DENTRO DEL AMARILIS DE NATALIA LITVINOVA
sábado, 28 de febrero de 2026
Intensidad dramática de: Amarilis, de Natalia Litvinova (La Bella Varsovia, 2025)
sábado, 21 de febrero de 2026
Presentando: A la vuelta recogeré el camino, la poesía reunida de Rafael Espejo.
La editorial Milenio
ha publicado recientemente A la vuelta recogeré el camino, la
poesía reunida de Rafael Espejo, uno de los poetas más antologados de su
generación. El volumen tiene la virtud, como suele pasar en estos casos, de
rescatar del olvido sus primeros títulos, algunos ya prácticamente
inencontrables, convertidos en objeto de coleccionista o fetiche literario (y
con un precio acorde a su escasez en algunas librerías de viejo),
ofreciéndoselos ahora a los nuevos lectores tras pasar por el filtro de las
irresistibles correcciones y oportunos descartes que impone la conciencia
literaria atesorada a lo largo de las décadas (así las futuribles ediciones
críticas tendrán la oportunidad de añadir notas a pie de página contrastando
las primeras versiones y las últimas). Rafael Espejo se detiene, se da la
vuelta y va recogiendo los poemas que ha dejado como miguitas de pan por el
camino —salvo que algunas migas se las ha comido la autocrítica inclemente del
autor.
Algunos de los libros aquí recogidos marcaron verdaderos hitos generacionales para los que éramos entonces, hace un cuarto de siglo, los jóvenes poetas. Recomiendo, por tanto, su frescura, su descaro, su ultimátum a un siglo que moría, su bienvenida a este que empezaba. Escritos en la encrucijada del milenio, son algunos de los mejores poemas de nuestra época.
Ayer, viernes, 20 de
febrero de 2026, tuve la suerte de presentar esta poesía reunida de Rafael
Espejo, junto a Juan Antonio Bernier, en la librería La Romántica de
Córdoba. El acto fue todo un éxito y, por mi parte, fue un placer reencontrarme
con los viejos amigos y lectores cordobeses. Mi intervención la llevé por
escrito y tanto el autor como el público me instaron a que la publicara en
algún medio. Así pues, para quien le pueda interesar, sin más, aquí podéis
leerla íntegra.
Presentación de A LA VUELTA RECOGERÉ EL CAMINO
Poesía reunida de RAFAEL ESPEJO en Librería
LA ROMÁNTICA
20 de febrero de 2026
Por Jorge Díaz
Martínez
Me veo en la difícil tarea de presentar
la obra literaria de un amigo. Difícil porque lo más fácil sería acomodarse en
los tópicos comunes del elogio. Yo voy a procurar no caer en la laudatoria hueca
de las presentaciones y ofrecer, en cambio, mi subjetividad crítica, a riesgo
de incurrir en la pedantería e incomodar, tal vez, a los presentes o incluso al
propio autor. Para mí no se trata de presentar un producto literario exento de
contexto, no solo porque el autor y yo nos conozcamos desde hace casi treinta
años, sino porque la supuesta autonomía del texto artístico quedó completamente desfasada,
hace todavía más décadas, en los estudios de teoría literaria. De la misma
manera que hay que tener en cuenta el momento histórico, los movimientos
artísticos y las características del mercado, también hay que tener en cuenta al
propio autor, cuyo carácter y hechos biográficos contribuyen a dar sentido a la
obra. Como muy bien decía aquí Juan Antonio Bernier en alguna poética de las
que nos pedían a finales de los noventa ―y cito de memoria: «aunque no soy lo que escribo, me considero
importante para mi poesía».
Si incluso el novelista de ciencia ficción que construye universos inventados se
revela a sí mismo ―hasta
por omisión― en sus mundos
fantásticos, cuánto más no lo harán los poetas que deciden, a conciencia y con
cierta desvergüenza, inspirarse en sus anécdotas verídicas para reconvertirlas,
tras pasar por la planta de procesamiento, en artefactos de ficción poética
astutamente diseñados para sugestionar la conciencia del lector. Este modus
operandi lo han seguido millares de humanos, desde las cuevas de Altamira hasta
nuestros días, sencillamente porque la intensidad de nuestras pasiones deja una
huella que no desaparece fácilmente, no se agota en sí misma, no nos basta,
como a otros animales, con una sacudida muscular para deshacernos del susto del
momento. Entre los sapiens, el trauma y la obsesión necesitan otras vías
de expresión que, por habitus social, van adoptando formas
convencionalizadas que, a fuerza de repetirse, acaban adquiriendo una cierta independencia
y casi que sustituyendo a la función biológica o social que las configuró.
