De Elvira Lindo he leído sus artículos, su literatura infantil y su literatura para adultos. Manolito Gafotas, en clase, con mis estudiantes. Y a solas, su novela A corazón abierto, para mí, una de las mejores de nuestra época. Su última publicación, En la boca del lobo (2025) es una curiosa mezcla de literatura infantil y para adultos. También, de literatura fantástica y realista. Sobre todo, habría que relacionarla con un grupo de novelas que en los últimos años, teniendo como protagonista a un personaje infantil (normalmente una niña en tránsito adolescente) exponen una imagen contraria a esa idealización rosada de la infancia como un mundo inofensivo de ensoñación y descubrimiento. Pienso en novelas como Panza de burro, de Andrea Abreu, Vozdevieja, de Elisa Victoria, Las maravillas, de Elena Medel, La educación física, de Rosario Villajos y, ahora, esta última, En la boca del lobo, de Elvira Lindo. Alguien debería escribir un paper sobre esto. Con lo fantástico, aquí me refiero a una tensión espacio-temporal sin resolver, una dimensión poliédrica, cubista, en la que recibimos abiertamente aquello que se nos cuenta, aunque provenga de un plano distorsionado de la realidad. No hay una explicación final, aclaratoria de la simultaneidad fantasmagórica, simplemente un recorrido discursivo. Habría que hablar también de las problemáticas que trata, de las cuestiones candentes que trae a colación, tan presentes en el debate contemporáneo: lo rural, la pandemia, el abuso, las familias monoparentales, las relaciones intergeneracionales, etc. En especial, la difícil relación entre una madre soltera y su hija preadolescente. En cuanto a su prosa, la frase de Elvira Lindo fluye con plasticidad ensimismada, narcótica, te absorbe en su universo íntimo y descarnado en el que hay lugar tanto para la ternura como para la crueldad, tanto para la fábula como para lo cáustico. Es evidente que la autora ha intentado, con éxito, fundir todos los registros de su producción. Exactamente como en el origen de la novela moderna. En el fondo, un libro duro, más de lo que parece por su suavidad de estilo.
viernes, 6 de marzo de 2026
martes, 3 de marzo de 2026
Reseña a: Geografía escrita (Ed. Candaya), de Álex Chico, en Cuadernos del Sur
Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, a 28 de febrero de 2026.
Podéis leerla aquí: Geografía escrita, de Álex Chico, en Cuadernos del Sur
Y también aquí abajo:
Geografía escrita
Autor: Álex Chico
Editorial: Candaya, 2025.
Por
Jorge Díaz Martínez
Los
libros de Álex Chico (Plasencia, 1980) casi siempre caminan entre lindes y Geografía
escrita no es una excepción. Se trata de una recopilación de
artículos cuya prosa combina la crónica de viajes y el ensayo, explorando las
tensiones que entre un lugar y su escritura se entrelazan; y por añadidura, la
imbricación subjetiva entre lo vivido, lo imaginado y lo leído, lo real y lo
ficticio. La obra ahonda en esa ambigüedad, fundiendo biografía y
metaliteratura en una serie de entornos y ciudades en las que el paisaje dialoga
con la imagen de su múltiple escritura.
La textura
ligera de su estilo contrasta con la acumulación diabólica de citas literarias,
pictóricas o cinematográficas asociadas a los sitios que transita. Cada página
es un mapa cuya leyenda apunta hacia otras páginas, un entramado arbóreo de hipertextualidad
apabullante: el itinerario convoca profusamente a otras lecturas/vivencias
desdobladas, hilvanando lo leído y lo visto y subrayando las irregularidades
que dicha fricción suscita. ¿Ha salido el viajero de sí mismo o tal vez sigue leyendo
en esa Habitación en W con la que titulaba uno de sus poemarios? El sujeto
narrativo reconoce: «No sabría decir exactamente si mi memoria del lugar
pertenece a una vivencia propia o a una ficción que cayó en mis manos». Algunos
de sus viajes, de hecho, podrían pasar por retazos de lecturas, puras
fabulaciones culturalistas, como si la letra impronta hubiera suplantado a la
naturaleza física; aunque, por lo general, ambas facetas se dan inseparables,
como en su visita a Blanes rastreando las huellas de Bolaño.
De
especial interés resulta la voz del narrador, un locutor cercano y, al mismo
tiempo, sospechoso, reduplicado a sí mismo en el comentario de sus propias anotaciones,
desplazándose del cuerpo a un cuadernillo y de ahí a su reescritura, donde
revive y transcribe sensaciones, sentimientos y, a menudo, se pregunta «quién
ha generado a quién, si el lugar al texto o viceversa». Entre líneas estimula
la agudeza del lector y, de paso, despliega un laberinto borgiano de bifurcaciones.
El recorrido, segmentado y episódico, incluye las principales ciudades de su
biografía: Plasencia, Salamanca, Granada e, infiltrada, Barcelona; algunos destinos
turísticos habituales, tales como Buenos Aires, Praga, Berlín o Auschwitz; recónditos
parajes de La Vera y La Provenza; y también otros enclaves, desde el punto de
vista europeo, más exóticos, como los cholets bolivianos y el lago de Titicaca.
