blog de Jorge Díaz Martínez

Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de febrero de 2026

Intensidad dramática de: Amarilis, de Natalia Litvinova (La Bella Varsovia, 2025)




DENTRO DEL AMARILIS DE NATALIA LITVINOVA


A diferencia de su anterior poemario, La nostalgia es un sello ardiente, que nos llevaba a la Bielorrusia de su infancia, Amarilis nos transporta a un territorio mítico, de sabor grecolatino. No se trata de la genealogía trágica de sus raíces eslavas, sino de una dramaturgia de la psique telúrica. Sin embargo, en ambos se transparenta un mismo estilo, algo que tiene que ver con el peso que Natalia Litvinova es capaz de imprimir en la palabra. En este caso, las personas biográficas se han sustituido por personajes simbólicos: una mujer, el Toro, Amarilis y las ancestras, que actúan como una especie de fuerzas de la Naturaleza: lo femenino, lo masculino, una interlocutora (u oyente vegetal en la que reflejarse en una dimensión donde no es tan extraño hablarle a una flor sobre un Toro) y la sabiduría (o sororidad) ancestral. Como tales, trascienden los límites de lo individual para abrazar, en amorosa danza ―porque es un libro de amor― lo colectivo, la complementariedad de los opuestos: «Qué es el amor sino un avance de la naturaleza sobre mi cuerpo» ―se pregunta. La voz fundamental es la de ella, la mujer que versifica solo con mover los pétalos al igual que una flor de carne y hueso: «El viñedo salvaje se enreda en mis senos/ las uvas de mis pezones brotan y se pudren». Es su punto de vista quien nos habla, quien desgrana el deseo. Sus imágenes profundas sacan a flote lo oculto, como un susurro o una confidencia que no se puede aguantar: «Sus pezuñas se ablandaron como corteza de pan mojada en leche». En Amarilis los versos tienen algo de ritual y de diálogo. Natalia Litvinova se ha reinventado a sí misma escribiendo una mitología contemporánea: «No dejé que me picaran las certezas de los demás» ―nos dice. De lo histórico concreto a lo absoluto anacrónico. Y una misma intensidad de fondo.

sábado, 21 de febrero de 2026

Presentando: A la vuelta recogeré el camino, la poesía reunida de Rafael Espejo.

La editorial Milenio ha publicado recientemente A la vuelta recogeré el camino, la poesía reunida de Rafael Espejo, uno de los poetas más antologados de su generación. El volumen tiene la virtud, como suele pasar en estos casos, de rescatar del olvido sus primeros títulos, algunos ya prácticamente inencontrables, convertidos en objeto de coleccionista o fetiche literario (y con un precio acorde a su escasez en algunas librerías de viejo), ofreciéndoselos ahora a los nuevos lectores tras pasar por el filtro de las irresistibles correcciones y oportunos descartes que impone la conciencia literaria atesorada a lo largo de las décadas (así las futuribles ediciones críticas tendrán la oportunidad de añadir notas a pie de página contrastando las primeras versiones y las últimas). Rafael Espejo se detiene, se da la vuelta y va recogiendo los poemas que ha dejado como miguitas de pan por el camino —salvo que algunas migas se las ha comido la autocrítica inclemente del autor.  

Algunos de los libros aquí recogidos marcaron verdaderos hitos generacionales para los que éramos entonces, hace un cuarto de siglo, los jóvenes poetas. Recomiendo, por tanto, su frescura, su descaro, su ultimátum a un siglo que moría, su bienvenida a este que empezaba. Escritos en la encrucijada del milenio, son algunos de los mejores poemas de nuestra época. 

Ayer, viernes, 20 de febrero de 2026, tuve la suerte de presentar esta poesía reunida de Rafael Espejo, junto a Juan Antonio Bernier, en la librería La Romántica de Córdoba. El acto fue todo un éxito y, por mi parte, fue un placer reencontrarme con los viejos amigos y lectores cordobeses. Mi intervención la llevé por escrito y tanto el autor como el público me instaron a que la publicara en algún medio. Así pues, para quien le pueda interesar, sin más, aquí podéis leerla íntegra.

 


Presentación de A LA VUELTA RECOGERÉ EL CAMINO

Poesía reunida de RAFAEL ESPEJO en Librería LA ROMÁNTICA

20 de febrero de 2026

 

Por Jorge Díaz Martínez

 