Surge entonces el arte por el arte, pero a pesar de tal especialización, toda
clase de artistas y escritores han seguido sometiendo, por una causa u otra,
desde la oscura noche de los tiempos, a viva voz o por escrito, la piedra bruta
de su contenido personal (emociones, sentimientos, experiencias o pensamientos)
a las leyes compositivas de alguna disciplina artística. Y más concretamente,
en el caso que nos ocupa, la poesía de Rafael Espejo bebe de una corriente cuyo
nacimiento suele situarse en la poética de William Wordsworth, en los albores
del Romanticismo, la cual, haciendo una exagerada elipsis histórica y simplificando
al extremo, llegaría a través de Robert Langbaum y Jaime Gil de Biedma a los
poetas de la Generación de los cincuenta, de ahí a la poesía de la
experiencia de los ochenta y de ahí, ya en los noventa, a los poetas de
nuestra propia generación intermedia, intermedia entre siglos y entre épocas, entre
el post y el metamodernismo, nacidos analógicos y muertos
prácticamente clones cibernéticos. Así que, yo diría, llevándome la contraria, que,
más que una dificultad a la hora de presentar la poesía reunida de Rafael
Espejo, puede ser para mí un privilegio el hecho de conocernos desde hace ya tanto
tiempo, el hecho de conocer tanto a la obra impresa como al escritor de carne y
hueso, tanto al personaje que se muestra, igual que un espejismo, en sus poemas,
como a la persona física con quien tantas andanzas he vivido. Y por eso, quiero
traer de nuevo a colación unas palabras de Juan Antonio Bernier, que en uno de
sus Breves erizos verdes, apuntaba:
«SOBRE EL ESTILO PERSONAL
Si aquello que hace que tus
allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en el peor
sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán sin
identidad.»
Efectivamente, esta hipótesis se
verifica empíricamente en la obra de Rafael Espejo, cuyos poemas nunca podrán
pasar por fotocopias de otros. En su caso, se da una sincronización perfecta
entre carácter y estilo literario, como dos subconjuntos insertados, la
conjunción aritmética de una personalidad arrolladora altamente integrada en su
escritura. Y por lo tanto, aquí cabría preguntarse en qué consiste esa gracia
personal, como si se pudiera destilar la esencia de Rafael Espejo vaporizando
en un alambique algunos de sus versos. Una imagen, por cierto, esta del
alambique y la esencia del poeta, bastante típica de la crítica biográfica
impresionista, en la que caigo ahora tratando de encontrar, como diría Leo Spitzer,
la marca del autor dentro del texto. Pero voy a mojarme y a decir que, en vez
de separar obra y autor, si tuviéramos que caracterizar esa gracia
intransferible según algún sistema caracterizador, como bien pudiera ser, por
ejemplo, una baraja de cartas española, al darle la vuelta al naipe, el azogue
nos devolvería la imagen de un caballo de copas: el arquetipo del seductor. Las
copas, como se sabe, contienen las emociones y se corresponden, en la baraja
francesa, con los corazones. Y es que no hace falta citar a Jacques Lacan para
notar que la libido de Rafael Espejo circula en la cadena significante de sus acentos,
que su goce reaparece en la materialidad de su escritura y, sin embargo, en su
caso, la pasión no deforma, como en el callejón del Gato, la estructura. No hay
un esperpento, sino una estilización. La conciencia creadora de Rafael Espejo canaliza
la energía orgónica a través del cauce equilibrado de una melodía casi renacentista,
casi grecolatina. Sus poemas contienen, como copas cargadas, pero sin llegar a rebosar,
no sus hechos biográficos, sino la letra con sangre que ha aprendido, ofreciéndonos
a los lectores una especie pagana de eucaristía. Estamos, pues, ante un
seductor de la palabra, un alquimista que es capaz de balancear, de un lado, el
peso de sus vísceras y, de otro, el oficio, el cincel y la maza con la que
detallar las imágenes que quiere dar a luz.
Rafael Espejo nació en Palma
del Río, provincia de Córdoba, en 1975, e inició sus estudios de Filología
Hispánica en la Universidad de Granada no sé muy bien qué año, pero sí sé que para
cuando yo llegué allí, en septiembre del 98, él era ya una figura destacada
entre los jóvenes poetas de la ciudad. Cuentan las malas lenguas que lo conocí
en un autobús de ALSA y que, sin saber todavía quién era, pero intuyendo que
debía ser un poeta o, como mínimo, un filólogo, porque quién sino un poeta o un
filólogo iría leyendo en el ALSA una antología de poetas románticos ingleses, pues,
tras una breve presentación, me arrodillé en el pasillo a leerle un poema sempiterno
antropológico que traía impreso en unas hojas y que, sin duda, debió causarle
gran impresión, pues a partir de entonces, a partir de aquel acto iniciático de
pleitesía poética se selló entre nosotros un vínculo merced al cual nos
presentábamos, en muchas ocasiones, con los ojos achinados, en los recitales
con catering de Granada. Y ese vínculo me ha traído aquí, casi treinta años
después, a presentaros su poesía reunida.
He dicho que para finales de
los noventa Rafael Espejo era ya una figura reconocida entre los jóvenes poetas.
