DENTRO DEL AMARILIS DE NATALIA LITVINOVA
A diferencia de su anterior poemario, La nostalgia es un sello ardiente, que nos llevaba a la Bielorrusia de su infancia, Amarilis nos transporta a un territorio mítico, de sabor grecolatino. No se trata de la genealogía trágica de sus raíces eslavas, sino de una dramaturgia de la psique telúrica. Sin embargo, en ambos se transparenta un mismo estilo, algo que tiene que ver con el peso que Natalia Litvinova es capaz de imprimir en la palabra. En este caso, las personas biográficas se han sustituido por personajes simbólicos: una mujer, el Toro, Amarilis y las ancestras, que actúan como una especie de fuerzas de la Naturaleza: lo femenino, lo masculino, una interlocutora (u oyente vegetal en la que reflejarse en una dimensión donde no es tan extraño hablarle a una flor sobre un Toro) y la sabiduría (o sororidad) ancestral. Como tales, trascienden los límites de lo individual para abrazar, en amorosa danza ―porque es un libro de amor― lo colectivo, la complementariedad de los opuestos: «Qué es el amor sino un avance de la naturaleza sobre mi cuerpo» ―se pregunta. La voz fundamental es la de ella, la mujer que versifica solo con mover los pétalos al igual que una flor de carne y hueso: «El viñedo salvaje se enreda en mis senos/ las uvas de mis pezones brotan y se pudren». Es su punto de vista quien nos habla, quien desgrana el deseo. Sus imágenes profundas sacan a flote lo oculto, como un susurro o una confidencia que no se puede aguantar: «Sus pezuñas se ablandaron como corteza de pan mojada en leche». En Amarilis los versos tienen algo de ritual y de diálogo. Natalia Litvinova se ha reinventado a sí misma escribiendo una mitología contemporánea: «No dejé que me picaran las certezas de los demás» ―nos dice. De lo histórico concreto a lo absoluto anacrónico. Y una misma intensidad de fondo.