De este modo,
Álex Chico nos ofrece una cartografía íntima en la que el territorio se adhiere
a su biblioteca, «esa geografía leída, más que visitada» que le da pie, por
ende, a relatar numerosas anécdotas de otros escritores. En definitiva, Geografía
escrita nos recuerda que, a veces, más que el regreso, importa la partida: irse
de Ítaca.
sábado, 28 de febrero de 2026
Intensidad dramática en: Amarilis, de Natalia Litvinova (La Bella Varsovia, 2025)
DENTRO DEL AMARILIS DE NATALIA LITVINOVA
sábado, 21 de febrero de 2026
Presentando: A la vuelta recogeré el camino, la poesía reunida de Rafael Espejo.
La editorial Milenio
ha publicado recientemente A la vuelta recogeré el camino, la
poesía reunida de Rafael Espejo, uno de los poetas más antologados de su
generación. El volumen tiene la virtud, como suele pasar en estos casos, de
rescatar del olvido sus primeros títulos, algunos ya prácticamente
inencontrables, convertidos en objeto de coleccionista o fetiche literario (y
con un precio acorde a su escasez en algunas librerías de viejo),
ofreciéndoselos ahora a los nuevos lectores tras pasar por el filtro de las
irresistibles correcciones y oportunos descartes que impone la conciencia
literaria atesorada a lo largo de las décadas (así las futuribles ediciones
críticas tendrán la oportunidad de añadir notas a pie de página contrastando
las primeras versiones y las últimas). Rafael Espejo se detiene, se da la
vuelta y va recogiendo los poemas que ha dejado como miguitas de pan por el
camino —salvo que algunas migas se las ha comido la autocrítica inclemente del
autor.
Algunos de los libros aquí recogidos marcaron verdaderos hitos generacionales para los que éramos entonces, hace un cuarto de siglo, los jóvenes poetas. Recomiendo, por tanto, su frescura, su descaro, su ultimátum a un siglo que moría, su bienvenida a este que empezaba. Escritos en la encrucijada del milenio, son algunos de los mejores poemas de nuestra época.
Ayer, viernes, 20 de
febrero de 2026, tuve la suerte de presentar esta poesía reunida de Rafael
Espejo, junto a Juan Antonio Bernier, en la librería La Romántica de
Córdoba. El acto fue todo un éxito y, por mi parte, fue un placer reencontrarme
con los viejos amigos y lectores cordobeses. Mi intervención la llevé por
escrito y tanto el autor como el público me instaron a que la publicara en
algún medio. Así pues, para quien le pueda interesar, sin más, aquí podéis
leerla íntegra.
Presentación de A LA VUELTA RECOGERÉ
EL CAMINO
Poesía reunida de RAFAEL ESPEJO en Librería
LA ROMÁNTICA
20 de febrero de 2026
Por Jorge Díaz
Martínez
Me veo en la difícil tarea de presentar
la obra literaria de un amigo. Difícil porque lo más fácil sería acomodarse en
los tópicos comunes del elogio. Yo voy a procurar no caer en la laudatoria hueca
de las presentaciones y ofrecer, en cambio, mi subjetividad crítica, a riesgo
de incurrir en la pedantería e incomodar, tal vez, a los presentes o incluso al
propio autor. Para mí no se trata de presentar un producto literario exento de
contexto, no solo porque el autor y yo nos conozcamos desde hace casi treinta
años, sino porque la supuesta autonomía del texto artístico quedó desfasada,
hace todavía más décadas, en los estudios de teoría literaria. De la misma
manera que hay que tener en cuenta el momento histórico, los movimientos
artísticos y las características del mercado, también hay que tener en cuenta al
propio autor, cuyo carácter y hechos biográficos contribuyen a dar sentido a la
obra. Como muy bien decía aquí Juan Antonio Bernier en alguna poética de las
que nos pedían a finales de los noventa ―y cito de memoria: «aunque no soy lo que escribo, me considero
importante para mi poesía».
Si incluso el novelista de ciencia ficción que construye universos inventados se
revela a sí mismo ―hasta
por omisión― en sus mundos
fantásticos, cuánto más no lo harán los poetas que deciden, a conciencia y con
cierta desvergüenza, inspirarse en sus anécdotas verídicas para reconvertirlas,
tras pasar por la planta de procesamiento, en artefactos de ficción poética
astutamente diseñados para sugestionar la conciencia del lector. Este modus
operandi lo han seguido millares de humanos, desde las cuevas de Altamira hasta
nuestros días, sencillamente porque la intensidad de nuestras pasiones deja una
huella que no desaparece fácilmente, no se agota en sí misma, no nos basta,
como a otros animales, con una sacudida muscular para deshacernos del susto del
momento. Entre los sapiens, el trauma y la obsesión necesitan otras vías
de expresión que, por habitus social, van adoptando formas
convencionalizadas que, a fuerza de repetirse, acaban adquiriendo una cierta independencia
y casi que sustituyendo a la función biológica o social que las configuró.