Y lo era gracias a su primer libro, Círculo vicioso (de 1996), con el
que había ganado el Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Granada
era, por entonces, prácticamente una escuela de poetas de la experiencia, en la
que Juan Carlos Rodríguez, Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Muñoz y
tantos otros ejercían de mentores y maestros, y en la que, no lo olvidemos,
había nacido La otra sentimentalidad. En esa línea dio sus primeros
pasos la poesía de Rafael Espejo. Una etapa todavía muy juvenil, de ensayo y
aprendizaje y, no obstante, en Círculo vicioso encontrábamos ya algunos de
los rasgos que iban a definir toda su obra, hasta la fecha: la ambigüedad entre
ficción y biografía, la presencia puntual pero recurrente del entorno rural, la
reflexión metaliteraria, la reflexión, al principio algo efectista, luego más
asentada, sobre el paso del tiempo y la caducidad, las escenas nocturnas, la
bohemia, la corporalidad y los amores, en cualquiera de los estados de la
materia.
Su siguiente poemario llegaría
cinco años después con un título sacado de Baudelaire: El vino de los
amantes (publicado en 2001) gracias a la obtención ex aequo del
Premio Hiperión. A este segundo libro se le
puede calificar como su obra maestra, en el sentido medieval; es decir, la obra
con la que el aprendiz demostraba que era capaz de ejercer por sí mismo su
oficio gremial. Con El vino de los amantes Rafael Espejo salía definitivamente
a la palestra con una voz reconocible y, al mismo tiempo,
asimilable a una corriente mayor, situándose por méritos propios entre los indiscutibles
poetas emergentes del país. El libro se dedicaba, como indica su título, a la celebración
del amor y del deseo. En él, Rafael Espejo había logrado la técnica invisible, el
poema que, solo aparentemente, emana de sí mismo, a la vez que una
intensificación de la experiencia. Las estampas carnales, cuasi eróticas, aparecían
combinadas, de manera indistinguible, con el intelectualismo de sus imágenes.
Se diría que el poeta se había entregado al goce corporal, pero tampoco podía
dejar de ser cerebral, a lo mejor por ser virgo su signo zodiacal.
A esta primera etapa, Círculo
vicioso y El vino de los amantes, pertenecen algunos de sus poemas
más memorables y emblemáticos, al menos para mí, quizás por el fulgor de la
juventud que compartimos, por la admiración que nos causaban las primeras ediciones
o, quizás, por una suerte de reconocimiento generacional. Sea como fuere,
cuando pienso en la poesía de Rafael Espejo no puedo evitar recordar poemas
como: «Nocturno, Buscando la inspiración, Piso de alquiler, Amanezco con ella; De
noche, los domingos; Madriguera, Amour fou, Los pechos de mi novia, Soneto en
mí sostenido, Alter ego, o Yo». Todos ellos han sobrevivido a la poda del
autor, aunque con ligeros retoques de jardinería, si bien, tengo que decir que yo
prefiero las primeras versiones, que albergan, para mí, un encanto especial.
Pasarían ocho años hasta su
siguiente libro, Nos han dejado solos (del 2009), con el que obtuvo el Premio
Emilio Prados, para menores de 35 y publicado por Pre-Textos. Con este título
comenzaba ya su etapa de madurez, a la que se sumarían sus siguientes poemarios:
Hierba en los tejados (del 2015), Premio Ojo Crítico RNE, y Criaturas
del momento (del 2023), Premio Internacional de Poesía Francisco Brines. Todos
ellos publicados por Pre-Textos. Si yo fuera un agente de recursos humanos de
una empresa de poesía, no podría dejar de constatar el hecho de que absolutamente
todos sus poemarios hayan sido merecedores, a priori o a posteriori, de algún
premio de peso nacional. Pero, volviendo al texto, sobre esta etapa de madurez,
decir que estos tres títulos comparten un progresivo cambio de tono, sin duda,
más sosegado, que se vira al interior, hacia la hondura, destacando el calado existencial
y humanista de unos versos igualmente vitalistas y sanguíneos.
Yo os invito a que leáis esta poesía reunida de Rafael Espejo como si se tratase de una especie de novela fragmentaria en la que nos es dado observar el arco del personaje del protagonista, desde un joven ya desengañado, tal vez, a una edad demasiado temprana, que se entrega a un hedonismo sin concesiones, hasta el adulto que, verso a verso, recuerda, esta vez con solidaridad, a sus mayores, a su infancia rural, ese hombre cuarentón que, en sus paseos, en lugar de a las fiesteras, les hace a las estrellas las preguntas filosóficas eternas, ese hombre que, como en Ciudadano Kane, ensueña que su hogar es como un bibelot (una cabaña dentro de una bola de cristal donde nieva por obra de la mano) y, en definitiva, un hombre que ama profundamente a sus mascotas, a sus macetas y a su novia, igual no por ese orden. Y es que treinta años dan para mucho arco de personaje. Y a nuestra generación, por otra parte, ―un poco como a todas― también nos ha tocado nuestra buena ración de aceleración histórica. Las nuevas generaciones, está claro, tienen sus propios círculos viciosos, aunque no sé si eso a Rafael Espejo le importa mucho, poquito o nada. Como decía don Antonio Machado, la poesía es palabra en el tiempo y la suya, a la vista está, sigue imprimiendo proyectos. Por eso, este título engañoso me parece que está muy bien puesto, porque, precisamente, está conjugado en futuro y asertivo. Así pues, todo parece indicar que a Rafael Espejo le queda cuerda para rato antes de recoger camino.
domingo, 13 de octubre de 2024
Entrevista con Nuria Ortega Riba en Cuadernos del Sur. Fantasía y símbolo en la poesía.
