blog de Jorge Díaz Martínez

domingo, 11 de enero de 2026

The Killing of Renée Nicole Good and ICE’s Use of Excessive Force


English Translation:

Quoting Bertolt Brecht, there are many ways to kill: accidents, murders, poorly treated illnesses, overdoses, and coerced suicides. People can starve or be turned into cannon fodder for wars. Of all these deaths, only a few go viral on social media, sparking citizen movements and becoming political ammunition. It happened with George Floyd, with Iryna Zarutska, with Charlie Kirk, and now with Renée Nicole Good—a U.S. citizen shot and killed by a U.S. Immigration and Customs Enforcement agent in Minneapolis. Violent deaths, heinous murders. Yet nothing astonishes me more than the hate they unleash among social media users of opposing ideologies.

When George Floyd was asphyxiated under a knee, not only did the BLM movement arise, but in the U.S., many Republicans continued to justify the police officer’s actions. They are the same ones now defending the ICE agent who ended Renée Nicole Good’s life. I’ll quote just one comment I saw on Instagram: “Her head was empty long before the bullet 🥀.” As vile as it is, that comment has hundreds of likes. These are, again, the same people who criminalized the entire Black community when Iryna Zarutska was stabbed on the tram. But, to be honest, their comments fill me with the same disbelief I felt watching Democrats dance to celebrate Charlie Kirk’s death. 

Hatred spills everywhere: it imposes a narrative, as if you couldn’t despise both Maduro and Donald Trump at the same time. Some deaths are unpredictable, but others result from concrete policies and demand accountability. An attack can’t always be prevented, and an aggressive, repeat offender shouldn’t be set free so easily. But it is intolerable for politicians to proclaim the impunity of an armed force whose members have been hastily recruited and poorly trained, encouraging them to abuse power and to meet absurd deportation quotas. The United States increasingly resembles a dictatorship—a beast willing to do anything to guarantee its hegemony.



Como decía Bertold Brecht, hay muchas maneras de matar: accidentes, asesinatos, enfermedades mal curadas, sobredosis y suicidios provocados. Se puede morir de hambre o como carne para la picadora de las guerras. De entre tantas, solo algunas se viralizan en las redes, desatando movimientos ciudadanos y sirviendo de arma arrojadiza entre facciones políticas. Sucedió con George Floyd, con Iryna Zarutska, con Charlie Kirk y, ahora, con Renée Nicole Good. Muertes violentas, asesinatos execrables. Pero ninguna me causa tanto pasmo como el odio que desatan entre los usuarios de distintas ideologías. Cuando George Floyd fue asfixiado por una rodilla, no solo nació el movimiento BLM, sino que, en el contexto estadounidense, muchos republicanos no cejaron en su empeño de justificar la acción del policía. Son los mismos que ahora defienden al agente del ICE que ha acabado con la vida de Renée Nicole Good. Citaré solo un comentario leído en Instagram: "Her head was empty long before the bullet". A pesar de lo vomitivo, el comentario acumula 259 likes. Son, de nuevo, los mismos que criminalizaron a toda la comunidad afrodescendiente cuando Iryna Zarutska fue apuñalada en el tranvía. Pero, siendo sincero, sus comentarios me provocan la misma incredulidad con la que veía bailar a los demócratas celebrando la muerte de Charlie Kirk. El odio rebosa por todos lados: se te impone un relato, como si no pudieras detestar al mismo tiempo a Maduro y a Donald Trump. Algunas muertes son imprevisibles, pero otras derivan de políticas concretas y reclaman responsabilidades. Un atentado no siempre se puede evitar, ni un criminal agresivo y reincidente debería estar libre con tanta facilidad. Pero lo que no se puede es proclamar, desde la esfera política, la impunidad de un cuerpo armado cuyos miembros han sido reclutados con prisa y escasa formación, alentándolos al abuso de poder y al cumplimiento de unas cifras de deportaciones descabelladas. Estados Unidos se parece cada vez más a una dictadura, a una bestia dispuesta a cualquier cosa para garantizar su hegemonía. 

sábado, 27 de diciembre de 2025

Mi anti-lista de los mejores libros de 2025


A mis lecturas de los libros de los muertos se suma la saturación editorial contemporánea: salen tantos libros buenos cada año, tantas listas, que estar mínimamente al día de las novedades resulta inabarcable y sobrehumano. Esto no es nada nuevo ―valga la redundancia―, pero dicha imposibilidad se ha vuelto, si cabe, más pronunciada en las últimas décadas debido ―perdón por la obviedad― a la expansión internáutica del campo literario. Lo que para la Generación Z es algo natural, para los que venimos de antes ha supuesto una auténtica explosión. Simplemente, hay más medios, más críticos, más microeditoriales, más blogosfera, más Goodreads, más Wattpad, más bookstagram, más booktok, más géneros, más podcasts y más ebooks. Ante tal multiplicación de la oferta disponible, el mercado en su vorágine caníbal necesita crear necesidad, despertar la curiosidad de los lectores de cada nicho literario a través de metatextos transmedia en los que se confunde crítica y promoción, potenciando una forma de consumismo cultural en la que se conjuga, en distintas proporciones, el valor artístico y sociológico de las obras con el propósito comercial de su venta. Así las cosas, nos vemos empujados a una falsa disyuntiva: leer mal o leer poco. Leer poco, por comparación con el exhibicionismo acumulativo que se nos muestra; y leer mal, por leer rápido o incluso no leer, sino anunciar con argumentos huecos y emotivos un volumen exagerado de lecturas (performative reading) que en realidad no se han leído, porque nadie tiene tiempo de leer bien esa cantidad de libros, pero de ojearlos sí. Al margen de tanto ruido, a mí la única lectura que me interesa es la intensa, la inmersiva, la vivencial o la meditativa, que puede ser más o menos fugaz o prolongada, de una noche o de largo recorrido, pero nunca ese vistazo indigesto de urgentes novedades o el ansia de quien sufre codicia intelectual. Aunque también depende, pues no todos los libros merecen nuestra atención. En cualquier caso, lo que quería decir es que este año (2025) han publicado muchos de mis poetas y novelistas favoritos; parece que se hubieran puesto de acuerdo. Tal selecto conjunto ha publicado poesía, traducciones, ensayos y novelas. Un no parar. Lógicamente, no lo he leído todo, a veces por no haber tenido tiempo y a veces porque Correos no ha querido. Pero sí he podido dedicarles una reseña en Cuadernos del Sur a un mínimo de ellos ―y a otros tengo pensado hacerlo. Pero, en todo caso, en esta ocasión renuncio a revelaros mi club de predilectos, mi reguero de lecturas satisfechas, pendientes o insatisfechas. ¿Semejante ejercido de subjetividad? Creo que ya vamos sobrados de listas por este año. Por más que inevitables o incluso convenientes (si fueran honestas), las listas de leídos y las listas de best-sellers son siempre sospechosas. Enrique Murillo, en Personaje secundario (2025), nos confiesa una anécdota sobre su elaboración: cuando los redactores de la prensa cultural les preguntaban a los libreros sobre los títulos más vendidos, estos les referían precisamente aquellos que no se habían vendido para poder así, azuzando la avidez del comprador, librarse por fin de ellos. A propósito, este año se me han caído de las manos algunos de los que salen en todos los suplementos. En el fondo, a estas alturas, más que las corruptelas del mercado, lo que me da coraje es no ser omnipotente como lector, como Cortocircuito (1986). Sigo sumando ejemplares a la pila: la etérea de los que sólo apunto y la física de los que superpongo, como decía Umberto Eco, para que me hagan compañía. La pesadilla de Marie Kondo. Cuando este otoño se incendió la casa de José Ortega Torres (que la tierra le sea leve), un periódico apuntó un supuesto ‘síndrome de Diógenes’. No. Lo que pasa es que los funcionarios que hicieran ese informe seguramente no estaban comprendiendo que la literatura sí ocupa lugar y tiempo.