Surge entonces el arte por el arte, pero a pesar de tal especialización, toda
clase de artistas y escritores han seguido sometiendo, por una causa u otra,
desde la oscura noche de los tiempos, a viva voz o por escrito, la piedra bruta
de su contenido personal (emociones, sentimientos, experiencias o pensamientos)
a las leyes compositivas de alguna disciplina artística. Y más concretamente,
en el caso que nos ocupa, la poesía de Rafael Espejo bebe de una corriente cuyo
nacimiento suele situarse en la poética de William Wordsworth, en los albores
del Romanticismo, la cual, haciendo una exagerada elipsis histórica y simplificando
al extremo, llegaría a través de Robert Langbaum y Jaime Gil de Biedma a los
poetas de la Generación de los cincuenta, de ahí a la poesía de la
experiencia de los ochenta y de ahí, ya en los noventa, a los poetas de
nuestra propia generación intermedia, intermedia entre siglos y entre épocas, entre
el post y el metamodernismo, nacidos analógicos y muertos
prácticamente clones cibernéticos. Así que, yo diría, llevándome la contraria, que,
más que una dificultad a la hora de presentar la poesía reunida de Rafael
Espejo, puede ser para mí un privilegio el hecho de conocernos desde hace ya tanto
tiempo, el hecho de conocer tanto a la obra impresa como al escritor de carne y
hueso, tanto al personaje que se muestra, igual que un espejismo, en sus poemas,
como a la persona física con quien tantas andanzas he vivido. Y por eso, quiero
traer de nuevo a colación unas palabras de Juan Antonio Bernier, que en uno de
sus Breves erizos verdes, apuntaba:
«SOBRE EL ESTILO PERSONAL
Si aquello que hace que tus
allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en el peor
sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán sin
identidad.»
Efectivamente, esta hipótesis se
verifica empíricamente en la obra de Rafael Espejo, cuyos poemas nunca podrán
pasar por fotocopias de otros. En su caso, se da una sincronización perfecta
entre carácter y estilo literario, como dos subconjuntos insertados, la
conjunción aritmética de una personalidad arrolladora altamente integrada en su
escritura. Y por lo tanto, aquí cabría preguntarse en qué consiste esa gracia
personal, como si se pudiera destilar la esencia de Rafael Espejo vaporizando
en un alambique algunos de sus versos. Una imagen, por cierto, esta del
alambique y la esencia del poeta, bastante típica de la crítica biográfica
impresionista, en la que caigo ahora tratando de encontrar, como diría Leo Spitzer,
la marca del autor dentro del texto. Pero voy a mojarme y a decir que, en vez
de separar obra y autor, si tuviéramos que caracterizar esa gracia
intransferible según algún sistema caracterizador, como bien pudiera ser, por
ejemplo, una baraja de cartas española, al darle la vuelta al naipe, el azogue
nos devolvería la imagen de un caballo de copas: el arquetipo del seductor. Las
copas, como se sabe, contienen las emociones y se corresponden, en la baraja
francesa, con los corazones. Y es que no hace falta citar a Jacques Lacan para
notar que la libido de Rafael Espejo circula en la cadena significante de sus acentos,
que su goce reaparece en la materialidad de su escritura y, sin embargo, en su
caso, la pasión no deforma, como en el callejón del Gato, la estructura. No hay
un esperpento, sino una estilización. La conciencia creadora de Rafael Espejo canaliza
la energía orgónica a través del cauce equilibrado de una melodía casi renacentista,
casi grecolatina. Sus poemas contienen, como copas cargadas, pero sin llegar a rebosar,
no sus hechos biográficos, sino la letra con sangre que ha aprendido, ofreciéndonos
a los lectores una especie pagana de eucaristía. Estamos, pues, ante un
seductor de la palabra, un alquimista que es capaz de balancear, de un lado, el
peso de sus vísceras y, de otro, el oficio, el cincel y la maza con la que
detallar las imágenes que quiere dar a luz.
Rafael Espejo nació en Palma
del Río, provincia de Córdoba, en 1975, e inició sus estudios de Filología
Hispánica en la Universidad de Granada no sé muy bien qué año, pero sí sé que para
cuando yo llegué allí, en septiembre del 98, él era ya una figura destacada
entre los jóvenes poetas de la ciudad. Cuentan las malas lenguas que lo conocí
en un autobús de ALSA y que, sin saber todavía quién era, pero intuyendo que
debía ser un poeta o, como mínimo, un filólogo, porque quién sino un poeta o un
filólogo iría leyendo en el ALSA una antología de poetas románticos ingleses, pues,
tras una breve presentación, me arrodillé en el pasillo a leerle un poema sempiterno
antropológico que traía impreso en unas hojas y que, sin duda, debió causarle
gran impresión, pues a partir de entonces, a partir de aquel acto iniciático de
pleitesía poética se selló entre nosotros un vínculo merced al cual nos
presentábamos, en muchas ocasiones, con los ojos achinados, en los recitales
con catering de Granada. Y ese vínculo me ha traído aquí, casi treinta años
después, a presentaros su poesía reunida.
He dicho que para finales de
los noventa Rafael Espejo era ya una figura reconocida entre los jóvenes poetas.
Y lo era gracias a su primer libro, Círculo vicioso (de 1996), con el
que había ganado el Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Granada
era, por entonces, prácticamente una escuela de poetas de la experiencia, en la
que Juan Carlos Rodríguez, Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Muñoz y
tantos otros ejercían de mentores y maestros, y en la que, no lo olvidemos,
había nacido La otra sentimentalidad. En esa línea dio sus primeros
pasos la poesía de Rafael Espejo. Una etapa todavía muy juvenil, de ensayo y
aprendizaje y, no obstante, en Círculo vicioso encontrábamos ya algunos de
los rasgos que iban a definir toda su obra, hasta la fecha: la ambigüedad entre
ficción y biografía, la presencia puntual pero recurrente del entorno rural, la
reflexión metaliteraria, la reflexión, al principio algo efectista, luego más
asentada, sobre el paso del tiempo y la caducidad, las escenas nocturnas, la
bohemia, la corporalidad y los amores, en cualquiera de los estados de la
materia.