Entrevista con Nuria Ortega Riba, publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, el 12 de octubre de 2024. Incluyo el texto completo de la misma aquí abajo.
| Nuria Ortega Riba Fotografiada por © Jorge Díaz Martínez |
NURIA ORTEGA RIBA
Jorge Díaz Martínez
Nuria Ortega Riba (Almería, 1996)
recibió el Premio Adonáis de 2021 por su primer poemario: Las infancias
sonoras (Rialp, 2022). Coincidiendo con el confinamiento de 2020 escribió
su segundo: Albatros (Planeta, 2023), con el que obtuvo el VI Premio
Espasa es Poesía. Actualmente cursa en Granada un doble máster de Profesorado y
Estudios Literarios y Teatrales.
¿Cómo estás digiriendo el
éxito?
Cansada, pero muy contenta. Y muy
agradecida. Me he pasado el mes de abril sin parar. Ahora quiero estar en mi casa y dedicarme a
mí. Yo soy muy de la lentitud, de la calma. No puedo estar todo el rato
produciendo, con prisas.
¿Crees que tus poemas tienen que ser descifrados?
El primer libro es
muy accesible, pero en el segundo sí que hay una dimensión que se escapa un
poco, hay que darle más vueltas a la cabeza.
Albatros es un libro rebosante de subjetividad.
Sí, yo he llegado a pensar que, si alguien lo lee, pensará
que se me ha ido la cabeza.
Eso es lo bonito. Tenemos ya muchos poemas que hablan de
subirse y bajarse del autobús.
A mí me preocupa que sea una poesía menos accesible, me
preocupa que la gente lo entienda, no llegar a ese punto de decir: Nuria, para.
Quieres que el poema siga teniendo ese clavo al que
agarrarse, de sentido.
Sí, claro. Escribir para que sólo yo lo entienda no le veo
ningún sentido.
De hecho, aunque te alejas del poema narrativo más
convencional, se aprecia que detrás de esas imágenes sí que hay un referente.
Parece que es todo símbolo, pero luego se descubre una escena que sostiene todo
el entramado. Por ejemplo, en «Estrellas negras», hasta el último verso no das
la clave.
Ese poema es una foto. De repente, en la facultad, se veían los
pájaros muy lejanos y, como estaban tan altos, parecía que no se movían,
parecían estrellas negras en el cielo de la tarde. A mí se me quedó esa frase
y, a partir de ahí, años después, construí todo lo demás. Quizá por eso, hasta
el final no se revela.
¿Tú pretendías alejarte de la poesía realista? ¿Diseñas tu
poética previamente?
No, para nada. Pero sí que noto que hay esa diferencia
respecto a Las infancias. Yo me siento bastante alejada de eso porque
personalmente tiendo a otro sitio, no porque me siente y diga… No, sino porque
mi manera de entender la literatura, incluso lo que leo, tira más hacia otros
sitios, hacia la fantasía y la imaginación, más que a lo puramente… terrenal.
Se nota que te interesa más ese mundo de la imaginación, los
mundos interiores, que el prosaísmo de lo cotidiano.
Me gusta también la literatura que habla de lo cotidiano;
por ejemplo, cómo se construye la intimidad, el amor. Pero, incluso en esos
relatos, a mí lo que me interesa es lo que se va a otros mundos, el imaginario
que pertenece únicamente a esa persona, lo que se va de lo realista y tira a
otros sitios.
¿Te sientes parte de una
generación?
¿Es que ahora hay una generación? Hace unos años se decía:
«Ha surgido una nueva generación, hablan de la precariedad de los jóvenes». Y
yo pensaba: «Ay, pues me identifico mucho. Si yo tuviera que pertenecer a una
generación, pertenecería a esta». Pero, luego resulta que los dos libros que
tengo no creo que vayan por ahí, para nada.
¿De quién te sientes heredera, literariamente hablando?
Uf, heredera… Ni siquiera me gusta pensar en influencias,
sino en gente que me gusta.
Por ejemplo, Lorca en ti está súper marcado.
Pero, ves, yo no lo diría… y llevo una bolsa de Lorca. Se me ocurre, en Las infancias, Gloria
Fuertes, en ese juego con una inocencia que no es inocencia… Y Szymborska. A mí
Szymborska me dio muy fuerte.
¿Y en Albatros?
Mary Oliver, Emily Dickinson… por ese espacio natural en
contraste con el interior, el cuarto, el encierro… Y luego aquí hay mucha
música, casi más que poesía.
Tu libro es muy romántico.
Es que lo romántico… es de esas cosas que dices, es el
momento de poner una mano encima de la mesa y decir: Chicos, no todo es tan
malo… Porque hubo esa época de: Oh, Dios mío, lees a Bécquer… y blablablá.
Del Romanticismo al hippismo.
Un poco.
¿Hay un poema inspirado en Mujeres que corren con los
lobos?
No, ese poema está inspirado en una canción de Aurora, que
la cito al inicio del libro. Cuando hablo de «pueblo» y de «hombre» en el libro,
lo hago en el sentido de la violencia, de la niña que dice: «Me pusieron
zapatos al nacer, me enseñaron la lengua de los hombres».
