blog de Jorge Díaz Martínez

viernes, 1 de mayo de 2020

Es necesario creer en la poesía


Con motivo de este 1 de mayo he querido leer un poema inédito que, sin estar directamente dedicado a los trabajadores, sí contiene una reflexión sobre las desigualdades sociales y cómo el ejercicio de una labor intelectual o artística no se opone -al igual que intentaba explicar Maiakovski en su famoso poema- a los trabajos manuales o físicos, sino que hay que luchar porque la cultura sea un bien accesible para todos, o como decía Lorca: "si me quedara en la calle, yo no pediría un pan, sino medio pan y un libro" (más o menos, cito de memoria :)
📚


domingo, 26 de abril de 2020

El dibujo se convirtió en escritura


Con motivo de la #semanadellibro #encasa 
recito este poema.
Pertenece a mi próximo libro:
Escribiendo mandalas
ilustrado por María Ortega Estepa
y que publica Ediciones En Huida




jueves, 23 de abril de 2020

El infinito en un junco, de Irene Vallejo

¡Feliz Día del Libro!

Para celebrar este día, los profes de mi instituto hemos querido enviarles a los estudiantes un pequeño vídeo leyendo cada uno un fragmento de algún libro, para hacerles así un poco de compañía y que vean que no les olvidamos. Lo comparto también en mis rrss, porque creo que el libro, y este día, lo merece. 

Se titula: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Es un ensayo divulgativo sobre el origen de los libros, la escritura, las bibliotecas y la literatura. Está cargado de anécdotas, de intertextos de otras lenguas y de fragmentos de la biografía de la propia autora, así que es en realidad de género mixto, un raro espécimen, a colocar en la estantería de los inclasificables, mis favoritos. 

Me lo estoy leyendo a sorbos, con tranquilidad, primero porque quiero que me dure, y porque además está escrito por capitulitos, unos capitulitos que se adaptan muy bien a ese ritmo  espaciado de lectura, ideal para antes de dormir, y que también permite combinarlo con otros menesteres y lecturas, como hacemos los incorregibles.

A pesar de que la denominación "ensayo divulgativo" que le he atribuido no parece anunciar grandes sensaciones, la verdad es que en muchos momentos me emociona e incluso me trasporta a estados de epifanía espiritual. A mí me lo regalaron gracias a una columna de Juan José Millás, en la que lo alababa, y que leyó en el periódico la persona que me lo regaló. Como siempre, unos textos nos dirigen a otros, porque así es el sistema de reproducción natural de la literatura, por esporas. Juan José Millás leyó este libro y escribió una columna sobre él, alguien leyó su columna y me lo regaló. Y yo ahora escribo aquí para que tú algún día también lo leas. 



lunes, 6 de abril de 2020

Shock Therapy & Covid-19


Naomi Klein se hizo famosa con la publicación del ensayo No logo, que muchos recordaréis, donde, básicamente, revisa la influencia del poder económico sobre las sociedades en el contexto de las grandes corporaciones de hoy en día. Pocos años después, en Shock Therapy (La doctrina del shock) describía una estrategia de manipulación masiva (según Klein, propia del capitalismo) basada en la creación de un falso problema (o, simplemente, la creación de un problema real) que generaría un estado de alarma (miedo), tras lo cual la sociedad aceptaría, incluso de buen grado, la imposición de algunas "soluciones" previamente prescritas para dicho problema prefabricado.

Este modelo se aplica a diversos eventos de la historia reciente. Pero, por citar solamente un caso cuyo "problema prefabricado" ha sido públicamente desmentido incluso por los mismos que lo publicitaron, recordemos las pruebas presentadas ante la ONU sobre la irrefutable existencia de armas de destrucción masiva en Irak, tras lo cual, con el beneplácito de la ONU, una alianza internacional de países occidentales se vio legitimada para intervenir militarmente dicho estado.

La difícil aceptación de estas teorías conspiracionistas —que denuncian la intencionalidad programada de tales operaciones encubiertas, siempre planificadas por algún organismo en la sombra— es su falta de credibilidad a gran escala, pues a la mayoría de las personas les resulta imposible aceptar por mucho tiempo que existan poderosas organizaciones, no siempre coincidentes con las instituciones políticas, cuyos objetivos no incluyan necesariamente la protección de la salud y la vida de los individuos que componen las sociedades.