Me veo en la difícil tarea de presentar la obra literaria de un amigo. Difícil porque lo más fácil sería acomodarse en los tópicos comunes del elogio. Yo voy a procurar no caer en la laudatoria hueca de las presentaciones y ofrecer, en cambio, mi subjetividad crítica, a riesgo de incurrir en la pedantería e incomodar, tal vez, a los presentes o incluso al propio autor. Para mí no se trata de presentar un producto literario exento de contexto, no solo porque el autor y yo nos conozcamos desde hace casi treinta años, sino porque la supuesta autonomía del texto artístico quedó completamente desfasada, hace todavía más décadas, en los estudios de teoría literaria. De la misma manera que hay que tener en cuenta el momento histórico, los movimientos artísticos y las características del mercado, también hay que tener en cuenta al propio autor, cuyo carácter y hechos biográficos contribuyen a dar sentido a la obra. Como muy bien decía aquí Juan Antonio Bernier en alguna poética de las que nos pedían a finales de los noventa ―y cito de memoria: «aunque no soy lo que escribo, me considero importante para mi poesía». Si incluso el novelista de ciencia ficción que construye universos inventados se revela a sí mismo ―hasta por omisión― en sus mundos fantásticos, cuánto más no lo harán los poetas que deciden, a conciencia y con cierta desvergüenza, inspirarse en sus anécdotas verídicas para reconvertirlas, tras pasar por la planta de procesamiento, en artefactos de ficción poética astutamente diseñados para sugestionar la conciencia del lector. Este modus operandi lo han seguido millares de humanos, desde las cuevas de Altamira hasta nuestros días, sencillamente porque la intensidad de nuestras pasiones deja una huella que no desaparece fácilmente, no se agota en sí misma, no nos basta, como a otros animales, con una sacudida muscular para deshacernos del susto del momento. Entre los sapiens, el trauma y la obsesión necesitan otras vías de expresión que, por habitus social, van adoptando formas convencionalizadas que, a fuerza de repetirse, acaban adquiriendo una cierta independencia y casi que sustituyendo a la función biológica o social que las configuró. Surge entonces el arte por el arte, pero a pesar de tal especialización, toda clase de artistas y escritores han seguido sometiendo, por una causa u otra, desde la oscura noche de los tiempos, a viva voz o por escrito, la piedra bruta de su contenido personal (emociones, sentimientos, experiencias o pensamientos) a las leyes compositivas de alguna disciplina artística. Y más concretamente, en el caso que nos ocupa, la poesía de Rafael Espejo bebe de una corriente cuyo nacimiento suele situarse en la poética de William Wordsworth, en los albores del Romanticismo, la cual, haciendo una exagerada elipsis histórica y simplificando al extremo, llegaría a través de Robert Langbaum y Jaime Gil de Biedma a los poetas de la Generación de los cincuenta, de ahí a la poesía de la experiencia de los ochenta y de ahí, ya en los noventa, a los poetas de nuestra propia generación intermedia, intermedia entre siglos y entre épocas, entre el post y el metamodernismo, nacidos analógicos y muertos prácticamente clones cibernéticos. Así que, yo diría, llevándome la contraria, que, más que una dificultad a la hora de presentar la poesía reunida de Rafael Espejo, puede ser para mí un privilegio el hecho de conocernos desde hace ya tanto tiempo, el hecho de conocer tanto a la obra impresa como al escritor de carne y hueso, tanto al personaje que se muestra, igual que un espejismo, en sus poemas, como a la persona física con quien tantas andanzas he vivido. Y por eso, quiero traer de nuevo a colación unas palabras de Juan Antonio Bernier, que en uno de sus Breves erizos verdes, apuntaba:

«SOBRE EL ESTILO PERSONAL

Si aquello que hace que tus allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en el peor sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán sin identidad.»  

Efectivamente, esta hipótesis se verifica empíricamente en la obra de Rafael Espejo, cuyos poemas nunca podrán pasar por fotocopias de otros. En su caso, se da una sincronización perfecta entre carácter y estilo literario, como dos subconjuntos insertados, la conjunción aritmética de una personalidad arrolladora altamente integrada en su escritura. Y por lo tanto, aquí cabría preguntarse en qué consiste esa gracia personal, como si se pudiera destilar la esencia de Rafael Espejo vaporizando en un alambique algunos de sus versos. Una imagen, por cierto, esta del alambique y la esencia del poeta, bastante típica de la crítica biográfica impresionista, en la que caigo ahora tratando de encontrar, como diría Leo Spitzer, la marca del autor dentro del texto. Pero voy a mojarme y a decir que, en vez de separar obra y autor, si tuviéramos que caracterizar esa gracia intransferible según algún sistema caracterizador, como bien pudiera ser, por ejemplo, una baraja de cartas española, al darle la vuelta al naipe, el azogue nos devolvería la imagen de un caballo de copas: el arquetipo del seductor. Las copas, como se sabe, contienen las emociones y se corresponden, en la baraja francesa, con los corazones. Y es que no hace falta citar a Jacques Lacan para notar que la libido de Rafael Espejo circula en la cadena significante de sus acentos, que su goce reaparece en la materialidad de su escritura y, sin embargo, en su caso, la pasión no deforma, como en el callejón del Gato, la estructura. No hay un esperpento, sino una estilización. La conciencia creadora de Rafael Espejo canaliza la energía orgónica a través del cauce equilibrado de una melodía casi renacentista, casi grecolatina. Sus poemas contienen, como copas cargadas, pero sin llegar a rebosar, no sus hechos biográficos, sino la letra con sangre que ha aprendido, ofreciéndonos a los lectores una especie pagana de eucaristía. Estamos, pues, ante un seductor de la palabra, un alquimista que es capaz de balancear, de un lado, el peso de sus vísceras y, de otro, el oficio, el cincel y la maza con la que detallar las imágenes que quiere dar a luz.

Rafael Espejo nació en Palma del Río, provincia de Córdoba, en 1975, e inició sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Granada no sé muy bien qué año, pero sí sé que para cuando yo llegué allí, en septiembre del 98, él era ya una figura destacada entre los jóvenes poetas de la ciudad. Cuentan las malas lenguas que lo conocí en un autobús de ALSA y que, sin saber todavía quién era, pero intuyendo que debía ser un poeta o, como mínimo, un filólogo, porque quién sino un poeta o un filólogo iría leyendo en el ALSA una antología de poetas románticos ingleses, pues, tras una breve presentación, me arrodillé en el pasillo a leerle un poema sempiterno antropológico que traía impreso en unas hojas y que, sin duda, debió causarle gran impresión, pues a partir de entonces, a partir de aquel acto iniciático de pleitesía poética se selló entre nosotros un vínculo merced al cual nos presentábamos, en muchas ocasiones, con los ojos achinados, en los recitales con catering de Granada. Y ese vínculo me ha traído aquí, casi treinta años después, a presentaros su poesía reunida.