Has conseguido conservar la sensibilidad metafísica de la
adolescencia.
Es algo que también me preocupa, nunca perder esa
sensibilidad que no sé si tiene que ver con la inocencia, con cierta ternura,
con esa sorpresa de mirar el mundo. Eso no quiero perderlo. Lo cual no quiere
decir que no me sienta yo ya… más hacia una edad que hacia otra.
Conservar el niño o la niña interior no significa que uno
sea Peter Pan.
Esa es la cosa, pero es que parece que si escribimos sobre
la infancia es que…
Hay también un poema dedicado al tema de las creencias, la
religión, la fe y la magia.
Me dio una época por leer sobre astrología y me di cuenta de
que tengo ciertos patrones que se acercan más a esas creencias mágicas,
místicas o religiosas, que para mí vienen de lo mismo: ese momento de
desesperación absoluta en el que tienes que pedirle a algo… o tengo que
encomendarme a algo, puede ser la luna o puede ser un deseo que tiras al mar en
un papel. Para mí, ir a una iglesia y ponerte de rodillas a rezar o encender
una vela es prácticamente lo mismo que irte a caminar sola, mirar la luna y
pedirle un deseo.
Dices que no pensabas en el albatros de Baudelaire cuando
escribías este libro. Me parece increíble, hay poemas que parece que van uno
detrás del otro.
Cuando yo lo escribía y lo releía, en mi cabeza no estaba en
ningún momento el poema de Baudelaire. Y cuando me di cuenta, me dije: no puede
ser.
¿Crees que un arquetipo de tu subconsciente te poseyó para
que escribieras ese poema?
No lo sé.
Los simbolistas creían mucho en eso.
Yo no me planteaba que el albatros fuera un símbolo
universal, para mí era mi símbolo.
Hay mucho de sabiduría elemental en tu libro, en el sentido
telúrico, de los cinco elementos.
Sí, yo creo que también por ahí va el poema del marsupilami,
que acabo diciendo que ojalá compartir la sabiduría de mi madre, que es creer
en cosas que la gente piensa que no existen… Vamos, que no existen, que es un
marsupilami, un invento, un ser mitológico… ¿Y por qué porque no lo veamos no
puede existir?
O sea, que crees que las ideas sí existen.
O creo que hay dimensiones… o, al menos, se puede jugar con
eso en la literatura. Yo voy por el
bosque pensando que me voy a encontrar un hada ¿y cómo va a caber en mi cabeza
que las hadas no existen? ¿o que los seres mitológicos no existen? ¿Porque ya
somos adultos y creemos que debemos pensar con la cabeza, no existe todo eso?
¿Quién soy yo para decirle a mi madre: «No, los marsupilamis no existen» porque
mis ojos no han visto un marsupilami?
domingo, 25 de febrero de 2024
Reseña a: Criaturas del momento, de Rafael Espejo (Pre-Textos, 2023) en Cuadernos del Sur
Después de toda la vida leyendo Cuadernos del Sur (en la época de la prensa de papel, se apilaban en mi cuarto adolescente), la casualidad ha querido que publique en ellos, por primera vez, una reseña. Ciertamente contento de escribir en el suplemento cultural que leía de pequeño, en el periódico de toda la vida de mi ciudad natal.
Podéis leerla en el sigiente enlace:
Reseña de Criaturas del momento, de Rafael Espejo, en Cuadernos del Sur.
Y de paso os la copio aquí:
Rafael Espejo
Criaturas del momento
III Premio internacional de poesía Francisco Brines
Pre-Textos (2023)
Por Jorge Díaz Martínez
La prolija descendencia de la poesía figurativa de los ochenta (según acuñación de Luis Antonio de Villena) sigue ofreciéndonos frutos muy dispares, la mayor parte, epígonos sin gracia. No obstante, entre la muchedumbre antologada podemos distinguir, como decía Antonio Machado, algunas voces personales. Una de ellas es, sin duda, la de Rafael Espejo (Palma del Río, 1975), quien vuelve a la palestra con su quinto poemario: Criaturas del momento (Pre-Textos, 2023), merecedor del III Premio de Poesía Francisco Brines, uno más en la serie de reconocimientos que jalonan su estela literaria, entre otros, el Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 1995, el Hiperión en 2001 y el Emilio Prados en 2008.
Rafael Espejo vuelve y sigue siendo él mismo: sus poemas, no obstante, sí han cambiado, no tanto en la factura técnica de los versos como en su discurso íntimo, las cosas que nos cuenta. Me refiero, en especial, al tema universal de los lazos familiares y su caducidad; un rasgo generacional que vincula a esta obra con las últimas entregas de otros escritores, más o menos, de su quinta, tales como Carlos Pardo, Juan Antonio Bernier, Andrés Neuman, Erika Martínez o Xavier Guillén. En todos ellos, el desapego de la juventud ha dado ya lugar a una insoslayable madurez, la cual trae aparejada una sentida reflexión acerca de los vínculos de sangre, las raíces rurales y la inevitable pérdida de los seres queridos, un asunto que ocupa ya un lugar central entre las páginas de esta generación.
