blog de Jorge Díaz Martínez

jueves, 31 de marzo de 2011

LA NUEVA TAXIDERMIA, de Mercedes Cebrián

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Difícilmente un título mejor hubiera podido elegir Mercedes Cebrián ante esta denuncia de la actual impostación identitaria que es La nueva taxidermia. En dicho rótulo pudiéramos anticipar una crítica más a la superficialidad posmoderna, a los discursos refritos, a la oquedad política o la mascarilla económica (o, yendo más allá, a un horror vacui metafísico). Y sí, todo eso está sobrentendido, lo damos ya por dicho/hecho, y sería la vaporosa ausencia de la que penden los hilos de sus personajes, unos personajes que se buscan en las superficies, a veces en las de su propio pasado y otras en las superficies ajenas. Pero para reseñar adecuadamente este artificio, este teatro de títeres, que no deja de ser también otra película/lámina/superficie construida y rebuscada ex profeso, habría que empezar naciendo en el Madrid de los setenta, siendo mujer, aunando los recuerdos -también los inconscientes- que aunó Mercedes Cebrián en su niñez, revivenciar sus vivencias juveniles, luego licenciarse en Ciencias de la Información, escribir esas obras que ella guardó en un cajón y volver a escribir luego (la referencia a Menard, guiño al que muchos lectores  se adelantan, tampoco falta en sus hojas) las que ella publicó. Habría que viajar. Habría que beber vino, y no barato. Y luego, además, habría también que ser, qué te digo yo, Jacques Lacan o Castilla del Pino. En cualquier caso, nadie al alcance de mi mano. Pero sí me apetece apuntar algo evidente que vincula el punto narrativo en que ambas aventuras (la novela se compone de dos argumentos) se dan por terminadas. Es el momento angular en que los personajes renuncian o dan por finalizada la simulación que venían llevando a cabo. Y como la lectura metaliteraria salta a la vista, uno no puede menos que preguntarse ¿qué pasará ahora con la vida de Mercedes Cebrián? ¿Y cómo será su próxima novela?

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Y hoy, 1 de abril, me he encontrado con Amy, mi compañera californiana de doctorado y, mientras degustábamos tapas vegetarianas en un bar del Realejo, me ha contado que en sus clases de inglés, que da  a un grupo de empresarios, ofrece unos muñequitos a sus alumnos y estos se los ponen en los dedos y hablan a través de ellos. Les gusta, dice. Se divierten.

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