blog de Jorge Díaz Martínez

martes, 3 de marzo de 2026

Geografía escrita, de Álex Chico

Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, a 28 de febrero de 2026. 

Podéis leerla aquí: Geografía escrita, de Álex Chico, en Cuadernos del Sur

Y también aquí abajo: 


Geografía escrita

Autor: Álex Chico

Editorial: Candaya, 2025.

 

Por Jorge Díaz Martínez

Los libros de Álex Chico (Plasencia, 1980) casi siempre caminan entre lindes y Geografía escrita no es una excepción. Se trata de una recopilación de artículos cuya prosa combina la crónica de viajes y el ensayo, explorando las tensiones que entre un lugar y su escritura se entrelazan; y por añadidura, la imbricación subjetiva entre lo vivido, lo imaginado y lo leído, lo real y lo ficticio. La obra ahonda en esa ambigüedad, fundiendo biografía y metaliteratura en una serie de entornos y ciudades en las que el paisaje dialoga con la imagen de su múltiple escritura.

La textura ligera de su estilo contrasta con la acumulación diabólica de citas literarias, pictóricas o cinematográficas asociadas a los sitios que transita. Cada página es un mapa cuya leyenda apunta hacia otras páginas, un entramado arbóreo de hipertextualidad apabullante: el itinerario convoca profusamente a otras lecturas/vivencias desdobladas, hilvanando lo leído y lo visto y subrayando las irregularidades que dicha fricción suscita. ¿Ha salido el viajero de sí mismo o tal vez sigue leyendo en esa Habitación en W con la que titulaba uno de sus poemarios? El sujeto narrativo reconoce: «No sabría decir exactamente si mi memoria del lugar pertenece a una vivencia propia o a una ficción que cayó en mis manos». Algunos de sus viajes, de hecho, podrían pasar por retazos de lecturas, puras fabulaciones culturalistas, como si la letra impronta hubiera suplantado a la naturaleza física; aunque, por lo general, ambas facetas se dan inseparables, como en su visita a Blanes rastreando las huellas de Bolaño.

            De especial interés resulta la voz del narrador, un locutor cercano y, al mismo tiempo, sospechoso, reduplicado a sí mismo en el comentario de sus propias anotaciones, desplazándose del cuerpo a un cuadernillo y de ahí a su reescritura, donde revive y transcribe sensaciones, sentimientos y, a menudo, se pregunta «quién ha generado a quién, si el lugar al texto o viceversa». Entre líneas estimula la agudeza del lector y, de paso, despliega un laberinto borgiano de bifurcaciones. El recorrido, segmentado y episódico, incluye las principales ciudades de su biografía: Plasencia, Salamanca, Granada e, infiltrada, Barcelona; algunos destinos turísticos habituales, tales como Buenos Aires, Praga, Berlín o Auschwitz; recónditos parajes de La Vera y La Provenza; y también otros enclaves, desde el punto de vista europeo, más exóticos, como los cholets bolivianos y el lago de Titicaca.    

De este modo, Álex Chico nos ofrece una cartografía íntima en la que el territorio se adhiere a su biblioteca, «esa geografía leída, más que visitada» que le da pie, por ende, a relatar numerosas anécdotas de otros escritores. En definitiva, Geografía escrita nos recuerda que, a veces, más que el regreso, importa la partida: irse de Ítaca. 


sábado, 28 de febrero de 2026

Apuntes tras la lectura del Amarilis, de Natalia Litvinova




DENTRO DEL AMARILIS DE NATALIA LITVINOVA


A diferencia de su anterior poemario, La nostalgia es un sello ardiente, que nos llevaba a la Bielorrusia de su infancia, Amarilis nos transporta a un territorio mítico, de sabor grecolatino. No se trata de la genealogía trágica de sus raíces eslavas, sino de una dramaturgia de la psique telúrica. Sin embargo, en ambos se transparenta un mismo estilo, algo que tiene que ver con el peso que Natalia Litvinova es capaz de imprimir en la palabra. En este caso, las personas biográficas se han sustituido por personajes simbólicos: una mujer, el Toro, Amarilis y las ancestras, que actúan como una especie de fuerzas de la Naturaleza: lo femenino, lo masculino, una interlocutora (u oyente vegetal en la que reflejarse en una dimensión donde no es tan extraño hablarle a una flor sobre un Toro) y la sabiduría (o sororidad) ancestral. Como tales, trascienden los límites de lo individual para abrazar, en amorosa danza ―porque es un libro de amor― lo colectivo, la complementariedad de los opuestos: «Qué es el amor sino un avance de la naturaleza sobre mi cuerpo» ―se pregunta. La voz fundamental es la de ella, la mujer que versifica solo con mover los pétalos al igual que una flor de carne y hueso: «El viñedo salvaje se enreda en mis senos/ las uvas de mis pezones brotan y se pudren». Es su punto de vista quien nos habla, quien desgrana el deseo. Sus imágenes profundas sacan a flote lo oculto, como un susurro o una confidencia que no se puede aguantar: «Sus pezuñas se ablandaron como corteza de pan mojada en leche». En Amarilis los versos tienen algo de ritual y de diálogo. Natalia Litvinova se ha reinventado a sí misma escribiendo una mitología contemporánea: «No dejé que me picaran las certezas de los demás» ―nos dice. De lo histórico concreto a lo absoluto anacrónico. Y una misma intensidad de fondo.

sábado, 21 de febrero de 2026

A la vuelta recogeré el camino. Poesía reunida de Rafael Espejo.

