blog de Jorge Díaz Martínez

lunes, 24 de septiembre de 2012

Un capricho "maudit", o "el fetichismo de la autenticidad"






Les poètes maudits
Paul Verlaine
Kessinger Legacy Reprints

Hay libros de los que se habla en todas partes pero nadie parece haber leído. Les poètes maudits es uno de esos libros. La mayoría de la gente, cuando dice que un músico o un pintor es un artista “maldito”, ignora que la culpa de que estén pronunciando ese apelativo la tiene Paul Verlaine. Entre poetas, con suerte, la cosa cambia, aunque a día de hoy pocos hayan leído a Verlaine, en realidad, al menos en España –no sé, es una impresión-. Pero sí, algunos saben que fue el responsable de una de las antologías más peculiares en la historia de la poesía. Podríamos hablar de algunas otras que han intentado imitarla muchas décadas después. Podríamos hablar también de algunos otros libros que ayudaron a crear la imagen del malditismo y la bohemia francesa de la segunda mitad del XIX. Podríamos hablar de pintura. Podríamos hablar, simplemente, de curiosidad. La curiosidad de leer las palabras que Verlaine le dedica, por ejemplo, a su ex-amante Rimbaud (¿es esto morbo?), o las que les dedica a esos autores a quienes conoció y trató personalmente y que hoy forman parte de esa especie de mitología universal de la poesía que todos conocemos. Por no mencionar la omnipresente ausencia de Baudelaire, una ausencia que le hace, a la vez, si cabe, más maldito y presente todavía. ¿Intuimos envidias, desencuentros? Y la curiosidad, además, en esta edición, de observar la tipografía, las ilustraciones y la paginación original –y el gusto de estampar, sobre ella, mi firma. Y la curiosidad, en definitiva, de un viaje en el tiempo hacia el origen, hacia la originalidad. El espejismo de la autenticidad. O quizá sea tan solo una forma más de fetichismo. Fetichismo por  las palabras. Pero fetichismo también por las personas que se esconden tras ellas.  ¿Y detrás?




viernes, 21 de septiembre de 2012

Pizarnik, punzada, pinza






Y una vez más, la mano que se desplaza autómata hasta el cable, cansada, y aprieta el botoncito y renuncia, de nuevo, y consiente o acepta hacia ese libro, hacia ese mismo libro, por ejemplo, Octavio Paz, Des poètes maudits, César Vallejo, y por último, Alejandra, y por fin, algo lo suficiente como para que me venga aquí a proyectarme, a fotografiar(nos). La Pizarnik sin tilde. La pinza de Pizarnik. Lo dicho, unos fragmentos, ahora doblemente fragmentados:



APROXIMACIONES 


Buenos Aires 1956-1958


abrazando tu sombra en un sueño
mis huesos se arqueaban como flores

*

los bordes de silencio de las cosas
lo callado que recorre la presencia de las cosas

*

estos ojos
solo se abren
para evaluar la ausencia




Como una idiota cruzando la calle
tengo miedo, me río, me saludo en el espejo
con una sábana hedionda,
me corto de raíz,
me escupo, me execro.
Como una santa acosada
por voces angélicas
me hundo en la canción de las plagas
y me vengo, me renuncio,
me silencio, me recuerdo.


Alejandra Pizarnik






miércoles, 19 de septiembre de 2012

Conversar es humano





Conversar es humano. Y colgar entradas en el blog a altas horas de la madrugada a veces también. Leo a Octavio Paz, el viento cruje, esto parece un barco y el insomnio se vence. El poema es largo y emociona, como emociona la muerte. Me gustaría copiároslo, pero aparte de largo en ocasiones soy supersticioso. En cambio, el siguiente es un poema perfecto. Lo que emociona no sea tal vez la muerte, sino el contraste con la vida.


CONVERSAR

En un poema leo:
conversar es divino.
Pero los dioses no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.

El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.

La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen,
somos nombres del tiempo.
Conversar es humano.

Octavio Paz



viernes, 14 de septiembre de 2012

A 39 años de la muerte de Víctor Jara







A 39 AÑOS DE LA MUERTE DE VÍCTOR JARA

Si no fuera por Milton Friedman tal vez Víctor hubiera llegado a viejo,
o a lo mejor lo hubieran matado igualmente
porque para matar al pueblo nunca hicieron falta teóricos:
cuanto más unido el pueblo
menos munición se necesita.
Es como echar las redes en el río.
Y si no hubiera sido Nixon, hubiera sido otro,
poco importan los nombres de los guantes
cuando se trata de estrangular a… todo el mundo.
Y la cosa sigue así,
estamos recordando el asesinato de alguien
al que están matando ahora, en el futuro. 
Al que rematarán, sin duda, en el futuro.
Ese alguien se llama:
(ponga aquí lo que piense)







lunes, 10 de septiembre de 2012

Los héroes acaban mal









El placer de la lectura se ha convertido en stress, nostalgia, obligación. ¿Dónde ir a buscar el ocio verdadero? Perder el tiempo, cuando perder el tiempo va contra tu deseo, cuando un placer va contra tu deseo, cuando un deseo se opone a otro deseo por el control del tiempo de tu vida. ¿Sobre qué deseo depositar las piezas de tu apuesta? Y digo apuesta porque toda decisión lo es. El deporte y el amor. La salud y la bondad. El sexo y la tranquilidad. 





jueves, 6 de septiembre de 2012

Madrugada verbal







Utilizamos las palabras inconscientemente, sin saber lo que realmente significan. Por ejemplo, ¿qué significa la palabra real? ¿existe el significado real de una palabra? ¿no es este significado más que una convención fluctuante? Es más, ¿existe la realidad? Y si existe, ¿podemos conocerla? ¿acaso podemos decir de una palabra que sea o no sea una palabra real? ¿existen las palabras? ¿Y qué significa significar? Para significar algo tiene que haber algo que significar, por lo tanto reconocer la significación de los signos significa reconocer la existencia de algo más, de algo otro. ¿O acaso ese algo otro solo existe en función de los signos que lo apuntan, en función del sentido que lo apunta? ¿Existe, en fin, la realidad, la irrealidad, ambas cosas, o ninguna? Y si existe, ¿qué significa que la realidad existe? O, dicho de otra manera, ¿qué significa la realidad? ¿Es la realidad un signo, para poder significar algo? ¿es el libro de Dios, como decían en el Medievo? Y si lo es, ¿hacia dónde señala? De nuevo, ¿qué significa la realidad? ¿qué significa la palabra real?