blog de Jorge Díaz Martínez

viernes, 25 de abril de 2014

En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis



Este jueves 24 de abril hemos presentado en Granada la antología En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis, de Bartleby Editores. Se trata de una antología fuera de lo común, no porque incluya a más de doscientos autores, sino porque no es el resultado de ninguna criba: todo aquel que se haya visto conmovido a escribir un poema sobre el tema en cuestión y lo haya enviado a la convocatoria ha sido incluido. Es, por lo tanto, una antología sin márgenes, donde caben desde premios nacionales hasta autores completamente desconocidos. Que una editorial como Bartleby, con premios nóbeles y figuras internacionales en su catálogo, haya pasado de complejos para dar a la imprenta una obra semejante dice mucho del espíritu del libro, del de su alma mater, Pepo Paz, y si me apuran, de la "democratización de la poesía" que, junto a otras muchas convulsiones sociales, venimos respirando desde hace unos años. Esta energía explica, en mi opinión, el éxito de una obra que no pretende ni abanderar el resurgimiento de una poesía social (porque de eso ya se encargan las bolsas), ni alumbrar un nuevo centro institucional de autores canonizados, sino prestar su páginas a la voz de los muchos disconformes con el presente orden de cosas, de los muchos que han optado por la palabra poética como su propio medio de comunicación. Los mil ejemplares que, entre la tirada inicial y dos reimpresiones, sumaba la primera edición, se han agotado en solo un mes, por lo que la segunda edición, ampliada y corregida, ya está en camino.  

En el acto de presentación hemos participado los siguientes: 24 de abrilGranada, Librería Babel Libros (San Juan de Dios, 20), 19:30 h, presentan Felipe Alcaraz y Pepo Paz, participan Miguel Ángel Contreras, Juan Manuel Molina Damiani, Pedro Luis Casanova, Jorge Díaz Martínez, Javier S. Ocaña y Rafael Calero Palma. Gracias especialmente a Pepo Paz y a Bartleby Editores por el esfuerzo heroico con que llevan adelante una de las mejores editoriales actuales de poesía (y narrativa) en España. Ha sido un placer escuchar las intervenciones de los compañeros y recitar para un público que abarrotaba la sala. Gracias por la palabra.










jueves, 24 de abril de 2014

Égloga de un desayuno





 
Soy consciente de que una de las claves de la salud es ajustar los propios ritmos biológicos a los ciclos de la naturaleza, y si bien durante la mayor parte de mi crecimiento nunca he albergado seriamente la intención de ceñirme a esta regla (pues desde infante la noche me ha servido de despacho privado), hace ya algunos años que lo vengo probando con relativo éxito. El tener un horario laboral, desde luego, ayuda considerablemente, aunque tampoco es una garantía. Las obligaciones estudiantiles, en cambio, son de otro costal. Durante mi época universitaria en Granada (que ahora me regresa en forma de doctorado), cuando iba a visitarla, mi abuela me echaba la regañina: “¡La noche es para dormir!”. Y yo le devolvía la razón junto con una sonrisa, porque en el fondo no podía admitirlo, y es que algunas de las mejores mociones de mi vida sucedían a horarios intempestivos. Para empezar, la propia literatura, ya que desde muy niño adquirí el hábito de llegar onírico al colegio, y a veces todavía con las pantuflas puestas, como consecuencia de haberme gastado media noche alumbrando novelas intrigantes (recuerdo, por ejemplo, las de El pequeño vampiro, que devoré antes de pasar a géneros menos nobles). Con la edad adulta, o semi-adulta, resultó que el vicio se fue agravando inevitablemente en relación directamente proporcional a las obligaciones académicas o laborales. De manera que si la literatura requiere cierto margen de tiempo material en el que zambullirse y olvidarse, de cuantas menos franjas libres de criterio se dispongan más bocados al periodo de sueño le daremos. Y esto plantea un dilema quijotesco ¿dormir o leer? de aristotélicas concatenaciones. Cuando el reloj anuncia el comienzo del día después del mediodía y la luz se evapora como sal de rocío, constatamos que andamos de nuevo en la celada y sabemos, aunque no lo reconozcamos, del peligroso bucle progresivo que puede llevarnos a dar como en noria de feria completamente el giro a la jornada hasta amanecer de nuevo sonrosados y frescos en el turno correspondiente de nuestras buenas siete de la mañana, pero catorce días después. Cualquiera reconoce que es preferible reposar en franjas equivocadas a no hacerlo, como cuando acudimos insomnes al sudor evangélico. Sin embargo, los libros no serán los únicos culpables de este solapamiento. Quien dice literatura dice cine o música o sexo o vapor (de varias variedades, se entiende). Y de hecho, a algunos insomnes profesionales les basta con la contemplación de un cigarrillo. No menciono el caso de los bebés para no profundizar en el asunto, me refiero a otros trances. En resumen, el placer de pasar la noche en vela disfrutando de un buen libro, una mala mujer o unos sabios amigos, eso que tan profundamente se imbrica en nuestra consumación artística, es algo que se me hace difícilmente incompatible con la buena salud, o todo lo contrario. Y si de consumir literatura pasamos a producirla, mejor no hablamos. Con todo, yo conservo en mi mente una suave querencia, que algunos meses se torna sincera melancolía, por las mañanas despejadas, fragantes, el ejercicio físico diurno, aquella ligera prisa vespertina y la flagrante ayuda que presta a quien madruga Dios.