Su siguiente poemario llegaría
cinco años después con un título sacado de Baudelaire: El vino de los
amantes (publicado en 2001) gracias a la obtención ex aequo del
Premio Hiperión. A este segundo libro se le
puede calificar como su obra maestra, en el sentido medieval; es decir, la obra
con la que el aprendiz demostraba que era capaz de ejercer por sí mismo su
oficio gremial. Con El vino de los amantes Rafael Espejo salía definitivamente
a la palestra con una voz reconocible y, al mismo tiempo,
asimilable a una corriente mayor, situándose por méritos propios entre los indiscutibles
poetas emergentes del país. El libro se dedicaba, como indica su título, a la celebración
del amor y del deseo. En él, Rafael Espejo había logrado la técnica invisible, el
poema que, solo aparentemente, emana de sí mismo, a la vez que una
intensificación de la experiencia. Las estampas carnales, cuasi eróticas, aparecían
combinadas, de manera indistinguible, con el intelectualismo de sus imágenes.
Se diría que el poeta se había entregado al goce corporal, pero tampoco podía
dejar de ser cerebral, a lo mejor por ser virgo su signo zodiacal.
A esta primera etapa, Círculo
vicioso y El vino de los amantes, pertenecen algunos de sus poemas
más memorables y emblemáticos, al menos para mí, quizás por el fulgor de la
juventud que compartimos, por la admiración que nos causaban las primeras ediciones
o, quizás, por una suerte de reconocimiento generacional. Sea como fuere,
cuando pienso en la poesía de Rafael Espejo no puedo evitar recordar poemas
como: «Nocturno, Buscando la inspiración, Piso de alquiler, Amanezco con ella; De
noche, los domingos; Madriguera, Amour fou, Los pechos de mi novia, Soneto en
mí sostenido, Alter ego, o Yo». Todos ellos han sobrevivido a la poda del
autor, aunque con ligeros retoques de jardinería, si bien, tengo que decir que yo
prefiero las primeras versiones, que albergan, para mí, un encanto especial.
Pasarían ocho años hasta su
siguiente libro, Nos han dejado solos (del 2009), con el que obtuvo el Premio
Emilio Prados, para menores de 35 y publicado por Pre-Textos. Con este título
comenzaba ya su etapa de madurez, a la que se sumarían sus siguientes poemarios:
Hierba en los tejados (del 2015), Premio Ojo Crítico RNE, y Criaturas
del momento (del 2023), Premio Internacional de Poesía Francisco Brines. Todos
ellos publicados por Pre-Textos. Si yo fuera un agente de recursos humanos de
una empresa de poesía, no podría dejar de constatar el hecho de que absolutamente
todos sus poemarios hayan sido merecedores, a priori o a posteriori, de algún
premio de peso nacional. Pero, volviendo al texto, sobre esta etapa de madurez,
decir que estos tres títulos comparten un progresivo cambio de tono, sin duda,
más sosegado, que se vira al interior, hacia la hondura, destacando el calado existencial
y humanista de unos versos igualmente vitalistas y sanguíneos.
Yo os invito a que leáis esta poesía reunida de Rafael Espejo como si se tratase de una especie de novela fragmentaria en la que nos es dado observar el arco del personaje del protagonista, desde un joven ya desengañado, tal vez, a una edad demasiado temprana, que se entrega a un hedonismo sin concesiones, hasta el adulto que, verso a verso, recuerda, esta vez con solidaridad, a sus mayores, a su infancia rural, ese hombre cuarentón que, en sus paseos, en lugar de a las fiesteras, les hace a las estrellas las preguntas filosóficas eternas, ese hombre que, como en Ciudadano Kane, ensueña que su hogar es como un bibelot (una cabaña dentro de una bola de cristal donde nieva por obra de la mano) y, en definitiva, un hombre que ama profundamente a sus mascotas, a sus macetas y a su novia, igual no por ese orden. Y es que treinta años dan para mucho arco de personaje. Y a nuestra generación, por otra parte, ―un poco como a todas― también nos ha tocado nuestra buena ración de aceleración histórica. Las nuevas generaciones, está claro, tienen sus propios círculos viciosos, aunque no sé si eso a Rafael Espejo le importa mucho, poquito o nada. Como decía don Antonio Machado, la poesía es palabra en el tiempo y la suya, a la vista está, sigue imprimiendo proyectos. Por eso, este título engañoso me parece que está muy bien puesto, porque, precisamente, está conjugado en futuro y asertivo. Así pues, todo parece indicar que a Rafael Espejo le queda cuerda para rato antes de recoger camino.
sábado, 14 de febrero de 2026
Reseña a Elena Garro y sus Memorias de España 1937 (Ed. Bamba, 2025) en Cuadernos del Sur
Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, publica esta semana la reseña de la que ha sido mi primera lectura del año: Memorias de España 1937, de Elena Garro. Se publicó el 14 de febrero de 2026.
Aquí en enlace a la reseña en el Diario Córdoba: Acercamiento a la España de 1937
Y abajo el texto completo de la reseña.
Memorias
de España 1937
Autor: Elena
Garro.
Bamba Editorial, 2025.
