blog de Jorge Díaz Martínez

viernes, 17 de febrero de 2017

La pareja perfecta




Era la época del deshielo, cuando más peligroso es andar por las aceras a causa del acuoso resbaladizo. Era el día de los enamorados y le pareció irónico haber perdido un guante. Un guante de la pareja, solamente. Veía muchos otros desparejados, empapados y usados, a cada paso, sucios, pisoteados, envejecidos, extraviados. A veces, bajo la manta de nieve aparecían pequeños charcos de hierba que anunciaban la pronta primavera. Pequeños charcos de hierba, iban abriendo la boca para beberse el cielo, cada vez más hambrientos. Era la época de perder lo que ya no importaba, lo que ya no iba a hacernos mucha falta, excepto por las noches y, quizás, alguna racha en marzo traicionera. La llovizna de un par de días después contribuía a diluir la belleza caduca del invierno: esa desprendida prenda no podía llevar ahí más que un instante, pues de otra manera alguien la hubiera pisado, o se habría humedecido, y en cambio estaba limpia, casi tierna, dando voces igual que una criatura. Se detuvo a esperar por las líneas de fuga que volviera, con el manguito tenido de los dedos, como un galán dieciochesco. Apreciaba el aroma entretejido, su champú y suavizante, el matiz de su prisa universitaria, su sudor semanal, y el pulgar descosido que le habría permitido teclear tantos mensajes de texto mientras se apresuraba a través de las noches terribles bajo cero con la yema aterida en la pantalla. Y ahora se lo probaba, iba de vuelta a casa. La pareja perfecta, se decía. Y se le ocurrió un relato paralelepípedo en el que una muchacha se encontraría en el suelo, junto a la mesa vacía de un restaurante, un guante abandonado. Se asomó a la ventana a ver si el despistado, porque le daba pena, y tal vez fuera casualidad que un par de días después ella misma también su perfumado, su insustituible caricia con estrellas, su querido regalo bajo el árbol. Imaginando que ella también caminaría con el suyo relleno de su mano y que un día se encontraban frente a frente, de tanta perplejidad, en aquella ciudad del este de Polonia pero no descambiaban el azar de su hallazgo. Una historia bonita con un piano tocado a cuatro heridas, cuatro arácnidas porque es que era imposible que tanta incredulidad no significara nada. Un final de estadísticas y de carpa de río. Todo eso escribió.