jueves, 18 de diciembre de 2025

Reseña a: Seronda, de Ana Pérez Cañamares (La Garúa Libros, 2025)

Reseña publicada el pasado finde en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba:

También puedes leer la reseña debajo de la foto.

Ana Pérez Cañamares

SERONDA (2025)

La Garúa Libros

 

JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

Sin darse mucho bombo, Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) ha ido consolidando una amplia trayectoria literaria (sería abusivo citar aquí todas sus obras) de la que cosechamos ahora, tras un tiempo en barbecho, este libro maduro, Seronda, que en asturiano significa ‘otoño’, también ‘fruta tardía’. Un poemario que ya desde su título nos presenta una voz periférica, tejida de motivos autumnales, entendida también esta estación como la penúltima etapa de la vida.

Como el recogimiento al que invita la caída de las hojas y la bajada de las temperaturas, ‘Seronda’ es un libro introspectivo: no se dedica al discurso positivo y a las cláusulas lógicas, esa función reverente del lenguaje orientado al exterior. Al contrario, encontramos aquí un idioma vuelto sobre sí mismo. El referente del significante teje telas de araña entre sus versos. En lugar de ceñirse al consabido poema narrativo, la autora crea aquí un dialecto propio mediante la yuxtaposición de breves secuencias connotativas, haciendo así confluir en sus estrofas distintas sugerencias, impresiones y pensamientos que se funden, como en una aleación, en el magma verbal de sus poemas. Suceden dentro de sí estos paseos de la mano de la madre tierra. Como la fauna del bosque, la poeta es otra especie estenoica, otro ‘ser onda’.

Imitando, tal vez, al calendario solar, el conjunto se equilibra en cuatro partes, como las de una hoja: Haz, Limbo, Envés y Nervadura, lo que da pie a imaginar hipotéticas asociaciones entre tales denominaciones y su peso textual. El haz, la cara que se orienta hacia la luz, indagaría en la fricción entre lo humano y su matriz amniótica, es decir, la naturaleza: «Quién dice yo dentro de la manzana», «los árboles no juzgan ni etiquetan», «De los cascos del burro surgirá/ una nueva escritura sobre el teclado/ amarillo y crujiente de los pastos». El limbo se dedicaría al corazón, al grueso de las cosas, donde más explícitamente se denuncian las injusticias, con páginas dedicadas al genocidio indígena (se cita a un superviviente de la tribu Dakota) y a los desastres de la guerra: «A los pies de la anciana/ troncos ejecutados al amanecer// carne y madera: misma firma de humo». El envés, la espalda, se orientaría hacia el pasado, con textos casi elegíacos, incluyendo un epicedio: «Tu sexo era una ofrenda y sobre el vientre llevabas escrito un contrato en blanco», «ahora el amor no es orquesta, sino eco/ una lluvia delgada en vez de saetas/ bóveda en la garganta de los pájaros». Por último, la nervadura incluiría reflexiones sobre la propia escritura, la lectura, la infancia y el amor, siempre urdidos de conciencia social: «Cuando ames las arrugas del vecino/ la vecina contigo adore al roble/ y sus hijos acampen en tu umbral», «a Dios lo sustituye/ una asamblea de alas».

En los versos de Pérez Cañamares late un panteísmo íntimo, un sentimiento de comunidad política y ecológica. Frente al individualismo del presente, la autora reivindica, entre renglones, la interdependencia mutua, más allá de las pieles que separan a personas, reinos elementales y órdenes biológicos. Como la revolución interior de Krishnamurti, ello conlleva una manera de estar dentro de sí con los ojos abiertos hacia el mundo. Y así sucede en estas hojas, acompañadas de abundantes citas y dedicatorias, que es otra forma de ir con los demás. Su escritura combina una voz ética con la profundidad de su lectura de las cosas, lo que resulta en imágenes de hondura conceptista y fresca sensación: «después del arrebato de la lluvia/ destellan en las manos de los árboles/ joyas libres de todas las subastas». 

