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martes, 31 de marzo de 2026

Reseña de La domesticación, de Abraham Gragera

Reseña publicada en Cuadernos del Sur, el 28 de marzo de 2026.

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2026/03/28/domesticacion-128409416.html



LA DOMESTICACIÓN

Abraham Gragera

Pre-Textos, 2025.

 

Por Jorge Díaz Martínez

 

En un campo literario adulterado por las modas y los egos, un poemario ha pasado demasiado de puntillas. Su autor no se prodiga en las redes ni le da al autobombo: lo que tenía que decir ya lo ha escrito en su libro. La domesticación, qué duda cabe, está entre los mejores poemarios de 2025 y, si la poesía fuera un maratón, Abraham Gragera (Madrid, 1973) estaría en el pódium de su generación.

¿A qué alude su título? En principio, se diría que se refiere al hogar, a la familia, a la experiencia de la paternidad. Y al mismo tiempo, a través de las líneas, bien pudiera tratarse del impulso civilizatorio de la humanidad frente a la naturaleza, de la emancipación de la razón frente al absolutismo de unos dioses que no terminan nunca de irse del todo, como tampoco nos abandonan en absoluto los instintos atávicos de la depredación, de la reproducción, los cuidados y el deseo. El vínculo parental, el hecho de actualizar una genealogía, esa imbricación identitaria, subraya la antinomia de vivir entre fricciones: las rozaduras incómodas de los metarrelatos con los que nos explicamos la existencia, una grieta por la que no se sabe bien qué es lo que entra, de ser un sucedáneo del ser, escritos en cursiva, como el eco de nuestra propia grafía: «Y se consuelan ante la perspectiva/ de dar nombre otra vez/ a su naturaleza escarmentada.».

Estas páginas alejadas de los típicos clichés del amor paterno filial, no obstante, o quizá precisamente por eso, le tocan la fibra a cualquiera, resultan inevitablemente conmovedoras. A pesar de todo su sedimento cultural, su angustia metafísica y su conciencia política, la emoción emerge como de un manantial tras el deshielo, sin respeto por lo poéticamente correcto. Por ejemplo, en esa comunión entre lo sagrado, lo corporal y lo sexual que nos epata en una escena explícita en el poema «Cuarentena». O en el monumental  «Ecografía», cuyo resumen no me atrevo a simplificar aquí, pero que recogerán los cánones de la literatura universal. O la simple ternura de «Mitología para niños», donde la narración de los albores de la especie es el cuento de buenas noches con el que se duerme a una hija.

Sobrepujados sobre palimpsestos translúcidos, sus versos se balancean en un constante vaivén de lo contemporáneo a lo intemporal y de la vivencia íntima a lo común ancestral. El brillo de sus imágenes no proviene de ningún efectismo pirotécnico, sino del interior de sus figuras de pensamiento. Por lo tanto, no deslumbran: iluminan. La construcción desbordada y libérrima de algunos textos alterna con estrofas de marco clasicista, incluyendo una serie de sonetos, con una excepción en prosa y con aforismos líricos. Tal variación de prendas más o menos yuxtapuestas resulta sintomática de una actitud que alguien podría llamar posmoderna: el conglomerado lúdico de los recursos de la tradición. Sin embargo, en todo caso, más allá del poema posmoderno descreído, sin centro ni verdad, estos renglones aspiran y declaman el poema total, con peso histórico, que renuncia a la renuncia de sentido, sin esperanza pero con convencimiento de, en la medida de nuestras posibilidades, permanecer despiertos, como hacen oníricos los padres, en un mundo ingobernable, hasta el punto de atreverse a poner punto y final con una máxima.

De todos los registros del estilo,  Abraham Gragera, que empezó siendo sarcástico, ha llegado por fin, con el debido suspense, a lo sublime. En su poesía emotiva, referencial y mística, vulnerable de lenguaje, la conmoción se enriquece con cada siguiente lectura. Basta un solo poema para dejarte saciado, estupefacto de literariedad por todo el día. Quería hacerlo épico y le salió legendario.

 

 

 


 

martes, 3 de marzo de 2026

Reseña a: Geografía escrita (Ed. Candaya), de Álex Chico, en Cuadernos del Sur

Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, a 28 de febrero de 2026. 

