que no sabemos hacer;
además de lo más importante, y es que no queremos
hacer, como por ejemplo ser lógicos y cuerdos
ser cultos y cuervos
ser diplomáticos y cerdos;
cerdos con corbatas y blancas y amplias sonrisas y
comidas de negocios y neveras modernísimas
y vacaciones con camisas floreadas y todos esos
malditos jerseys a rayas que llenan maletas enteras
que pagan sobrecarga en "Iberia" porque "nos
vamos a Marbella".
Y todos los montones de hijos de todos esos seres
despreciables que lo controlan todo
y que están en todas partes
y que van en motos "vespino"
o en la "250",
motos que no se han hecho ellos mismos a mano
precisamente;
no como el amigo Holley que tenía una "Chopper"
hecha con sus propias manos con cacharros
que encontró en los botes de basura que me
servían de Restaurant cuando aún podían
encontrarse restos alimeneticios allí; pero bueno, no
hay problema porque todo está calculado
y previsto con varios millones de VERANOS de
antelación,
y seguro que al final no pasará nada malo y que
todos, tarde o temprano, abrirán sus ojos
como intento abrirlos yo ahora, aunque a veces me
quede medio dormido y me ponga un jersey
rayado y me beba una "Spritte";
y si algo intenta fallar, siempre está ahí Ferlinghetti
y Allen, e incluso Jacky
y hasta el mismo LOCO
y en último caso los BEATLES
o hasta podría ser que Elvis Presley
o Jimmie Dean,
para recordarnos cual es el Camino Correcto
(aunque lo sean todos o quien sabe)
Mauricio Valenzuela (1968-1996)
De: Mauricio Valenzuela, El aprendiz de brujo. Miss peoress poemass, Casa Doce, Chile, 1996.
Escribo por placer. Pero no siempre fue así. Obviando las operaciones escolares, mis primeras tentativas poéticas se debieron a una combinación de función emotiva y utilitarismo: eran cartas de amor. En realidad, un plagio, fruto del espionaje fraternal, de otras cartas de amor. Recuerdo la indignación que me causó, poco tiempo después, descubrir que esas cartas que había tan celosamente imitado eran a su vez una imitación bastante fidedigna de las Elegías de Sandua de Ricardo Molina. A pesar de aquella ausencia del original, no dudé en lanzarme a la búsqueda de esa originalidad, experimentando también la necesidad de sincerarme conmigo y con el mundo, aunque en secreto. Un ocultismo que tuvo que disolverse mientras anunciaban por el micrófono que había resultado ganador del premio del instituto y debía salir a recitar, delante de cientos de compañeros, una de mis íntimas diatribas medioambientales. Lo que sigue sería un poco largo y no tenemos tiempo de extendernos, pero creo que esto basta para ejemplificar algunas de las claves que a día de hoy me siguen importando: el sentido de canonicidad, tradición e individualización, la gestión institucional entre lo privado y lo público, o la escritura como un ejercicio que rara vez atiende a una preocupación exclusivamente estética.
Pero, ¿por qué un estilo? ¿y por qué este empeño en el arte? Reconozcamos, en primer lugar, que el arte posee varias raíces. A mí me interesa la que proviene del ritual. Es decir, un ajuste necesario, una reorganización y una dotación de sentido a través de una intensidad inusitada, sea cíclica o puntual, individual o social. Según Hauser, estos procedimientos se vincularon al arte ya durante el Paleolítico. Una estructura semejante, la de reparación, puede verse en el alma de los cuentos populares rusos, como nos muestra Propp. Dentro de esta noción, las elecciones de estilo implicarían, se sepa o no, una filosofía y un posicionamiento que serían, tal vez, sólo diferentes modos de afrontar una misma carencia mitológica.