He dicho que para finales de los noventa Rafael Espejo era ya una figura reconocida entre los jóvenes poetas. Y lo era gracias a su primer libro, Círculo vicioso (de 1996), con el que había ganado el Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Granada era, por entonces, prácticamente una escuela de poetas de la experiencia, en la que Juan Carlos Rodríguez, Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Muñoz y tantos otros ejercían de mentores y maestros, y en la que, no lo olvidemos, había nacido La otra sentimentalidad. En esa línea dio sus primeros pasos la poesía de Rafael Espejo. Una etapa todavía muy juvenil, de ensayo y aprendizaje y, no obstante, en Círculo vicioso encontrábamos ya algunos de los rasgos que iban a definir toda su obra, hasta la fecha: la ambigüedad entre ficción y biografía, la presencia puntual pero recurrente del entorno rural, la reflexión metaliteraria, la reflexión, al principio algo efectista, luego más asentada, sobre el paso del tiempo y la caducidad, las escenas nocturnas, la bohemia, la corporalidad y los amores, en cualquiera de los estados de la materia.  

Su siguiente poemario llegaría cinco años después con un título sacado de Baudelaire: El vino de los amantes (publicado en 2001) gracias a la obtención ex aequo del Premio Hiperión. A este segundo libro se le puede calificar como su obra maestra, en el sentido medieval; es decir, la obra con la que el aprendiz demostraba que era capaz de ejercer por sí mismo su oficio gremial. Con El vino de los amantes Rafael Espejo salía definitivamente a la palestra con una voz reconocible y, al mismo tiempo, asimilable a una corriente mayor, situándose por méritos propios entre los indiscutibles poetas emergentes del país. El libro se dedicaba, como indica su título, a la celebración del amor y del deseo. En él, Rafael Espejo había logrado la técnica invisible, el poema que, solo aparentemente, emana de sí mismo, a la vez que una intensificación de la experiencia. Las estampas carnales, cuasi eróticas, aparecían combinadas, de manera indistinguible, con el intelectualismo de sus imágenes. Se diría que el poeta se había entregado al goce corporal, pero tampoco podía dejar de ser cerebral, a lo mejor por ser virgo su signo zodiacal.   

A esta primera etapa, Círculo vicioso y El vino de los amantes, pertenecen algunos de sus poemas más memorables y emblemáticos, al menos para mí, quizás por el fulgor de la juventud que compartimos, por la admiración que nos causaban las primeras ediciones o, quizás, por una suerte de reconocimiento generacional. Sea como fuere, cuando pienso en la poesía de Rafael Espejo no puedo evitar recordar poemas como: «Nocturno, Buscando la inspiración, Piso de alquiler, Amanezco con ella; De noche, los domingos; Madriguera, Amour fou, Los pechos de mi novia, Soneto en mí sostenido, Alter ego, o Yo». Todos ellos han sobrevivido a la poda del autor, aunque con ligeros retoques de jardinería, si bien, tengo que decir que yo prefiero las primeras versiones, que albergan, para mí, un encanto especial.

Pasarían ocho años hasta su siguiente libro, Nos han dejado solos (del 2009), con el que obtuvo el Premio Emilio Prados, para menores de 35 y publicado por Pre-Textos. Con este título comenzaba ya su etapa de madurez, a la que se sumarían sus siguientes poemarios: Hierba en los tejados (del 2015), Premio Ojo Crítico RNE, y Criaturas del momento (del 2023), Premio Internacional de Poesía Francisco Brines. Todos ellos publicados por Pre-Textos. Si yo fuera un agente de recursos humanos de una empresa de poesía, no podría dejar de constatar el hecho de que absolutamente todos sus poemarios hayan sido merecedores, a priori o a posteriori, de algún premio de peso nacional. Pero, volviendo al texto, sobre esta etapa de madurez, decir que estos tres títulos comparten un progresivo cambio de tono, sin duda, más sosegado, que se vira al interior, hacia la hondura, destacando el calado existencial y humanista de unos versos igualmente vitalistas y sanguíneos.

Yo os invito a que leáis esta poesía reunida de Rafael Espejo como si se tratase de una especie de novela fragmentaria en la que nos es dado observar el arco del personaje del protagonista, desde un joven ya desengañado, tal vez, a una edad demasiado temprana, que se entrega a un hedonismo sin concesiones, hasta el adulto que, verso a verso, recuerda, esta vez con solidaridad, a sus mayores, a su infancia rural, ese hombre cuarentón que, en sus paseos, en lugar de a las fiesteras, les hace a las estrellas las preguntas filosóficas eternas, ese hombre que, como en Ciudadano Kane, ensueña que su hogar es como un bibelot (una cabaña dentro de una bola de cristal donde nieva por obra de la mano) y, en definitiva, un hombre que ama profundamente a sus mascotas, a sus macetas y a su novia, igual no por ese orden. Y es que treinta años dan para mucho arco de personaje. Y a nuestra generación, por otra parte, ―un poco como a todas― también nos ha tocado nuestra buena ración de aceleración histórica. Las nuevas generaciones, está claro, tienen sus propios círculos viciosos, aunque no sé si eso a Rafael Espejo le importa mucho, poquito o nada. Como decía don Antonio Machado, la poesía es palabra en el tiempo y la suya, a la vista está, sigue imprimiendo proyectos. Por eso, este título engañoso me parece que está muy bien puesto, porque, precisamente, está conjugado en futuro y asertivo. Así pues, todo parece indicar que a Rafael Espejo le queda cuerda para rato antes de recoger camino.





