blog de Jorge Díaz Martínez

viernes, 19 de febrero de 2021

Poesía fantástica, de Juan Andrés García Román

  


Poesía fantástica. Resumen primero (2007-2019)

Juan Andrés García Román
Edición de Erika Martínez y Juan Carlos Reche
Pre-Textos, 2020

Los monstruos nacen, se miran y se ríen.

Juan Andrés García Román

 

En realidad, toda la poesía de Juan Andrés García Román es una monstruosidad, una maravillosa reinvención de códigos preexistentes, como la inauguración de un nuevo género. Su escritura es un oasis para la imaginación ―la técnica y el esfuerzo― y, sobre todo, para la libertad. Libertad para mezclar estructuras y formas de decir musicales, narrativas y dramáticas. Libertad para alterar plásticamente los significantes gráficos, para la creatividad gramatical, para la deconstrucción del repertorio, para la poliglosia intertextual, y un largo etcétera, pero logrando un discurso coherente y homogéneo, como decía Wölfflin del Barroco. De ahí que el título de Poesía fantástica le venga especialmente bien a una antología (pues los monstruos se hacen de pedazos) que recoge fragmentos memorables de los mejores libros del autor.

La edición, a cargo de Erika Martínez y Juan Carlos Reche, se justifica por el hecho de que varios de sus poemarios anteriores, aparecidos en la hoy desaparecida DVD ediciones, resulten inencontrables, y también, no menos importante, para ofrecer al lector desprevenido un resumen lo suficientemente representativo de uno de los mejores poetas del idioma, es decir, de uno de los mejores escritores actuales en lengua castellana. Leer a García Román es contemplar la historia de nuestra literatura. Sus metáforas e imágenes despiertan un destello que creíamos enterrado en la cuneta de aquella Edad de Plata. El asombro versátil de sus versos nos recuerda al de los grandes maestros y los genios ―por ponernos neorrománticos― de nuestra tradición. No quiero dar a entender que se trate tan solo de efectismo e imaginería, al contrario, las composiciones de García Román nos conmueven por la profundidad de su psicología, la visceralidad de su filosofía, la hiperestesia de su erudición.

Una vez dicho esto, yo prefiero, un poco fetichista, las primeras ediciones, el sabor a fruta recién cogida de su tinta. Porque, como a Juan Ramón, tan cerebral, perfeccionista, a Juan Andrés le gusta también mucho corregirse. Las ediciones críticas futuras podrán así contar con abundantes notas a pie de página en sus márgenes. Disfrutemos ahora de esta poesía creciente y multiforme, como un monstruo fantástico.  

domingo, 14 de febrero de 2021

Vivir de oído, de Andrés Neuman

 






Vivir de oído
Andrés Neuman
La Bella Varsovia, 2018

Andrés Neuman es un caso ―escaso en la contemporaneidad― de escritor total. Si como novelista un autor está normalmente abocado a cierta consideración comercial, en Vivir de oído, su más reciente poemario, Neuman dirige el código a una inmensa minoría. 

Este libro destaca por su inteligencia, la sofisticación de sus imágenes y la profundidad de un pensamiento ducho en introspección, ese vicio de las mentes en exceso reflexivas que vuelven a pasar por sus circunvoluciones en busca de un error, una tercera lectura o un matiz. En los tiempos de la poética instantánea de Instagram, Andrés Neuman nos ofrece un discurso casi psicoanalítico, que combina digresiones de índole doméstica y fenomenológica, pero siempre a la luz de una retórica culta que a la vez las resigna que decora ―es decir, reproduce su sentido mientras guarda el decoro―.   

Esta racionalidad ―digamos, confuciana― puede parecer fría, cuando es solo el resultado de sostener la emoción con la metáfora. Y si bien es necesario que el lector participe ―no sé si me explico― no es tampoco una poesía oscura. De hecho, es bastante biográfica. Tanto así que el leitmotiv del libro, esa especie de sinestesia musical que lo atraviesa, tiene mucho que ver con sus raíces. Diría que, pasada la cuarentena (de la edad), Neuman ha dado a la imprenta su poemario más personal, hasta el momento. Ilustrado y romántico, con intuición y técnica, tiene la facultad de abrir al sentido las ideas. 