Creo que este es el que más me ha gustado de todos los libros que he leído de Paul Auster. O tal vez es que he leído tantos libros suyos que ya no me acuerdo y simplemente este me ha gustado mucho. Pero no, de algo me acuerdo. Y puede que mis impresiones estén equivocadas, pero creo notar un cambio en esta, su última novela publicada. No es una abstracción pseudofilosófica sostenida en andamios policiacos. No es metaliteratura (y a la vez lo es quizá de una manera mucho más clara que en todas sus entregas anteriores). No es Niebla, de Unamuno. No es el marujeo neoyorkino de Woody Allen teñido de misticismo a lo Herman Hesse. Aunque obviamente tampoco es una obra completamente nueva y conserva detalles de todas esas raíces, por ejemplo el imaginario personaje llamado "Botellero", un vagabundo como los que callejean por La ciudad de cristal o la Trilogía de Nueva York. Parece que Austerha continuado la maniobra de aterrizaje que ya se percibía en El cuaderno rojo o en El libro de las ilusiones. Ha rebajado el melodrama, eliminando además escenas demasiado estrambóticas y ha diluido el argumento hasta hacerlo más creíble o, mejor dicho, más terrenal (no seré yo quien diga que en “la realidad” no suceden eventos estrambóticos). Por otra parte, esa disolución de la trama se acompaña de una amplitud de miras que, sin llegar a ser caleidoscópica –en primer lugar porque sigue reinando la omnisciencia narrativa, salpicada de trucos- se presenta, desde los propios títulos de cada capítulo (que ni siquiera son tales títulos, sino separadores vocativos) manifiestamente distributiva. Sigue habiendo un protagonista y una historia central, pero se ha nivelado el desarrollo de los personajes y casi todos nos resultan igual de interesantes. Pero no es sólo que Auster haya puesto los pies en la tierra, es que se ha politizado. Nos habla desde la actualidad, nos habla de Liu Xiaobo, de Obama y de Zona Cero. Y nos habla mucho y bien de literatura, de cine y de beisbol, lanzando continuamente bolas a una vida que es la nuestra. Nuestra vida que es también la del beisbol, el cine y la literatura. Y los cabos se quedan sueltos.
Difícilmente un título mejor hubiera podido elegir Mercedes Cebrián ante esta denuncia de la actual impostación identitaria que esLa nueva taxidermia. En dicho rótulo pudiéramos anticipar una crítica más a la superficialidad posmoderna, a los discursos refritos, a la oquedad política o la mascarilla económica (o, yendo más allá, a un horror vacui metafísico). Y sí, todo eso está sobrentendido, lo damos ya por dicho/hecho, y sería la vaporosa ausencia de la que penden los hilos de sus personajes, unos personajes que se buscan en las superficies, a veces en las de su propio pasado y otras en las superficies ajenas. Pero para reseñar adecuadamente este artificio, este teatro de títeres, que no deja de ser también otra película/lámina/superficie construida y rebuscada ex profeso, habría que empezar naciendo en el Madrid de los setenta, siendo mujer, aunando los recuerdos -también los inconscientes- que aunó Mercedes Cebrián en su niñez, revivenciar sus vivencias juveniles, luego licenciarse en Ciencias de la Información, escribir esas obras que ella guardó en un cajón y volver a escribir luego (la referencia a Menard, guiño al que muchos lectores se adelantan, tampoco falta en sus hojas) las que ella publicó. Habría que viajar. Habría que beber vino, y no barato. Y luego, además, habría también que ser, qué te digo yo, Jacques Lacan o Castilla del Pino. En cualquier caso, nadie al alcance de mi mano. Pero sí me apetece apuntar algo evidente que vincula el punto narrativo en que ambas aventuras (la novela se compone de dos argumentos) se dan por terminadas. Es el momento angular en que los personajes renuncian o dan por finalizada la simulación que venían llevando a cabo. Y como la lectura metaliteraria salta a la vista, uno no puede menos que preguntarse ¿qué pasará ahora con la vida de Mercedes Cebrián? ¿Y cómo será su próxima novela?
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Y hoy, 1 de abril, me he encontrado con Amy, mi compañera californiana de doctorado y, mientras degustábamos tapas vegetarianas en un bar del Realejo, me ha contado que en sus clases de inglés, que da a un grupo de empresarios, ofrece unos muñequitos a sus alumnos y estos se los ponen en los dedos y hablan a través de ellos. Les gusta, dice. Se divierten.
Todavía me queda menos de un tercio de libro, y no tengo ninguna prisa por acabar de leerlo. Hace tiempo que me libré de ese vicio infantil que devoraba novelas con ansiosa fruición hasta arrancarle el silencio a su última y orgásmica hoja. Ya sabéis de lo que hablo, cuando la novela era buena, después de ese punto y final sucedía una inevitable mezcla de satisfacción y, bueno, melancolía: la de saber que no podríamos volver a revivir el disfrute ingenuo y primitivo de la lectura virgen. Un temor parecido es el que me hace ahora espaciar la lectura de El ladrón de morfina y alternarlo inevitablemente con otras lecturas -otra sarna con gusto de la que jamás me libraré- o retrasar su avance en las franjas vacías de la agenda cotidiana. Y no porque tema su colofón. A estas alturas ya intuyo que ésta es una de esas rayuelas que no tiene final, precisamente porque su componente adictivo no reside tanto en la anécdota -a pesar de la elegante administración del suspense con que nos deleita Mario Cuenca Sandoval- como en el vaho que empaña la retina de sus protagonistas. Ese cristal fotográfico, opiáceo y subterráneo. Esa conjunción de rojo, blanco y negro, que da la nieve, la sangre y la amapola. La certeza de que nuestros humores se derriten y es una locura -bella, pero locura- intentar rescatarlos mediante obturadores o teclados, de que la verdad planea entre la imaginación y la materia sin hacer en ningún árbol su nido.