La otra línea que guía este poemario es la de la disertación filosófica infantil acerca de esas preguntas fundamentales de la existencia que acostumbramos a enterrar bajo el ajetreo de lo consuetudinario, pero enunciadas aquí al calor de una madurez comprometida, coherente con los límites de su propia conciencia, a la que la experiencia de la muerte cercana y el propio deterioro ha dotado de fondo quevedesco. Preguntas que suceden, de nuevo, en un ambiente campestre y familiar, con la mirada atenta a las constelaciones, con perros, chimenea, frutales y paseos. Nada que ver con el desparrame bohemio de sus primeros libros hedonistas. Aquí encontramos poemas dedicados a un vaso de agua, a las macetas del patio, a las mascotas ―también perecederas―, a una hogaza de pan y, por supuesto ―al igual que Walt Whitman―, a sí mismo. Aunque, en realidad, todos estos poemas son excusas para hablar de otras cosas. De esta manera, Rafael Espejo acompaña a un punto medio al anciano y al niño, la razón taxonómica y la imaginación lúdica, la circunvolución sedimentada y la capacidad de asombro.
En todo caso, estas indicaciones no alcanzan a resumir el universo impreso en dichas páginas, ni menos la emoción que alienta en sus poemas; no son su sustituto, solo una invitación a su lectura. No hay una sola cita en todo el libro: todo el libro es una sola cita.
miércoles, 20 de diciembre de 2023
La poética de la experiencia y el oficio de la poesía. 'Xavier Guillén: poesía domesticada'. Artículo en Studia Romanistica.
Acaba de aparecer el número 23-2 de la revista de estudios lingüísticos y literarios Studia Romanistica, de la Universidad de Ostrava, al que contribuyo con un artículo sobre el último poemario de Xavier Guillén, Amo de casa (Pre-Textos, 2021), precedido por una muy escueta introducción sobre la línea de escritura en la que se sitúa, es decir, la de los continuadores de la poesía de la experiencia. El artículo está destinado, especialmente, a cualquiera que tenga el más mínimo interés por la poesía española y peninsular de las últimas décadas, además de otras cuestiones de poética general. Os dejo aquí el enlace al número completo de Studia Romanistica y también al del artículo exento en mi perfil de academia.
https://ff.osu.eu/studiaromanistica/current-issue/
https://www.academia.edu/111945555/Xavier_Guill%C3%A9n_poes%C3%ADa_domesticada
miércoles, 4 de octubre de 2023
La semilla y el corazón. Antología de poesía japonesa, de Juan F. Rivero (ALBA poesía, 2022)
miércoles, 13 de septiembre de 2023
Pureza, de Irene Domínguez. Accésit del Premio Adonáis 2022
Reseña publicada en Culturamas el 13 de septiembre de 2023
Al morder un tomate de verdad, un tomate de los de antes, de los que saben a la infancia, me acordé de este libro titulado Pureza, de Irene Domínguez. El solo hecho que acabo de referir, por más que subjetivo, me valió como indicio irrefutable de su fuerza, de la huella que dejan sus imágenes, y está también el hecho de que fuera accésit del Adonáis en 2022. Así que volví a leerlo este verano: me gustó porque cita a Camarón de la Isla, pero también a Eugenio Montale y porque de pequeño a mí también me marcaron las canciones de Antonio Machado.
El poema «La torre, el caballo y el alfil» se refiere a un grupo de inmigrantes que cada domingo entrena en un gimnasio algún arte marcial dentro de un cuadrilátero. La escritora se suma a su sudor exiliado porque alguien le dijo que allí ella también podría honrar sus apellidos. No sólo este poema, sino todo el libro gira en torno a la cuestión de las raíces, los lazos familiares, los amores cursados y cómo reconocerse en alguna identidad. Para ello, Irene Domínguez toma de leit motiv el término pureza, una cierta y ambivalente pureza. Desde la primera hoja, la pureza se imprime en primer plano y en este poema en concreto adopta la figura de una gota de sangre de inmigrante: «Son tan puros como la sangre que salta en un golpe seco».
Como tantos poemarios primerizos, Pureza está cuajado de trozos de la infancia, explora los lugares comunes de su pérdida y su metamorfosis (que no se detiene nunca) en una sucesión de primeras personas superpuestas. De ahí que se divida en Matrioska I, II, III, IV y V. La voz de Irene Domínguez rompe los estereotipos ―ya cascados― del género social, le gusta jugar al fútbol y el boxeo sin que ello implique merma de su feminidad. Rebosa de amor paterno. Hay tantas cosas implícitas que se dicen como quien no quiere la cosa… como, por ejemplo, el tema del oficio de la literatura como una profesión de incertidumbres, como una artesanía sobre arenas movedizas:
Mi padre fue albañil y mi abuela costurera.
Si hubiese atendido a sus oficios
sabría cómo arreglar mi vida.
Ahora me veo artesana de mí,
tratando de meter todas estas matrioskas en una sola.
Pero mira tú qué desastre.