La editorial Milenio ha publicado recientemente A la vuelta recogeré el camino, la poesía reunida de Rafael Espejo, uno de los poetas más antologados de su generación. El volumen tiene la virtud, como suele pasar en estos casos, de rescatar del olvido sus primeros títulos, algunos ya prácticamente inencontrables, convertidos en objeto de coleccionista o fetiche literario (y con un precio acorde a su escasez en algunas librerías de viejo), ofreciéndoselos ahora a los nuevos lectores tras pasar por el filtro de las irresistibles correcciones y oportunos descartes que impone la conciencia literaria atesorada a lo largo de las décadas (así las futuribles ediciones críticas tendrán la oportunidad de añadir notas a pie de página contrastando las primeras versiones y las últimas). Rafael Espejo se detiene, se da la vuelta y va recogiendo los poemas que ha dejado como miguitas de pan por el camino —salvo que algunas migas se las ha comido la autocrítica inclemente del autor.  

Algunos de los libros aquí recogidos marcaron verdaderos hitos generacionales para los que éramos entonces, hace un cuarto de siglo, los jóvenes poetas. Recomiendo, por tanto, su frescura, su descaro, su ultimátum a un siglo que moría, su bienvenida a este que empezaba. Escritos en la encrucijada del milenio, son algunos de los mejores poemas de nuestra época. 

Ayer, viernes, 20 de febrero de 2026, tuve la suerte de presentar esta poesía reunida de Rafael Espejo, junto a Juan Antonio Bernier, en la librería La Romántica de Córdoba. El acto fue todo un éxito y, por mi parte, fue un placer reencontrarme con los viejos amigos y lectores cordobeses. Mi intervención la llevé por escrito y tanto el autor como el público me instaron a que la publicara en algún medio. Así pues, para quien le pueda interesar, sin más, aquí podéis leerla íntegra.

 


Presentación de A LA VUELTA RECOGERÉ EL CAMINO

Poesía reunida de RAFAEL ESPEJO en Librería LA ROMÁNTICA

20 de febrero de 2026

 

Por Jorge Díaz Martínez

 

Me veo en la difícil tarea de presentar la obra literaria de un amigo. Difícil porque lo más fácil sería acomodarse en los tópicos comunes del elogio. Yo voy a procurar no caer en la laudatoria hueca de las presentaciones y ofrecer, en cambio, mi subjetividad crítica, a riesgo de incurrir en la pedantería e incomodar, tal vez, a los presentes o incluso al propio autor. Para mí no se trata de presentar un producto literario exento de contexto, no solo porque el autor y yo nos conozcamos desde hace casi treinta años, sino porque la supuesta autonomía del texto artístico quedó desfasada, hace todavía más décadas, en los estudios de teoría literaria. De la misma manera que hay que tener en cuenta el momento histórico, los movimientos artísticos y las características del mercado, también hay que tener en cuenta al propio autor, cuyo carácter y hechos biográficos contribuyen a dar sentido a la obra. Como muy bien decía aquí Juan Antonio Bernier en alguna poética de las que nos pedían a finales de los noventa y cito de memoria: «aunque no soy lo que escribo, me considero importante para mi poesía». Si incluso el novelista de ciencia ficción que construye universos inventados se revela a sí mismo ―hasta por omisión― en sus mundos fantásticos, cuánto más no lo harán los poetas que deciden, a conciencia y con cierta desvergüenza, inspirarse en sus anécdotas verídicas para reconvertirlas, tras pasar por la planta de procesamiento, en artefactos de ficción poética astutamente diseñados para sugestionar la conciencia del lector. Este modus operandi lo han seguido millares de humanos, desde las cuevas de Altamira hasta nuestros días, sencillamente porque la intensidad de nuestras pasiones deja una huella que no desaparece fácilmente, no se agota en sí misma, no nos basta, como a otros animales, con una sacudida muscular para deshacernos del susto del momento. Entre los sapiens, el trauma y la obsesión necesitan otras vías de expresión que, por habitus social, van adoptando formas convencionalizadas que, a fuerza de repetirse, acaban adquiriendo una cierta independencia y casi que sustituyendo a la función biológica o social que las configuró. Surge entonces el arte por el arte, pero a pesar de tal especialización, toda clase de artistas y escritores han seguido sometiendo, por una causa u otra, desde la oscura noche de los tiempos, a viva voz o por escrito, la piedra bruta de su contenido personal (emociones, sentimientos, experiencias o pensamientos) a las leyes compositivas de alguna disciplina artística. Y más concretamente, en el caso que nos ocupa, la poesía de Rafael Espejo bebe de una corriente cuyo nacimiento suele situarse en la poética de William Wordsworth, en los albores del Romanticismo, la cual, haciendo una exagerada elipsis histórica y simplificando al extremo, llegaría a través de Robert Langbaum y Jaime Gil de Biedma a los poetas de la Generación de los cincuenta, de ahí a la poesía de la experiencia de los ochenta y de ahí, ya en los noventa, a los poetas de nuestra propia generación intermedia, intermedia entre siglos y entre épocas, entre el post y el metamodernismo, nacidos analógicos y muertos prácticamente clones cibernéticos. Así que, yo diría, llevándome la contraria, que, más que una dificultad a la hora de presentar la poesía reunida de Rafael Espejo, puede ser para mí un privilegio el hecho de conocernos desde hace ya tanto tiempo, el hecho de conocer tanto a la obra impresa como al escritor de carne y hueso, tanto al personaje que se muestra, igual que un espejismo, en sus poemas, como a la persona física con quien tantas andanzas he vivido. Y por eso, quiero traer de nuevo a colación unas palabras de Juan Antonio Bernier, que en uno de sus Breves erizos verdes, apuntaba:

«SOBRE EL ESTILO PERSONAL

Si aquello que hace que tus allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en el peor sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán sin identidad.»  