En definitiva, Seronda, haciendo honor a su nombre, es una colección de plenitud, una interlocución artesanal en la que cada línea es a resultas de una meditada decantación. Entre la contemplación y la denuncia, entre la intimidad y la protesta, Ana Pérez Cañamares nos da su poesía necesaria, su lírica social. 

jueves, 20 de noviembre de 2025

Nostalgia y sátira en: Memorias de un niño de derechas, de Francisco Umbral (en Austral Editorial)



¿Puede un libro entero sostenerse, sin trama ni cartón, en la nostalgia? Se han dado casos de niños de cinco años nostálgicos. Incluso los neandertales la sentían de los viejos tiempos de la glaciación, antes de que vinieran los ‘homo sapiens’ a dar por culo con su sapiencia. A nivel individual, la nostalgia suele coincidir con la época correspondiente a los pocos años que pasan entre la propia infancia y la primera juventud, que en el caso de Francisco Umbral va de la Guerra Civil hasta los años cincuenta. Sin embargo, su nostalgia hace eco en la mía de los años ochenta, e incluso en la de los dos mil ―tanto no habrá cambiado el país. De Umbral se conoce, sobre todo, su caricatura televisiva, pero hay que leerlo: Memorias de un niño de derechas combina la sátira social con renglones como pura poesía. Su nostalgia es un espejo en el que reconocernos, con un poco de grima y repelús, a pesar de la distancia política y tecnológica de la península post crisis inmobiliaria.
Un guiri me preguntaba qué estoy leyendo (él ya lleva veinte años en Granada, pero siempre seguirá siendo británico) y me dice: "Pobrecito, que vivió toda esa época del franquismo". Tal vez pobre, pero no pobrecito. Nadie que escriba así es un pobrecito. Su texto neorrealista es una pintura dura, un retrato cruel, pero a la vez amable y chistoso, alternativa o simultáneamente. Sus increíbles imágenes entreveradas en páginas de reflexiones sociológicas explícitas. Un narrador que se pone, a todas luces, de cachondeo, aunque habrá todavía quien no lo pille, porque no se hizo el Umbral para el hocico de Mercedes Milá.

Su retrato de época es también, como el costumbrismo romántico, el de tipos y tópicos históricos: los moros, las meretrices, las madrinas de la guerra, los pacos (él mismo es otro ‘paco’ umbral de los tejados), las enfermeras del frente, las queridas, el estraperlo, el cine americano y luego el italiano, los realquilados, la tuberculosis, las vocalistas, los niños-vestidos-de-blanco, las chicas topolino, los pederastas, el fútbol, los guateques, los opositores, los enchufados. La sensación de acabar de leerlo como quien termina una época. No está mal subrayarlo en estos tiempos. 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Cent anys de metro. Mis poemas del metro salen a flote en Barcelona

 A finales del mes pasado le escribieron a mi editor de Barcelona [ Joan de la Vega ] para pedirle una imagen en alta resolución de la portada de mi libro Transbordo. Uno imagina que las instituciones organizan las cosas con más antelación y no como nosotros, todo a última hora. Pero no debe de ser siempre así, porque los plafones ya estaban colocados apenas unos días después. Hablo de una exposición con motivo de los 100 años del metro de Barcelona. Mi amigo Salva me ha enviado esta foto. Resulta que han incluido, no la portada, sino un poema del libro, trastocando un poco los versos... pero ya no sé si quedan así casi mejor que en el original. Después de todo, algo queda de mí en Barcelona.

Gracias, Salva. Ya aprovecho para añadir unas fotos de las estupendas ilustraciones que mi hermano Pablo Diartinez compuso para el libro. Y como coda publicitaria, decir que podéis encontrarlo en la web de La Garua Libros.











martes, 21 de octubre de 2025

Reseña a: Arte de hablar, de Xavier Guillén (Ediciones del Viento, 2025)

 Reseña publicada en Cuadernos del sur, del Diario Córdoba, 4 octubre 2025: 

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/10/04/arte-hablar-xavier-guillen-122206958.html

Esta fue, además, la primera reseña que se publicó sobre la novela. Ahí es nada.


Pulsa para ampliar

ARTE DE HABLAR

Xavier Guillén

Ediciones del Viento, 2025

 

Xavier Guillén (El Masnou, 1981) obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía con su primer libro, ‘Mar negro’ (Renacimiento, 2016), sacó un segundo poemario cinco años después, Amo de casa (Pre-Textos, 2021) y ahora acaba de publicar su primera novela, titulada con acierto Arte de hablar, una obra valiente, divertida y con un trasfondo crítico muy del siglo veintiuno. 

De entre todas las ficciones posmodernas, esta novela es una sátira, sobre todo, de los metarrelatos con los que se promociona la burbuja de las start-ups tecnológicas, en relación con la New Age de los manuales de autoayuda ―económica, cuando ambas esferas se funden en un mismo discurso emprendedor. Para ello, Xavier Guillén se sirve, por un lado, de unos puntos antitéticos de vista encarnados en sus protagonistas y, por otro, de un narrador omnisciente entrometido, que no se corta un pelo en romper la cuarta pared, en frenar el avance de la trama para desmenuzar la etimología de un adjetivo, en hacernos abrir el diccionario o en ponerse a cavilar, como de sobremesa, acerca de la vida, el arte y la política, pues lo que prevalece en estas hojas es el gusto por la conversación, el dejarse llevar por la palabra como puente entre islas, como única tabla de salvación; y de ahí el título.  

El escenario: la canícula asfixiante de Córdoba. La excusa argumental: un enamoramiento a lo Gabriel García Márquez. El estilo: a medio camino entre la exuberancia de Elena Garro y el barroquismo de Lezama Lima, pero con matiz irónico. Hay también como una atmósfera de vaguedad que le cede su asiento al lector: la elipsis funciona aquí como un acelerador de partículas, lo que unido a la brevedad de los capítulos hace que la novela vaya como un cohete hasta el final. Los personajes, reconocibles: el conformismo egoísta de Lola, el pragmatismo antimístico de Paqcar, Stan como un gurú de doble filo, el binomio quijotesco de Máximo y Santiago, la yoguini Candela bajo un continuo chantaje emocional, el prurito filosófico de Julia, siempre distante del mundo material. Entre todos ejecutan, pese a sus constantes intentos de redención, una coreografía del desengaño.