Dentro de mí sale una,
y otra,
y otra…
Como decía, como tantos «poemarios de construcción», estas páginas abordan el pasaje entre infancia y juventud, la amistad y los juegos ¿inocentes? como pompas de jabón y la amistad y los juegos abiertamente sexuales, pero igualmente efímeros y frágiles como pompas de jabón. La poeta insiste en esa herida, ahonda en los distintos pretéritos cutáneos subrayando la fricción, la rozadura. Compone con la fórmula del lenguaje directo del habla popular ―incluyendo vulgarismos― con técnica filóloga. Su conjunción de verso coloquial y retórica lírica continuamente entrega locuciones de tierna intensidad, aumenta la emoción, la gracia del poema y su teatralidad. Hay patios de recreo, cadenas de bicicleta que se rompen y muchos besos en la frente. Hay incluso un poema que alberga un cuento maravilloso dentro ―de los que le gustaban a Vladimir Propp―, si bien la mayoría incorporan en su propia sintaxis esa magia.
Tu beso en la frente calmó todo movimiento
y me cosió a la vida con la aguja e hilo
que una vez sostuvieron todos los que me amaron.
Retomando el hilo: si asumimos la básica asociación entre infancia y un concepto inasible de pureza ―o de inocencia―, tenemos que su pérdida resulta paradójica, pues, como anuncia la cita que abre el libro: La pureza no se puede perder nunca cuando uno la lleva dentro de verdad. Por eso, viene que ni pintada la imagen de las matrioskas. Como diría Zygmunt Bauman, la protagonista de estas páginas habita una identidad líquida. Porque ¿quién no conserva en su interior una pizca, ni aunque sea un retazo de su infancia?
No me reconocí en las fotos de aquella niña.
Esa mirada guardaba la inocencia
que a mí no me quedaba, esos ojos negros
y esa sonrisa sin dientes que ya no tengo.
En sintonía con lo ya comentado, otro rasgo de carácter de este libro es su combinación de lo que tradicionalmente se ha llamado alta y baja cultura. Por ejemplo, el poema titulado «Kim K. acaba de compartir una publicación» se encabeza con una cita de Britney Spears (You want a piece of me) y otra de Santa Catalina de Siena. El vínculo que las une, el conflicto que encarna este poema no es sino la problemática de saberse sujeta (u objeto) de deseo para una pluralidad en masculino. Y lo hace desde una postura (si cabe, más) abiertamente feminista, en el sentido de que su voz se declara una más de una comunidad o tribu histórica, mientras que en la mayor parte de los poemas prima un prisma personal ―aunque lo personal, ya lo sabemos, sea también (o más) político―.
Vosotros queréis un pedazo de mí,
cuando me veis sola y hecha añicos,
pero yo no soy sólo yo.
Pertenezco a una raza que ya existe,
de muñecas rusas fabricadas por artesanos
que las multiplican con variaciones
(medalla de oro, pecho blanco, mejillas rosas…),
y que todo el mundo desea abrir,
todas con un nombre distinto tallado,
todas con algo familiar en la mirada.
Vosotros queréis un pedazo de mí,
saquear mi cuerpo igual que Borchardt Nefertiti.
Por eso me corté las tetas
y os las ofrecí en una bandeja de plata.
El dolor me convirtió en Catalina.
Tanto esta problemática como este posicionamiento reaparecerán, de nuevo, en lugares tan significativos como el último poema:
A veces incluso piensan
que no queremos ser mujeres
por pura aprobación masculina,
mientras simplemente deseamos
amputarnos de forma leve y sofisticada
para que dejen de mirarnos.
Con todo, el tono general que brilla en estas páginas es la celebración ―aunque sea melancólica― del impulso de la vida, con todo su repertorio de emociones gozosas y dolosas. La poeta acierta a retratar tanto la frescura juvenil: «¿Qué hice anoche? No me acuerdo. Tal vez me besé con todos/ mis amigos en la boca.»; como la crudeza de los rescoldos que se apagan: «Escribo y callo./ Y tú alargas el tiempo entre mis cortas respuestas/ para sentir que hablamos mucho más.». Se me ocurre que si Ricardo Molina hubiera nacido en el 96, tal vez escribiera versos como estos, que rebosan a la vez dulzura y decepción:
Tal vez sí nos conocimos, de otra forma,
cuando tímidamente bajabas la cabeza
y tú tenías novia y yo seguía perdida
entre amantes con novia también.
El pasado es irrecuperable, pero nos acompaña. El penúltimo poema (sin título) empieza con una intertextualidad ―no sé si hace falta decirlo― del famoso versículo de Dámaso Alonso: «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres». En su lugar, Irene Domínguez pone: «Madrid está lleno de señores con barba que miran periódicos». Sin embargo, a lo largo del texto predomina no tanto esa dimensión social ―la presencia de un pasado común que la protagonista desestima y envidia al mismo tiempo―, como el solapamiento de su propio pasado personal: el áspero contraste que ocasionan sus ―relativamente recientes― recuerdos por Madrid frente a la Irene distinta que es ahora. Habiendo tantísimas obras literarias y cinematográficas que reiteran este recurso, su eficacia depende ―como es obvio― de cada ejecución; y en este caso destaca el estilo diarístico de un presente voraz, imperativo:
Hablamos, y veo en su cara
un gesto que ya no conozco
pero unos ojos que me siguen queriendo.