 

martes, 9 de febrero de 2021

Lejos de Kakania, de Carlos Pardo



 
LEJOS DE KAKANIA

Carlos Pardo

Ed. Periférica, 2019.

Por Jorge Díaz Martínez


Si Hesíodo tuvo la desvergüenza de poner en hexámetros los trapos sucios de su familia, Carlos Pardo se sirve de los propios para liarla parda en sus novelas, las cuales no debemos confundir con autobiografías, ni con autoficción, ni con la logorreica neurastenia de ciertos best sellers nórdicos. Se trata de novelas de inspiración biográfica, sin ser tampoco el primero que se olvida de cambiar algunos nombres propios.

Dicho esto, no seré muy objetivo al reseñar una novela cuyos personajes están inspirados en personas que conozco, pero apuesto a que Lejos de Kakania será más pronto que tarde una obra de culto ―aunque sea el culto minoritario de unos futuribles lectores de poesía―. No pretendo reducir su público objetivo: el relato rebosa calidad como para encandilar a los lectores más acérrimos de prosa. Sin embargo, la cáustica pintura que nos muestra de las miserias humanas y ridículas que pululan en los mundillos poéticos la hará especialmente morbosa y atractiva para quienes padezcan adicción a la lírica, a lo cual debe añadirse el interés específicamente metapoético de algunos pasajes en concreto. No quisiera alentar la confusión: la intención de Carlos Pardo no era cebarse en la mofa del gremio literario, pues aquí la poesía es casi un accidente de los protagonistas (a modo de aglutinante genitivo), quienes podrían haber sido igualmente músicos o cineastas sin que ello alterase demasiado el fondo de la cuestión.

Sucede que, aunque el narrador interno sea escritor, deambula por un mundo más extenso que el de sus propias quimeras quijotescas ―siendo consciente de ello―. Al igual que acontece en Luces de bohemia, Lejos de Kakania parece el esperpento costumbrista de una época en la que, no solo los escritores, sino tampoco nadie termina de encajar, con la excepción honorífica de algunas mentalidades instaladas en la comodidad de sus simplezas. Leemos el testimonio de una sociedad desmadejada, sumida en sucesivas transiciones y en continuo desencanto. El autor nos ofrece, a su pesar ―pues no cree en generaciones―, el retrato generacional de una promoción poética acomplejada entre la «nueva sentimentalidad» de los ochenta y el individualismo ecléctico de los millennials, que para colmo coincide con la generación X de la sociología.

Si en su segunda novela Carlos Pardo se atrevía a alternar los episodios de dos tramas distintas, en esta tercera insiste en la duplicidad estructural mediante la inclusión de un capítulo transgénero en verso narrativo. Sin ánimo de interpretar este fragmentarismo discursivo, encuentro que uno de los mejores aciertos de la obra reside precisamente en su prosa, esto es, en haber dado en el clavo de un tono narrativo muy cómodo y versátil, un vaivén acolchado pero áspero (como la tapicería de un autobús) que sinápticamente nos remite los detalles externos a su correspondiente correlato interior, un hilo de conciencia que en un intermitente flash back va estirando la trama de una delgada intriga sentimental, dando cabida en ella a multitud de niveles de experiencia, entre los que se cuentan, por su puesto, algunas hilarantes escenas de costumbres contemporáneas. El lector fácilmente puede dejarse llevar por esa voz: tiene ritmo, inteligencia y verosimilitud; un realismo muy poco complaciente, para empezar con el propio narrador, que se muestra a sí mismo vulnerable, parcial, deficitario y al mismo tiempo dueño de una especie de ética personal degenerativa capaz de deconstruir su identidad, y la de la propia novela.

Esta tinta cargada de ironía se detiene a menudo en las minucias de un vida grosera y consuetudinaria, en contraste con las aspiraciones artísticas, socioeconómicas y espirituales de los protagonistas, unos jóvenes aspirantes al parnaso que disfrutan del encanto de una vida bohemia y descreída mientras infructuosamente tratan de sostener su economía. Los agentes del campo literario sabrán reconocerse en esta solapada intimidad, esta vulgaridad sofisticada, poblada de individuos incapaces de desasirse de su distanciamiento intelectual para mezclarse sin pretensiones en un magma social al que tampoco quisieran ―ni pueden― renunciar.



viernes, 5 de febrero de 2021

Marcha por el desierto, de Sandra Santana

 



Marcha por el desierto
Sandra Santana
Pregunta Ediciones, 2020.