Efectivamente, esta hipótesis se verifica empíricamente en la obra de Rafael Espejo, cuyos poemas nunca podrán pasar por fotocopias de otros. En su caso, se da una sincronización perfecta entre carácter y estilo literario, como dos subconjuntos insertados, la conjunción aritmética de una personalidad arrolladora altamente integrada en su escritura. Y por lo tanto, aquí cabría preguntarse en qué consiste esa gracia personal, como si se pudiera destilar la esencia de Rafael Espejo vaporizando en un alambique algunos de sus versos. Una imagen, por cierto, esta del alambique y la esencia del poeta, bastante típica de la crítica biográfica impresionista, en la que caigo ahora tratando de encontrar, como diría Leo Spitzer, la marca del autor dentro del texto. Pero voy a mojarme y a decir que, en vez de separar obra y autor, si tuviéramos que caracterizar esa gracia intransferible según algún sistema caracterizador, como bien pudiera ser, por ejemplo, una baraja de cartas española, al darle la vuelta al naipe, el azogue nos devolvería la imagen de un caballo de copas: el arquetipo del seductor. Las copas, como se sabe, contienen las emociones y se corresponden, en la baraja francesa, con los corazones. Y es que no hace falta citar a Jacques Lacan para notar que la libido de Rafael Espejo circula en la cadena significante de sus acentos, que su goce reaparece en la materialidad de su escritura y, sin embargo, en su caso, la pasión no deforma, como en el callejón del Gato, la estructura. No hay un esperpento, sino una estilización. La conciencia creadora de Rafael Espejo canaliza la energía orgónica a través del cauce equilibrado de una melodía casi renacentista, casi grecolatina. Sus poemas contienen, como copas cargadas, pero sin llegar a rebosar, no sus hechos biográficos, sino la letra con sangre que ha aprendido, ofreciéndonos a los lectores una especie pagana de eucaristía. Estamos, pues, ante un seductor de la palabra, un alquimista que es capaz de balancear, de un lado, el peso de sus vísceras y, de otro, el oficio, el cincel y la maza con la que detallar las imágenes que quiere dar a luz.

Rafael Espejo nació en Palma del Río, provincia de Córdoba, en 1975, e inició sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Granada no sé muy bien qué año, pero sí sé que para cuando yo llegué allí, en septiembre del 98, él era ya una figura destacada entre los jóvenes poetas de la ciudad. Cuentan las malas lenguas que lo conocí en un autobús de ALSA y que, sin saber todavía quién era, pero intuyendo que debía ser un poeta o, como mínimo, un filólogo, porque quién sino un poeta o un filólogo iría leyendo en el ALSA una antología de poetas románticos ingleses, pues, tras una breve presentación, me arrodillé en el pasillo a leerle un poema sempiterno antropológico que traía impreso en unas hojas y que, sin duda, debió causarle gran impresión, pues a partir de entonces, a partir de aquel acto iniciático de pleitesía poética se selló entre nosotros un vínculo merced al cual nos presentábamos, en muchas ocasiones, con los ojos achinados, en los recitales con catering de Granada. Y ese vínculo me ha traído aquí, casi treinta años después, a presentaros su poesía reunida.

He dicho que para finales de los noventa Rafael Espejo era ya una figura reconocida entre los jóvenes poetas. Y lo era gracias a su primer libro, Círculo vicioso (de 1996), con el que había ganado el Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Granada era, por entonces, prácticamente una escuela de poetas de la experiencia, en la que Juan Carlos Rodríguez, Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Muñoz y tantos otros ejercían de mentores y maestros, y en la que, no lo olvidemos, había nacido La otra sentimentalidad. En esa línea dio sus primeros pasos la poesía de Rafael Espejo. Una etapa todavía muy juvenil, de ensayo y aprendizaje y, no obstante, en Círculo vicioso encontrábamos ya algunos de los rasgos que iban a definir toda su obra, hasta la fecha: la ambigüedad entre ficción y biografía, la presencia puntual pero recurrente del entorno rural, la reflexión metaliteraria, la reflexión, al principio algo efectista, luego más asentada, sobre el paso del tiempo y la caducidad, las escenas nocturnas, la bohemia, la corporalidad y los amores, en cualquiera de los estados de la materia.  

Su siguiente poemario llegaría cinco años después con un título sacado de Baudelaire: El vino de los amantes (publicado en 2001) gracias a la obtención ex aequo del Premio Hiperión. A este segundo libro se le puede calificar como su obra maestra, en el sentido medieval; es decir, la obra con la que el aprendiz demostraba que era capaz de ejercer por sí mismo su oficio gremial. Con El vino de los amantes Rafael Espejo salía definitivamente a la palestra con una voz reconocible y, al mismo tiempo, asimilable a una corriente mayor, situándose por méritos propios entre los indiscutibles poetas emergentes del país. El libro se dedicaba, como indica su título, a la celebración del amor y del deseo. En él, Rafael Espejo había logrado la técnica invisible, el poema que, solo aparentemente, emana de sí mismo, a la vez que una intensificación de la experiencia. Las estampas carnales, cuasi eróticas, aparecían combinadas, de manera indistinguible, con el intelectualismo de sus imágenes. Se diría que el poeta se había entregado al goce corporal, pero tampoco podía dejar de ser cerebral, a lo mejor por ser virgo su signo zodiacal.   