Hace poco vi por casualidad el anuncio de un taller de escritura de best-sellers: el instructor preconizaba la necesidad de emplear una prosa sencilla y transparente, sin adjetivos innecesarios ni frases rebuscadas que entorpecieran la lectura del cliente. Afortunadamente, Arte de hablar se encuentra en las antípodas de tales presupuestos comerciales. La novela de Xavier Guillén es una historia de amor por las palabras, sin menoscabo de su léxico específico, sus figuras retóricas y su plasticidad.

Innúmeros poetas se meten a novelistas, por diferentes motivos y con desiguales resultados. En el caso de Xavier Guillén, con esta obra demuestra que, además de buen poeta, es un narrador de raza, un novelista nato. A veces, en este campo, el árbol maduro da mejores frutos.

 

 

 

domingo, 25 de mayo de 2025

El realismo social de Pablo García Casado (Reseña en Cuadernos del Sur)

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/05/24/realidad-social-pablo-garcia-casado-117665734.html


CADA UNO ES MUCHA GENTE

Pablo García Casado

XLVIII Premio Ciudad de Burgos

Visor Libros (2025)

 

Por Jorge Díaz Martínez

 

Pablo García Casado siempre ha sacado poesía de donde pocos la buscaban: una estación de la ITV, el mitin de un partido, una reunión de trabajo, un programa deportivo o el monólogo interior de un viajante de comercio. Aunque a priori no deberían considerarse unos espacios como más o menos poéticos que otros, lo cierto es que estas elecciones dotan a su escritura de un realismo aún más exacerbado, no tanto por los escenarios en sí como porque el autor integra el sociolecto lleno de tales entornos en una estructura formal innovadora. La fórmula original de García Casado da lugar a un modelo textual característico, de su cuño y letra, que encontramos de nuevo repetido, en poemas de mayor extensión, en Cada uno es mucha gente, el único de sus títulos publicado gracias a conseguir un premio de poesía, el Ciudad de Burgos.

Como siempre, García Casado nos ofrece un conjunto de poemas de realismo social en el que se alternan las voces de distintos personajes. Sin embargo, en esta ocasión se trata, seguramente, del más lírico de sus libros, en el sentido de que aquí el autor se incluye a sí mismo como objeto de escritura. La técnica literaria atesorada a lo largo de años en los márgenes del canon, ese tipo de poema inconfundible que huye de los metros pisoteados y de las retóricas manidas, es puesta aquí al servicio de la propia intimidad del escritor, sus espacios urbanos y su flujo de conciencia, lo cual tiene como efecto secundario que éste sea también el más cordobés de sus libros. Las planicies norteamericanas se han sustituido por el barrio de Santa Rosa.

La poesía de García Casado ha evolucionado desde el ritmo visual de Las afueras (1997), pasando por el versículo largo de El mapa de América (2001), hasta el discurso en rectángulos de todos sus siguientes títulos: Dinero (2007), García (2015) y La cámara te quiere (2019). Pero, más allá de esta expansión superficial, en el fondo su poética sigue fiel a sí misma. Su débito manifiesto con la obra de Raymond Carver, uno de los principales representantes del realismo sucio norteamericano, se aprecia tanto en sus recursos expresivos (la frase corta y directa, tendente al minimalismo, y el ritmo entrecortado) como en su centro de interés: los sustratos menos favorecidos de nuestra sociedad y una mirada cruda hacia las relaciones humanas, teñidas por sistema de interés mercantilista, como el motivo del comercio sexual, al que dedica la novela La madre del futbolista (2022), o acartonadas por su mecanización. A esta paleta se añade, a partir de García, la temática de la paternidad.

              En definitiva, Cada uno es mucha gente es una obra coherente con la línea estética de un autor acostumbrado a que sean otros los que hablen en sus versos, pero también su libro más cercano y personal. El artífice de voces y escenarios se ha colocado a sí mismo delante de la cámara.

  

Foto: Jorge Díaz Martínez

 

 

domingo, 13 de abril de 2025

Mi reseña a: La comedia de la carne, de Carlos Pardo (La Bella Varsovia, 2025) en Cuadernos del Sur

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/04/12/comedia-carne-116256912.html



LA COMEDIA DE LA CARNE

de Carlos Pardo

La Bella Varsovia (2025)

Por Jorge Díaz Martínez

 

En los diez años que median entre la publicación de sus dos últimos poemarios Carlos Pardo se ha afianzado en su faceta de narrador, sumando ya tres novelas. ¿Puede ser, por tanto, casualidad que La comedia de la carne  (2025) sea el más narrativo de sus poemarios? Los vasos comunicantes que vinculan ambas caras de su producción literaria apuntan a una misma voz autorial e inconfundible dentro del panorama editorial en castellano. De hecho, sus últimas entregas, independientemente de su género, señalan conjuntamente hacia lo mismo: el deterioro y la caducidad de las relaciones más íntimas del locutor protagónico, ya sean éstas las de su familia de origen, retratadas a través de la enfermedad de unos padres en absoluto idealizados, o las de su familia de destino, esto es, las de amor y de amistad.

En este nuevo título, Carlos Pardo nos presenta la narración poemática, con sus correspondientes analepsis y tangentes insertadas, de un proceso de ruptura de pareja de tinte intelectual (como W. A. en Annie Hall) desde una perspectiva auto paródica que trasluce, a veces expresamente, una crítica social a las formas de amar tradicionales, monógamas y tóxico-dependientes. No es este el cancionero de un varón uniforme y sobreprotector, sino la retahíla de un sujeto lírico masculino sensible pero alérgico a las enajenaciones del amor posesivo ―u obsesivo, el cual queda relegado al territorio de la elucubración preadolescente. Su escritura basada en hechos reales subraya sobre todo la dimensión de constructo ficcional de esos lazos viscerales con los que parcheamos una cierta supuesta identidad.

