La editorial Milenio
ha publicado recientemente A la vuelta recogeré el camino, la
poesía reunida de Rafael Espejo, uno de los poetas más antologados de su
generación. El volumen tiene la virtud, como suele pasar en estos casos, de
rescatar del olvido sus primeros títulos, algunos ya prácticamente
inencontrables, convertidos en objeto de coleccionista o fetiche literario (y
con un precio acorde a su escasez en algunas librerías de viejo),
ofreciéndoselos ahora a los nuevos lectores tras pasar por el filtro de las
irresistibles correcciones y oportunos descartes que impone la conciencia
literaria atesorada a lo largo de las décadas (así las futuribles ediciones
críticas tendrán la oportunidad de añadir notas a pie de página contrastando
las primeras versiones y las últimas). Rafael Espejo se detiene, se da la
vuelta y va recogiendo los poemas que ha dejado como miguitas de pan por el
camino —salvo que algunas migas se las ha comido la autocrítica inclemente del
autor.
Algunos de los libros aquí recogidos marcaron verdaderos hitos generacionales para los que éramos entonces, hace un cuarto de siglo, los jóvenes poetas. Recomiendo, por tanto, su frescura, su descaro, su ultimátum a un siglo que moría, su bienvenida a este que empezaba. Escritos en la encrucijada del milenio, son algunos de los mejores poemas de nuestra época.
Ayer, viernes, 20 de
febrero de 2026, tuve la suerte de presentar esta poesía reunida de Rafael
Espejo, junto a Juan Antonio Bernier, en la librería La Romántica de
Córdoba. El acto fue todo un éxito y, por mi parte, fue un placer reencontrarme
con los viejos amigos y lectores cordobeses. Mi intervención la llevé por
escrito y tanto el autor como el público me instaron a que la publicara en
algún medio. Así pues, para quien le pueda interesar, sin más, aquí podéis
leerla íntegra.
Presentación de A LA VUELTA RECOGERÉ
EL CAMINO
Poesía reunida de RAFAEL ESPEJO en Librería
LA ROMÁNTICA
20 de febrero de 2026
Por Jorge Díaz
Martínez
Me veo en la difícil tarea de presentar
la obra literaria de un amigo. Difícil porque lo más fácil sería acomodarse en
los tópicos comunes del elogio. Yo voy a procurar no caer en la laudatoria hueca
de las presentaciones y ofrecer, en cambio, mi subjetividad crítica, a riesgo
de incurrir en la pedantería e incomodar, tal vez, a los presentes o incluso al
propio autor. Para mí no se trata de presentar un producto literario exento de
contexto, no solo porque el autor y yo nos conozcamos desde hace casi treinta
años, sino porque la supuesta autonomía del texto artístico quedó desfasada,
hace todavía más décadas, en los estudios de teoría literaria. De la misma
manera que hay que tener en cuenta el momento histórico, los movimientos
artísticos y las características del mercado, también hay que tener en cuenta al
propio autor, cuyo carácter y hechos biográficos contribuyen a dar sentido a la
obra. Como muy bien decía aquí Juan Antonio Bernier en alguna poética de las
que nos pedían a finales de los noventa ―y cito de memoria: «aunque no soy lo que escribo, me considero
importante para mi poesía».
Si incluso el novelista de ciencia ficción que construye universos inventados se
revela a sí mismo ―hasta
por omisión― en sus mundos
fantásticos, cuánto más no lo harán los poetas que deciden, a conciencia y con
cierta desvergüenza, inspirarse en sus anécdotas verídicas para reconvertirlas,
tras pasar por la planta de procesamiento, en artefactos de ficción poética
astutamente diseñados para sugestionar la conciencia del lector. Este modus
operandi lo han seguido millares de humanos, desde las cuevas de Altamira hasta
nuestros días, sencillamente porque la intensidad de nuestras pasiones deja una
huella que no desaparece fácilmente, no se agota en sí misma, no nos basta,
como a otros animales, con una sacudida muscular para deshacernos del susto del
momento. Entre los sapiens, el trauma y la obsesión necesitan otras vías
de expresión que, por habitus social, van adoptando formas
convencionalizadas que, a fuerza de repetirse, acaban adquiriendo una cierta independencia
y casi que sustituyendo a la función biológica o social que las configuró.
