blog de Jorge Díaz Martínez

miércoles, 16 de abril de 2014

domingo, 13 de abril de 2014

Viejo tambor







Este desorden es extraño.
Las zapatillas junto al radiador
y el sol que destella en la casita de enfrente, 

blanco luciente contra cielo azul,
la ropa revuelta sobre la butaca,
la esterilla naranja y el cojín
de meditación, forman una geometría
cuyo único centro
soy yo: esa bolsa de plástico amarilla
rodando por el suelo, las columnas de libros y el azul
-más oscuro- del cuaderno, mi cabeza tendida
frente a estas palabras, y entonces lo veo,
se me olvidaba, ese increíble tambor,
rojo circense, cordones y rayas amarillas,
ese tambor casi decimonónico
llena él solo toda la habitación,
late en silencio.






miércoles, 9 de abril de 2014

La consciencia superficial







Cuando el ser humano ve que toda acción mental es una acción mecánica, entonces, en un santiamén, desaparecen toda la gloria y todo el hechizo de pensamientos e ideas que son pensamiento organizado, ideologías, conclusiones y valores –todo el hechizo y la gloria que giran alrededor de todo esto. Uno no siente satisfacción en identificarse con una ideología y tratar de oponerse a otra ideología. Uno ve la futilidad de complacerse en la actividad mecánica del pensar.



En la actualidad, nuestras relaciones se basan en nuestra identificación con nuestros pensamientos y sentimientos. Yo digo que tengo relaciones con ustedes, pero durante todo el tiempo trato de juzgarlos sobre la base de mis gustos y rechazos, de mis opiniones, preferencias y prejuicios. Los juzgo sobre la base de eso. Reacciono ante ustedes sobre la base de eso. Reaccionamos sobre la base de nuestra adquisición de ciertas pautas de pensar, sentir y reaccionar. Estas pautas son las que entran en relación recíproca, no los seres humanos. Tan pronto como los miro, surgen todos los gustos, rechazos, opiniones y conclusiones almacenados en mí. Antes de que ustedes hayan pasado conmigo diez minutos, yo les puse un rótulo: esta persona es moral o inmoral… me gusta, no me gusta –es fea, bella, culta, grosera-, ustedes saben, juzgamos al ser humano total por manifestaciones externas, y luego nuestros juicios dictan nuestra respuesta. Por eso, estas respuestas provienen de los juicios y las imágenes que dos personas crearon recíprocamente. Las personas no se relacionan. Se encuentran las imágenes. Si hay fricción, se destruyen las imágenes, y decimos que se rompe la relación. ¡No hubo que romper una relación! (risas).



[…]



Si queremos una relación real en lo atinente a los seres humanos, si el ser humano quiere aprender el arte de relacionarse con sus semejantes, tendrá que abandonar la cárcel que el ego creó. Tendrá que salir de este círculo vicioso de responder a través de la memoria. Para mí, ese es el quid de todo el problema. Esa es la naturaleza del desafío. Cuando decimos que tenemos que averiguar si hay algo más allá de la consciencia actual, que debemos salir de la psiquis, eso no es nada misterioso ni místico. En eso nada hay que sea muy difícil o extraordinario. Un enfoque científico de la mente humana me dice muy vívidamente que ésta es una actividad mecánica. Por tanto, si surge la ira, si surgen los celos, la envidia o la codicia, si surge la ambición, no me identifico con la ambición y digo: “Soy ambicioso”, o “Estoy enojado”, “Estoy celoso”. No actúo por esa identificación, sino que tomo distancia de la reacción que surge, sabiendo que es producto de la humanidad colectiva. No tenemos que combatir los síntomas externos de los intereses creados y las estructuras; la estructura real que hay que combatir está dentro.



[…]



Por eso, para esa persona revolucionaria, la meditación es la acción más revolucionaria de la vida. Es la única acción total. Todo lo demás es fragmentario.



[…]



Para mí, la meditación es la tercera salida. Las otras dos son solo evasiones del hecho. El modo meditativo es el modo de entender la naturaleza de la acción mental, o sea, el movimiento del ego, y no identificarse con eso. Ni ustedes ni yo podemos deshacernos de esta psiquis, del consciente, del subconsciente y del inconsciente… ustedes saben, de todo eso. No podemos destruirlo; no podemos desecharlo. No podemos resolverlo combatiéndolo. Va a estar ahí. Si permitimos que se exponga a la luz de la consciencia, ese impulso deja de aferrarse a nuestra consciencia; deja de agarrarnos. Deja de agarrarse porque vemos simultáneamente lo objetivo y lo subjetivo, y, en esa percepción de la totalidad, la conciencia ya despegó hacia un plano completamente diferente.