Por Jorge Díaz
Martínez
De la Guerra
Civil, los libros que más nos interpelan son aquellos firmados por quienes la transitaron:
Clara Campoamor, Arthur Koestler, George
Orwell y Ernest Hemingway, por ejemplo. A esta lista hay que añadir a Elena
Garro (Puebla, 1916), cuyo viaje de bodas (por así decirlo) con Octavio Paz fue
al Congreso de Intelectuales Antifascistas celebrado en Valencia, Madrid y
Barcelona en 1937. Cuarenta años después, exiliada en Europa y con apuros
económicos, juntando apuntes y recuerdos, la mexicana compuso estas Memorias
de España 1937, tan bellamente publicadas ahora, con introducción de Patricia
Rosas Lopátegui, por Bamba Editorial.
La vida adulta de Garro estuvo marcada por la
adversidad: su tormentoso matrimonio con el futuro Nobel, los abortos a los que
se vio forzada, las graves enfermedades que padeció (las suyas propias y las de
su hija Helena), el insidioso ostracismo al que la sometieron y un exilio de
décadas por motivos políticos. Todavía se la suele excluir de la nómina
canónica del boom, a pesar de que su novela ‘Los recuerdos del porvenir’, publicada en 1963 pero escrita diez años
antes, fuera un prodigio de realismo mágico anterior al del Nobel colombiano. No
obstante, la veinteañera que encontramos en Memorias de España 1937 no ha pasado todavía por tales desgracias.
Garro logra, con oficio, rescatar la transparencia de una «Elenita» inocente que a menudo verbaliza, pese a los
regaños de Paz, aquello que la enerva o desconcierta.
Por
sus ojos claros vemos una galería de retratos mordaces, melancólicos y trágicos:
Rafael Alberti, Pablo Neruda, Gerda Taro y Robert Capa, Vicente Huidobro, María
Zambrano, Miguel Hernández, Antonio Machado, Luis Cernuda, César Vallejo o Juan
Ramón Jiménez, entre muchísimas otras figuras, son descritos con sorna, con
saña o con ternura, según los casos. Su mirada (en realidad, no tan ingenua) se
rebela a través de una ironía vestida de simpleza, la simpleza con la que la
miraban la mayoría de los intelectuales de la época (empezando por su propio
marido). Las anécdotas se mezclan con la gravedad de la guerra: la joven Garro es
tiroteada en el frente de Madrid, detenida por espía, sufre bombardeos en
Barcelona, en Valencia y hasta en Pozoblanco, adonde viaja en coche siguiendo «la ruta
de Don Quijote».
En
definitiva, esta obra, este librito, esta especie de diario de una poeta recién
casada, tan breve en apariencia, tan enorme por dentro, nos permite asomarnos a
un momento crucial de nuestra historia, narrado sin medias tintas, con amargura
desmitificadora a veces, casi siempre con la gracia y la frescura de una joven
que va descubriendo el mundo, dibujándote una sonrisa en la cara, cuando no
directamente una risa, porque si algo destaca en ella es su simpatía, el humor
que le sale por los poros y la soltura de su estilo. Cada vez que alguien lee a
Elena Garro se está saldando una deuda con una de las escritoras fundamentales
de nuestra lengua; o, al menos, se contribuye a restaurar su memoria.
sábado, 31 de enero de 2026
Francisco Gálvez: más de 50 años de poesía
El suplemento cultural del Diario Córdoba, Cuadernos del Sur, publica esta semblanza de Francisco Gálvez que quiero recoger aquí en su formato impreso, que siempre es más estético. Se publicó el 31 de enero de 2026.
domingo, 11 de enero de 2026
The Killing of Renée Nicole Good and ICE’s Use of Excessive Force
English Translation:
Quoting Bertolt Brecht, there are many ways to kill: accidents, murders, poorly treated illnesses, overdoses, and coerced suicides. People can starve or be turned into cannon fodder for wars. Of all these deaths, only a few go viral on social media, sparking citizen movements and becoming political ammunition. It happened with George Floyd, with Iryna Zarutska, with Charlie Kirk, and now with Renée Nicole Good—a U.S. citizen shot and killed by a U.S. Immigration and Customs Enforcement agent in Minneapolis. Violent deaths, heinous murders. Yet nothing astonishes me more than the hate they unleash among social media users of opposing ideologies.
When George Floyd was asphyxiated under a knee, not only did the BLM movement arise, but in the U.S., many Republicans continued to justify the police officer’s actions. They are the same ones now defending the ICE agent who ended Renée Nicole Good’s life. I’ll quote just one comment I saw on Instagram: “Her head was empty long before the bullet 🥀.” As vile as it is, that comment has hundreds of likes. These are, again, the same people who criminalized the entire Black community when Iryna Zarutska was stabbed on the tram. But, to be honest, their comments fill me with the same disbelief I felt watching Democrats dance to celebrate Charlie Kirk’s death.