Es decir, a la mayoría de la gente le resulta difícil, si no imposible, admitir durante un periodo prolongado de tiempo que los gobiernos de nuestros países, así como los organismos internacionales que componen, mientan y manipulen sistemáticamente a los ciudadanos, y que por tanto nuestras vidas se hallen continuamente bajo un estado de engaño controlado a través de distintos sistemas culturales, ideológicos e institucionales. Se entiende que no es fácil admitirlo: ni emocionalmente, ni para el orgullo asociado a la propia identidad. Por lo tanto, podemos tener el engaño delante de nuestras propias narices sin ser capaces de verlo, de creerlo o de aceptarlo.

Instintivamente, estamos programados para confiar y obedecer a unas figuras de autoridad que, aunque puedan a veces castigarnos, en última instancia procuran nuestra seguridad, protección y beneficio. Estas estructuras psicológicas de obediencia y credulidad hacia unas figuras de autoridad de las que dependemos provienen, obviamente, de las estructuras familiares primigenias, tanto animales como humanas, dándose el caso de que numerosas sociedades animales generan asimismo, como es sabido, figuras de autoridad o "líderes de la manada", más allá de la estructura unifamiliar. Nuestras organizaciones políticas no son más que la sofisticación de la tendencia de los mamíferos a generar una guía común.

Actualmente, nos resulta casi inaceptable, psicológicamente hablando, admitir una situación en la que nuestros "políticos-padres" nos sometan a diversos grados de manipulación, llegando incluso a atentar contra nuestra integridad personal. Sin embargo, en tiempos pretéritos la conciencia de la brutalidad, la violencia, la esclavitud y, en definitiva, del sometimiento al poder (de la fuerza) y a una jerarquía establecida se daba por sentado; así pues, quedaba menos espacio para el engaño ideológico y para una pretendida ilusión de libertad sociopolítica. Sin embargo, también desde muy antiguo los gobernantes han tenido conciencia de la conveniencia de controlar a las sociedades desde la manipulación ideológica, en vez de con la fuerza bruta. De otro modo, muchos soldados no se alistarían para morir voluntariamente en defensa de los intereses de, pongamos por caso, una casa real o un nuevo estado.

¿Cómo se aplica todo esto a la situación que estamos viviendo actualmente? Hay distintas teorías, pero, desde luego, todas juegan la misma baza en contra: la gente no cambia fácilmente de opinión y mucho menos admite estar siendo engañada. Admitirlo significaría resquebrajar el paradigma de realidad sociopolítica en el que el sujeto se encuentra cómodamente instalado, con la subsecuente inseguridad respecto a qué creer, desorden emocional y paranoia. Lo menos problemático, por tanto, es seguir ciegamente el discurso oficial, cosa que, al mismo tiempo, nunca antes había sido tan sencillo, pues nunca antes las sociedades habían estado, como ahora, tan controladas desde unos medios de comunicación tan instantáneos, eficientes, centralizados y universalmente homogeneizados.

jueves, 2 de abril de 2020

Quédate hygge en casa





Era todavía el invierno de 2017, yo vivía en Polonia y también, como ahora, en una especie de confinamiento climático y cultural. Durante los meses más fríos del invierno, incluso para los propios polacos la vida se hace dura, y es forzoso pasar la mayor parte del tiempo a cubierto en unas casas, por cierto, muy bien acondicionadas. Entre mis estudiantes se puso de moda la palabra hygge, un concepto escandinavo que viene a referirse a cómo estar a gusto en casa, teniendo en cuenta que vas a pasar muchísimo tiempo dentro. La idea es de sentido común, pero es lingüísticamente reseñable que la acuñación de un término específico para estar relajado entre cuatro paredes, escuchando música, leyendo libros y bebiendo infusiones, provenga de esos países donde la natura empuja forzosamente a ello. Durante aquellos meses de soledad en Lublin, entre mis ocupaciones claustrofóbicas se encontraba la del arte y ensayo del autorretrato fotográfico, de lo cual vino a darse uno de mis fotogramas biográficos favoritos, que titulé Night-time. Viviendo ahora otro encierro tan distinto, acunado por un amable mar, en la costa de Algeciras, pero inmerso también en las repeticiones a las que el confinamiento nos obliga, anoche mismo, sin demasiada premeditación, la homenajee, quiero decir que reproduje la representación de aquella foto. El arte es otro modo de pasar, volverse sobre uno mismo y adentrarse. El arte, más allá de la pericia que cada cual imprima en su destreza, es una dimensión irrenunciable para una confortable hygge life. Por algo se llaman nórdicos los edredones nórdicos, y es que nos lleva centurias de ventaja en esto de sentirse cómodamente encerrados. Así que mucho hygge: esa conceptualización escandinava del bienestar hogareño que tanta falta nos hace estas semanas.




sábado, 21 de marzo de 2020

Instrucciones para jugar al ajedrez


Contribuyo a este día internacional de la poesía 
recitando un poema que, aunque no tiene título, 
bien podría llamarse 
"Instrucciones para jugar al ajedrez".
Pertenece a mi próximo libro que, si el coronavirus lo permite, 
aparecerá muy pronto en Ediciones En Huida. 