Este libro es un ejemplo de las tribulaciones inverosímiles que en muchas ocasiones supone tanto la escritura como la publicación definitiva de una obra literaria concisa. Veinte años han rodado estas composiciones antes de que tengamos en las manos sus hojas de poesía. Veinte años que han servido, no obstante, como decantación de unos papeles reducidos ahora a lo esencial. Esa esencia y ese envejecimiento se paladea sin duda en su lectura. Textos primeros y bien estructurados descansan con sabores a polvo de biblioteca, conservando el regusto afrutado de sus versos. Citas de Martin Heidegger y del Génesis apuntan a la lengua. Cuidada edición por parte de Pregunta Ediciones. Epílogo de la autora. Invita a relectura. Bueno para subrayar y llevar en la cartera.


domingo, 31 de enero de 2021

La revolución española vista por una republicana, de Clara Campoamor

 



La revolución española vista por una republicana

Clara Campoamor

Edición de Luis Español Bouché

Renacimiento (2005)

 

En España, los muertos están más vivos que en cualquier otro país del mundo.

F. G. L.

 

Empecemos por lo anecdótico: se da la paradoja de que el texto que ha llegado hasta nosotros es una traducción al español de una obra escrita en español, pero publicada en francés (Librairie Plon, París, 1937, traduit de l’Espagnol par Antoinette Quinche). Hemos de asumir, por tanto, que el mecanoscrito original se esfumara en la convulsa mitad del siglo XX europeo.  

Su lectura recuerda a Homage to Catalonia, de George Orwell, pues, aunque en lenguas y estilos diferentes, ambas obras comportan una crítica desde dentro de la zona republicana y ambas son prácticamente coetáneas a los hechos que relatan, incidiendo en las crueldades que, fruto del fanatismo, allí se produjeron. No resulta, pues, extraño, cuando  la actualidad de la política española nos recuerda ―viene siendo una muletilla repetirlo― a los antecedentes de la Guerra Civil, con las mismas tendencias ideológicas representadas en el parlamento, a veces bajo las mismas siglas, y la crispación del auge de los extremismos, que un título que airea los trapos sucios de la República resulte tan incómodo, como demuestra el silencio historiográfico que suscita.

La mayor parte de los artículos académicos sobre Clara Campoamor se refieren a su biografía ―paralela a la de tantos intelectuales de izquierda abocados al exilio― y a su lucha en favor del voto femenino, pero, por el momento, ignoran este opúsculo, escasamente citado, y cuya temprana redacción lo convierte, en palabras de su traductor, Luis Español Bouché, en “la más antigua fuente editada sobre los primeros meses de nuestra guerra en el bando republicano”. Se hace notar el matiz. El traductor asume que nos encontramos ante una “fuente”. Efectivamente, lo que se considera hoy como un libro de historia es el que utiliza un método científico para el análisis del pasado, para explicar el presente y para predecir el futuro. Clara Campoamor no se sirve de un método científico, su estilo se corresponde con el del artículo periodístico, pero presenta los hechos ordenados cronológica y temáticamente, dándoles una interpretación que resulta, como no podía de ser de otra manera, indisociable de su punto de vista político, además de ofrecernos predicciones de futuro que, dicho sea de paso, han resultado acertadas.

Todo ello está explícito en un título que puede llevar a equívoco. No es un libro sobre la Guerra Civil, sino sobre la revolución llevada a cabo en la zona gubernamental por los distintos grupos de la izquierda, una revolución que se nos cuenta desde el punto de vista de una republicana, es decir, lo que en el contexto político español de la época significaba que Clara Campoamor no se consideraba a sí misma ni comunista, ni socialista, ni anarquista, ni sindicalista, sino ―algo muy diferente― una republicana liberal. Y una que, para más inri, después de haber conseguido, mediante su participación activa en el parlamento, entre otras cosas, el voto femenino, fue condenada al ostracismo de la izquierda a partir de las elecciones de 1933 ―las primeras en las que, paradójicamente, se legalizaba en España el sufragio universal femenino―.