A esta primera etapa, Círculo vicioso y El vino de los amantes, pertenecen algunos de sus poemas más memorables y emblemáticos, al menos para mí, quizás por el fulgor de la juventud que compartimos, por la admiración que nos causaban las primeras ediciones o, quizás, por una suerte de reconocimiento generacional. Sea como fuere, cuando pienso en la poesía de Rafael Espejo no puedo evitar recordar poemas como: «Nocturno, Buscando la inspiración, Piso de alquiler, Amanezco con ella; De noche, los domingos; Madriguera, Amour fou, Los pechos de mi novia, Soneto en mí sostenido, Alter ego, o Yo». Todos ellos han sobrevivido a la poda del autor, aunque con ligeros retoques de jardinería, si bien, tengo que decir que yo prefiero las primeras versiones, que albergan, para mí, un encanto especial.

Pasarían ocho años hasta su siguiente libro, Nos han dejado solos (del 2009), con el que obtuvo el Premio Emilio Prados, para menores de 35 y publicado por Pre-Textos. Con este título comenzaba ya su etapa de madurez, a la que se sumarían sus siguientes poemarios: Hierba en los tejados (del 2015), Premio Ojo Crítico RNE, y Criaturas del momento (del 2023), Premio Internacional de Poesía Francisco Brines. Todos ellos publicados por Pre-Textos. Si yo fuera un agente de recursos humanos de una empresa de poesía, no podría dejar de constatar el hecho de que absolutamente todos sus poemarios hayan sido merecedores, a priori o a posteriori, de algún premio de peso nacional. Pero, volviendo al texto, sobre esta etapa de madurez, decir que estos tres títulos comparten un progresivo cambio de tono, sin duda, más sosegado, que se vira al interior, hacia la hondura, destacando el calado existencial y humanista de unos versos igualmente vitalistas y sanguíneos.

Yo os invito a que leáis esta poesía reunida de Rafael Espejo como si se tratase de una especie de novela fragmentaria en la que nos es dado observar el arco del personaje del protagonista, desde un joven ya desengañado, tal vez, a una edad demasiado temprana, que se entrega a un hedonismo sin concesiones, hasta el adulto que, verso a verso, recuerda, esta vez con solidaridad, a sus mayores, a su infancia rural, ese hombre cuarentón que, en sus paseos, en lugar de a las fiesteras, les hace a las estrellas las preguntas filosóficas eternas, ese hombre que, como en Ciudadano Kane, ensueña que su hogar es como un bibelot (una cabaña dentro de una bola de cristal donde nieva por obra de la mano) y, en definitiva, un hombre que ama profundamente a sus mascotas, a sus macetas y a su novia, igual no por ese orden. Y es que treinta años dan para mucho arco de personaje. Y a nuestra generación, por otra parte, ―un poco como a todas― también nos ha tocado nuestra buena ración de aceleración histórica. Las nuevas generaciones, está claro, tienen sus propios círculos viciosos, aunque no sé si eso a Rafael Espejo le importa mucho, poquito o nada. Como decía don Antonio Machado, la poesía es palabra en el tiempo y la suya, a la vista está, sigue imprimiendo proyectos. Por eso, este título engañoso me parece que está muy bien puesto, porque, precisamente, está conjugado en futuro y asertivo. Así pues, todo parece indicar que a Rafael Espejo le queda cuerda para rato antes de recoger camino.





 


sábado, 14 de febrero de 2026

Elena Garro: Memorias de España 1937

Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, publica esta semana la reseña de la que ha sido mi primera lectura del año: Memorias de España 1937, de Elena Garro. Se publicó el 14 de febrero de 2026.



sábado, 31 de enero de 2026

Francisco Gálvez: más de 50 años de poesía

El suplemento cultural del Diario Córdoba, Cuadernos del Sur, publica esta semblanza de Francisco Gálvez que quiero recoger aquí en su formato impreso, que siempre es más estético. Se publicó el 31 de enero de 2026.



domingo, 11 de enero de 2026

The Killing of Renée Nicole Good and ICE’s Use of Excessive Force


English Translation:

Quoting Bertolt Brecht, there are many ways to kill: accidents, murders, poorly treated illnesses, overdoses, and coerced suicides. People can starve or be turned into cannon fodder for wars. Of all these deaths, only a few go viral on social media, sparking citizen movements and becoming political ammunition. It happened with George Floyd, with Iryna Zarutska, with Charlie Kirk, and now with Renée Nicole Good—a U.S. citizen shot and killed by a U.S. Immigration and Customs Enforcement agent in Minneapolis. Violent deaths, heinous murders. Yet nothing astonishes me more than the hate they unleash among social media users of opposing ideologies.

When George Floyd was asphyxiated under a knee, not only did the BLM movement arise, but in the U.S., many Republicans continued to justify the police officer’s actions. They are the same ones now defending the ICE agent who ended Renée Nicole Good’s life. I’ll quote just one comment I saw on Instagram: “Her head was empty long before the bullet 🥀.” As vile as it is, that comment has hundreds of likes. These are, again, the same people who criminalized the entire Black community when Iryna Zarutska was stabbed on the tram. But, to be honest, their comments fill me with the same disbelief I felt watching Democrats dance to celebrate Charlie Kirk’s death. 

Hatred spills everywhere: it imposes a narrative, as if you couldn’t despise both Maduro and Donald Trump at the same time. Some deaths are unpredictable, but others result from concrete policies and demand accountability. An attack can’t always be prevented, and an aggressive, repeat offender shouldn’t be set free so easily. But it is intolerable for politicians to proclaim the impunity of an armed force whose members have been hastily recruited and poorly trained, encouraging them to abuse power and to meet absurd deportation quotas. The United States increasingly resembles a dictatorship—a beast willing to do anything to guarantee its hegemony.