Hatred spills everywhere: it imposes a narrative, as if you couldn’t despise both Maduro and Donald Trump at the same time. Some deaths are unpredictable, but others result from concrete policies and demand accountability. An attack can’t always be prevented, and an aggressive, repeat offender shouldn’t be set free so easily. But it is intolerable for politicians to proclaim the impunity of an armed force whose members have been hastily recruited and poorly trained, encouraging them to abuse power and to meet absurd deportation quotas. The United States increasingly resembles a dictatorship—a beast willing to do anything to guarantee its hegemony.
sábado, 27 de diciembre de 2025
Mi anti-lista de los mejores libros de 2025
A mis lecturas de los libros de los muertos se suma la saturación
editorial contemporánea: salen tantos libros buenos cada año, tantas listas,
que estar mínimamente al día de las novedades resulta inabarcable y
sobrehumano. Esto no es nada nuevo ―valga la redundancia―, pero dicha
imposibilidad se ha vuelto, si cabe, más pronunciada en las últimas décadas
debido ―perdón por la obviedad― a la expansión internáutica del campo
literario. Lo que para la Generación Z es algo natural, para los que venimos de
antes ha supuesto una auténtica explosión. Simplemente, hay más medios, más críticos, más
microeditoriales, más blogosfera, más Goodreads, más Wattpad, más bookstagram,
más booktok, más géneros, más podcasts y más ebooks. Ante tal multiplicación de la oferta disponible, el mercado en su vorágine
caníbal necesita crear necesidad, despertar la curiosidad de los lectores de
cada nicho literario a través de metatextos transmedia en los que se confunde
crítica y promoción, potenciando una forma de consumismo cultural en la que se
conjuga, en distintas proporciones, el valor artístico y sociológico de las obras con el propósito comercial de su venta. Así las cosas, nos vemos empujados a una falsa disyuntiva: leer mal o leer poco. Leer poco, por comparación con el
exhibicionismo acumulativo que se nos muestra; y leer mal, por leer rápido o
incluso no leer, sino anunciar con argumentos huecos y emotivos un volumen
exagerado de lecturas (performative reading) que en realidad no se han leído, porque nadie tiene
tiempo de leer bien esa cantidad de libros, pero de ojearlos sí. Al margen
de tanto ruido, a mí la única lectura que me interesa es la intensa, la
inmersiva, la vivencial o la meditativa, que puede ser más o menos fugaz o
prolongada, de una noche o de largo recorrido, pero nunca ese vistazo indigesto
de urgentes novedades o el ansia de quien sufre codicia intelectual. Aunque
también depende, pues no todos los libros merecen nuestra atención. En
cualquier caso, lo que quería decir es que este año (2025) han publicado muchos
de mis poetas y novelistas favoritos; parece que se hubieran puesto de acuerdo.
Tal selecto conjunto ha publicado poesía, traducciones, ensayos y novelas. Un
no parar. Lógicamente, no lo he leído todo, a veces por no haber tenido
tiempo y a veces porque Correos no ha querido. Pero sí he podido dedicarles una reseña en Cuadernos del Sur a un mínimo de ellos ―y a otros tengo pensado hacerlo. Pero, en todo caso, en
esta ocasión renuncio a revelaros mi club de predilectos, mi reguero de
lecturas satisfechas, pendientes o insatisfechas. ¿Semejante ejercido de subjetividad? Creo
que ya vamos sobrados de listas por este año. Por más que inevitables o incluso
convenientes (si fueran honestas), las listas de leídos y las listas de best-sellers son siempre sospechosas. Enrique Murillo, en Personaje secundario (2025), nos confiesa una anécdota sobre su
elaboración: cuando los redactores de la prensa cultural les preguntaban a los
libreros sobre los títulos más vendidos, estos les referían precisamente
aquellos que no se habían vendido para poder así, azuzando la avidez del comprador, librarse por fin de ellos. A propósito, este año se me han caído de
las manos algunos de los que salen en todos los suplementos. En el fondo, a estas alturas, más que las corruptelas del mercado, lo
que me da coraje es no ser omnipotente como lector, como Cortocircuito (1986). Sigo sumando ejemplares a la pila: la
etérea de los que sólo apunto y la física de los que superpongo, como decía
Umberto Eco, para que me hagan compañía. La pesadilla de Marie Kondo. Cuando
este otoño se incendió la casa de José Ortega Torres (que la tierra le sea
leve), un periódico apuntó un supuesto ‘síndrome de Diógenes’. No. Lo que pasa es que los
funcionarios que hicieran ese informe seguramente no estaban comprendiendo que la literatura
sí ocupa lugar y tiempo.
jueves, 18 de diciembre de 2025
Reseña a: Seronda, de Ana Pérez Cañamares (La Garúa Libros, 2025)
Ana Pérez
Cañamares
SERONDA (2025)
La Garúa Libros
JORGE DÍAZ
MARTÍNEZ
Sin darse mucho bombo, Ana Pérez Cañamares
(Santa Cruz de Tenerife, 1968) ha ido consolidando una amplia trayectoria literaria
(sería abusivo citar aquí todas sus obras) de la que cosechamos ahora, tras un
tiempo en barbecho, este libro maduro, Seronda, que en asturiano
significa ‘otoño’, también ‘fruta tardía’. Un poemario que ya desde su título
nos presenta una voz periférica, tejida de motivos autumnales, entendida también
esta estación como la penúltima etapa de la vida.
Como el recogimiento al que invita la caída
de las hojas y la bajada de las temperaturas, ‘Seronda’ es un libro
introspectivo: no se dedica al discurso positivo y a las cláusulas lógicas, esa
función reverente del lenguaje orientado al exterior. Al contrario, encontramos
aquí un idioma vuelto sobre sí mismo. El referente del significante teje telas
de araña entre sus versos. En lugar de ceñirse al consabido poema narrativo, la
autora crea aquí un dialecto propio mediante la yuxtaposición de breves
secuencias connotativas, haciendo así confluir en sus estrofas distintas
sugerencias, impresiones y pensamientos que se funden, como en una aleación, en
el magma verbal de sus poemas. Suceden dentro de sí estos paseos de la mano de
la madre tierra. Como la fauna del bosque, la poeta es otra especie estenoica,
otro ‘ser onda’.