Feliz poesía y feliz vida.




miércoles, 12 de febrero de 2020

Para leer en forma interrogativa, Julio Cortázar


Era un doce de febrero, aniversario del fallecimiento de Julio Cortázar, pero yo no lo sabía. 
Era un viernes por la tarde y no tenía nada mejor que hacer que leer a Cortázar. 
Me grabé varias veces, como podréis comprobar. 
Luego lo supe y me llamó la atención tanta casualidad, 
esas casualidades que tanto encandilaban a Julio.  







domingo, 2 de febrero de 2020

Salvo el crepúsculo



No recuerdo si fue a los diecinueve o a los veintiuno, cuando decidí esperar para leer a Cortázar. Había en casa, la casa de mis padres, un ejemplar de Rayuela. Comencé a leerla pero me pareció que, si en aquel momento no me enganchaba, si me parecía una prosa espesa y superficial que aparentemente no contaba nada, era porque, debido a mi juventud, no había alcanzado todavía el grado de decepción-necesaria para apreciarla, para consentir en esa acumulación de los detalles mundanos, esa descripción de un devenir sin nudo narrativo, donde la enunciación de las atmósferas era más importante que una trama intrigante, donde la voz lo era todo, porque para mí la voz todavía tenía que contar directamente algo, pero que, sin duda, con un poco de paciencia, cuando hubiera vivido un poco más, me identificaría con esa narración arrastrada, abandonada, adherida a las esquinas de París. Y cerré el libro. Y esperé. Esperé más de diez años para sacar un ejemplar olvidado en los estantes de una fría universidad en el norte de China, a la que había acudido como lector de español. Y entonces sí. Y desde entonces no ha dejado de ser uno de mis autores de cabecera, o debería decir que desde entonces soy, también yo, uno más de sus incontables lectores pertinaces. Pero para no ahondar en el asunto, diré que he llegado incluso a aborrecerlo, como pasa con esa música que escuchas demasiado, o como pasa con esos amigos que necesitas dejar de ver un tiempo (que puede ser toda la vida) pero que no por ello dejan de ser tus íntimos amigos. Así que cuando ayer me encontré con esta supuesta poesía completa no dudé. Y Cortázar está de nuevo en mi cabecera, susurrándome al oído. Qué pesado. 📚

viernes, 17 de enero de 2020

Mis mejores lecturas de 2018 y 2019



No publiqué ninguna lista de mis mejores lecturas de 2018 y la verdad es que he leído muy poquito en 2019. Sin embargo, he tenido la suerte de tener en mis manos algunos libros buenos o muy buenos que no quisiera dejar de mencionar, aunque sea tarde y a destiempo, para contribuir con mi granito de arena a su difusión. Y lo voy a hacer de golpe. Una lista personal, no de crítico ni de recomendador de novedades. Así pues, aquí están, sin más explicaciones (disculpad que no añada la reseña que merecen), solo algunas de mis mejores lecturas de 2018 y 2019. 

Son un recordatorio de mi biografía oculta, esos momentos grabados a fuego en mi dolor, en los que estas lecturas me acompañaron.

La lluvia en el desierto. Eduardo García
Como agua para chocolate. Laura Esquivel
Séneca. La sabiduría del imperio. Alberto Monterroso
El cuadro del dolor. Ana Castro
El jilguero. Donna Tartt
O Futuro. Abraham Gragera
Los rostros del personaje. Francisco Gálvez
Limbo y otros poemas. Ada Salas
El mundo. Juan José Millás
Nueve meses sin lenguaje. David Leo García
Las órdenes. Pilar Adón
En las orillas del Sar. Rosalía de Castro
El don de la fiebre. Mario Cuenca Sandoval
La teoría de los autómatas. Estefanía Cabello 
Ramona. Rosario Villajos
Lejos de Kakania. Carlos Pardo
Justina. Marqués de Sade




Advertencia, de Felipe Benítez Reyes


Cuando paso mucho tiempo a solas, me entretengo recitando poemas, propios o ajenos. 
Este es sin duda uno de los más logrados de Felipe Benítez Reyes. 
Lo recitábamos de jóvenes, en nuestras reuniones de poetas crápulas.
 Nuestra falta de currículo hacía que lo admiráramos sin dolor.