Como decía Bertold Brecht, hay muchas maneras de matar: accidentes, asesinatos, enfermedades mal curadas, sobredosis y suicidios provocados. Se puede morir de hambre o como carne para la picadora de las guerras. De entre tantas, solo algunas se viralizan en las redes, desatando movimientos ciudadanos y sirviendo de arma arrojadiza entre facciones políticas. Sucedió con George Floyd, con Iryna Zarutska, con Charlie Kirk y, ahora, con Renée Nicole Good. Muertes violentas, asesinatos execrables. Pero ninguna me causa tanto pasmo como el odio que desatan entre los usuarios de distintas ideologías. Cuando George Floyd fue asfixiado por una rodilla, no solo nació el movimiento BLM, sino que, en el contexto estadounidense, muchos republicanos no cejaron en su empeño de justificar la acción del policía. Son los mismos que ahora defienden al agente del ICE que ha acabado con la vida de Renée Nicole Good. Citaré solo un comentario leído en Instagram: "Her head was empty long before the bullet". A pesar de lo vomitivo, el comentario acumula 259 likes. Son, de nuevo, los mismos que criminalizaron a toda la comunidad afrodescendiente cuando Iryna Zarutska fue apuñalada en el tranvía. Pero, siendo sincero, sus comentarios me provocan la misma incredulidad con la que veía bailar a los demócratas celebrando la muerte de Charlie Kirk. El odio rebosa por todos lados: se te impone un relato, como si no pudieras detestar al mismo tiempo a Maduro y a Donald Trump. Algunas muertes son imprevisibles, pero otras derivan de políticas concretas y reclaman responsabilidades. Un atentado no siempre se puede evitar, ni un criminal agresivo y reincidente debería estar libre con tanta facilidad. Pero lo que no se puede es proclamar, desde la esfera política, la impunidad de un cuerpo armado cuyos miembros han sido reclutados con prisa y escasa formación, alentándolos al abuso de poder y al cumplimiento de unas cifras de deportaciones descabelladas. Estados Unidos se parece cada vez más a una dictadura, a una bestia dispuesta a cualquier cosa para garantizar su hegemonía. 

sábado, 27 de diciembre de 2025

Mi anti-lista de los mejores libros de 2025


A mis lecturas de los libros de los muertos se suma la saturación editorial contemporánea: salen tantos libros buenos cada año, tantas listas, que estar mínimamente al día de las novedades resulta inabarcable y sobrehumano. Esto no es nada nuevo ―valga la redundancia―, pero dicha imposibilidad se ha vuelto, si cabe, más pronunciada en las últimas décadas debido ―perdón por la obviedad― a la expansión internáutica del campo literario. Lo que para la Generación Z es algo natural, para los que venimos de antes ha supuesto una auténtica explosión. Simplemente, hay más medios, más críticos, más microeditoriales, más blogosfera, más Goodreads, más Wattpad, más bookstagram, más booktok, más géneros, más podcasts y más ebooks. Ante tal multiplicación de la oferta disponible, el mercado en su vorágine caníbal necesita crear necesidad, despertar la curiosidad de los lectores de cada nicho literario a través de metatextos transmedia en los que se confunde crítica y promoción, potenciando una forma de consumismo cultural en la que se conjuga, en distintas proporciones, el valor artístico y sociológico de las obras con el propósito comercial de su venta. Así las cosas, nos vemos empujados a una falsa disyuntiva: leer mal o leer poco. Leer poco, por comparación con el exhibicionismo acumulativo que se nos muestra; y leer mal, por leer rápido o incluso no leer, sino anunciar con argumentos huecos y emotivos un volumen exagerado de lecturas (performative reading) que en realidad no se han leído, porque nadie tiene tiempo de leer bien esa cantidad de libros, pero de ojearlos sí. Al margen de tanto ruido, a mí la única lectura que me interesa es la intensa, la inmersiva, la vivencial o la meditativa, que puede ser más o menos fugaz o prolongada, de una noche o de largo recorrido, pero nunca ese vistazo indigesto de urgentes novedades o el ansia de quien sufre codicia intelectual. Aunque también depende, pues no todos los libros merecen nuestra atención. En cualquier caso, lo que quería decir es que este año (2025) han publicado muchos de mis poetas y novelistas favoritos; parece que se hubieran puesto de acuerdo. Tal selecto conjunto ha publicado poesía, traducciones, ensayos y novelas. Un no parar. Lógicamente, no lo he leído todo, a veces por no haber tenido tiempo y a veces porque Correos no ha querido. Pero sí he podido dedicarles una reseña en Cuadernos del Sur a un mínimo de ellos ―y a otros tengo pensado hacerlo. Pero, en todo caso, en esta ocasión renuncio a revelaros mi club de predilectos, mi reguero de lecturas satisfechas, pendientes o insatisfechas. ¿Semejante ejercido de subjetividad? Creo que ya vamos sobrados de listas por este año. Por más que inevitables o incluso convenientes (si fueran honestas), las listas de leídos y las listas de best-sellers son siempre sospechosas. Enrique Murillo, en Personaje secundario (2025), nos confiesa una anécdota sobre su elaboración: cuando los redactores de la prensa cultural les preguntaban a los libreros sobre los títulos más vendidos, estos les referían precisamente aquellos que no se habían vendido para poder así, azuzando la avidez del comprador, librarse por fin de ellos. A propósito, este año se me han caído de las manos algunos de los que salen en todos los suplementos. En el fondo, a estas alturas, más que las corruptelas del mercado, lo que me da coraje es no ser omnipotente como lector, como Cortocircuito (1986). Sigo sumando ejemplares a la pila: la etérea de los que sólo apunto y la física de los que superpongo, como decía Umberto Eco, para que me hagan compañía. La pesadilla de Marie Kondo. Cuando este otoño se incendió la casa de José Ortega Torres (que la tierra le sea leve), un periódico apuntó un supuesto ‘síndrome de Diógenes’. No. Lo que pasa es que los funcionarios que hicieran ese informe seguramente no estaban comprendiendo que la literatura sí ocupa lugar y tiempo.


jueves, 18 de diciembre de 2025

Seronda, de Ana Pérez Cañamares

Reseña publicada el pasado finde en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba:

También puedes leer la reseña debajo de la foto.