miércoles, 23 de abril de 2014

Los primeros libros de la humanidad, de Fernando Báez.







Alabaré al Señor de la sabiduría, al dios sensato,
que se irrita por la noche, pero se calma llegado el día.
A Marduk, Señor de la sabiduría, el dios sensato,
que se irrita por la noche, pero se calma llegado el día,
que con su furia envuelve todo como un día de tormenta,
pero cuyo soplo es agradable como la brisa del amanecer.
Su cólera es irresistible, su irritación es un diluvio,
su corazón es misericordioso y su mente dispuesta al perdón.
Los cielos no pueden soportar el golpe de sus puños,
pero su mano es cordial, ayuda al desesperado.
Marduk, los cielos no pueden soportar el golpe de sus puños,
pero su mano es cordial, ayuda al desesperado.


Fragmento de Ludlul Bel  Nemeqi
(Alabaré al Señor de la sabiduría, poema babilónico en escritura cuneiforme, en torno al 2000 a. C.)



Para hacerle honor a este Sant Jordi, día de la rosa y el libro (porque yo nunca he dejado de vivir en Barcelona, como tampoco en Granada), no se me ocurre nada mejor que recomendar esta obra: Los primeros libros de la humanidad. El mundo antes de la imprenta y el libro electrónico, del venezolano Fernando Báez. Me gustan especialmente los pasajes en que el autor deja salir su voz personal y nos revela alguna de las aventuras –en ocasiones, trágicas y novelescas- que acompañaron su redacción. La estructura cronológica lineal y las descripciones técnicas, si bien pueden hacerse aburridas en algunos momentos, dan sentido a la Historia que anuncia el título, y además, se incluyen citas y fragmentos de aquellos primeros “libros”, es decir, de lo poco o mucho que ha llegado, mejor que peor, hasta nosotros. Así que este ejemplar tiene varios atractivos: el relato de cómo fue escrito (peripecias alrededor de un mundo envuelto en conflictos bélicos internacionales y revoluciones armadas, bibliotecas y museos saqueados y destruidos por tropas nativas o extranjeras), el de su propio asunto (el origen de lo que hoy llamamos “libro”, los primeros soportes de la palabra escrita), y el de las citas ancestrales, todo ello acompañado de comentarios eruditos sobre las lenguas y culturas pretéritas. El autor reconoce que estuvo a punto de morir antes de concluir su redacción. Se ha convertido de inmediato en un best seller, y con razón: corazón de los libros.