Imitando, tal vez, al calendario solar, el
conjunto se equilibra en cuatro partes, como las de una hoja: Haz, Limbo, Envés
y Nervadura, lo que da pie a imaginar hipotéticas asociaciones entre tales
denominaciones y su peso textual. El haz, la cara que se orienta hacia la luz,
indagaría en la fricción entre lo humano y su matriz amniótica, es decir, la naturaleza:
«Quién dice yo
dentro de la manzana», «los árboles no juzgan ni etiquetan», «De
los cascos del burro surgirá/ una nueva escritura sobre el teclado/ amarillo y
crujiente de los pastos». El limbo se dedicaría al corazón, al grueso de las
cosas, donde más explícitamente se denuncian las injusticias, con páginas
dedicadas al genocidio indígena (se cita a un superviviente de la tribu Dakota)
y a los desastres de la guerra: «A los pies de la anciana/ troncos ejecutados
al amanecer// carne y madera: misma firma de humo». El envés, la espalda, se
orientaría hacia el pasado, con textos casi elegíacos, incluyendo un epicedio: «Tu
sexo era una ofrenda y sobre el vientre llevabas escrito un contrato en blanco»,
«ahora el amor no es orquesta, sino eco/ una lluvia delgada en vez de saetas/
bóveda en la garganta de los pájaros». Por último, la nervadura incluiría
reflexiones sobre la propia escritura, la lectura, la infancia y el amor,
siempre urdidos de conciencia social: «Cuando ames las arrugas del vecino/ la
vecina contigo adore al roble/ y sus hijos acampen en tu umbral», «a Dios lo
sustituye/ una asamblea de alas».
En los versos de Pérez Cañamares late un
panteísmo íntimo, un sentimiento de comunidad política y ecológica. Frente al
individualismo del presente, la autora reivindica, entre renglones, la
interdependencia mutua, más allá de las pieles que separan a personas, reinos
elementales y órdenes biológicos. Como la revolución interior de Krishnamurti, ello
conlleva una manera de estar dentro de sí con los ojos abiertos hacia el mundo.
Y así sucede en estas hojas, acompañadas de abundantes citas y dedicatorias,
que es otra forma de ir con los demás. Su escritura combina una voz ética con
la profundidad de su lectura de las cosas, lo que resulta en imágenes de
hondura conceptista y fresca sensación: «después
del arrebato de la lluvia/ destellan en las manos de los árboles/ joyas libres
de todas las subastas».
jueves, 20 de noviembre de 2025
Nostalgia y sátira en: Memorias de un niño de derechas, de Francisco Umbral (en Austral Editorial)
Su retrato de época es también, como el costumbrismo romántico, el de tipos y tópicos históricos: los moros, las meretrices, las madrinas de la guerra, los pacos (él mismo es otro ‘paco’ umbral de los tejados), las enfermeras del frente, las queridas, el estraperlo, el cine americano y luego el italiano, los realquilados, la tuberculosis, las vocalistas, los niños-vestidos-de-blanco, las chicas topolino, los pederastas, el fútbol, los guateques, los opositores, los enchufados. La sensación de acabar de leerlo como quien termina una época. No está mal subrayarlo en estos tiempos.
lunes, 17 de noviembre de 2025
Cent anys de metro. Mis poemas del metro salen a flote en Barcelona
A finales del mes pasado le escribieron a mi editor de Barcelona [ Joan de la Vega ] para pedirle una imagen en alta resolución de la portada de mi libro Transbordo. Uno imagina que las instituciones organizan las cosas con más antelación y no como nosotros, todo a última hora. Pero no debe de ser siempre así, porque los plafones ya estaban colocados apenas unos días después. Hablo de una exposición con motivo de los 100 años del metro de Barcelona. Mi amigo Salva me ha enviado esta foto. Resulta que han incluido, no la portada, sino un poema del libro, trastocando un poco los versos... pero ya no sé si quedan así casi mejor que en el original. Después de todo, algo queda de mí en Barcelona.
martes, 21 de octubre de 2025
Reseña a: Arte de hablar, de Xavier Guillén (Ediciones del Viento, 2025)
Reseña publicada en Cuadernos del sur, del Diario Córdoba, 4 octubre 2025:
https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/10/04/arte-hablar-xavier-guillen-122206958.html
Esta fue, además, la primera reseña publicada sobre la novela. Ahí es nada.
ARTE DE HABLAR
Xavier Guillén
Ediciones del Viento, 2025
Xavier Guillén (El
Masnou, 1981) obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía con su primer libro,
‘Mar negro’ (Renacimiento, 2016), sacó un segundo poemario cinco años después, ‘Amo
de casa’ (Pre-Textos, 2021) y ahora acaba de publicar su primera novela, titulada
con acierto ‘Arte de hablar’, una obra valiente, divertida y con un trasfondo crítico
muy del siglo veintiuno.