Podéis leerla aquí: Geografía escrita, de Álex Chico, en Cuadernos del Sur

Y también aquí abajo: 


Geografía escrita

Autor: Álex Chico

Editorial: Candaya, 2025.

 

Por Jorge Díaz Martínez

Los libros de Álex Chico (Plasencia, 1980) casi siempre caminan entre lindes y Geografía escrita no es una excepción. Se trata de una recopilación de artículos cuya prosa combina la crónica de viajes y el ensayo, explorando las tensiones que entre un lugar y su escritura se entrelazan; y por añadidura, la imbricación subjetiva entre lo vivido, lo imaginado y lo leído, lo real y lo ficticio. La obra ahonda en esa ambigüedad, fundiendo biografía y metaliteratura en una serie de entornos y ciudades en las que el paisaje dialoga con la imagen de su múltiple escritura.

La textura ligera de su estilo contrasta con la acumulación diabólica de citas literarias, pictóricas o cinematográficas asociadas a los sitios que transita. Cada página es un mapa cuya leyenda apunta hacia otras páginas, un entramado arbóreo de hipertextualidad apabullante: el itinerario convoca profusamente a otras lecturas/vivencias desdobladas, hilvanando lo leído y lo visto y subrayando las irregularidades que dicha fricción suscita. ¿Ha salido el viajero de sí mismo o tal vez sigue leyendo en esa Habitación en W con la que titulaba uno de sus poemarios? El sujeto narrativo reconoce: «No sabría decir exactamente si mi memoria del lugar pertenece a una vivencia propia o a una ficción que cayó en mis manos». Algunos de sus viajes, de hecho, podrían pasar por retazos de lecturas, puras fabulaciones culturalistas, como si la letra impronta hubiera suplantado a la naturaleza física; aunque, por lo general, ambas facetas se dan inseparables, como en su visita a Blanes rastreando las huellas de Bolaño.

            De especial interés resulta la voz del narrador, un locutor cercano y, al mismo tiempo, sospechoso, reduplicado a sí mismo en el comentario de sus propias anotaciones, desplazándose del cuerpo a un cuadernillo y de ahí a su reescritura, donde revive y transcribe sensaciones, sentimientos y, a menudo, se pregunta «quién ha generado a quién, si el lugar al texto o viceversa». Entre líneas estimula la agudeza del lector y, de paso, despliega un laberinto borgiano de bifurcaciones. El recorrido, segmentado y episódico, incluye las principales ciudades de su biografía: Plasencia, Salamanca, Granada e, infiltrada, Barcelona; algunos destinos turísticos habituales, tales como Buenos Aires, Praga, Berlín o Auschwitz; recónditos parajes de La Vera y La Provenza; y también otros enclaves, desde el punto de vista europeo, más exóticos, como los cholets bolivianos y el lago de Titicaca.    

De este modo, Álex Chico nos ofrece una cartografía íntima en la que el territorio se adhiere a su biblioteca, «esa geografía leída, más que visitada» que le da pie, por ende, a relatar numerosas anécdotas de otros escritores. En definitiva, Geografía escrita nos recuerda que, a veces, más que el regreso, importa la partida: irse de Ítaca. 


jueves, 18 de diciembre de 2025

Reseña a: Seronda, de Ana Pérez Cañamares (La Garúa Libros, 2025)

Reseña publicada el pasado finde en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba:

También puedes leer la reseña debajo de la foto.

Ana Pérez Cañamares

SERONDA (2025)

La Garúa Libros

 

JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

Sin darse mucho bombo, Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) ha ido consolidando una amplia trayectoria literaria (sería abusivo citar aquí todas sus obras) de la que cosechamos ahora, tras un tiempo en barbecho, este libro maduro, Seronda, que en asturiano significa ‘otoño’, también ‘fruta tardía’. Un poemario que ya desde su título nos presenta una voz periférica, tejida de motivos autumnales, entendida también esta estación como la penúltima etapa de la vida.

