blog de Jorge Díaz Martínez

domingo, 5 de octubre de 2014

Poets Corner Hostel


Photo by Gasel Ximena

Me han pasado algunas cosas.
Cosas que me suceden a mí, o simplemente suceden, y me siento en ellas reflejado.
Como en esta foto en el Poets Corner Hostel, el mejor sitio al que podía haber ido a caer en Olomouc, sin duda alguna.
Caer significa eso.
En Olomouc la belleza y el desengaño conviven
como en una salsa agridulce
que devoro.


jueves, 10 de julio de 2014

Hace ahora casi cinco años





Hace ahora casi cinco años regresé de China con una idea en mente, acabar el doctorado y escribir la tesis. Pues bien, misión cumplida.


Lo que he vivido en este tiempo, y lo que me ha cambiado, no os lo podría resumir. Suena a canción pero es cierto. Y ha sido para bien.


Quiero dar unas gracias extensivas. Os deseo lo mejor y os quiero mucho.

Tengo ganas de seguir viviendo.


Abrazos y besos



viernes, 27 de junio de 2014

Un poema de Pilar Adón. Mente animal.





Todo ha de ser simple: pelar patatas, triturarlas.
Lavar, tirar el agua.
Mantener el cuerpo en orden, maquinal.
Sin echar raíces. Sin pensar "esto es mío".
Ni una silla ni una cama.
Sin alentar el pensamiento al fondo.
Vestir las piernas y vestir el pecho
de manera que parezca normal.
Sin asumir más de lo posible. Buscar la luz
y salir al pasillo.
Avanzar entre paredes, aceptar su poca anchura.
Querer descansar el peso, deshacerse de él.
Que nada ensucie el ritmo aprendido,
la pausa en las comidas, los horarios del sueño.
La franqueza de la confesión
que hace de ella un acto de enmienda.
La rectitud de una imagen
y lo curioso de este mal
que cuando no está nunca estuvo
y si está en otros, parece extravagancia.
Mas está. Y no sirven las lecturas ni la mente.
La luz del cielo, las parras y sus frutos.
La farola ambarina. El camino cuidado.

Asoma la infección y no hay planes ni memoria.
Todo lo que se puede hacer:
llevar una existencia simple. Pelar patatas,
triturarlas. Tirar el agua.

Pilar Adón
Mente Animal
La Bella Varsovia, 2014.


domingo, 15 de junio de 2014

El primer grillo del verano






-¿Estás oyendo, cari? Es el primer brillo del verano.





Descalzo en las aceras, sin rencores, ni miedo, ni conciencia.

Y la respiración como una herida de aire,

como una pupila de aire. 


Cuando lo tenía todo por perder
porque no había ganado nada todavía.








jueves, 24 de abril de 2014

Égloga de un desayuno





 
Soy consciente de que una de las claves de la salud es ajustar los propios ritmos biológicos a los ciclos de la naturaleza, y si bien durante la mayor parte de mi crecimiento nunca he albergado seriamente la intención de ceñirme a esta regla (pues desde infante la noche me ha servido de despacho privado), hace ya algunos años que lo vengo probando con relativo éxito. El tener un horario laboral, desde luego, ayuda considerablemente, aunque tampoco es una garantía. Las obligaciones estudiantiles, en cambio, son de otro costal. Durante mi época universitaria en Granada (que ahora me regresa en forma de doctorado), cuando iba a visitarla, mi abuela me echaba la regañina: “¡La noche es para dormir!”. Y yo le devolvía la razón junto con una sonrisa, porque en el fondo no podía admitirlo, y es que algunas de las mejores mociones de mi vida sucedían a horarios intempestivos. Para empezar, la propia literatura, ya que desde muy niño adquirí el hábito de llegar onírico al colegio, y a veces todavía con las pantuflas puestas, como consecuencia de haberme gastado media noche alumbrando novelas intrigantes (recuerdo, por ejemplo, las de El pequeño vampiro, que devoré antes de pasar a géneros menos nobles). Con la edad adulta, o semi-adulta, resultó que el vicio se fue agravando inevitablemente en relación directamente proporcional a las obligaciones académicas o laborales. De manera que si la literatura requiere cierto margen de tiempo material en el que zambullirse y olvidarse, de cuantas menos franjas libres de criterio se dispongan más bocados al periodo de sueño le daremos. Y esto plantea un dilema quijotesco ¿dormir o leer? de aristotélicas concatenaciones. Cuando el reloj anuncia el comienzo del día después del mediodía y la luz se evapora como sal de rocío, constatamos que andamos de nuevo en la celada y sabemos, aunque no lo reconozcamos, del peligroso bucle progresivo que puede llevarnos a dar como en noria de feria completamente el giro a la jornada hasta amanecer de nuevo sonrosados y frescos en el turno correspondiente de nuestras buenas siete de la mañana, pero catorce días después. Cualquiera reconoce que es preferible reposar en franjas equivocadas a no hacerlo, como cuando acudimos insomnes al sudor evangélico. Sin embargo, los libros no serán los únicos culpables de este solapamiento. Quien dice literatura dice cine o música o sexo o vapor (de varias variedades, se entiende). Y de hecho, a algunos insomnes profesionales les basta con la contemplación de un cigarrillo. No menciono el caso de los bebés para no profundizar en el asunto, me refiero a otros trances. En resumen, el placer de pasar la noche en vela disfrutando de un buen libro, una mala mujer o unos sabios amigos, eso que tan profundamente se imbrica en nuestra consumación artística, es algo que se me hace difícilmente incompatible con la buena salud, o todo lo contrario. Y si de consumir literatura pasamos a producirla, mejor no hablamos. Con todo, yo conservo en mi mente una suave querencia, que algunos meses se torna sincera melancolía, por las mañanas despejadas, fragantes, el ejercicio físico diurno, aquella ligera prisa matutina y la flagrante ayuda que presta a quien madruga Dios.