No hace mucho, a propósito de un reportaje, el autor bromeaba sobre su inclusión en una lista de autores nocilleros. La verdad es que no tengo muy fresca la lectura de Nocilla dream, pero puestos a buscar afinidades algunas saltan a la vista: ambas juegan a la oca con las elipsis engarzadas, ambas revuelven el puzzle caleidoscópico, ambas comparten un marco global y más o menos contemporáneo, ambas destripan el monólogo interior de sus protagonistas, lo condimentan y lo confunden exquisitamente. Yo apreciaría, además, el gusto por un tempo moderato y el enciclopedismo tanto cientificista como pop. Y también la transparencia narratológica. Vamos, que sí. Pero también diferencias, en El ladrón de morfina hay menos disgregación y menos trama, y es en esa mayor saturación de la sustancia donde se hace posible espesar, ahondar, embriagarse, sumirse y suministrarse cuantas dosis apetezcan a nuestra voluntad. Yo lo consumo con moderación, como buen gourmet.
El hombre, monstruoso creador de momias, detiene la realidad porque, en rigor, desearía detener el curso de los años, prolongarse.
De Mario Cuenca Sandoval, en El ladrón de morfina. 451 Editores.
Los cadáveres de las opciones tienen su propio cuerpo tembloroso que se aparece cuando hace frío, flotando en el agua. Tienen los ojos abiertos dentro del río.
Reducida a elegir, soy testigo de mis propios crímenes, de las mutilaciones de todo lo que no tuvo la oportunidad. Sólo en la duda lo infinito sigue siendo posible.
Si yo decidiera, ¿cómo librarme de esos fantasmas, cómo dejar de pensar en la muerte, la muerte, la muerte de las posibilidades?
Llevaba mucho tiempo escuchando hablar de este libro hasta que por fin, hacia octubre o noviembre del 2009, tuve la suerte de que un amigo me lo dejara. Durante su lectura pude experimentar de nuevo esa característica tan propia de las obras realmente significativas: cientos de intuiciones e ideas dispersas, sólo esbozadas con precaución o parcialmente anotadas en mis cuadernos, venían ahora a concretarse y aparecer descritas de manera metódica y pormenorizada. Ocurrencias que anteriormente había atribuido a un exceso de paranoia conspiratoria o resentimiento social, se exponían como sencillos retratos de la sociedad occidental capitalista hacia finales del s. XX. No en vano, la autora es una de las teóricas de las revueltas sociales francesas de los 60 y 70. Como tantas y tantos otros, su obra ha sido escasamente traducida al castellano. Esta edición del 2004, por ejemplo, se debe a una distribuidora alternativa llamada Colla Xicalla, de la que ignoro si sigue funcionando. El original en francés sí puede encontrarse.
Habría mucho más que copiar, y también mucho sobre lo que debatir. He procurado ofrecer una muestra de diferentes puntos, pero lo cierto es que el librito entero no tiene desperdicio. La pena es que, como decía antes, es difícil de encontrar en castellano. Dejo, al menos, mi granito de arena para la difusión del título y el nombre de su autora. Así que aquí tenéis unos botones:
WELCOME
“Nosotros no estamos en el mundo”
ARTHUR
Existe sobre la Tierra una especie animal en la que el pequeño que sale del vientre de su madre es cogido por un adulto por las patas traseras y, cabeza abajo, golpeado, hasta que grita. Después de hacerle dar vueltas en todos los sentidos, se lo embala y se lo coloca aparte. El cuerpo caliente y alimenticio que lo envolvía y sobre el cual, como todo animal después del agotador trabajo de nacer, desea reposar, está fuera de su alcance. Escupido al instante en el espacio inmenso encuentra el vacío, y vive en solitario la aventura más fundamental que nunca fue ni volverá a ser vivida. No está en el mundo, sino a un lado. No tiene ningún asidero, todo viene de fuera cuando quiere. Todo lo que puede hacer es gritar.
La cría de esta especie tiene el grito más rabioso y lastimero de toda la fauna terrestre.