Ana Pérez Cañamares

SERONDA (2025)

La Garúa Libros

 

JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

Sin darse mucho bombo, Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) ha ido consolidando una amplia trayectoria literaria (sería abusivo citar aquí todas sus obras) de la que cosechamos ahora, tras un tiempo en barbecho, este libro maduro, Seronda, que en asturiano significa ‘otoño’, también ‘fruta tardía’. Un poemario que ya desde su título nos presenta una voz periférica, tejida de motivos autumnales, entendida también esta estación como la penúltima etapa de la vida.

Como el recogimiento al que invita la caída de las hojas y la bajada de las temperaturas, ‘Seronda’ es un libro introspectivo: no se dedica al discurso positivo y a las cláusulas lógicas, esa función reverente del lenguaje orientado al exterior. Al contrario, encontramos aquí un idioma vuelto sobre sí mismo. El referente del significante teje telas de araña entre sus versos. En lugar de ceñirse al consabido poema narrativo, la autora crea aquí un dialecto propio mediante la yuxtaposición de breves secuencias connotativas, haciendo así confluir en sus estrofas distintas sugerencias, impresiones y pensamientos que se funden, como en una aleación, en el magma verbal de sus poemas. Suceden dentro de sí estos paseos de la mano de la madre tierra. Como la fauna del bosque, la poeta es otra especie estenoica, otro ‘ser onda’.

Imitando, tal vez, al calendario solar, el conjunto se equilibra en cuatro partes, como las de una hoja: Haz, Limbo, Envés y Nervadura, lo que da pie a imaginar hipotéticas asociaciones entre tales denominaciones y su peso textual. El haz, la cara que se orienta hacia la luz, indagaría en la fricción entre lo humano y su matriz amniótica, es decir, la naturaleza: «Quién dice yo dentro de la manzana», «los árboles no juzgan ni etiquetan», «De los cascos del burro surgirá/ una nueva escritura sobre el teclado/ amarillo y crujiente de los pastos». El limbo se dedicaría al corazón, al grueso de las cosas, donde más explícitamente se denuncian las injusticias, con páginas dedicadas al genocidio indígena (se cita a un superviviente de la tribu Dakota) y a los desastres de la guerra: «A los pies de la anciana/ troncos ejecutados al amanecer// carne y madera: misma firma de humo». El envés, la espalda, se orientaría hacia el pasado, con textos casi elegíacos, incluyendo un epicedio: «Tu sexo era una ofrenda y sobre el vientre llevabas escrito un contrato en blanco», «ahora el amor no es orquesta, sino eco/ una lluvia delgada en vez de saetas/ bóveda en la garganta de los pájaros». Por último, la nervadura incluiría reflexiones sobre la propia escritura, la lectura, la infancia y el amor, siempre urdidos de conciencia social: «Cuando ames las arrugas del vecino/ la vecina contigo adore al roble/ y sus hijos acampen en tu umbral», «a Dios lo sustituye/ una asamblea de alas».

En los versos de Pérez Cañamares late un panteísmo íntimo, un sentimiento de comunidad política y ecológica. Frente al individualismo del presente, la autora reivindica, entre renglones, la interdependencia mutua, más allá de las pieles que separan a personas, reinos elementales y órdenes biológicos. Como la revolución interior de Krishnamurti, ello conlleva una manera de estar dentro de sí con los ojos abiertos hacia el mundo. Y así sucede en estas hojas, acompañadas de abundantes citas y dedicatorias, que es otra forma de ir con los demás. Su escritura combina una voz ética con la profundidad de su lectura de las cosas, lo que resulta en imágenes de hondura conceptista y fresca sensación: «después del arrebato de la lluvia/ destellan en las manos de los árboles/ joyas libres de todas las subastas». 

En definitiva, Seronda, haciendo honor a su nombre, es una colección de plenitud, una interlocución artesanal en la que cada línea es a resultas de una meditada decantación. Entre la contemplación y la denuncia, entre la intimidad y la protesta, Ana Pérez Cañamares nos da su poesía necesaria, su lírica social. 

jueves, 20 de noviembre de 2025

Memorias de un niño de derechas. Francisco Umbral



¿Puede un libro entero sostenerse, sin trama ni cartón, en la nostalgia? Se han dado casos de niños de cinco años nostálgicos. Incluso los neandertales la sentían de los viejos tiempos de la glaciación, antes de que vinieran los ‘homo sapiens’ a dar por culo con su sapiencia. A nivel individual, la nostalgia suele coincidir con la época correspondiente a los pocos años que pasan entre la propia infancia y la primera juventud, que en el caso de Francisco Umbral va de la Guerra Civil hasta los años cincuenta. Sin embargo, su nostalgia hace eco en la mía de los años ochenta, e incluso en la de los dos mil ―tanto no habrá cambiado el país. De Umbral se conoce, sobre todo, su caricatura televisiva, pero hay que leerlo: ‘Memorias de un niño de derechas’ combina la sátira social con renglones como pura poesía. Su nostalgia es un espejo en el que reconocernos, con un poco de grima y repelús, a pesar de la distancia política y tecnológica de la península post crisis inmobiliaria.
Un guiri me preguntaba qué estoy leyendo (él ya lleva veinte años en Granada, pero siempre seguirá siendo británico) y me dice: "Pobrecito, que vivió toda esa época del franquismo". Tal vez pobre, pero no pobrecito. Nadie que escriba así es un pobrecito. Su texto neorrealista es una pintura dura, un retrato cruel, pero a la vez amable y chistoso, alternativa o simultáneamente. Sus increíbles imágenes entreveradas en páginas de reflexiones sociológicas explícitas. Un narrador que se pone, a todas luces, de cachondeo, aunque habrá todavía quien no lo pille, porque no se hizo el Umbral para el hocico de Mercedes Milá.