Como el recogimiento al que invita la caída de las hojas y la bajada de las temperaturas, ‘Seronda’ es un libro introspectivo: no se dedica al discurso positivo y a las cláusulas lógicas, esa función reverente del lenguaje orientado al exterior. Al contrario, encontramos aquí un idioma vuelto sobre sí mismo. El referente del significante teje telas de araña entre sus versos. En lugar de ceñirse al consabido poema narrativo, la autora crea aquí un dialecto propio mediante la yuxtaposición de breves secuencias connotativas, haciendo así confluir en sus estrofas distintas sugerencias, impresiones y pensamientos que se funden, como en una aleación, en el magma verbal de sus poemas. Suceden dentro de sí estos paseos de la mano de la madre tierra. Como la fauna del bosque, la poeta es otra especie estenoica, otro ‘ser onda’.

Imitando, tal vez, al calendario solar, el conjunto se equilibra en cuatro partes, como las de una hoja: Haz, Limbo, Envés y Nervadura, lo que da pie a imaginar hipotéticas asociaciones entre tales denominaciones y su peso textual. El haz, la cara que se orienta hacia la luz, indagaría en la fricción entre lo humano y su matriz amniótica, es decir, la naturaleza: «Quién dice yo dentro de la manzana», «los árboles no juzgan ni etiquetan», «De los cascos del burro surgirá/ una nueva escritura sobre el teclado/ amarillo y crujiente de los pastos». El limbo se dedicaría al corazón, al grueso de las cosas, donde más explícitamente se denuncian las injusticias, con páginas dedicadas al genocidio indígena (se cita a un superviviente de la tribu Dakota) y a los desastres de la guerra: «A los pies de la anciana/ troncos ejecutados al amanecer// carne y madera: misma firma de humo». El envés, la espalda, se orientaría hacia el pasado, con textos casi elegíacos, incluyendo un epicedio: «Tu sexo era una ofrenda y sobre el vientre llevabas escrito un contrato en blanco», «ahora el amor no es orquesta, sino eco/ una lluvia delgada en vez de saetas/ bóveda en la garganta de los pájaros». Por último, la nervadura incluiría reflexiones sobre la propia escritura, la lectura, la infancia y el amor, siempre urdidos de conciencia social: «Cuando ames las arrugas del vecino/ la vecina contigo adore al roble/ y sus hijos acampen en tu umbral», «a Dios lo sustituye/ una asamblea de alas».

En los versos de Pérez Cañamares late un panteísmo íntimo, un sentimiento de comunidad política y ecológica. Frente al individualismo del presente, la autora reivindica, entre renglones, la interdependencia mutua, más allá de las pieles que separan a personas, reinos elementales y órdenes biológicos. Como la revolución interior de Krishnamurti, ello conlleva una manera de estar dentro de sí con los ojos abiertos hacia el mundo. Y así sucede en estas hojas, acompañadas de abundantes citas y dedicatorias, que es otra forma de ir con los demás. Su escritura combina una voz ética con la profundidad de su lectura de las cosas, lo que resulta en imágenes de hondura conceptista y fresca sensación: «después del arrebato de la lluvia/ destellan en las manos de los árboles/ joyas libres de todas las subastas». 

En definitiva, Seronda, haciendo honor a su nombre, es una colección de plenitud, una interlocución artesanal en la que cada línea es a resultas de una meditada decantación. Entre la contemplación y la denuncia, entre la intimidad y la protesta, Ana Pérez Cañamares nos da su poesía necesaria, su lírica social. 

domingo, 25 de mayo de 2025

El realismo social de Pablo García Casado (Reseña en Cuadernos del Sur)

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba. 

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2025/05/24/realidad-social-pablo-garcia-casado-117665734.html


CADA UNO ES MUCHA GENTE

Pablo García Casado

XLVIII Premio Ciudad de Burgos

Visor Libros (2025)

 

Por Jorge Díaz Martínez

 

Pablo García Casado siempre ha sacado poesía de donde pocos la buscaban: una estación de la ITV, el mitin de un partido, una reunión de trabajo, un programa deportivo o el monólogo interior de un viajante de comercio. Aunque a priori no deberían considerarse unos espacios como más o menos poéticos que otros, lo cierto es que estas elecciones dotan a su escritura de un realismo aún más exacerbado, no tanto por los escenarios en sí como porque el autor integra el sociolecto lleno de tales entornos en una estructura formal innovadora. La fórmula original de García Casado da lugar a un modelo textual característico, de su cuño y letra, que encontramos de nuevo repetido, en poemas de mayor extensión, en Cada uno es mucha gente, el único de sus títulos publicado gracias a conseguir un premio de poesía, el Ciudad de Burgos.