Surge entonces el arte por el arte, pero a pesar de tal especialización, toda
clase de artistas y escritores han seguido sometiendo, por una causa u otra,
desde la oscura noche de los tiempos, a viva voz o por escrito, la piedra bruta
de su contenido personal (emociones, sentimientos, experiencias o pensamientos)
a las leyes compositivas de alguna disciplina artística. Y más concretamente,
en el caso que nos ocupa, la poesía de Rafael Espejo bebe de una corriente cuyo
nacimiento suele situarse en la poética de William Wordsworth, en los albores
del Romanticismo, la cual, haciendo una exagerada elipsis histórica y simplificando
al extremo, llegaría a través de Robert Langbaum y Jaime Gil de Biedma a los
poetas de la Generación de los cincuenta, de ahí a la poesía de la
experiencia de los ochenta y de ahí, ya en los noventa, a los poetas de
nuestra propia generación intermedia, intermedia entre siglos y entre épocas, entre
el post y el metamodernismo, nacidos analógicos y muertos
prácticamente cibernéticos. Así que, yo diría, llevándome la contraria, que,
más que una dificultad a la hora de presentar la poesía reunida de Rafael
Espejo, puede ser para mí un privilegio el hecho de conocernos desde hace ya tanto
tiempo, el hecho de conocer tanto a la obra impresa como al escritor de carne y
hueso, tanto al personaje que se muestra, igual que un espejismo, en sus poemas,
como a la persona física con quien tantas andanzas he vivido. Y por eso, quiero
traer de nuevo a colación unas palabras de Juan Antonio Bernier, que en uno de
sus Breves erizos verdes, apuntaba:
«SOBRE EL ESTILO PERSONAL
Si aquello que hace que tus
allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en el peor
sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán sin
identidad.»
Efectivamente, esta hipótesis se
verifica empíricamente en la obra de Rafael Espejo, cuyos poemas nunca podrán
pasar por fotocopias de otros. En su caso, se da una sincronización perfecta
entre carácter y estilo literario, como dos subconjuntos insertados, la
conjunción aritmética de una personalidad arrolladora altamente integrada en su
escritura. Y por lo tanto, aquí cabría preguntarse en qué consiste esa gracia
personal, como si se pudiera destilar la esencia de Rafael Espejo vaporizando
en un alambique algunos de sus versos. Una imagen, por cierto, esta del
alambique y la esencia del poeta, bastante típica de la crítica biográfica
impresionista, en la que caigo ahora tratando de encontrar, como diría Leo Spitzer,
la marca del autor dentro del texto. Pero voy a mojarme y a decir que, en vez
de separar obra y autor, si tuviéramos que caracterizar esa gracia
intransferible según algún sistema caracterizador, como bien pudiera ser, por
ejemplo, una baraja de cartas española, al darle la vuelta al naipe, el azogue
nos devolvería la imagen de un caballo de copas: el arquetipo del seductor. Las
copas, como se sabe, contienen las emociones y se corresponden, en la baraja
francesa, con los corazones. Y es que no hace falta citar a Jacques Lacan para
notar que la libido de Rafael Espejo circula en la cadena significante de sus acentos,
que su goce reaparece en la materialidad de su escritura y, sin embargo, en su
caso, la pasión no deforma, como en el callejón del Gato, la estructura. No hay
un esperpento, sino una estilización. La conciencia creadora de Rafael Espejo canaliza
la energía orgónica a través del cauce equilibrado de una melodía casi renacentista,
casi grecolatina. Sus poemas contienen, como copas cargadas, pero sin llegar a rebosar,
no sus hechos biográficos, sino la letra con sangre que ha aprendido, ofreciéndonos
a los lectores una especie pagana de eucaristía. Estamos, pues, ante un
seductor de la palabra, un alquimista que es capaz de balancear, de un lado, el
peso de sus vísceras y, de otro, el oficio, el cincel y la maza con la que
detallar las imágenes que quiere dar a luz.
Rafael Espejo nació en Palma
del Río, provincia de Córdoba, en 1975, e inició sus estudios de Filología
Hispánica en la Universidad de Granada no sé muy bien qué año, pero sí sé que para
cuando yo llegué allí, en septiembre del 98, él era ya una figura destacada
entre los jóvenes poetas de la ciudad. Cuentan las malas lenguas que lo conocí
en un autobús de ALSA y que, sin saber todavía quién era, pero intuyendo que
debía ser un poeta o, como mínimo, un filólogo, porque quién sino un poeta o un
filólogo iría leyendo en el ALSA una antología de poetas románticos ingleses, pues,
tras una breve presentación, me arrodillé en el pasillo a leerle un poema sempiterno
antropológico que traía impreso en unas hojas y que, sin duda, debió causarle
gran impresión, pues a partir de entonces, a partir de aquel acto iniciático de
pleitesía poética se selló entre nosotros un vínculo merced al cual nos
presentábamos, en muchas ocasiones, con los ojos achinados, en los recitales
con catering de Granada. Y ese vínculo me ha traído aquí, casi treinta años
después, a presentaros su poesía reunida.
He dicho que para finales de
los noventa Rafael Espejo era ya una figura reconocida entre los jóvenes poetas.
Y lo era gracias a su primer libro, Círculo vicioso (de 1996), con el
que había ganado el Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Granada
era, por entonces, prácticamente una escuela de poetas de la experiencia, en la
que Juan Carlos Rodríguez, Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Muñoz y
tantos otros ejercían de mentores y maestros, y en la que, no lo olvidemos,
había nacido La otra sentimentalidad. En esa línea dio sus primeros
pasos la poesía de Rafael Espejo. Una etapa todavía muy juvenil, de ensayo y
aprendizaje y, no obstante, en Círculo vicioso encontrábamos ya algunos de
los rasgos que iban a definir toda su obra, hasta la fecha: la ambigüedad entre
ficción y biografía, la presencia puntual pero recurrente del entorno rural, la
reflexión metaliteraria, la reflexión, al principio algo efectista, luego más
asentada, sobre el paso del tiempo y la caducidad, las escenas nocturnas, la
bohemia, la corporalidad y los amores, en cualquiera de los estados de la
materia.