Ya ni siquiera siento rencor de que se fuese con otra.
Hablaría más, pero he quedado
con Guille por la tarde
y voy muy mal de tiempo.
En conclusión, Irene Domínguez tiene eso que los comentaristas deportivos llaman garra. La técnica de su obra, su conciencia literaria, alienta al mismo tiempo una profunda honestidad (ideológica, biográfica y) sentimental, y eso se nota. Así pues, un accésit muy merecido para una autora que ha logrado cuajar un estilo personal, con soltura, coherente y conseguido y, por ende, acorde con su tiempo, es decir, con el espíritu ―el habitus, la sensibilidad― de su generación. Aunque en lugar del accésit, igual hubiera merecido el premio, pero claro. Esperaremos con ganas su siguiente título. Léanla, en serio.
Vamos a comprar casas que no podemos permitirnos,
vamos a pasar la mañana en tiendas de muebles
pensando en comprar estanterías
donde mezclar todos nuestros libros.
domingo, 13 de noviembre de 2022
Xavier Guillén, de andar por casa. Reseña en Culturamas de: Amo de Casa (Pre-Textos, 2021).
Enlace a mi reseña del último poemario de Xavier Guillén, publicada en Culturamas el 13 de noviembre de 2022:
https://culturamas.es/2022/11/13/xavier-guillen-de-andar-por-casa/
Por Jorge Díaz Martínez.
Vengo a hablaros de un poemario que ha pasado demasiado de puntillas por entre la vorágine de posts de novedades supuestamente literarias que compiten en las redes sociales por la preclara atención de los escasos (o no tanto) lectores de renglones troceados. Me refiero al segundo de Xavier Guillén, editado por Pre-Textos en 2021 bajo el rótulo de Amo de casa.
El fenotipo de esta locución consigue lo que se suele esperar de cualquier título, que es llamar la atención ―y más en un contexto de reformulación de los roles de género, aunque el libro no vaya exactamente de eso― y no es en absoluto gratuito, pues se trata de un texto que concede especial protagonismo a las relaciones domésticas, subiendo a la palestra a la práctica totalidad del árbol familiar del narrador.
He dicho narrador porque el autor, de entre la prolífica descendencia de la poesía de la experiencia, sigue esa rama interior que va de las canciones reflexivas de, pongamos por caso, Felipe Benítez Reyes, a la retranca retórica ―sin dejar de ser figurativa, por supuesto― de ingenieros del verso tales como Luis Muñoz, Carlos Pardo y Rafael Espejo, por ejemplo. Lo que Xavier Guillén aporta a esta conocida fórmula es, en primer lugar, su cuidada ejecución y, en segundo lugar, su carácter burlón: un cinismo, o sarcasmo entreverado, de tono coloquial con un fondo de escenas bien tramadas que nos deja un regusto amargo en el paladar y caliente el corazón.
Esta cordialidad confiere a sus poemas una apariencia casual bajo la que se esconde la vil fermentación de sus asuntos: las relaciones familiares, el amor aposentado, la política infame, la práctica epicúrea y el papel que la poesía pinta en todo eso. Dejo para otro lugar un análisis más extenso. Así pues, solo me queda recomendaros de viva letra esta obra cuya coprotagonista responde al nombre de Odile, derivado de oda. Premeditadamente entrañables, conmovedoramente afilados; qué más se puede pedir de unos poemas.

AMO DE CASA
Xavier Guillén
Pre-Textos, 2021.
GEMELAS
Todos los viernes
mi madre compra flores
para su hermana.
Que mi tía y mi madre
fueran gemelas
era cosa de magia.
Me quedaba embobado
ante las imágenes.
Parecían idénticas
salvo que mi madre
llevaba gafas
y se las quitaba
cuando querían confundir
a los mayores.
Recuerdo esas historias. Más tarde,
aprendí que se gestaron juntas,
que compartieron
placenta y confusión
hasta ser alumbradas.
Mi madre, la primera:
llegó de nalgas.
Mi tía venía de cabeza.
Nacieron mirándose
a los ojos.
He acompañado a mi madre
a poner flores frescas
en la tumba de su hermana.
Mientras limpiaba
el cristal del nicho
he visto el rostro de mi madre,
a contraluz,
sin las gafas puestas.
Me ha mirado muy seria
y me ha dicho:
A mí me echáis al fuego,
que ya me dio patadas
en el vientre de la abuela.
DÍA SENCILLO
Amanece un día precioso pero frío
para salir tan temprano.
Menos mal que ayer taparon
los geranios y el tomillo del alféizar
con plásticos y pinzas. Campa el hielo.
El matrimonio alarga el desayuno.
Tuestan pan, hierven leche.
Saborean. Reconocen sus gestos.
Untar la miel, apoyar el cuchillo
tras chuparlo con celo, en el plato.
Compases muy antiguos.
Hechizos invisibles y modestos.
Tienen planes hoy. Estar callados.
No echar de menos.
Mirar por la ventana.
Reinar antiguamente.
Al final, el amor llama a la puerta,
pero por dentro.