Su retrato de época es también, como el costumbrismo romántico, el de tipos y tópicos históricos: los moros, las meretrices, las madrinas de la guerra, los pacos (él mismo es otro ‘paco’ umbral de los tejados), las enfermeras del frente, las queridas, el estraperlo, el cine americano y luego el italiano, los realquilados, la tuberculosis, las vocalistas, los niños-vestidos-de-blanco, las chicas topolino, los pederastas, el fútbol, los guateques, los opositores, los enchufados. La sensación de acabar de leerlo como quien termina una época. No está mal subrayarlo en estos tiempos. 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Cent anys de metro

 A finales del mes pasado le escribieron a mi editor de Barcelona [ Joan de la Vega ] para pedirle una imagen en alta resolución de la portada de mi libro Transbordo. Uno imagina que las instituciones organizan las cosas con más antelación y no como nosotros, todo a última hora. Pero no debe de ser siempre así, porque los plafones ya estaban colocados apenas unos días después. Hablo de una exposición con motivo de los 100 años del metro de Barcelona. Mi amigo Salva me ha enviado esta foto. Resulta que han incluido, no la portada, sino un poema del libro, trastocando un poco los versos... pero ya no sé si quedan así casi mejor que en el original. Después de todo, algo queda de mí en Barcelona.

Gracias, Salva. Ya aprovecho para añadir unas fotos de las estupendas ilustraciones que mi hermano Pablo Diartinez compuso para el libro. Y como coda publicitaria, decir que podéis encontrarlo en la web de La Garua Libros.











martes, 21 de octubre de 2025

Arte de hablar, de Xavier Guillén

 Reseña publicada en Cuadernos del sur, del Diario Córdoba, 4 octubre 2025: 

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/10/04/arte-hablar-xavier-guillen-122206958.html

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ARTE DE HABLAR

Xavier Guillén

Ediciones del Viento, 2025

 

Xavier Guillén (El Masnou, 1981) obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía con su primer libro, ‘Mar negro’ (Renacimiento, 2016), sacó un segundo poemario cinco años después, ‘Amo de casa’ (Pre-Textos, 2021) y ahora acaba de publicar su primera novela, titulada con acierto ‘Arte de hablar’, una obra valiente, divertida y con un trasfondo crítico muy del siglo veintiuno. 

De entre todas las ficciones posmodernas, esta novela es una sátira, sobre todo, de los metarrelatos con los que se promociona la burbuja de las start-ups tecnológicas, en relación con la New Age de los manuales de autoayuda ―económica, cuando ambas esferas se funden en un mismo discurso emprendedor. Para ello, Xavier Guillén se sirve, por un lado, de unos puntos antitéticos de vista encarnados en sus protagonistas y, por otro, de un narrador omnisciente entrometido, que no se corta un pelo en romper la cuarta pared, en frenar el avance de la trama para desmenuzar la etimología de un adjetivo, en hacernos abrir el diccionario o en ponerse a cavilar, como de sobremesa, acerca de la vida, el arte y la política, pues lo que prevalece en estas hojas es el gusto por la conversación, el dejarse llevar por la palabra como puente entre islas, como única tabla de salvación; y de ahí el título.  

El escenario: la canícula asfixiante de Córdoba. La excusa argumental: un enamoramiento a lo Gabriel García Márquez. El estilo: a medio camino entre la exuberancia de Elena Garro y el barroquismo de Lezama Lima, pero con matiz irónico. Hay también como una atmósfera de vaguedad que le cede su asiento al lector: la elipsis funciona aquí como un acelerador de partículas, lo que unido a la brevedad de los capítulos hace que la novela vaya como un cohete hasta el final. Los personajes, reconocibles: el conformismo egoísta de Lola, el pragmatismo anti místico de Paqcar, Stan como un gurú de doble filo, el binomio quijotesco de Máximo y Santiago, la yoguini Candela bajo un continuo chantaje emocional, el prurito filosófico de Julia, siempre distante del mundo material. Entre todos ejecutan, pese a sus constantes intentos de redención, una coreografía del desengaño.

Hace poco vi por casualidad el anuncio de un taller de escritura de best-sellers: el instructor preconizaba la necesidad de emplear una prosa sencilla y transparente, sin adjetivos innecesarios ni frases rebuscadas que entorpecieran la lectura del cliente. Afortunadamente, ‘Arte de hablar’ se encuentra en las antípodas de tales presupuestos comerciales. La novela de Xavier Guillén es una historia de amor por las palabras, sin menoscabo de su léxico específico, sus figuras retóricas y su plasticidad.

Innúmeros poetas se meten a novelistas, por diferentes motivos y con desiguales resultados. En el caso de Xavier Guillén, con esta obra demuestra que, además de buen poeta, es un narrador de raza, un novelista nato. A veces, en este campo, el árbol maduro da mejores frutos.