En La comedia de la carne Carlos Pardo se rompe la camisa, se libera por fin del consabido corsé del endecasílabo, del poema redondo con cierre argumental. Sin embargo, su voz es la de siempre, reconocemos su acento descreído, es la voz del que indaga en su «pringue emocional» desde una disección de las pasiones que resulta, en este caso, si cabe, aún más afilada, colocándonos delante de las narices algunos rasgos reflejos en los que no quisiéramos reconocernos. La caricia a contrapelo de un racionalista que va desmenuzando la nostalgia como quien ralla queso parmesano… para reconstruirse después desde un timón analítico del ser sentimental. Por supuesto, encontramos fragmentos claramente metapoéticos en su discurso amoroso: «Transformar en belleza el mal gusto común/ que nos es natural a los humanos». Y, como en todos sus libros, hay también un poema dedicado al onanismo.

En definitiva, Carlos Pardo pega un volantazo en su trayectoria poética, prescindiendo de vicios estructurales y dotando al índice de sus versos de un sentido de trama novelesca de la historia de desgaste que nos cuenta. Como rasgo distintivo, destacaría el recurso, para nada novedoso, suavizante del humor. Y en Carlos Pardo es todo muy de humor, pero corrosivo.

 

 

miércoles, 26 de febrero de 2025

Preguntas y respuestas. Entrevista con Juan Antonio Bernier en Cuadernos del Sur

 Entrevista con Juan Antonio Bernier, publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/02/22/juan-bernier-114477938.html 



EL TIEMPO DE J. A. BERNIER

Juan Antonio Bernier (Córdoba, 1976) es poeta, traductor, profesor, cineasta y gestor cultural. Ha recibido premios como el Ojo Crítico de RNE, el Premio Nacional al Fomento de la Lectura y el Manuel Alcántara.

JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

¿Influyó su apellido en su decisión de hacerse poeta?

Mi inclinación fue absolutamente natural, mi decisión de dedicarme a la literatura sí estuvo muy afectada por el hecho de que existiera un precedente familiar de éxito.

¿Diría que eso le ha beneficiado?

Sí, sin duda, es un apellido sonoro y que conlleva una serie de connotaciones normalmente positivas. Por otra parte, me ha supuesto una gran responsabilidad. Yo he construido mi nombre desde algo preexistente y eso genera una serie de turbulencias tanto en tu propia visión sobre ti mismo como en la visión que los demás tienen de ti.

Su poesía adulta nació a caballo entre Cabra y Sofía.

Pues sí, es una poesía hecha desde la periferia. Primero en Córdoba, luego cuatro años en un pueblo de la Subbética y otros cuatro en los Balcanes. Cuando vivía en Cabra o en Burgás, no me relacionaba absolutamente con nadie del mundo literario. De mi libro «Árboles con tronco pintado de blanco» no hice ninguna presentación en España.

Aunque, cuando uno está fuera, sus lecturas le traen de vuelta.

Totalmente, la lectura más intensa que he hecho de «El Quijote» fue a -20º, rodeado de nieve, en Sofía. En ese silencio uno puede enfrentarse con cuestiones que son, además, muy espirituales, que tienen que ver, más que con el género o la disciplina literaria, con la vivencia real de la literatura, con la forma en que la literatura te afecta en tu forma de estar en el mundo.

Mucha gente descubre que es española cuando se va fuera.

No solamente he descubierto que soy muy español en el extranjero, sino también muy andaluz. Que no es una cosa que yo la piense todos los días, pero es pasar de Despeñaperros y constantemente me lo recuerdan.

¿Y su relectura de la lírica medieval?

La intensidad de esa lectura de «El Quijote» fue paralela a la de releer toda la poesía española desde los primeros vagidos de la lengua, que son los de la lírica tradicional de tipo popular. Lo que hice fue una relectura en clave posmoderna de la lírica tradicional, su fragmentariedad, cierta imperfección anticlásica… muy guiado también por la canción intelectual de Juan Ramón Jiménez, que hizo una lectura menos folclórica que la de Lorca y Alberti, y yo he seguido ese camino.

No le tembló el pulso a la hora de reintroducir la rima.

Estaba proscrita completamente. Pero, para mí, cualquier opción, aunque se inscriba en la poética dominante, es una opción fracasada. Puede que luego ese fracaso no sea tal, pero yo siempre parto del fracaso. Eso me libera muchísimo.

¿Se considera un poeta tradicional?

Me considero un escritor que hace poesía de autor. Autor es quien consigue imprimir una serie de rasgos que lo hacen inconfundible y difícil de imitar. Para mí son pocos los poetas autores. Más que ser moderno o tradicional, me interesa escribir una literatura en la que me reconozca plenamente.

Se le señaló también como «neosimbolista».

En realidad, lo que se quería señalar era mi influencia de la poesía de Luis Muñoz. Luis Muñoz ofrecía, a finales de los noventa, algunas formas de salir del laberinto de la poesía experiencial, realista, en la que nos habíamos educado, y el simbolismo era una de ellas, no la más extrema precisamente.

¿Cómo se incardina el pensamiento lógico y la plasticidad de la imagen en su poesía?

La imagen plástica tiene una importancia capital, porque pienso en imágenes, más que en ideas. De hecho, mis libros se han caracterizado por la ausencia de ideas, lo que hay son demostraciones estéticas de las ideas que subyacen. Solamente a partir de «Fruto previo» he empezado a expresar ideas. Con anterioridad, son afloraciones del pensamiento a través de imágenes plásticas y sonidos. En mi poesía, el pensamiento es, más bien, un pensamiento asociativo, ni lógico ni antilógico, sino de otro orden.

¿Qué significa «Fruto previo»?

Proviene de un verso: «Fruto previo a su flor/ mi odio reflexivo». Es un ejercicio de violencia, porque en el ciclo de la naturaleza lo normal es que la flor preceda al fruto, mientras que aquí es el fruto el que precede a la flor. Lo resumiría en un ejercicio de violencia verbal que contraviene lo que es habitual en la naturaleza y un rechazo moral de cómo se obtienen resultados. Es una expresión irracional también, porque normalmente la relación entre un sustantivo y su atributo, o entre sustancia y accidente, imita los procedimientos de la naturaleza, pero en la poesía es posible pervertir esa relación especular. Normalmente no nos cuestionamos esas relaciones, pero incluso lo que se nos ha dado de forma natural es cuestionable, si no nos satisface. Entonces, lo que hay es una protesta honda, una especie de revelación, pero también de rebeldía.