Cita:


En África, se mantiene la idea de que el libro fue inventado en el reino de Mali: un rey quiso proteger a los hombres de las maledicencias de los dioses y para avergonzarlos comenzó a archivar los hechos de estos últimos en el Libro de la Verdad. «Salvamos la cultura de Occidente: aquí estuvo la primera universidad del mundo, aquí se puede saber cuál es la otra España», me decía en cambio mi guía en el camino hacia Tombuctú, un joven llamado Modibo, que había intentado vivir ilusamente de los fondos de una fundación cuyo dinero desapareció, como tantas otras cosas, de una sociedad internacional que apoyaría la agricultura en África. Mali es uno de los quince países más pobres del mundo, hoy dividido y en guerra.


«De no haber sido por nosotros, los libros de la memoria de al-Ándalus se habrían perdido, la gran biblioteca de Mahmud Kati», explicaba mientras llegábamos a ese paisaje que probablemente sólo verán futuras generaciones de astronautas en otros mundos y que por ahora es la tormenta de arena seca y asfixiante que es Tombuctú, en las cercanías del mítico río Níger, donde se construyó una biblioteca con cientos de manuscritos en árabe, hebreo y castellano aljamiado que salieron de España cuando fueron expulsados los moros en 1942. Hay de todo, pero fuera del edificio –similar a una fortaleza- la sombra quema, las piedras hierven a 47 grados, de modo que preferí escuchar una historia que acabaría por ser esencial en mi busca: «Tombuctú es la ruta comercial transahariana más importante y prueba que hubo bibliotecas ambulantes entre los continentes».


Fernando Báez
Los primeros libros de la humanidad. El mundo antes de la imprenta y el libro electrónico
Fórcola Ediciones, 2013






domingo, 20 de abril de 2014

Lo sé, Lao Tse



Al juntar treinta rayos en el cubo de una rueda,
justamente donde está la nada
se cumple la acción del carro.

Al modelar la arcilla para fabricar una olla,
justamente donde está la nada
se cumple la acción de la olla.

Al perforar los vanos de puertas y ventanas para hacer un cuarto,
justamente donde está la nada
se cumple la acción del cuarto.

Por ello,
el Ser es la cosecha,
el No-Ser es la acción.

Lao Tse
Tao Te Ching



viernes, 18 de abril de 2014

La muerte de Gabriel García Márquez





Cuando ayer supe la muerte de Gabriel García Márquez me sentí como si hubiera muerto alguien de mi familia, como si hubiera muerto ese abuelo que de niños nos contaba historias. Porque de hecho eso es lo que hacía. Él se había criado rodeado de mujeres que le contaban chismes y leyendas, y de adulto heredó ese rol de narrador, se convirtió en la música que alimentaba nuestros oídos y nuestra imaginación. Con él crecimos y nos emocionamos, con él aprendimos a amar, aun en tiempos de cólera, él dibujó nuestro mundo y al hacerlo también a nosotros mismos.

Cuando ayer supe la muerte de Gabriel García Márquez, me emocioné y lloré. Porque se ha hablado mucho de la función de la literatura como creadora de identidades colectivas, y yo siempre lo había entendido muy bien, intelectualmente. Pero ayer, lo sentí como si muriera alguien muy querido de mi propia familia, alguien que me había dado todo su amor en forma de palabras, y me di cuenta de que esa familia es de millones de personas. O mejor dicho, lo sentí.

Gracias por todo eso, querido Gabo.








miércoles, 16 de abril de 2014

domingo, 13 de abril de 2014

Viejo tambor







Este desorden es extraño.
Las zapatillas junto al radiador
y el sol que destella en la casita de enfrente, 

blanco brillante contra cielo azul,
la ropa revuelta sobre la butaca,
la esterilla naranja y el cojín
de meditación, forman una geometría
cuyo único centro
soy yo: esa bolsa de plástico amarilla
rodando por el suelo, las columnas de libros y el azul
-más oscuro- del cuaderno, mi cabeza tendida
frente a estas palabras, y entonces lo veo,
se me olvidaba, ese increíble tambor,
rojo circense, cordones y rayas amarillas,
ese tambor casi decimonónico
llena él solo toda la habitación,
late en silencio.






miércoles, 9 de abril de 2014

La consciencia superficial







Cuando el ser humano ve que toda acción mental es una acción mecánica, entonces, en un santiamén, desaparecen toda la gloria y todo el hechizo de pensamientos e ideas que son pensamiento organizado, ideologías, conclusiones y valores –todo el hechizo y la gloria que giran alrededor de todo esto. Uno no siente satisfacción en identificarse con una ideología y tratar de oponerse a otra ideología. Uno ve la futilidad de complacerse en la actividad mecánica del pensar.