 

 

 

domingo, 25 de mayo de 2025

El realismo social de Pablo García Casado

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/05/24/realidad-social-pablo-garcia-casado-117665734.html


CADA UNO ES MUCHA GENTE

Pablo García Casado

XLVIII Premio Ciudad de Burgos

Visor Libros (2025)

 

Por Jorge Díaz Martínez

 

Pablo García Casado siempre ha sacado poesía de donde pocos la buscaban: una estación de la ITV, el mitin de un partido, una reunión de trabajo, un programa deportivo o el monólogo interior de un viajante de comercio. Aunque a priori no deberían considerarse unos espacios como más o menos poéticos que otros, lo cierto es que estas elecciones dotan a su escritura de un realismo aún más exacerbado, no tanto por los escenarios en sí como porque el autor integra el sociolecto lleno de tales entornos en una estructura formal innovadora. La fórmula original de García Casado da lugar a un modelo textual característico, de su cuño y letra, que encontramos de nuevo repetido, en poemas de mayor extensión, en Cada uno es mucha gente, el único de sus títulos publicado gracias a conseguir un premio de poesía, el Ciudad de Burgos.

Como siempre, García Casado nos ofrece un conjunto de poemas de realismo social en el que se alternan las voces de distintos personajes. Sin embargo, en esta ocasión se trata, seguramente, del más lírico de sus libros, en el sentido de que aquí el autor se incluye a sí mismo como objeto de escritura. La técnica literaria atesorada a lo largo de años en los márgenes del canon, ese tipo de poema inconfundible que huye de los metros pisoteados y de las retóricas manidas, es puesta aquí al servicio de la propia intimidad del escritor, sus espacios urbanos y su flujo de conciencia, lo cual tiene como efecto secundario que éste sea también el más cordobés de sus libros. Las planicies norteamericanas se han sustituido por el barrio de Santa Rosa.

La poesía de García Casado ha evolucionado desde el ritmo visual de Las afueras (1997), pasando por el versículo largo de El mapa de América (2001), hasta el discurso en rectángulos de todos sus siguientes títulos: Dinero (2007), García (2015) y La cámara te quiere (2019). Pero, más allá de esta expansión superficial, en el fondo su poética sigue fiel a sí misma. Su débito manifiesto con la obra de Raymond Carver, uno de los principales representantes del realismo sucio norteamericano, se aprecia tanto en sus recursos expresivos (la frase corta y directa, tendente al minimalismo, y el ritmo entrecortado) como en su centro de interés: los sustratos menos favorecidos de nuestra sociedad y una mirada cruda hacia las relaciones humanas, teñidas por sistema de interés mercantilista, como el motivo del comercio sexual, al que dedica la novela La madre del futbolista (2022), o acartonadas por su mecanización. A esta paleta se añade, a partir de García, la temática de la paternidad.

              En definitiva, Cada uno es mucha gente es una obra coherente con la línea estética de un autor acostumbrado a que sean otros los que hablen en sus versos, pero también su libro más cercano y personal. El artífice de voces y escenarios se ha colocado a sí mismo delante de la cámara.

  

Foto: Jorge Díaz Martínez

 

 

domingo, 13 de abril de 2025

La comedia de la carne, de Carlos Pardo

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/04/12/comedia-carne-116256912.html



LA COMEDIA DE LA CARNE

de Carlos Pardo

La Bella Varsovia (2025)

Por Jorge Díaz Martínez

 

En los diez años que median entre la publicación de sus dos últimos poemarios Carlos Pardo se ha afianzado en su faceta de narrador, sumando ya tres novelas. ¿Puede ser, por tanto, casualidad que La comedia de la carne  (2025) sea el más narrativo de sus poemarios? Los vasos comunicantes que vinculan ambas caras de su producción literaria apuntan a una misma voz autorial e inconfundible dentro del panorama editorial en castellano. De hecho, sus últimas entregas, independientemente de su género, señalan conjuntamente hacia lo mismo: el deterioro y la caducidad de las relaciones más íntimas del locutor protagónico, ya sean éstas las de su familia de origen, retratadas a través de la enfermedad de unos padres en absoluto idealizados, o las de su familia de destino, esto es, las de amor y de amistad.

En este nuevo título, Carlos Pardo nos presenta la narración poemática, con sus correspondientes analepsis y tangentes insertadas, de un proceso de ruptura de pareja de tinte intelectual (como W. A. en Annie Hall) desde una perspectiva auto paródica que trasluce, a veces expresamente, una crítica social a las formas de amar tradicionales, monógamas y tóxico-dependientes. No es este el cancionero de un varón uniforme y sobreprotector, sino la retahíla de un sujeto lírico masculino sensible pero alérgico a las enajenaciones del amor posesivo ―u obsesivo, el cual queda relegado al territorio de la elucubración preadolescente. Su escritura basada en hechos reales subraya sobre todo la dimensión de constructo ficcional de esos lazos viscerales con los que parcheamos una cierta supuesta identidad.

En La comedia de la carne Carlos Pardo se rompe la camisa, se libera por fin del consabido corsé del endecasílabo, del poema redondo con cierre argumental. Sin embargo, su voz es la de siempre, reconocemos su acento descreído, es la voz del que indaga en su «pringue emocional» desde una disección de las pasiones que resulta, en este caso, si cabe, aún más afilada, colocándonos delante de las narices algunos rasgos reflejos en los que no quisiéramos reconocernos. La caricia a contrapelo de un racionalista que va desmenuzando la nostalgia como quien ralla queso parmesano… para reconstruirse después desde un timón analítico del ser sentimental. Por supuesto, encontramos fragmentos claramente metapoéticos en su discurso amoroso: «Transformar en belleza el mal gusto común/ que nos es natural a los humanos». Y, como en todos sus libros, hay también un poema dedicado al onanismo.

En definitiva, Carlos Pardo pega un volantazo en su trayectoria poética, prescindiendo de vicios estructurales y dotando al índice de sus versos de un sentido de trama novelesca de la historia de desgaste que nos cuenta. Como rasgo distintivo, destacaría el recurso, para nada novedoso, suavizante del humor. Y en Carlos Pardo es todo muy de humor, pero corrosivo.