¿Cómo ha influido su labor docente en su poesía?

Me ha ayudado a tener los pies en la tierra, me ha salvado de encerrarme en la torre de marfil. Y también, estar en contacto con niños y adolescentes, año a año, es una gran fuente de inspiración, te posibilita estar cerca de una pureza renovada. Es exactamente lo mismo que me atrae de la poesía popular de hace mil años, lo que está en el albor.

¿Y «Breves erizos verdes»?

Algo que tienen en común los estudiantes de secundaria y las personas que no tienen un trato directo con la poesía es que siempre me preguntan las mismas cosas, qué es un poema, para qué sirve un poema… y «Breves erizos verdes» fue mi intento de contestar de la manera más llana y personal posible a esas cuestiones.

En algunos poemas se apunta el tema de la trascendencia.

Para mí es una cuestión trascendental, nunca mejor dicho. Eugenio Montale decía que el poema es escala hacia Dios y, bueno, la experiencia más directa de la divinidad que yo haya podido tener ha provenido siempre de la naturaleza y del arte. El arte es una especie de trampolín. El arte y la poesía, para mí, tienen esa función, y es algo que comparto con poetas como Rafael Antúnez y Raúl Alonso. Y es algo que, al igual que la rima, cuando lo he puesto en práctica tampoco estaba de moda, no era posmoderno. Es arriesgado, sí, pero el tiempo de la conversación es limitado, si no lo empleamos adecuadamente, mejor que conteste una inteligencia artificial.

¿A cada época le corresponde un tipo de poesía?

La estética del momento es una construcción que se realiza siempre a posteriori. Lo que hay es una conversación exaltada entre distintos creadores. Cuando era más joven, sí creía que el trabajo de un artista era descubrir cuál era la estética de su momento. Ya no comparto esa opinión en absoluto.

¿Quién queda, si se le quita la etiqueta de poeta?

No me veo a mí mismo como un poeta. Lo soy, evidentemente, igual que soy profesor, igual que soy español, igual que tengo el nombre que tengo, pero en realidad todo es mucho más sencillo. Si hubiese tenido otro medio de expresión a lo mejor no sería poeta, habría sido artista, eso seguro, pero la poesía es un accidente, no está en mi ADN, aunque haya gente que piense que sí, sólo porque me llame J. A. Bernier.


Juan Antonio Bernier, diciembre de 2024.
Foto: Jorge Díaz Martínez



domingo, 1 de diciembre de 2024

'Follar con amor'. Annalisa Marí Pegrum traduce a Lenore Kandel (Colección Torremozas, 2024) Reseña en Cuadernos del Sur

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2024/11/30/erotismo-lenore-kandel-112147234.html



EL EROTISMO SAGRADO DE LENORE KANDEL

 

Follar con amor

Autora: Lenore Kandel

Editorial: Torremozas, 2024

Traducción: Annalisa Marí Pegrum

            JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

            En los últimos años, han aumentado en el mercado editorial español los estudios y antologías dedicados a la Beat Generation. Esta tendencia viene a revalorizar a uno de los movimientos o grupos literarios más influyentes de la segunda mitad del siglo veinte, a ampliar la nómina de sus autores más conocidos y, por añadidura, poner de relieve el papel de las escritoras en dicho movimiento, las cuales, como es habitual, no habían recibido por parte de la crítica suficiente atención. A esta labor dirige sus esfuerzos la poeta, profesora, dinamizadora cultural, madre múltiple y, por si esto fuera poco, antóloga y traductora Annalisa Marí Pegrum. A ella le debemos la antología Beat Attitude (Bartleby, 2015), así como sus traducciones de Dorothea Lasky, Joanne Kyger, Diane di Prima y, ahora, Lenore Kandel.

            Bajo el título de Follar con amor, esta antología bilingüe nos presenta el erotismo místico de Kandel, precedido por una sucinta introducción que nos da cuenta de las claves biográficas y literarias de la autora, además de un proemio firmado por la propia Kandel en San Francisco en 1967. Su poesía comparte con su generación una escritura de flujo de conciencia, una actitud vitalista y contestataria frente a las directrices de la sociedad norteamericana más conservadora, el influjo de la espiritualidad oriental y el idealismo crítico del movimiento hippie; pero nadie brilla tanto como Kandel en el canto sin tapujos de una sexualidad sagrada y desbordada, hasta el punto de que su primera publicación, The Love Book (1966), fue acusada de pornográfica y retirada de las librerías, teniendo que enfrentar cargos por obscenidad. Como indica Annalisa Marí Pegrum, su poesía “trataba del placer femenino y heterosexual en un momento en el que se suponía que las mujeres no debían expresar tales sentimientos”. La falta de autocensura de Kandel respondía a un principio poético que podríamos resumir, citando de nuevo a la antóloga, como “la muerte de la hipocresía”, el cual guardaba no poca relación con su práctica del budismo zen. En palabras de Lenore Kandel: “Cualquier forma de censura, ya sea mental, moral, emocional o física, ya sea de dentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, es una barrera contra la conciencia de uno mismo.”  

Lenore Kandel se retiró al silencio tras un grave accidente de moto en 1970. Sin embargo, sus poemas de juventud, medio siglo después de su publicación, mantienen encendida su viveza, su sorpresa, su capacidad de conmovernos e incluso de epatarnos, además de ofrecernos un modelo literario alternativo al de las prácticas escriturales eufemísticas que saturan el mercado editorial. Honestidad brutal, tanto para escribir como para callar.

domingo, 27 de octubre de 2024

La primera novela de Pablo García Casado: La madre del futbolista. (Visor, 2022) Reseña en Cuadernos del Sur

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba.