 


domingo, 13 de octubre de 2024

Entrevista con Nuria Ortega Riba en Cuadernos del Sur. Fantasía y símbolo en la poesía.

Entrevista con Nuria Ortega Riba, publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, el 12 de octubre de 2024. Incluyo el texto completo de la misma aquí abajo. 


Nuria Ortega Riba
Fotografiada por © Jorge Díaz Martínez

NURIA ORTEGA RIBA

Jorge Díaz Martínez

Nuria Ortega Riba (Almería, 1996) recibió el Premio Adonáis de 2021 por su primer poemario: Las infancias sonoras (Rialp, 2022). Coincidiendo con el confinamiento de 2020 escribió su segundo: Albatros (Planeta, 2023), con el que obtuvo el VI Premio Espasa es Poesía. Actualmente cursa en Granada un doble máster de Profesorado y Estudios Literarios y Teatrales.

¿Cómo estás digiriendo el éxito?

Cansada, pero muy contenta. Y muy agradecida. Me he pasado el mes de abril sin parar.  Ahora quiero estar en mi casa y dedicarme a mí. Yo soy muy de la lentitud, de la calma. No puedo estar todo el rato produciendo, con prisas.

¿Crees que tus poemas tienen que ser descifrados?

 El primer libro es muy accesible, pero en el segundo sí que hay una dimensión que se escapa un poco, hay que darle más vueltas a la cabeza.

Albatros es un libro rebosante de subjetividad.

Sí, yo he llegado a pensar que, si alguien lo lee, pensará que se me ha ido la cabeza.

Eso es lo bonito. Tenemos ya muchos poemas que hablan de subirse y bajarse del autobús.

A mí me preocupa que sea una poesía menos accesible, me preocupa que la gente lo entienda, no llegar a ese punto de decir: Nuria, para.

Quieres que el poema siga teniendo ese clavo al que agarrarse, de sentido.

Sí, claro. Escribir para que sólo yo lo entienda no le veo ningún sentido.

De hecho, aunque te alejas del poema narrativo más convencional, se aprecia que detrás de esas imágenes sí que hay un referente. Parece que es todo símbolo, pero luego se descubre una escena que sostiene todo el entramado. Por ejemplo, en «Estrellas negras», hasta el último verso no das la clave.

Ese poema es una foto. De repente, en la facultad, se veían los pájaros muy lejanos y, como estaban tan altos, parecía que no se movían, parecían estrellas negras en el cielo de la tarde. A mí se me quedó esa frase y, a partir de ahí, años después, construí todo lo demás. Quizá por eso, hasta el final no se revela.

¿Tú pretendías alejarte de la poesía realista? ¿Diseñas tu poética previamente?

No, para nada. Pero sí que noto que hay esa diferencia respecto a Las infancias. Yo me siento bastante alejada de eso porque personalmente tiendo a otro sitio, no porque me siente y diga… No, sino porque mi manera de entender la literatura, incluso lo que leo, tira más hacia otros sitios, hacia la fantasía y la imaginación, más que a lo puramente… terrenal.

Se nota que te interesa más ese mundo de la imaginación, los mundos interiores, que el prosaísmo de lo cotidiano.

Me gusta también la literatura que habla de lo cotidiano; por ejemplo, cómo se construye la intimidad, el amor. Pero, incluso en esos relatos, a mí lo que me interesa es lo que se va a otros mundos, el imaginario que pertenece únicamente a esa persona, lo que se va de lo realista y tira a otros sitios.

¿Te sientes parte de una generación?                      

¿Es que ahora hay una generación? Hace unos años se decía: «Ha surgido una nueva generación, hablan de la precariedad de los jóvenes». Y yo pensaba: «Ay, pues me identifico mucho. Si yo tuviera que pertenecer a una generación, pertenecería a esta». Pero, luego resulta que los dos libros que tengo no creo que vayan por ahí, para nada.

¿De quién te sientes heredera, literariamente hablando?

Uf, heredera… Ni siquiera me gusta pensar en influencias, sino en gente que me gusta. 

Por ejemplo, Lorca en ti está súper marcado.

Pero, ves, yo no lo diría… y llevo una bolsa de Lorca.  Se me ocurre, en Las infancias, Gloria Fuertes, en ese juego con una inocencia que no es inocencia… Y Szymborska. A mí Szymborska me dio muy fuerte.

¿Y en Albatros?

Mary Oliver, Emily Dickinson… por ese espacio natural en contraste con el interior, el cuarto, el encierro… Y luego aquí hay mucha música, casi más que poesía.

Tu libro es muy romántico.

Es que lo romántico… es de esas cosas que dices, es el momento de poner una mano encima de la mesa y decir: Chicos, no todo es tan malo… Porque hubo esa época de: Oh, Dios mío, lees a Bécquer… y blablablá.

Del Romanticismo al hippismo.

Un poco.

¿Hay un poema inspirado en Mujeres que corren con los lobos?

