blog de Jorge Díaz Martínez

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martes, 9 de agosto de 2022

Reseña a: Las maravillas, de Elena Medel. (Anagrama)



Las maravillas, primera novela de Elena Medel, habla de esas historias que nunca se escriben: las vidas grises de unas mujeres de clase humilde, empujadas a estrecheces y trabajos esclavos, sometidas a prejuicios, castigadas por la suerte o por su propia familia, pero que a pesar de todo se rebelan, cada una a su manera, y a costa de penalidades, para ser ellas mismas, para defender su propia independencia (un trabajo precario, el alquiler de un pequeño piso en el extrarradio, su libertad sexual) antes que asumir los roles ancestrales que les hubieran tocado por ser mujer (y pobre), o por ser "la mujer de". Esta ópera prima narrativa de Elena Medel comparte con Chatterton, su último poemario, sus ejes de gravedad: la denuncia feminista de la amargura socioeconómica que en la que nacen y viven muchas mujeres. Las relaciones sin sentido, la explotación laboral, los medios de transporte público como espacio simbólico y homogeneizador, etc. En la novela, la narración omnisciente nos permite asistir a la crueldad de unas existencias contaminadas por la necesidad, pero también a la autoafirmación de quienes se niegan a seguir ocupando ese lugar secundario que les reserva, no solo un determinismo (o violencia) estructural, sino, directamente –"lo personal es político"– la mirada masculina de sus parejas. No se trata de una novela ligera de verano. Elena Medel nos revela con crudeza la psicología, el carácter alejado de los tópicos, las dobleces y la fuerza interior de estas mujeres, como pocas veces se nos había contado.

viernes, 5 de agosto de 2022

La frescura de la gran literatura: Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà (Anagrama)

He leído Canto yo y la montaña baila en castellano y pienso hacerlo también en catalán: Canto jo i la montanya balla, a ratitos, por placer y para refrescar mi familiaridad con un idioma que tengo demasiado abandonado. Los premios que se ha llevado esta novela, sin duda los merece. Las voces femeninas ―y, en general, casi todas las voces de este libro―, me han recordado a las voces, igualmente rurales, compulsivas y poéticas, de los personajes de F.G. Lorca. La trama intergeneracional, etérea y esotérica, con su mezcla de amor y de tragedia, al realismo de Gabriel García Márquez. Y la focalización, no sé, a la tradición del cuento corto, siempre dado a estas sorpresas. De hecho, muchos de sus capítulos pueden leerse como magníficos relatos independientes. Pienso en Irene Solà en un autobús de Londres, los pasajeros la mirarían algunos con desprecio, otros con curiosidad y otros con indiferencia, sin saber que esas notas que garabateaba en su cuaderno se convertirían en una de las mejores novelas del S. XXI europeo. Es un libro que parece escrito en otra época, una época en la que todavía se creía en la plasticidad del idioma, en la narrativa lírica, en la exuberancia del lenguaje, en las palabras conmovedoras y en la poesía. Tiene la frescura lúdica de la gran literatura.

jueves, 7 de abril de 2011

Sunset Park, Paul Auster.

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Creo que este es el que más me ha gustado de todos los libros que he leído de Paul Auster. O tal vez es que he leído tantos libros suyos que ya no me acuerdo y simplemente este me ha gustado mucho. Pero no, de algo me acuerdo. Y puede que mis impresiones estén equivocadas, pero creo notar un cambio en esta, su última novela publicada. No es una abstracción pseudofilosófica sostenida en andamios policiacos. No es metaliteratura (y a la vez lo es quizá de una manera mucho más clara que en todas sus entregas anteriores). No es Niebla, de Unamuno. No es el marujeo neoyorkino de Woody Allen teñido de misticismo a lo Herman Hesse. Aunque obviamente tampoco es una obra completamente nueva y conserva detalles de todas esas raíces, por ejemplo el imaginario personaje llamado "Botellero", un vagabundo como los que callejean por La ciudad de cristal o la Trilogía de Nueva York. Parece que Auster ha continuado la maniobra de aterrizaje que ya se percibía en El cuaderno rojo o en El libro de las ilusiones. Ha rebajado el melodrama, eliminando además escenas demasiado estrambóticas y ha diluido el argumento hasta hacerlo más creíble o, mejor dicho, más terrenal (no seré yo quien diga que en “la realidad” no suceden eventos estrambóticos). Por otra parte, esa disolución de la trama se acompaña de una amplitud de miras que, sin llegar a ser caleidoscópica –en primer lugar porque sigue reinando la omnisciencia narrativa, salpicada de trucos- se presenta, desde los propios títulos de cada capítulo (que ni siquiera son tales títulos, sino separadores vocativos) manifiestamente distributiva. Sigue habiendo un protagonista y una historia central, pero se ha nivelado el desarrollo de los personajes y casi todos nos resultan igual de interesantes. Pero no es sólo que Auster haya puesto los pies en la tierra, es que se ha politizado. Nos habla desde la actualidad, nos  habla de Liu Xiaobo, de Obama y de Zona Cero. Y nos habla mucho y bien de literatura, de cine y de beisbol, lanzando continuamente bolas a una vida que es la nuestra. Nuestra vida que es también la del beisbol, el cine y la literatura. Y los cabos se quedan sueltos.