miércoles, 23 de abril de 2014

Los primeros libros de la humanidad, de Fernando Báez.







Alabaré al Señor de la sabiduría, al dios sensato,
que se irrita por la noche, pero se calma llegado el día.
A Marduk, Señor de la sabiduría, el dios sensato,
que se irrita por la noche, pero se calma llegado el día,
que con su furia envuelve todo como un día de tormenta,
pero cuyo soplo es agradable como la brisa del amanecer.
Su cólera es irresistible, su irritación es un diluvio,
su corazón es misericordioso y su mente dispuesta al perdón.
Los cielos no pueden soportar el golpe de sus puños,
pero su mano es cordial, ayuda al desesperado.
Marduk, los cielos no pueden soportar el golpe de sus puños,
pero su mano es cordial, ayuda al desesperado.


Fragmento de Ludlul Bel  Nemeqi
(Alabaré al Señor de la sabiduría, poema babilónico en escritura cuneiforme, en torno al 2000 a. C.)



Para hacerle honor a este Sant Jordi, día de la rosa y el libro (porque yo nunca he dejado de vivir en Barcelona, como tampoco en Granada), no se me ocurre nada mejor que recomendar esta obra: Los primeros libros de la humanidad. El mundo antes de la imprenta y el libro electrónico, del venezolano Fernando Báez. Me gustan especialmente los pasajes en que el autor deja salir su voz personal y nos revela alguna de las aventuras –en ocasiones, trágicas y novelescas- que acompañaron su redacción. La estructura cronológica lineal y las descripciones técnicas, si bien pueden hacerse aburridas en algunos momentos, dan sentido a la Historia que anuncia el título, y además, se incluyen citas y fragmentos de aquellos primeros “libros”, es decir, de lo poco o mucho que ha llegado, mejor que peor, hasta nosotros. Así que este ejemplar tiene varios atractivos: el relato de cómo fue escrito (peripecias alrededor de un mundo envuelto en conflictos bélicos internacionales y revoluciones armadas, bibliotecas y museos saqueados y destruidos por tropas nativas o extranjeras), el de su propio asunto (el origen de lo que hoy llamamos “libro”, los primeros soportes de la palabra escrita), y el de las citas ancestrales, todo ello acompañado de comentarios eruditos sobre las lenguas y culturas pretéritas. El autor reconoce que estuvo a punto de morir antes de concluir su redacción. Se ha convertido de inmediato en un best seller, y con razón: corazón de los libros.


Cita:


En África, se mantiene la idea de que el libro fue inventado en el reino de Mali: un rey quiso proteger a los hombres de las maledicencias de los dioses y para avergonzarlos comenzó a archivar los hechos de estos últimos en el Libro de la Verdad. «Salvamos la cultura de Occidente: aquí estuvo la primera universidad del mundo, aquí se puede saber cuál es la otra España», me decía en cambio mi guía en el camino hacia Tombuctú, un joven llamado Modibo, que había intentado vivir ilusamente de los fondos de una fundación cuyo dinero desapareció, como tantas otras cosas, de una sociedad internacional que apoyaría la agricultura en África. Mali es uno de los quince países más pobres del mundo, hoy dividido y en guerra.


«De no haber sido por nosotros, los libros de la memoria de al-Ándalus se habrían perdido, la gran biblioteca de Mahmud Kati», explicaba mientras llegábamos a ese paisaje que probablemente sólo verán futuras generaciones de astronautas en otros mundos y que por ahora es la tormenta de arena seca y asfixiante que es Tombuctú, en las cercanías del mítico río Níger, donde se construyó una biblioteca con cientos de manuscritos en árabe, hebreo y castellano aljamiado que salieron de España cuando fueron expulsados los moros en 1942. Hay de todo, pero fuera del edificio –similar a una fortaleza- la sombra quema, las piedras hierven a 47 grados, de modo que preferí escuchar una historia que acabaría por ser esencial en mi busca: «Tombuctú es la ruta comercial transahariana más importante y prueba que hubo bibliotecas ambulantes entre los continentes».


Fernando Báez
Los primeros libros de la humanidad. El mundo antes de la imprenta y el libro electrónico
Fórcola Ediciones, 2013