Como siempre, García Casado nos ofrece un conjunto de poemas de realismo social en el que se alternan las voces de distintos personajes. Sin embargo, en esta ocasión se trata, seguramente, del más lírico de sus libros, en el sentido de que aquí el autor se incluye a sí mismo como objeto de escritura. La técnica literaria atesorada a lo largo de años en los márgenes del canon, ese tipo de poema inconfundible que huye de los metros pisoteados y de las retóricas manidas, es puesta aquí al servicio de la propia intimidad del escritor, sus espacios urbanos y su flujo de conciencia, lo cual tiene como efecto secundario que éste sea también el más cordobés de sus libros. Las planicies norteamericanas se han sustituido por el barrio de Santa Rosa.

La poesía de García Casado ha evolucionado desde el ritmo visual de Las afueras (1997), pasando por el versículo largo de El mapa de América (2001), hasta el discurso en rectángulos de todos sus siguientes títulos: Dinero (2007), García (2015) y La cámara te quiere (2019). Pero, más allá de esta expansión superficial, en el fondo su poética sigue fiel a sí misma. Su débito manifiesto con la obra de Raymond Carver, uno de los principales representantes del realismo sucio norteamericano, se aprecia tanto en sus recursos expresivos (la frase corta y directa, tendente al minimalismo, y el ritmo entrecortado) como en su centro de interés: los sustratos menos favorecidos de nuestra sociedad y una mirada cruda hacia las relaciones humanas, teñidas por sistema de interés mercantilista, como el motivo del comercio sexual, al que dedica la novela La madre del futbolista (2022), o acartonadas por su mecanización. A esta paleta se añade, a partir de García, la temática de la paternidad.

              En definitiva, Cada uno es mucha gente es una obra coherente con la línea estética de un autor acostumbrado a que sean otros los que hablen en sus versos, pero también su libro más cercano y personal. El artífice de voces y escenarios se ha colocado a sí mismo delante de la cámara.

  

Foto: Jorge Díaz Martínez

 

 

domingo, 25 de febrero de 2024

Reseña a: Criaturas del momento, de Rafael Espejo (Pre-Textos, 2023) en Cuadernos del Sur


Después de toda la vida leyendo Cuadernos del Sur (en la época de la prensa de papel, se apilaban en mi cuarto adolescente), la casualidad ha querido que publique en ellos, por primera vez, una reseña. Ciertamente contento de escribir en el suplemento cultural que leía de pequeño, en el periódico de toda la vida de mi ciudad natal.

Podéis leerla en el sigiente enlace:

Reseña de Criaturas del momento, de Rafael Espejo, en Cuadernos del Sur.


Y de paso os la copio aquí:

Rafael Espejo

Criaturas del momento

III Premio internacional de poesía Francisco Brines

Pre-Textos (2023)


Por Jorge Díaz Martínez 

La prolija descendencia de la poesía figurativa de los ochenta (según acuñación de Luis Antonio de Villena) sigue ofreciéndonos frutos muy dispares, la mayor parte, epígonos sin gracia. No obstante, entre la muchedumbre antologada podemos distinguir, como decía Antonio Machado, algunas voces personales. Una de ellas es, sin duda, la de Rafael Espejo (Palma del Río, 1975), quien vuelve a la palestra con su quinto poemario: Criaturas del momento (Pre-Textos, 2023), merecedor del III Premio de Poesía Francisco Brines, uno más en la serie de reconocimientos que jalonan su estela literaria, entre otros, el Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 1995, el Hiperión en 2001 y el Emilio Prados en 2008.