En esta obra, por tanto, Campoamor se despacha a gusto, primero, con la política llevada a cabo por los distintos gobiernos republicanos, tanto de izquierdas como de derechas, y segundo, con las luchas intestinas de la izquierda, sin dejar tampoco de mencionar los fanatismos del ala sublevada. En fecha tan temprana como 1937, desacredita el maniqueísmo de la prensa internacional sobre la Guerra Civil Española, deconstruyendo el binomio de fascismo vs democracia y denunciando, entre otras cosas, la invalidez del gobierno republicano, los excesos de la revolución, la injerencia soviética y la dimensión internacional del conflicto, el papel de las sociedades secretas, etc.

            Una lectura, en todo caso, recomendable para quien quiera adentrarse en los entresijos de nuestra historia reciente con una mirada crítica y libre de simplificaciones totalizadoras, una historia que sigue dando coletazos porque, como decía García Lorca, en este país, los muertos están más vivos que en cualquier otro país del mundo.


domingo, 24 de enero de 2021

Arborescente, de Nieves Chillón

 


Arborescente

Nieves Chillón

Pre-Textos, 2020


No me sorprende nada que Arborescente, de Nieves Chillón, se encuentre entre los finalistas del premio Andalucía de la Crítica. Vengo leyéndola desde sus primeros títulos y he podido constatar la evolución de una escritura que, sin perder sus señas de identidad, alcanza en este título una cumbre. Ya se sabe que un libro es recordado siempre por sus mejores poemas, pero Arborescente tiene, simplemente, muchos mejores poemas.

El conjunto se estructura en un prólogo, tres partes y un epílogo. Aunque no está en mi ánimo diseccionar aquí la obra, sí quisiera apuntar algunos de sus ejes principales, que la propia autora se encarga de explicitar en varios paratextos, dentro y fuera del libro. La noticia de “Aylan” ―en realidad, se llamaba Yasin―, un niño sirio que, junto a otros desplazados por la guerra, terminó sepultado en la nieve, empuja a Nieves Chillón a recoger y ficcionalizar el suceso ―el tema de la emigración volverá a parecer, hacia el final del libro, en el contexto mediterráneo―. No obstante, la valía de estos versos no depende de los hechos que poetizan, ni de la crítica social que comportan. Independientemente de la trama en la que se insertan, nos remiten a un sustrato común de la conciencia, a esa constante lucha de la vida en la que, demasiadas veces, infancia y muerte van de la mano. Se trata, pues, de poemas autónomos en los que, además, entiendo que asoma, como en tantas ficciones, también la propia experiencia de la autora. Pienso, por ejemplo, en el titulado “Día 11”, cuya acertada disposición tipográfica lo convierte casi en un caligrama maternal.

Hay también en estas páginas una reivindicación constante del y un homenaje al papel de las mujeres, especialmente en el ámbito rural, e incluyendo explícitamente a las de su familia. Así, a través de una serie de imágenes, en las que la poesía se funde con la vida (“mi abuela echaba cubos de agua a la tierra/ yo echo versos las piedras se los tragan”, “y la poesía se hace barro musgo escarcha y una gota se filtra entre las piedras y termina en mis arterias/ igual igual que la lluvia”) y reelaboraciones de símbolos tradicionales, se enuncia un sentido que trasciende las estrechas fronteras de la individualidad para saberse flujo compartido de un bosque genealógico, de un organismo arbóreo. Por citar solamente un ejemplo, nuestras vidas ya no son como los ríos que van a dar a la mar, sino “un río de sangre multiplicado en cien ramas que no son cien ríos/ sino el mismo caudal arborescente/ que al mismo tiempo brota y va muriéndose”.