El adulto que, cuando oye en la noche la insistente voz de un gatito, sabe que se trata de un abandonado, no intenta interpretar los gritos de su propia cría: está acostumbrado, los ha oído siempre. Los encuentra “naturales”.
[…]
LA EMPRESA MUNDIAL DE EXPLOTACIÓN
“Oh, madre mía, ¿por qué me has dado la vida?”
JEREMÍAS
La mecánica del juego
El mundo en que nacemos –la sociedad industrializada- es, y ni siquiera intenta ocultarlo, una Empresa mundial de explotación de cosas, bestias y personas, por un pequeño número de personas, a algunas de las cuales se las conoce incluso por su propio nombre (ejemplo: Paul Getty, “el hombre más rico del mundo”, que se hizo célebre después del rapto de su nieto y de su negativa a pagar el rescate), todos ellos adultos, machos y blancos (aparte de algunos japoneses, pero que se han blanqueado mucho a la sombra del Hilton) que, a fuerza de eliminar a los más débiles, han concentrado y concentran sin parar en sus manos, cada vez más, bienes y poderes.
Estos personajes son el desenlace lógico de la mecánica de las relaciones de competición y dominación que funciona en las sociales patriarcales.
[…]
Definida en términos de Empresa, la familia, institución bajo control, es una pequeña unidad que produce, por medios artesanales (por el momento no se conoce de ninguno más), no precisamente niños, sino un determinado modelo de humano adecuado para asegurar, como explotado en general, y como explotador en el caso de algunos ejemplares seleccionados, la continuación y la expansión del Negocio.
La función de los padres, en términos de Empresa, es la de elaborar, a partir del material en bruto niño, el modelo domesticado que satisface a la demanda.
Y, estadísticamente, lo hacen. La prueba es que la Empresa continúa funcionando. Si no sirvieran el pedido social todo el montaje se vendría abajo. En una sola generación.
[… ]
Naturalmente, ellos no ven así las cosas. Ya que han sido tratados para que las vean de otra forma: como su “tierno deber”. Educan, forman, controlan a sus hijos por amor y por su bien (“Es por tu bien”) y su protección. En general desean su felicidad y están persuadidos de que les ayudan al integrarlos en la sociedad –a la que no ponen en discusión- y de la que son las inconscientes herramientas. Ignoran que la educación es política. Creen que se trata de algo privado.
[…]
Resumiendo la cuestión: la escuela ha evolucionado fielmente, o mutado, en profunda armonía con las necesidades de la Industria y los servicios. A pesar de las resistencias internas, es el semillero de material humano adecuado. Es una copia exacta de sus estructuras, y las transmite: sumisión, competición, segregación, jerarquización, y aburrimiento mortal del alma.
[…]
La parte más trivial de la crítica es que ésta es la forma como la medicina crea su clientela. Si por lo menos la corrupción no pusiera en primer plano el principio: el interés del Cuerpo médico está unido a la mala salud de las personas (En la China tradicional el médico cuidaba de un determinado número de familias a cambio de una retribución anual si seguían sanos. Cuando uno de los miembros caía enfermo se dejaba de pagar al médico. De esta forma, el interés del médico estaba íntimamente relacionado con la salud de sus pacientes).
Pero es que todavía es más grave: la medicina contribuye a preparar el cordero tembloroso de la Empresa.
[…]
Ahora Edipo existe: podemos encontrarlo. Ha entrado en la “Naturaleza humana”. Se lo encuentra en estado puro principalmente, a decir verdad en los hijos de psicoanalizados y, de no ser así, en familias enteradas. Lo cual le sucede u poco a todo el mundo, dado que Edipo ha sido ampliamente divulgado. Es más raro entre los incultos. Y está absolutamente ausente donde no existe el poder del padre, lo cual ya habían señalado Malinowski y Reich, y que en aquella época ya hubiera debido dar qué pensar. Se ha tenido que esperar bastante para que la lógica funcione. En la actualidad se atreven a alzarse algunas voces (Kate Millet, La politique du mâl (Sexual politics), Stock; Luce Trigaraï, Speculum, Minuit.) Se acabará por comprender que Edipo es un artefacto.
Pero tan cómodo. Nunca una historia tan mal construida hubiera podido arraigar si no tuviera una función social eminente.
El código edipiano oculta la opresión de los niños.
Afirma el poder del padre, justifica la opresión que inflige; si no como persona, a título de instrumento de transmisión de la ley social.
Limita toda la vida infantil al pequeño núcleo familiar (Guattari y Deleuze, L´Anti-OEdipe, Minuit, 1972).
[…]
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