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2024/10/26/madre-futbolista-110413849.html


Pablo García Casado

LA MADRE DEL FUTBOLISTA

Visor Libros, 2022

 

Por Jorge Díaz Martínez

En una antigua entrevista, Pablo García Casado declaraba no disponer del músculo necesario para escribir narrativa. Años después, el poeta, tantas veces acusado de excesivo prosaísmo ―su poesía siempre ha levantado ampollas y envidias―, ha terminado por darle el gusto a sus críticos, demostrando al mismo tiempo que no llevaban razón. Su primera novela, La madre del futbolista, está lejos de incurrir en los vicios estilísticos en los que suelen caer los poetas metidos a novelistas. Cierto que su poesía ya venía depurada de retóricas manidas ―en favor de una sintaxis cuasi cinematográfica― e incluso que esta novela bien podría interpretarse como un poema expandido ―a partir de unos versos anteriores―, pero aquí el escritor mete un cambio de marchas diferencial: una prosa rasante que no se separa un centímetro del suelo, sin insomnes monólogos de interior ni intrincadas figuras de expresión, llevada con suavidad por un narrador omnisciente, pero no del todo ausente, que se asoma en incisivos adjetivos e integra en su textura la mirada de los protagonistas, a quienes conocemos ―un poco al modo del iceberg de Hemingway― a partir de sus acciones objetivas y puntuales diálogos de clase media baja.

La obra recolecta las principales obsesiones que el autor ha ido diseminando en sus poemarios: el decorado humano de las urbanizaciones de extrarradio ―símbolo de los márgenes del canon literario y del canon social―  en Las afueras (1997); los viajes de carretera y «ese niño de 11 años que descubre a su mamá/ en un vídeo acompañada de otros hombres» en El mapa de América (2001); la precariedad económica en Dinero (2007); las cuestiones parentales en García (2015) y el submundo de la pornografía en La cámara te quiere (2019); además de su conocida afición futbolística.

Citándolo de nuevo, la vida que nos muestra es la de «un telefilme de bajo presupuesto» donde la progenitora que da título a la obra escapa como puede de unas turbias relaciones familiares, laborales y conyugales, donde la amistad se cimenta en base monetaria y una chapucera productora pornográfica comparte página con corruptelas político-inmobiliarias. En este entorno opresivo, la madre protagonista sobrevive a contrapelo con la mayor dignidad asequible, sin pájaros en la cabeza ni más preocupaciones que llenar la nevera. Sus breves lapsos de alivio coinciden, curiosamente, con el ambiente sórdido del sobresueldo erótico al que tanto sus apuros económicos como su necesidad de salirse del tiesto la empujan. 

domingo, 13 de octubre de 2024

Entrevista con Nuria Ortega Riba en Cuadernos del Sur. Fantasía y símbolo en la poesía.

Entrevista con Nuria Ortega Riba, publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, el 12 de octubre de 2024. Incluyo el texto completo de la misma aquí abajo. 


Nuria Ortega Riba
Fotografiada por © Jorge Díaz Martínez

NURIA ORTEGA RIBA

Jorge Díaz Martínez

Nuria Ortega Riba (Almería, 1996) recibió el Premio Adonáis de 2021 por su primer poemario: Las infancias sonoras (Rialp, 2022). Coincidiendo con el confinamiento de 2020 escribió su segundo: Albatros (Planeta, 2023), con el que obtuvo el VI Premio Espasa es Poesía. Actualmente cursa en Granada un doble máster de Profesorado y Estudios Literarios y Teatrales.

¿Cómo estás digiriendo el éxito?

Cansada, pero muy contenta. Y muy agradecida. Me he pasado el mes de abril sin parar.  Ahora quiero estar en mi casa y dedicarme a mí. Yo soy muy de la lentitud, de la calma. No puedo estar todo el rato produciendo, con prisas.

¿Crees que tus poemas tienen que ser descifrados?

 El primer libro es muy accesible, pero en el segundo sí que hay una dimensión que se escapa un poco, hay que darle más vueltas a la cabeza.

Albatros es un libro rebosante de subjetividad.

Sí, yo he llegado a pensar que, si alguien lo lee, pensará que se me ha ido la cabeza.

Eso es lo bonito. Tenemos ya muchos poemas que hablan de subirse y bajarse del autobús.

A mí me preocupa que sea una poesía menos accesible, me preocupa que la gente lo entienda, no llegar a ese punto de decir: Nuria, para.

Quieres que el poema siga teniendo ese clavo al que agarrarse, de sentido.

Sí, claro. Escribir para que sólo yo lo entienda no le veo ningún sentido.

De hecho, aunque te alejas del poema narrativo más convencional, se aprecia que detrás de esas imágenes sí que hay un referente. Parece que es todo símbolo, pero luego se descubre una escena que sostiene todo el entramado. Por ejemplo, en «Estrellas negras», hasta el último verso no das la clave.

Ese poema es una foto. De repente, en la facultad, se veían los pájaros muy lejanos y, como estaban tan altos, parecía que no se movían, parecían estrellas negras en el cielo de la tarde. A mí se me quedó esa frase y, a partir de ahí, años después, construí todo lo demás. Quizá por eso, hasta el final no se revela.

¿Tú pretendías alejarte de la poesía realista? ¿Diseñas tu poética previamente?

No, para nada. Pero sí que noto que hay esa diferencia respecto a Las infancias. Yo me siento bastante alejada de eso porque personalmente tiendo a otro sitio, no porque me siente y diga… No, sino porque mi manera de entender la literatura, incluso lo que leo, tira más hacia otros sitios, hacia la fantasía y la imaginación, más que a lo puramente… terrenal.

Se nota que te interesa más ese mundo de la imaginación, los mundos interiores, que el prosaísmo de lo cotidiano.

Me gusta también la literatura que habla de lo cotidiano; por ejemplo, cómo se construye la intimidad, el amor. Pero, incluso en esos relatos, a mí lo que me interesa es lo que se va a otros mundos, el imaginario que pertenece únicamente a esa persona, lo que se va de lo realista y tira a otros sitios.

¿Te sientes parte de una generación?                      

¿Es que ahora hay una generación? Hace unos años se decía: «Ha surgido una nueva generación, hablan de la precariedad de los jóvenes». Y yo pensaba: «Ay, pues me identifico mucho. Si yo tuviera que pertenecer a una generación, pertenecería a esta». Pero, luego resulta que los dos libros que tengo no creo que vayan por ahí, para nada.

¿De quién te sientes heredera, literariamente hablando?

Uf, heredera… Ni siquiera me gusta pensar en influencias, sino en gente que me gusta. 