Por supuesto, habría mucho más que decir, y hay mucho más en el libro, pero espero que estos breves apuntes sirvan, al menos, de incitación a su lectura. Por último, me gustaría insistir en la plenitud de una voz, la madurez de un lenguaje erótico y onírico, de sintaxis abierta y flexibilidad, donde desde hace años se mezclan lo terreno, lo arbóreo y lo marítimo (como líquido amniótico y su opuesto), lo aéreo y musical, lo trágico y vital, lo femenino y rural, y bajo cuya aparente ensoñación siempre palpita una mirada crítica, una idea visionaria y un compromiso con la realidad.

 

VI

 

Un latido de uñas

se enreda en hilo blanco

y llega a la raicilla de los dientes

a unos ojos de color indeciso a cada

cabello sembrado en la almohada

 

cada dos o tres horas

tengo que sacarme la leche

sacarme la poesía

cada dos o tres días

de lo contrario se enquista

duelen

la leche la poesía

en la luz del dolor o de la fiebre

la urgencia de una boca

quiere la leche igual que la poesía.

 


sábado, 16 de enero de 2021

Vidas samuráis, de Julia Sabina



En Vidas samuráis, su primera novela, Julia Sabina sabe tomar distancia de su propia biografía para ofrecernos una trama que engancha mientras mantiene a la vez la frescura de unos personajes y situaciones reconocibles. Solo un momento me pareció que la secuencia perdía verosimilitud, asemejándose más a una obra de la artista conceptual Sophie Calle, pero quién sabe, la realidad a veces supera la ficción. 

Algunos críticos la han calificado de novela generacional, en referencia al amplio sector demográfico de los que nos hemos tenido que buscar las lentejas en otro país, especialmente después de la crisis del 2008: universales universitarios a la búsqueda de un lugar en el mundo ―los actuales viejóvenes―, somos una generación perdida entre mudanzas. Y, de hecho, sus experiencias son bastante normales para cualquier chica europea (os ahorro los spoilers). 

A mí me ha parecido, como la ilustración de portada, una novela muy pop. No en vano, Maribel, la protagonista, suele marcar su territorio doméstico simplemente pegando en la pared el póster de una película. Las escasas referencias a la esfera intelectual de la doctoranda aparecen diluidas entre sorbos de cerveza y crisis de identidad. Es como una fortuita compañera de piso que te cuenta en la cocina cuando se fue a escribir una tesis a Francia. 

Luego está la obsesión, inevitable, de “lo español”, el complejo de amor y odio hacia unos tópicos en los que a veces no le queda más remedio que reconocerse ―otro trance común entre los exiliados laborales―. Todo ello se nos cuenta desde un enfoque picado de ironía, pero sin excederse en la amargura. Gracias a lo pegadizo de su prosa, la voz de Maribel poco a poco se te cuela en la cabeza. Así que, en definitiva, da gusto enfrascarse en su lectura. Me duró cuatro días.

El ig de la autora 👉🏻 @yulisabi 

Editado por @eddestino


jueves, 8 de octubre de 2020

Armenia, Europa y Artsakh.

 



Hace algunos años, tuve ocasión de preparar una antología de poesía española contemporánea para ser traducida y publicada en Armenia, como así se hizo. Mientras tanto, me pidieron revisar el discurso en castellano que un diplomático armenio iba a pronunciar en unas jornadas o comisión de la UE. En él se insistía en la necesidad de que el genocidio armenio fuera reconocido de una vez. A lo mejor si Europa no llevara cien años haciendo oídos sordos ante estas reivindicaciones, si se pidieran disculpas y se asumieran responsabilidades, ahora mismo no estarían muriendo más personas. Pero esto no interesa. Los pueblos minoritarios nunca interesan.


Os recomiendo seguir las actualizaciones de Virginia Mendoza (www.virginiamendoza.com) para entender mejor este conflicto.

domingo, 4 de octubre de 2020

Este verano he leído algunos títulos de poesía



Este verano he leído algunos títulos de poesía de los que me apetece, como a Borges, presumir. Intentaré mencionarlos por orden arbitrario:

―Hará sol, de Rafael Antúnez Arce. XVIII Premio de Poesía Vicente Núñez. Utopía libros.

Profundo y sintético, indaga en lo inasible del yo, sin dejar de celebrar su dimensión sensitiva y sensorial.

―Cuaderno de flores y otros delirios, de Victoria Mera. Norbanova Cáceres.