No, ese poema está inspirado en una canción de Aurora, que la cito al inicio del libro. Cuando hablo de «pueblo» y de «hombre» en el libro, lo hago en el sentido de la violencia, de la niña que dice: «Me pusieron zapatos al nacer, me enseñaron la lengua de los hombres».

Has conseguido conservar la sensibilidad metafísica de la adolescencia.

Es algo que también me preocupa, nunca perder esa sensibilidad que no sé si tiene que ver con la inocencia, con cierta ternura, con esa sorpresa de mirar el mundo. Eso no quiero perderlo. Lo cual no quiere decir que no me sienta yo ya… más hacia una edad que hacia otra.

Conservar el niño o la niña interior no significa que uno sea Peter Pan.

Esa es la cosa, pero es que parece que si escribimos sobre la infancia es que…

Hay también un poema dedicado al tema de las creencias, la religión, la fe y la magia.

Me dio una época por leer sobre astrología y me di cuenta de que tengo ciertos patrones que se acercan más a esas creencias mágicas, místicas o religiosas, que para mí vienen de lo mismo: ese momento de desesperación absoluta en el que tienes que pedirle a algo… o tengo que encomendarme a algo, puede ser la luna o puede ser un deseo que tiras al mar en un papel. Para mí, ir a una iglesia y ponerte de rodillas a rezar o encender una vela es prácticamente lo mismo que irte a caminar sola, mirar la luna y pedirle un deseo.

Dices que no pensabas en el albatros de Baudelaire cuando escribías este libro. Me parece increíble, hay poemas que parece que van uno detrás del otro.

Cuando yo lo escribía y lo releía, en mi cabeza no estaba en ningún momento el poema de Baudelaire. Y cuando me di cuenta, me dije: no puede ser.

¿Crees que un arquetipo de tu subconsciente te poseyó para que escribieras ese poema?

No lo sé.

Los simbolistas creían mucho en eso.

Yo no me planteaba que el albatros fuera un símbolo universal, para mí era mi símbolo.

Hay mucho de sabiduría elemental en tu libro, en el sentido telúrico, de los cinco elementos.

Sí, yo creo que también por ahí va el poema del marsupilami, que acabo diciendo que ojalá compartir la sabiduría de mi madre, que es creer en cosas que la gente piensa que no existen… Vamos, que no existen, que es un marsupilami, un invento, un ser mitológico… ¿Y por qué porque no lo veamos no puede existir?

O sea, que crees que las ideas sí existen.

O creo que hay dimensiones… o, al menos, se puede jugar con eso en la literatura.  Yo voy por el bosque pensando que me voy a encontrar un hada ¿y cómo va a caber en mi cabeza que las hadas no existen? ¿o que los seres mitológicos no existen? ¿Porque ya somos adultos y creemos que debemos pensar con la cabeza, no existe todo eso? ¿Quién soy yo para decirle a mi madre: «No, los marsupilamis no existen» porque mis ojos no han visto un marsupilami?

 

domingo, 25 de febrero de 2024

Reseña a: Criaturas del momento, de Rafael Espejo (Pre-Textos, 2023) en Cuadernos del Sur


Después de toda la vida leyendo Cuadernos del Sur (en la época de la prensa de papel, se apilaban en mi cuarto adolescente), la casualidad ha querido que publique en ellos, por primera vez, una reseña. Ciertamente contento de escribir en el suplemento cultural que leía de pequeño, en el periódico de toda la vida de mi ciudad natal.

Podéis leerla en el sigiente enlace:

Reseña de Criaturas del momento, de Rafael Espejo, en Cuadernos del Sur.


Y de paso os la copio aquí:

Rafael Espejo

Criaturas del momento

III Premio internacional de poesía Francisco Brines

Pre-Textos (2023)


Por Jorge Díaz Martínez 

La prolija descendencia de la poesía figurativa de los ochenta (según acuñación de Luis Antonio de Villena) sigue ofreciéndonos frutos muy dispares, la mayor parte, epígonos sin gracia. No obstante, entre la muchedumbre antologada podemos distinguir, como decía Antonio Machado, algunas voces personales. Una de ellas es, sin duda, la de Rafael Espejo (Palma del Río, 1975), quien vuelve a la palestra con su quinto poemario: Criaturas del momento (Pre-Textos, 2023), merecedor del III Premio de Poesía Francisco Brines, uno más en la serie de reconocimientos que jalonan su estela literaria, entre otros, el Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 1995, el Hiperión en 2001 y el Emilio Prados en 2008.

Rafael Espejo vuelve y sigue siendo él mismo: sus poemas, no obstante, sí han cambiado, no tanto en la factura técnica de los versos como en su discurso íntimo, las cosas que nos cuenta. Me refiero, en especial, al tema universal de los lazos familiares y su caducidad; un rasgo generacional que vincula a esta obra con las últimas entregas de otros escritores, más o menos, de su quinta, tales como Carlos Pardo, Juan Antonio Bernier, Andrés Neuman, Erika Martínez o Xavier Guillén. En todos ellos, el desapego de la juventud ha dado ya lugar a una insoslayable madurez, la cual trae aparejada una sentida reflexión acerca de los vínculos de sangre, las raíces rurales y la inevitable pérdida de los seres queridos, un asunto que ocupa ya un lugar central entre las páginas de esta generación.