En la actualidad, nuestras relaciones se basan en nuestra identificación con nuestros pensamientos y sentimientos. Yo digo que tengo relaciones con ustedes, pero durante todo el tiempo trato de juzgarlos sobre la base de mis gustos y rechazos, de mis opiniones, preferencias y prejuicios. Los juzgo sobre la base de eso. Reacciono ante ustedes sobre la base de eso. Reaccionamos sobre la base de nuestra adquisición de ciertas pautas de pensar, sentir y reaccionar. Estas pautas son las que entran en relación recíproca, no los seres humanos. Tan pronto como los miro, surgen todos los gustos, rechazos, opiniones y conclusiones almacenados en mí. Antes de que ustedes hayan pasado conmigo diez minutos, yo les puse un rótulo: esta persona es moral o inmoral… me gusta, no me gusta –es fea, bella, culta, grosera-, ustedes saben, juzgamos al ser humano total por manifestaciones externas, y luego nuestros juicios dictan nuestra respuesta. Por eso, estas respuestas provienen de los juicios y las imágenes que dos personas crearon recíprocamente. Las personas no se relacionan. Se encuentran las imágenes. Si hay fricción, se destruyen las imágenes, y decimos que se rompe la relación. ¡No hubo que romper una relación! (risas).



[…]



Si queremos una relación real en lo atinente a los seres humanos, si el ser humano quiere aprender el arte de relacionarse con sus semejantes, tendrá que abandonar la cárcel que el ego creó. Tendrá que salir de este círculo vicioso de responder a través de la memoria. Para mí, ese es el quid de todo el problema. Esa es la naturaleza del desafío. Cuando decimos que tenemos que averiguar si hay algo más allá de la consciencia actual, que debemos salir de la psiquis, eso no es nada misterioso ni místico. En eso nada hay que sea muy difícil o extraordinario. Un enfoque científico de la mente humana me dice muy vívidamente que ésta es una actividad mecánica. Por tanto, si surge la ira, si surgen los celos, la envidia o la codicia, si surge la ambición, no me identifico con la ambición y digo: “Soy ambicioso”, o “Estoy enojado”, “Estoy celoso”. No actúo por esa identificación, sino que tomo distancia de la reacción que surge, sabiendo que es producto de la humanidad colectiva. No tenemos que combatir los síntomas externos de los intereses creados y las estructuras; la estructura real que hay que combatir está dentro.



[…]



Por eso, para esa persona revolucionaria, la meditación es la acción más revolucionaria de la vida. Es la única acción total. Todo lo demás es fragmentario.



[…]



Para mí, la meditación es la tercera salida. Las otras dos son solo evasiones del hecho. El modo meditativo es el modo de entender la naturaleza de la acción mental, o sea, el movimiento del ego, y no identificarse con eso. Ni ustedes ni yo podemos deshacernos de esta psiquis, del consciente, del subconsciente y del inconsciente… ustedes saben, de todo eso. No podemos destruirlo; no podemos desecharlo. No podemos resolverlo combatiéndolo. Va a estar ahí. Si permitimos que se exponga a la luz de la consciencia, ese impulso deja de aferrarse a nuestra consciencia; deja de agarrarnos. Deja de agarrarse porque vemos simultáneamente lo objetivo y lo subjetivo, y, en esa percepción de la totalidad, la conciencia ya despegó hacia un plano completamente diferente.


Vimala Thakar
Rumbo a la transformación total
Editorial Kier, Buenos Aires, 1988