Combina textos en prosa poética, transida de emoción, con hermosos collages. En ambos códigos arraiga una misma resilencia expresiva frente a las jugarretas de la vida.

―Shirinami. Olas blancas. Cien poemas japoneses del mar. Teresa Herrero. Poesía Hiperión.

Os remito a la entrada anterior que le dedico.

―García, de Pablo García Casado. Visor.

Una de las voces contemporáneas imprescindibles. En esta ocasión, indaga en las transformaciones de la propia identidad provocadas por la paternidad. Destaca la dimensión política de la sociedad. Como siempre, desde un lenguaje crudo y cotidiano.

―Una paz europea, de Fruela Fernández. Premio “Villa de Cox” 2015. Pre-Textos.

Pertenece al género de libros que detallan, con morriña, la elasticidad de unas raíces forzadas al desarraigo ―o aventura*― laboral del que los firma. Los versos en asturiano pulsan la tecla nostálgica de unos poemas fluidos e ingeniosos, con buen sabor de boca.

―Hasta aquí, de Wislawa Szymborska. Bartleby Editories.

El último conjunto de poemas ofrecido en vida por la Nobel polaca. La editorial añade, para completar, con una entrevista a los traductores. Merece la pena.

No sé si me olvido algo. Seguiremos informando. 

martes, 29 de septiembre de 2020

Shiranami. Olas blancas. Cien poemas japoneses del mar.

Teresa Herrero
Shiranami. Olas blancas. Cien poemas japoneses del mar.
Ediciones Hiperión, 2020.
Las librerías son esos lugares presuntamente condenados a desaparecer que ofrecen la posibilidad de dejarse llevar por el azar de una lectura imprevista, alejada de cálculos, programas y recomendaciones literarias. Ahora incurro yo en el vicio de recomendar el que fuera mi encuentro veraniego, mi enamoramiento poético estival. Esta colección de haikus y tankas japoneses pareciera venir, en mi caso personal, a clausurar un ciclo de escritura, a ponerle la guinda a una costumbre, pues después de todo un curso viviendo en Algeciras, escribiendo poemas a la orilla del mar, con no pocos haikus y algún que otro tanka dedicados a las olas, me encuentro a posteriori con la tradición de referencia, como si me hubiera hecho merecedor de ella, en los estantes de una antigua librería de Córdoba ―la Librería Luque, para más señas. 

Así que el libro liviano me acompañó mis tardes de paseo en bicicleta para hacerme sentir, una vez más, a la orilla del mar, lo que en verdad no estaba tan alejado de la realidad: hasta Córdoba llega el mar, remontando por las aguas del río Guadalquivir, a cuya vera he leído embelesado la transliteración de los versos japoneses, milenarios suspiros llenando de salitre las páginas de esta traducción que hemos de agradecer a Ediciones Hiperión

Lo demás, lo que se debe decir en las reseñas, lo dejo a vuestra curiosidad.

domingo, 20 de septiembre de 2020

A corazón abierto, de Elvira Lindo



Vengo a hablaros de A corazón abierto, de Elvira Lindo (sí, la de Manolito Gafotas). 

No tengo foto del libro porque lo leí en el ebook de mi madre, así que esta la he descargado por ahí. Es la única novela que ha conseguido desengancharme de las redes sociales adictivas en este verano atípico en el que no he viajado. Y, por cierto, también la que me ha decido a adquirir mi propio ebook.


Os la recomiendo mucho. Es del tipo de libros que me gustan, como El mundo, de Juan José Millás, París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas, El viaje a pie de Johann Sebastian, de Carlos Pardo, o Ramona, de Rosario Villajos. Es decir, novelas de escritores que hablan de sí mismos, de sus traumas, su familia, sus miedos, sus rencores, y a lo mejor así se ahorran (o no) el psicólogo. Aunque Rosario se cambia de nombre en sus ficciones -todo hay que decirlo-, el resto de mencionados no lo hace, ni Elvira tampoco, quien se centra sobre todo en la figura de su padre, como Elektra.