Por ejemplo, Lorca en ti está súper marcado.

Pero, ves, yo no lo diría… y llevo una bolsa de Lorca.  Se me ocurre, en Las infancias, Gloria Fuertes, en ese juego con una inocencia que no es inocencia… Y Szymborska. A mí Szymborska me dio muy fuerte.

¿Y en Albatros?

Mary Oliver, Emily Dickinson… por ese espacio natural en contraste con el interior, el cuarto, el encierro… Y luego aquí hay mucha música, casi más que poesía.

Tu libro es muy romántico.

Es que lo romántico… es de esas cosas que dices, es el momento de poner una mano encima de la mesa y decir: Chicos, no todo es tan malo… Porque hubo esa época de: Oh, Dios mío, lees a Bécquer… y blablablá.

Del Romanticismo al hippismo.

Un poco.

¿Hay un poema inspirado en Mujeres que corren con los lobos?

No, ese poema está inspirado en una canción de Aurora, que la cito al inicio del libro. Cuando hablo de «pueblo» y de «hombre» en el libro, lo hago en el sentido de la violencia, de la niña que dice: «Me pusieron zapatos al nacer, me enseñaron la lengua de los hombres».

Has conseguido conservar la sensibilidad metafísica de la adolescencia.

Es algo que también me preocupa, nunca perder esa sensibilidad que no sé si tiene que ver con la inocencia, con cierta ternura, con esa sorpresa de mirar el mundo. Eso no quiero perderlo. Lo cual no quiere decir que no me sienta yo ya… más hacia una edad que hacia otra.

Conservar el niño o la niña interior no significa que uno sea Peter Pan.

Esa es la cosa, pero es que parece que si escribimos sobre la infancia es que…

Hay también un poema dedicado al tema de las creencias, la religión, la fe y la magia.

Me dio una época por leer sobre astrología y me di cuenta de que tengo ciertos patrones que se acercan más a esas creencias mágicas, místicas o religiosas, que para mí vienen de lo mismo: ese momento de desesperación absoluta en el que tienes que pedirle a algo… o tengo que encomendarme a algo, puede ser la luna o puede ser un deseo que tiras al mar en un papel. Para mí, ir a una iglesia y ponerte de rodillas a rezar o encender una vela es prácticamente lo mismo que irte a caminar sola, mirar la luna y pedirle un deseo.

Dices que no pensabas en el albatros de Baudelaire cuando escribías este libro. Me parece increíble, hay poemas que parece que van uno detrás del otro.

Cuando yo lo escribía y lo releía, en mi cabeza no estaba en ningún momento el poema de Baudelaire. Y cuando me di cuenta, me dije: no puede ser.

¿Crees que un arquetipo de tu subconsciente te poseyó para que escribieras ese poema?

No lo sé.

Los simbolistas creían mucho en eso.

Yo no me planteaba que el albatros fuera un símbolo universal, para mí era mi símbolo.

Hay mucho de sabiduría elemental en tu libro, en el sentido telúrico, de los cinco elementos.

Sí, yo creo que también por ahí va el poema del marsupilami, que acabo diciendo que ojalá compartir la sabiduría de mi madre, que es creer en cosas que la gente piensa que no existen… Vamos, que no existen, que es un marsupilami, un invento, un ser mitológico… ¿Y por qué porque no lo veamos no puede existir?

O sea, que crees que las ideas sí existen.

O creo que hay dimensiones… o, al menos, se puede jugar con eso en la literatura.  Yo voy por el bosque pensando que me voy a encontrar un hada ¿y cómo va a caber en mi cabeza que las hadas no existen? ¿o que los seres mitológicos no existen? ¿Porque ya somos adultos y creemos que debemos pensar con la cabeza, no existe todo eso? ¿Quién soy yo para decirle a mi madre: «No, los marsupilamis no existen» porque mis ojos no han visto un marsupilami?

 

sábado, 11 de mayo de 2024

Reseña a: Orden inverso, de Eva Hidalgo (Ediciones En Huida, 2024) en Cuadernos del Sur

Reseña aparecida en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba. 



EVA HIDALGO

ORDEN INVERSO

EDICIONES EN HUIDA, 2024.

 

 

Eva Hidalgo, poeta, profesora, dinamizadora cultural y cordobesa de adopción y de elección, ha publicado este año en Ediciones En Huida su segundo poemario: Orden Inverso. El libro lo componen doce cantos circulares que, como premoniciones, concluyen en el aciago año de 2020. Se trata de una obra más crítica que lírica, cuya sintaxis estilística va hilando realidades aparentemente distanciadas pero vinculadas aquí por la mirada onírica de la autora, quien pone en evidencia las relaciones de poder que las sustentan y en las que, ineludiblemente, los lectores nos hallamos implicados. Las citas iniciales de Paul Celan y de Heidegger ya nos dan una pista sobre la disposición de la autora ante un lenguaje entendido como cárcel y hogar al mismo tiempo, una jaula cuyas limitaciones solamente nos permiten señalar con gestos torpes aquello que verdaderamente quisiéramos expresar. Tienen algo de bíblico estos himnos de aspiración universalista, de tríptico del Jardín de las delicias del tonto sapiens global. Se repite en todos ellos el leit motiv de los «peligros indefinidos» y un estribillo final con variaciones que apunta hacia una «sed» aquí interpretable como insatisfacción orgánica y moral, biológica y cultural. En este Orden inverso nadie sale bien parado: ni la ciencia, ni la historia, ni los nacionalismos, ni las infancias traumáticas, ni los inmigrantes ahogados, ni los ecosistemas devastados por el capitalismo, ni las mujeres condenadas a estereotipadas improntas sexuales, ni los trabajadores   consumidos en su propia vorágine de productividad, ni los sintecho que buscan con sus bolsas de plástico cobijo en nocturnas estaciones de autobús… todas estas figuras quedan presas de una misma explotación inescapable. Le gustaría a la autora formular un hipotético orden menos torcido, en el que los hormigueros de bípedos humanos funcionaran una pizca mejor. Y su protesta es este alegato: una poesía social figurativa. A Eva Hidalgo le queda la sed y la palabra.