Vimala Thakar
Rumbo a la transformación total
Editorial Kier, Buenos Aires, 1988





miércoles, 2 de abril de 2014

Así pasamos el día de la poesía, recitando todos en el IES Antonio de Nebrija de Móstoles





El pasado 21 de marzo, para celebrar el Día Internacional de la Poesía, tuve el gusto de realizar una conferencia-recital en el IES Antonio de Nebrija de Móstoles. Desde aquí mi agradecimiento a la profesora y amiga Silvia Gallego, así como al equipo directivo y al cuerpo técnico por disponer de todo lo necesario para que la actividad marchara sobre ruedas, así como a la Dirección General de Industrias Culturales y del Libro por sostener este tipo de iniciativas, y por supuesto a un alumnado que me abrumó con sus preguntas y mostró interés en todo momento. Además, posteriormente, tuve también la oportunidad de escuchar algunas composiciones escritas por los propios alumnos, muchas de las cuales demostraban verdadero talento, y quedé admirado del buen ambiente y la desenvoltura literaria que manifestaban estos adolescentes, quienes gustaban incluso de recitar los poemas de sus compañeros. Días así me confirman que la poesía sigue siendo un arte vivo, que corre de mano en mano, y de boca en boca, como los besos. Muchas gracias a todos, de verdad, lo pasé genial.





martes, 1 de abril de 2014

Ana Santos Payán, Ana Gaviera





Ana Santos Payán, Ana Gaviera, editora de El Gaviero Ediciones, madre de Luna Miguel. Dedicó los últimos años de su breve pero prolífica vida a cultivar su sueño, y con él, a cultivarnos a todos. Poco más de cuarenta años y un ejemplo, una lección: es posible otra forma de vivir, en los tiempos del absolutismo financiero, los lobbys editoriales y el libro digital, es posible creer en la poesía, es posible vivir en la poesía. 

Muchísimas gracias, Ana: por tus libros, por tu amabilidad, por tu entrega. Nos has dado una lección a todos.




martes, 25 de marzo de 2014

Bailando con Karen





Había caras nuevas, centenares de caras nuevas, pero la que más te intrigaba era la de una chica llamada Karen, compañera de tu brigada rápida. Era sin lugar a dudas una cara bonita, incluso bella, quizá, pero Karen tenía además una mente muy perspicaz, rebosaba de buen humor y confianza en sí misma, y a los pocos días de conocerla estabas loco por ella. A las dos semanas de iniciarse el curso, se celebró un baile para los de séptimo, un viernes por la noche en el gimnasio, y tú asististe, como casi todo el mundo, trescientos o cuatrocientos en total, y te las arreglaste para bailar con Karen tantas veces como pudiste. Hacia el final de la velada, el director anunció que iba a haber una competición, un concurso de baile, y las parejas de desearan participar debían situarse en el medio de la pista. Karen quería intentarlo, y como te complacía hacer lo que ella quisiera, fuiste su pareja. Era el primer concurso de baile de tu vida, fue el único concurso de baile de tu vida, y aunque bailar no se te daba muy bien, tampoco eras un caso desesperado, y como Karen era buena bailarina, muy buena en realidad, con un veloz movimiento de pies y un innato sentido del ritmo, comprendiste que debías esforzarte por ella, empeñarte a fondo por ella. En los primeros tiempos del rock and roll las parejas aún bailaban agarradas. El twist tardaría un par de años en aparecer, la revolución del bailar suelto aún no había prendido, y las parejas de 1959 no eran muy distintas de las que bailaban el jitterbug de los cuarenta, aunque para entonces le habían cambiado el nombre y ahora lo llamaban lindy. Las parejas bailaban agarradas, daban muchos giros y vueltas, y los pies eran más importantes que las caderas: todo consistía en moverlos deprisa. Cuando Karen y tú os dirigisteis al centro de la pista, decidisteis bailar lo más rápido que pudierais, ir dos o tres veces más deprisa de lo normal, esperando aguantar lo suficiente para impresionar a los jueces. Sí, Karen era una chica llena de brío, una persona dispuesta a enfrentarse a cualquier desafío, de modo que os lanzasteis al enloquecido ejercicio, volando por la pista de baile como un par de simios en una película muda a cámara rápida, ambos riéndoos de lo desmesurado de vuestra actuación, de su euforia, incansables en vuestros cuerpos de doce años, y lo que mejor recuerdas es lo fuerte que te cogía la mano, sin soltarte ni un momento mientras la apartabas de un empujón para luego atraerla hacia ti y dar un frenético giro tras otro, y como ninguna otra pareja podía ir a vuestro paso –o ni siquiera pretendían seguiros el ritmo- y además estabais como locos, ganasteis el concurso. Un absurdo pero memorable destello de una temprana época de tu vida.  El director os entregó un trofeo a cada uno, y cuando terminó el baile, Karen y tú os dirigisteis cogidos de la mano a la heladería del centro, música, música celestial, el éxtasis de ir de la mano con Karen en la noche del baile cuando tenías doce años, y entonces, a un par de calles de la heladería, a Karen se le cayó el trofeo de la mano libre y se hizo añicos en la acera. Te diste cuenta del disgusto que se llevó: un pequeño trauma causado por la brusquedad, por el súbito ruido, el inesperado estrépito del trofeo estrellándose en la acera y rompiéndose en pedazos, y como era imposible arreglarlo, y un trofeo de baile carecía de importancia para ti (el beisbol era harina de otro costal), le entregaste el tuyo y le dijiste que se lo quedara. Al año siguiente, ya no veías mucho a Karen. Te movías en otros círculos, ya no estabais en la misma clase, ella casi era una mujer y tú seguías siendo un crío, y desde entonces hasta que acabasteis el instituto en 1965 apenas volvisteis a cruzar palabra. Cuando asististe a la vigésima reunión de antiguos alumnos del instituto, sin embargo, veintiséis años después de la noche del trofeo roto, Karen estaba allí, una joven viuda de treinta y ocho, y volviste a bailar con ella, una pieza lenta esta vez, y se acordaba de todo lo que ocurrió aquella noche de cuando teníais doce años, según te dijo, como si hubiera sido ayer.  

Paul Auster
Informe del interior
Anagrama, 2013