Este libro tiene además el gusto 50% ibérico de abarcar periodos mitológicos de nuestra historia reciente, me refiero obviamente a la Guerra Civil y la posguerra. Y para no alargarme demasiado, concluir que leerla es como sentarse a tomar un café con una amiga a quien por alguna razón se le ha soltado la lengua y ha decido servirte un plato bien colmado de las habas que se cuecen en su casa, o de las que se cocían cuando ella era una niña.

Diréis que esto es lo típico, pero ahí está precisamente el mérito, en escribir muy bien y con encanto un culebrón familiar que de otra forma a lo mejor hubiera sido un rollazo. Y no, lo que pasa es que al final te quedas con más ganas, te da pena que cierren el café, despedirte de ella, de tu amiga, sus cosas, su familia.

jueves, 23 de abril de 2020

El infinito en un junco, de Irene Vallejo

¡Feliz Día del Libro!

Para celebrar este día, los profes de mi instituto hemos querido enviarles a los estudiantes un pequeño vídeo leyendo cada uno un fragmento de algún libro, para hacerles así un poco de compañía y que vean que no les olvidamos. Lo comparto también en mis rrss, porque creo que el libro, y este día, lo merece. 

Se titula: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Es un ensayo divulgativo sobre el origen de los libros, la escritura, las bibliotecas y la literatura. Está cargado de anécdotas, de intertextos de otras lenguas y de fragmentos de la biografía de la propia autora, así que es en realidad de género mixto, un raro espécimen, a colocar en la estantería de los inclasificables, mis favoritos. 

Me lo estoy leyendo a sorbos, con tranquilidad, primero porque quiero que me dure, y porque además está escrito por capitulitos, unos capitulitos que se adaptan muy bien a ese ritmo  espaciado de lectura, ideal para antes de dormir, y que también permite combinarlo con otros menesteres y lecturas, como hacemos los incorregibles.

A pesar de que la denominación "ensayo divulgativo" que le he atribuido no parece anunciar grandes sensaciones, la verdad es que en muchos momentos me emociona e incluso me trasporta a estados de epifanía espiritual. A mí me lo regalaron gracias a una columna de Juan José Millás, en la que lo alababa, y que leyó en el periódico la persona que me lo regaló. Como siempre, unos textos nos dirigen a otros, porque así es el sistema de reproducción natural de la literatura, por esporas. Juan José Millás leyó este libro y escribió una columna sobre él, alguien leyó su columna y me lo regaló. Y yo ahora escribo aquí para que tú algún día también lo leas. 



jueves, 2 de abril de 2020

Quédate hygge en casa





Era todavía el invierno de 2017, yo vivía en Polonia y también, como ahora, en una especie de confinamiento climático y cultural. Durante los meses más fríos del invierno, incluso para los propios polacos la vida se hace dura, y es forzoso pasar la mayor parte del tiempo a cubierto en unas casas, por cierto, muy bien acondicionadas. Entre mis estudiantes se puso de moda la palabra hygge, un concepto escandinavo que viene a referirse a cómo estar a gusto en casa, teniendo en cuenta que vas a pasar muchísimo tiempo dentro. La idea es de sentido común, pero es lingüísticamente reseñable que la acuñación de un término específico para estar relajado entre cuatro paredes, escuchando música, leyendo libros y bebiendo infusiones, provenga de esos países donde la natura empuja forzosamente a ello. Durante aquellos meses de soledad en Lublin, entre mis ocupaciones claustrofóbicas se encontraba la del arte y ensayo del autorretrato fotográfico, de lo cual vino a darse uno de mis fotogramas biográficos favoritos, que titulé Night-time. Viviendo ahora otro encierro tan distinto, acunado por un amable mar, en la costa de Algeciras, pero inmerso también en las repeticiones a las que el confinamiento nos obliga, anoche mismo, sin demasiada premeditación, la homenajee, quiero decir que reproduje la representación de aquella foto. El arte es otro modo de pasar, volverse sobre uno mismo y adentrarse. El arte, más allá de la pericia que cada cual imprima en su destreza, es una dimensión irrenunciable para una confortable hygge life. Por algo se llaman nórdicos los edredones nórdicos, y es que nos lleva centurias de ventaja en esto de sentirse cómodamente encerrados. Así que mucho hygge: esa conceptualización escandinava del bienestar hogareño que tanta falta nos hace estas semanas.