De entre todas las
ficciones posmodernas, esta novela es una sátira, sobre todo, de los metarrelatos
con los que se promociona la burbuja de las start-ups tecnológicas, en
relación con la New Age de los manuales de autoayuda ―económica,
cuando ambas esferas se funden en un mismo discurso emprendedor. Para ello,
Xavier Guillén se sirve, por un lado, de unos puntos antitéticos de vista
encarnados en sus protagonistas y, por otro, de un narrador omnisciente
entrometido, que no se corta un pelo en romper la cuarta pared, en frenar el
avance de la trama para desmenuzar la etimología de un adjetivo, en hacernos
abrir el diccionario o en ponerse a cavilar, como de sobremesa, acerca de la vida,
el arte y la política, pues lo que prevalece en estas hojas es el gusto por la conversación,
el dejarse llevar por la palabra como puente entre islas, como única tabla de
salvación; y de ahí el título.
El escenario: la
canícula asfixiante de Córdoba. La excusa argumental: un enamoramiento a lo
Gabriel García Márquez. El estilo: a medio camino entre la exuberancia de Elena
Garro y el barroquismo de Lezama Lima, pero con matiz irónico. Hay también como
una atmósfera de vaguedad que le cede su asiento al lector: la elipsis funciona
aquí como un acelerador de partículas, lo que unido a la brevedad de los capítulos
hace que la novela vaya como un cohete hasta el final. Los personajes, reconocibles:
el conformismo egoísta de Lola, el pragmatismo anti místico de Paqcar, Stan
como un gurú de doble filo, el binomio quijotesco de Máximo y Santiago, la
yoguini Candela bajo un continuo chantaje emocional, el prurito filosófico de
Julia, siempre distante del mundo material. Entre todos ejecutan, pese a sus
constantes intentos de redención, una coreografía del desengaño.
Hace poco vi por
casualidad el anuncio de un taller de escritura de best-sellers: el
instructor preconizaba la necesidad de emplear una prosa sencilla y transparente,
sin adjetivos innecesarios ni frases rebuscadas que entorpecieran la lectura
del cliente. Afortunadamente, ‘Arte de hablar’ se encuentra en las antípodas de
tales presupuestos comerciales. La novela de Xavier Guillén es una historia de amor
por las palabras, sin menoscabo de su léxico específico, sus figuras retóricas
y su plasticidad.
Innúmeros poetas se
meten a novelistas, por diferentes motivos y con desiguales resultados. En el
caso de Xavier Guillén, con esta obra demuestra que, además de buen poeta, es
un narrador de raza, un novelista nato. A veces, en este campo, el árbol maduro
da mejores frutos.
domingo, 25 de mayo de 2025
El realismo social de Pablo García Casado (Reseña en Cuadernos del Sur)
Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba.
CADA UNO ES MUCHA GENTE
Pablo García Casado
XLVIII Premio Ciudad de Burgos
Visor Libros (2025)
Por Jorge Díaz Martínez
Pablo García Casado siempre ha sacado poesía de donde pocos la buscaban: una
estación de la ITV, el mitin de un partido, una reunión de trabajo, un programa
deportivo o el monólogo interior de un viajante de comercio. Aunque a priori no
deberían considerarse unos espacios como más o menos poéticos que otros, lo
cierto es que estas elecciones dotan a su escritura de un realismo aún más
exacerbado, no tanto por los escenarios en sí como porque el autor integra el
sociolecto lleno de tales entornos en una estructura formal innovadora. La
fórmula original de García Casado da lugar a un modelo textual característico,
de su cuño y letra, que encontramos de nuevo repetido, en poemas de mayor
extensión, en Cada uno es mucha gente, el único de sus títulos publicado gracias
a conseguir un premio de poesía, el Ciudad de Burgos.
Como siempre, García Casado nos ofrece un conjunto de poemas de realismo
social en el que se alternan las voces de distintos personajes. Sin embargo, en
esta ocasión se trata, seguramente, del más lírico de sus libros, en el sentido
de que aquí el autor se incluye a sí mismo como objeto de escritura. La técnica
literaria atesorada a lo largo de años en los márgenes del canon, ese tipo de
poema inconfundible que huye de los metros pisoteados y de las retóricas
manidas, es puesta aquí al servicio de la propia intimidad del escritor, sus
espacios urbanos y su flujo de conciencia, lo cual tiene como efecto secundario
que éste sea también el más cordobés de sus libros. Las planicies norteamericanas
se han sustituido por el barrio de Santa Rosa.
La poesía de García Casado ha evolucionado desde el ritmo visual de Las
afueras (1997), pasando por el versículo largo de El mapa de América (2001),
hasta el discurso en rectángulos de todos sus siguientes títulos: Dinero (2007), García (2015) y La cámara te quiere (2019). Pero, más allá de esta
expansión superficial, en el fondo su poética sigue fiel a sí misma. Su débito
manifiesto con la obra de Raymond Carver, uno de los principales representantes
del realismo sucio norteamericano, se aprecia tanto en sus recursos expresivos
(la frase corta y directa, tendente al minimalismo, y el ritmo entrecortado)
como en su centro de interés: los sustratos menos favorecidos de nuestra
sociedad y una mirada cruda hacia las relaciones humanas, teñidas por sistema de
interés mercantilista, como el motivo del comercio sexual, al que dedica la
novela La madre del futbolista (2022), o acartonadas por su mecanización. A
esta paleta se añade, a partir de García, la temática de la paternidad.
En definitiva, Cada uno es mucha
gente es una obra coherente con la línea estética de un autor acostumbrado a
que sean otros los que hablen en sus versos, pero también su libro más cercano
y personal. El artífice de voces y escenarios se ha colocado a sí mismo delante
de la cámara.
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| Foto: Jorge Díaz Martínez |


















