blog de Jorge Díaz Martínez

domingo, 5 de octubre de 2014

Poets Corner Hostel


Photo by Gasel Ximena

Me han pasado algunas cosas.
Cosas que me suceden a mí, o simplemente suceden, y me siento en ellas reflejado.
Como en esta foto en el Poets Corner Hostel, el mejor sitio al que podía haber ido a caer en Olomouc, sin duda alguna.
Caer significa eso.
En Olomouc la belleza y el desengaño conviven
como en una salsa agridulce
que devoro.


viernes, 27 de junio de 2014

Un poema de Pilar Adón. Mente animal.





Todo ha de ser simple: pelar patatas, triturarlas.
Lavar, tirar el agua.
Mantener el cuerpo en orden, maquinal.
Sin echar raíces. Sin pensar "esto es mío".
Ni una silla ni una cama.
Sin alentar el pensamiento al fondo.
Vestir las piernas y vestir el pecho
de manera que parezca normal.
Sin asumir más de lo posible. Buscar la luz
y salir al pasillo.
Avanzar entre paredes, aceptar su poca anchura.
Querer descansar el peso, deshacerse de él.
Que nada ensucie el ritmo aprendido,
la pausa en las comidas, los horarios del sueño.
La franqueza de la confesión
que hace de ella un acto de enmienda.
La rectitud de una imagen
y lo curioso de este mal
que cuando no está nunca estuvo
y si está en otros, parece extravagancia.
Mas está. Y no sirven las lecturas ni la mente.
La luz del cielo, las parras y sus frutos.
La farola ambarina. El camino cuidado.

Asoma la infección y no hay planes ni memoria.
Todo lo que se puede hacer:
llevar una existencia simple. Pelar patatas,
triturarlas. Tirar el agua.

Pilar Adón
Mente Animal
La Bella Varsovia, 2014.


jueves, 24 de abril de 2014

Égloga de un desayuno





 
Soy consciente de que una de las claves de la salud es ajustar los propios ritmos biológicos a los ciclos de la naturaleza, y si bien durante la mayor parte de mi crecimiento nunca he albergado seriamente la intención de ceñirme a esta regla (pues desde infante la noche me ha servido de despacho privado), hace ya algunos años que lo vengo probando con relativo éxito. El tener un horario laboral, desde luego, ayuda considerablemente, aunque tampoco es una garantía. Las obligaciones estudiantiles, en cambio, son de otro costal. Durante mi época universitaria en Granada (que ahora me regresa en forma de doctorado), cuando iba a visitarla, mi abuela me echaba la regañina: “¡La noche es para dormir!”. Y yo le devolvía la razón junto con una sonrisa, porque en el fondo no podía admitirlo, y es que algunas de las mejores mociones de mi vida sucedían a horarios intempestivos. Para empezar, la propia literatura, ya que desde muy niño adquirí el hábito de llegar onírico al colegio, y a veces todavía con las pantuflas puestas, como consecuencia de haberme gastado media noche alumbrando novelas intrigantes (recuerdo, por ejemplo, las de El pequeño vampiro, que devoré antes de pasar a géneros menos nobles). Con la edad adulta, o semi-adulta, resultó que el vicio se fue agravando inevitablemente en relación directamente proporcional a las obligaciones académicas o laborales. De manera que si la literatura requiere cierto margen de tiempo material en el que zambullirse y olvidarse, de cuantas menos franjas libres de criterio se dispongan más bocados al periodo de sueño le daremos. Y esto plantea un dilema quijotesco ¿dormir o leer? de aristotélicas concatenaciones. Cuando el reloj anuncia el comienzo del día después del mediodía y la luz se evapora como sal de rocío, constatamos que andamos de nuevo en la celada y sabemos, aunque no lo reconozcamos, del peligroso bucle progresivo que puede llevarnos a dar como en noria de feria completamente el giro a la jornada hasta amanecer de nuevo sonrosados y frescos en el turno correspondiente de nuestras buenas siete de la mañana, pero catorce días después. Cualquiera reconoce que es preferible reposar en franjas equivocadas a no hacerlo, como cuando acudimos insomnes al sudor evangélico. Sin embargo, los libros no serán los únicos culpables de este solapamiento. Quien dice literatura dice cine o música o sexo o vapor (de varias variedades, se entiende). Y de hecho, a algunos insomnes profesionales les basta con la contemplación de un cigarrillo. No menciono el caso de los bebés para no profundizar en el asunto, me refiero a otros trances. En resumen, el placer de pasar la noche en vela disfrutando de un buen libro, una mala mujer o unos sabios amigos, eso que tan profundamente se imbrica en nuestra consumación artística, es algo que se me hace difícilmente incompatible con la buena salud, o todo lo contrario. Y si de consumir literatura pasamos a producirla, mejor no hablamos. Con todo, yo conservo en mi mente una suave querencia, que algunos meses se torna sincera melancolía, por las mañanas despejadas, fragantes, el ejercicio físico diurno, aquella ligera prisa matutina y la flagrante ayuda que presta a quien madruga Dios.