La otra línea que guía este poemario es la de la disertación filosófica infantil acerca de esas preguntas fundamentales de la existencia que acostumbramos a enterrar bajo el ajetreo de lo consuetudinario, pero enunciadas aquí al calor de una madurez comprometida, coherente con los límites de su propia conciencia, a la que la experiencia de la muerte cercana y el propio deterioro ha dotado de fondo quevedesco. Preguntas que suceden, de nuevo, en un ambiente campestre y familiar, con la mirada atenta a las constelaciones, con perros, chimenea, frutales y paseos. Nada que ver con el desparrame bohemio de sus primeros libros hedonistas. Aquí encontramos poemas dedicados a un vaso de agua, a las macetas del patio, a las mascotas ―también perecederas―, a una hogaza de pan y, por supuesto ―al igual que Walt Whitman―, a sí mismo. Aunque, en realidad, todos estos poemas son excusas para hablar de otras cosas. De esta manera, Rafael Espejo acompaña a un punto medio al anciano y al niño, la razón taxonómica y la imaginación lúdica, la circunvolución sedimentada y la capacidad de asombro.

En todo caso, estas indicaciones no alcanzan a resumir el universo impreso en dichas páginas, ni menos la emoción que alienta en sus poemas; no son su sustituto, solo una invitación a su lectura. No hay una sola cita en todo el libro: todo el libro es una sola cita.  

miércoles, 20 de diciembre de 2023

La poética de la experiencia y el oficio de la poesía. 'Xavier Guillén: poesía domesticada'. Artículo en Studia Romanistica.

Acaba de aparecer el número 23-2 de la revista de estudios lingüísticos y literarios Studia Romanistica, de la Universidad de Ostrava, al que contribuyo con un artículo sobre el último poemario de Xavier Guillén, Amo de casa (Pre-Textos, 2021), precedido por una muy escueta introducción sobre la línea de escritura en la que se sitúa, es decir, la de los continuadores de la poesía de la experiencia. El artículo está destinado, especialmente, a cualquiera que tenga el más mínimo interés por la poesía española y peninsular de las últimas décadas, además de otras cuestiones de poética general. Os dejo aquí el enlace al número completo de Studia Romanistica y también al del artículo exento en mi perfil de academia.

https://ff.osu.eu/studiaromanistica/current-issue/

https://www.academia.edu/111945555/Xavier_Guill%C3%A9n_poes%C3%ADa_domesticada

miércoles, 4 de octubre de 2023

La semilla y el corazón. Antología de poesía japonesa, de Juan F. Rivero (ALBA poesía, 2022)

 




Traducción de Teresa Herrero
Versión en castellano de Juan F. Rivero
Introducción de Juan F. Rivero
ALBA poesía (2022)

Este es uno de los libros que mejor me ha acompañado en los últimos meses. Lo he leído a la orilla del Darro, primero los poemas y luego la introducción. Se trata de una antología que abarca nada más y nada menos que mil trescientos años de poesía --lo cual es más edad de la que tiene el castellano, si contamos a partir de las Glosas Emilianenses--. Mi forma de disfrutar de esto objeto bilingüe creo que pega bastante con el espíritu que se le presupone a la escritura de haikus: no leerlo del tirón, sino a ratitos, sobre todo a la orilla de un riachuelo, a la hora del paseo, entre partida y partida de ajedrez, entre conversaciones y otros libros, entre fotografías. Respecto a su introducción, un excelente trabajo, la he dejado bastante subrayada: de manera sintética y sucinta nos presenta los hechos principales de la literatura japonesa en general y de la escritura de haikus en particular, deteniéndose en sus fundamentos filosóficos, estéticos e históricos. En resumidas cuentas, una joya, ya de mi biblioteca. Una joya que tiene la virtud, además de lo ya comentado, de dejarte con hambre, de abrir el apetito. Por lo tanto, seguiremos leyendo y escribiendo, entre otras cosas, haikus, tankas y rengas.  

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Pureza, de Irene Domínguez. Accésit del Premio Adonáis 2022

 Reseña publicada en Culturamas el 13 de septiembre de 2023


Al morder un tomate de verdad, un tomate de los de antes, de los que saben a la infancia, me acordé de este libro titulado Pureza, de Irene Domínguez. El solo hecho que acabo de referir, por más que subjetivo, me valió como indicio irrefutable de su fuerza, de la huella que dejan sus imágenes, y está también el hecho de que fuera accésit del Adonáis en 2022. Así que volví a leerlo este verano: me gustó porque cita a Camarón de la Isla, pero también a Eugenio Montale y porque de pequeño a mí también me marcaron las canciones de Antonio Machado.

El poema «La torre, el caballo y el alfil» se refiere a un grupo de inmigrantes que cada domingo entrena en un gimnasio algún arte marcial dentro de un cuadrilátero. La escritora se suma a su sudor exiliado porque alguien le dijo que allí ella también podría honrar sus apellidos. No sólo este poema, sino todo el libro gira en torno a la cuestión de las raíces, los lazos familiares, los amores cursados y cómo reconocerse en alguna identidad. Para ello, Irene Domínguez toma de leit motiv el término pureza, una cierta y ambivalente pureza. Desde la primera hoja, la pureza se imprime en primer plano y en este poema en concreto adopta la figura de una gota de sangre de inmigrante: «Son tan puros como la sangre que salta en un golpe seco».