Su siguiente poemario llegaría
cinco años después con un título sacado de Baudelaire: El vino de los
amantes (publicado en 2001) gracias a la obtención ex aequo del
Premio Hiperión. A este segundo libro se le
puede calificar como su obra maestra, en el sentido medieval; es decir, la obra
con la que el aprendiz demostraba que era capaz de ejercer por sí mismo su
oficio gremial. Con El vino de los amantes Rafael Espejo salía definitivamente
a la palestra con una voz reconocible y, al mismo tiempo,
asimilable a una corriente mayor, situándose por méritos propios entre los indiscutibles
poetas emergentes del país. El libro se dedicaba, como indica su título, a la celebración
del amor y del deseo. En él, Rafael Espejo había logrado la técnica invisible, el
poema que, solo aparentemente, emana de sí mismo, a la vez que una
intensificación de la experiencia. Las estampas carnales, cuasi eróticas, aparecían
combinadas, de manera indistinguible, con el intelectualismo de sus imágenes.
Se diría que el poeta se había entregado al goce corporal, pero tampoco podía
dejar de ser cerebral, a lo mejor por ser virgo su signo zodiacal.
A esta primera etapa, Círculo
vicioso y El vino de los amantes, pertenecen algunos de sus poemas
más memorables y emblemáticos, al menos para mí, quizás por el fulgor de la
juventud que compartimos, por la admiración que nos causaban las primeras ediciones
o, quizás, por una suerte de reconocimiento generacional. Sea como fuere,
cuando pienso en la poesía de Rafael Espejo no puedo evitar recordar poemas
como: «Nocturno, Buscando la inspiración, Piso de alquiler, Amanezco con ella; De
noche, los domingos; Madriguera, Amour fou, Los pechos de mi novia, Soneto en
mí sostenido, Alter ego, o Yo». Todos ellos han sobrevivido a la poda del
autor, aunque con ligeros retoques de jardinería, si bien, tengo que decir que yo
prefiero las primeras versiones, que albergan, para mí, un encanto especial.
Pasarían ocho años hasta su
siguiente libro, Nos han dejado solos (del 2009), con el que obtuvo el Premio
Emilio Prados, para menores de 35 y publicado por Pre-Textos. Con este título
comenzaba ya su etapa de madurez, a la que se sumarían sus siguientes poemarios:
Hierba en los tejados (del 2015), Premio Ojo Crítico RNE, y Criaturas
del momento (del 2023), Premio Internacional de Poesía Francisco Brines. Todos
ellos publicados por Pre-Textos. Si yo fuera un agente de recursos humanos de
una empresa de poesía, no podría dejar de constatar el hecho de que absolutamente
todos sus poemarios hayan sido merecedores, a priori o a posteriori, de algún
premio de peso nacional. Pero, volviendo al texto, sobre esta etapa de madurez,
decir que estos tres títulos comparten un progresivo cambio de tono, sin duda,
más sosegado, que se vira al interior, hacia la hondura, destacando el calado existencial
y humanista de unos versos igualmente vitalistas y sanguíneos.
Yo os invito a que leáis esta poesía reunida de Rafael Espejo como si se tratase de una especie de novela fragmentaria en la que nos es dado observar el arco del personaje del protagonista, desde un joven ya desengañado, tal vez, a una edad demasiado temprana, que se entrega a un hedonismo sin concesiones, hasta el adulto que, verso a verso, recuerda, esta vez con solidaridad, a sus mayores, a su infancia rural, ese hombre cuarentón que, en sus paseos, en lugar de a las fiesteras, les hace a las estrellas las preguntas filosóficas eternas, ese hombre que, como en Ciudadano Kane, ensueña que su hogar es como un bibelot (una cabaña dentro de una bola de cristal donde nieva por obra de la mano) y, en definitiva, un hombre que ama profundamente a sus mascotas, a sus macetas y a su novia, igual no por ese orden. Y es que treinta años dan para mucho arco de personaje. Y a nuestra generación, por otra parte, ―un poco como a todas― también nos ha tocado nuestra buena ración de aceleración histórica. Las nuevas generaciones, está claro, tienen sus propios círculos viciosos, aunque no sé si eso a Rafael Espejo le importa mucho, poquito o nada. Como decía don Antonio Machado, la poesía es palabra en el tiempo y la suya, a la vista está, sigue imprimiendo proyectos. Por eso, este título engañoso me parece que está muy bien puesto, porque, precisamente, está conjugado en futuro y asertivo. Así pues, todo parece indicar que a Rafael Espejo le queda cuerda para rato antes de recoger camino.