Como tantos poemarios primerizos, Pureza está cuajado de trozos de la infancia, explora los lugares comunes de su pérdida y su metamorfosis (que no se detiene nunca) en una sucesión de primeras personas superpuestas. De ahí que se divida en Matrioska I, II, III, IV y V. La voz de Irene Domínguez rompe los estereotipos ―ya cascados― del género social, le gusta jugar al fútbol y el boxeo sin que ello implique merma de su feminidad. Rebosa de amor paterno. Hay tantas cosas implícitas que se dicen como quien no quiere la cosa… como, por ejemplo, el tema del oficio de la literatura como una profesión de incertidumbres, como una artesanía sobre arenas movedizas:

Mi padre fue albañil y mi abuela costurera.
Si hubiese atendido a sus oficios
sabría cómo arreglar mi vida.
Ahora me veo artesana de mí,
tratando de meter todas estas matrioskas en una sola.
Pero mira tú qué desastre.
Dentro de mí sale una,
y otra,
y otra…

Como decía, como tantos «poemarios de construcción», estas páginas abordan el pasaje entre infancia y juventud, la amistad y los juegos ¿inocentes? como pompas de jabón y la amistad y los juegos abiertamente sexuales, pero igualmente efímeros y frágiles como pompas de jabón. La poeta insiste en esa herida, ahonda en los distintos pretéritos cutáneos subrayando la fricción, la rozadura. Compone con la fórmula del lenguaje directo del habla popular ―incluyendo vulgarismos― con técnica filóloga. Su conjunción de verso coloquial y retórica lírica continuamente entrega locuciones de tierna intensidad, aumenta la emoción, la gracia del poema y su teatralidad. Hay patios de recreo, cadenas de bicicleta que se rompen y muchos besos en la frente. Hay incluso un poema que alberga un cuento maravilloso dentro ―de los que le gustaban a Vladimir Propp―, si bien la mayoría incorporan en su propia sintaxis esa magia.

Tu beso en la frente calmó todo movimiento
y me cosió a la vida con la aguja e hilo
que una vez sostuvieron todos los que me amaron.

Retomando el hilo: si asumimos la básica asociación entre infancia y un concepto inasible de pureza ―o de inocencia―, tenemos que su pérdida resulta paradójica, pues, como anuncia la cita que abre el libro: La pureza no se puede perder nunca cuando uno la lleva dentro de verdad. Por eso, viene que ni pintada la imagen de las matrioskas. Como diría Zygmunt Bauman, la protagonista de estas páginas habita una identidad líquida. Porque ¿quién no conserva en su interior una pizca, ni aunque sea un retazo de su infancia?

No me reconocí en las fotos de aquella niña.
Esa mirada guardaba la inocencia
que a mí no me quedaba, esos ojos negros
y esa sonrisa sin dientes que ya no tengo.

En sintonía con lo ya comentado, otro rasgo de carácter de este libro es su combinación de lo que tradicionalmente se ha llamado alta y baja cultura. Por ejemplo, el poema titulado «Kim K. acaba de compartir una publicación» se encabeza con una cita de Britney Spears (You want a piece of me) y otra de Santa Catalina de Siena. El vínculo que las une, el conflicto que encarna este poema no es sino la problemática de saberse sujeta (u objeto) de deseo para una pluralidad en masculino. Y lo hace desde una postura (si cabe, más) abiertamente feminista, en el sentido de que su voz se declara una más de una comunidad o tribu histórica, mientras que en la mayor parte de los poemas prima un prisma personal ―aunque lo personal, ya lo sabemos, sea también (o más) político―.

Vosotros queréis un pedazo de mí,
cuando me veis sola y hecha añicos,
pero yo no soy sólo yo.
Pertenezco a una raza que ya existe,
de muñecas rusas fabricadas por artesanos
que las multiplican con variaciones
(medalla de oro, pecho blanco, mejillas rosas…),
y que todo el mundo desea abrir,
todas con un nombre distinto tallado,
todas con algo familiar en la mirada.
Vosotros queréis un pedazo de mí,
saquear mi cuerpo igual que Borchardt Nefertiti.
Por eso me corté las tetas
y os las ofrecí en una bandeja de plata.
El dolor me convirtió en Catalina.

Tanto esta problemática como este posicionamiento reaparecerán, de nuevo, en lugares tan significativos como el último poema:

A veces incluso piensan
que no queremos ser mujeres
por pura aprobación masculina,
mientras simplemente deseamos
amputarnos de forma leve y sofisticada
para que dejen de mirarnos.

Con todo, el tono general que brilla en estas páginas es la celebración ―aunque sea melancólica― del impulso de la vida, con todo su repertorio de emociones gozosas y dolosas. La poeta acierta a retratar tanto la frescura juvenil: «¿Qué hice anoche? No me acuerdo. Tal vez me besé con todos/ mis amigos en la boca.»; como la crudeza de los rescoldos que se apagan: «Escribo y callo./ Y tú alargas el tiempo entre mis cortas respuestas/ para sentir que hablamos mucho más.». Se me ocurre que si Ricardo Molina hubiera nacido en el 96, tal vez escribiera versos como estos, que rebosan a la vez dulzura y decepción:

Tal vez sí nos conocimos, de otra forma,
cuando tímidamente bajabas la cabeza
y tú tenías novia y yo seguía perdida
entre amantes con novia también.

El pasado es irrecuperable, pero nos acompaña. El penúltimo poema (sin título) empieza con una intertextualidad ―no sé si hace falta decirlo― del famoso versículo de Dámaso Alonso: «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres». En su lugar, Irene Domínguez pone: «Madrid está lleno de señores con barba que miran periódicos». Sin embargo, a lo largo del texto predomina no tanto esa dimensión social ―la presencia de un pasado común que la protagonista desestima y envidia al mismo tiempo―, como el solapamiento de su propio pasado personal: el áspero contraste que ocasionan sus ―relativamente recientes― recuerdos por Madrid frente a la Irene distinta que es ahora. Habiendo tantísimas obras literarias y cinematográficas que reiteran este recurso, su eficacia depende ―como es obvio― de cada ejecución; y en este caso destaca el estilo diarístico de un presente voraz, imperativo:

Hablamos, y veo en su cara
un gesto que ya no conozco
pero unos ojos que me siguen queriendo.
Ya ni siquiera siento rencor de que se fuese con otra.
Hablaría más, pero he quedado
con Guille por la tarde
y voy muy mal de tiempo.

En conclusión, Irene Domínguez tiene eso que los comentaristas deportivos llaman garra. La técnica de su obra, su conciencia literaria, alienta al mismo tiempo una profunda honestidad (ideológica, biográfica y) sentimental, y eso se nota. Así pues, un accésit muy merecido para una autora que ha logrado cuajar un estilo personal, con soltura, coherente y conseguido y, por ende, acorde con su tiempo, es decir, con el espíritu ―el habitus, la sensibilidad― de su generación. Aunque en lugar del accésit, igual hubiera merecido el premio, pero claro. Esperaremos con ganas su siguiente título. Léanla, en serio.

Vamos a comprar casas que no podemos permitirnos,
vamos a pasar la mañana en tiendas de muebles
pensando en comprar estanterías
donde mezclar todos nuestros libros.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Xavier Guillén, de andar por casa. Reseña en Culturamas de: Amo de Casa (Pre-Textos, 2021).


Enlace a mi reseña del último poemario de Xavier Guillén, publicada en Culturamas el 13 de noviembre de 2022: 

https://culturamas.es/2022/11/13/xavier-guillen-de-andar-por-casa/


Por Jorge Díaz Martínez.

Vengo a hablaros de un poemario que ha pasado demasiado de puntillas por entre la vorágine de posts de novedades supuestamente literarias que compiten en las redes sociales por la preclara atención de los escasos (o no tanto) lectores de renglones troceados. Me refiero al segundo de Xavier Guillén, editado por Pre-Textos en 2021 bajo el rótulo de Amo de casa.

El fenotipo de esta locución consigue lo que se suele esperar de cualquier título, que es llamar la atención ―y más en un contexto de reformulación de los roles de género, aunque el libro no vaya exactamente de eso― y no es en absoluto gratuito, pues se trata de un texto que concede especial protagonismo a las relaciones domésticas, subiendo a la palestra a la práctica totalidad del árbol familiar del narrador.

He dicho narrador porque el autor, de entre la prolífica descendencia de la poesía de la experiencia, sigue esa rama interior que va de las canciones reflexivas de, pongamos por caso, Felipe Benítez Reyes, a la retranca retórica ―sin dejar de ser figurativa, por supuesto― de ingenieros del verso tales como Luis Muñoz, Carlos Pardo y Rafael Espejo, por ejemplo. Lo que Xavier Guillén aporta a esta conocida fórmula es, en primer lugar, su cuidada ejecución y, en segundo lugar, su carácter burlón: un cinismo, o sarcasmo entreverado, de tono coloquial con un fondo de escenas bien tramadas que nos deja un regusto amargo en el paladar y caliente el corazón.

Esta cordialidad confiere a sus poemas una apariencia casual bajo la que se esconde la vil fermentación de sus asuntos: las relaciones familiares, el amor aposentado, la política infame, la práctica epicúrea y el papel que la poesía pinta en todo eso. Dejo para otro lugar un análisis más extenso. Así pues, solo me queda recomendaros de viva letra esta obra cuya coprotagonista responde al nombre de Odile, derivado de oda. Premeditadamente entrañables, conmovedoramente afilados; qué más se puede pedir de unos poemas.

AMO DE CASA

Xavier Guillén

Pre-Textos, 2021.

GEMELAS


Todos los viernes
mi madre compra flores
para su hermana.

Que mi tía y mi madre
fueran gemelas
era cosa de magia.

Me quedaba embobado
ante las imágenes.
Parecían idénticas
salvo que mi madre
llevaba gafas
y se las quitaba
cuando querían confundir
a los mayores.

Recuerdo esas historias. Más tarde,
aprendí que se gestaron juntas,
que compartieron
placenta y confusión
hasta ser alumbradas.
Mi madre, la primera:
llegó de nalgas.
Mi tía venía de cabeza.
Nacieron mirándose
a los ojos.

He acompañado a mi madre
a poner flores frescas
en la tumba de su hermana.
Mientras limpiaba
el cristal del nicho
he visto el rostro de mi madre,
a contraluz,
sin las gafas puestas.

Me ha mirado muy seria
y me ha dicho:
A mí me echáis al fuego,
que ya me dio patadas
en el vientre de la abuela.


 

DÍA SENCILLO


Amanece un día precioso pero frío
para salir tan temprano.
Menos mal que ayer taparon
los geranios y el tomillo del alféizar
con plásticos y pinzas. Campa el hielo.

El matrimonio alarga el desayuno.
Tuestan pan, hierven leche.
Saborean. Reconocen sus gestos.
Untar la miel, apoyar el cuchillo
tras chuparlo con celo, en el plato.
Compases muy antiguos.
Hechizos invisibles y modestos.

Tienen planes hoy. Estar callados.
No echar de menos.
Mirar por la ventana.
Reinar antiguamente.
Al final, el amor llama a la puerta,
pero por dentro.