Rafael Espejo vuelve y sigue siendo él mismo: sus poemas, no obstante, sí han cambiado, no tanto en la factura técnica de los versos como en su discurso íntimo, las cosas que nos cuenta. Me refiero, en especial, al tema universal de los lazos familiares y su caducidad; un rasgo generacional que vincula a esta obra con las últimas entregas de otros escritores, más o menos, de su quinta, tales como Carlos Pardo, Juan Antonio Bernier, Andrés Neuman, Erika Martínez o Xavier Guillén. En todos ellos, el desapego de la juventud ha dado ya lugar a una insoslayable madurez, la cual trae aparejada una sentida reflexión acerca de los vínculos de sangre, las raíces rurales y la inevitable pérdida de los seres queridos, un asunto que ocupa ya un lugar central entre las páginas de esta generación.

La otra línea que guía este poemario es la de la disertación filosófica infantil acerca de esas preguntas fundamentales de la existencia que acostumbramos a enterrar bajo el ajetreo de lo consuetudinario, pero enunciadas aquí al calor de una madurez comprometida, coherente con los límites de su propia conciencia, a la que la experiencia de la muerte cercana y el propio deterioro ha dotado de fondo quevedesco. Preguntas que suceden, de nuevo, en un ambiente campestre y familiar, con la mirada atenta a las constelaciones, con perros, chimenea, frutales y paseos. Nada que ver con el desparrame bohemio de sus primeros libros hedonistas. Aquí encontramos poemas dedicados a un vaso de agua, a las macetas del patio, a las mascotas ―también perecederas―, a una hogaza de pan y, por supuesto ―al igual que Walt Whitman―, a sí mismo. Aunque, en realidad, todos estos poemas son excusas para hablar de otras cosas. De esta manera, Rafael Espejo acompaña a un punto medio al anciano y al niño, la razón taxonómica y la imaginación lúdica, la circunvolución sedimentada y la capacidad de asombro.

En todo caso, estas indicaciones no alcanzan a resumir el universo impreso en dichas páginas, ni menos la emoción que alienta en sus poemas; no son su sustituto, solo una invitación a su lectura. No hay una sola cita en todo el libro: todo el libro es una sola cita.  

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Pureza, de Irene Domínguez. Accésit del Premio Adonáis 2022

 Reseña publicada en Culturamas el 13 de septiembre de 2023


Al morder un tomate de verdad, un tomate de los de antes, de los que saben a la infancia, me acordé de este libro titulado Pureza, de Irene Domínguez. El solo hecho que acabo de referir, por más que subjetivo, me valió como indicio irrefutable de su fuerza, de la huella que dejan sus imágenes, y está también el hecho de que fuera accésit del Adonáis en 2022. Así que volví a leerlo este verano: me gustó porque cita a Camarón de la Isla, pero también a Eugenio Montale y porque de pequeño a mí también me marcaron las canciones de Antonio Machado.

El poema «La torre, el caballo y el alfil» se refiere a un grupo de inmigrantes que cada domingo entrena en un gimnasio algún arte marcial dentro de un cuadrilátero. La escritora se suma a su sudor exiliado porque alguien le dijo que allí ella también podría honrar sus apellidos. No sólo este poema, sino todo el libro gira en torno a la cuestión de las raíces, los lazos familiares, los amores cursados y cómo reconocerse en alguna identidad. Para ello, Irene Domínguez toma de leit motiv el término pureza, una cierta y ambivalente pureza. Desde la primera hoja, la pureza se imprime en primer plano y en este poema en concreto adopta la figura de una gota de sangre de inmigrante: «Son tan puros como la sangre que salta en un golpe seco».

Como tantos poemarios primerizos, Pureza está cuajado de trozos de la infancia, explora los lugares comunes de su pérdida y su metamorfosis (que no se detiene nunca) en una sucesión de primeras personas superpuestas. De ahí que se divida en Matrioska I, II, III, IV y V. La voz de Irene Domínguez rompe los estereotipos ―ya cascados― del género social, le gusta jugar al fútbol y el boxeo sin que ello implique merma de su feminidad. Rebosa de amor paterno. Hay tantas cosas implícitas que se dicen como quien no quiere la cosa… como, por ejemplo, el tema del oficio de la literatura como una profesión de incertidumbres, como una artesanía sobre arenas movedizas:

Mi padre fue albañil y mi abuela costurera.
Si hubiese atendido a sus oficios
sabría cómo arreglar mi vida.
Ahora me veo artesana de mí,
tratando de meter todas estas matrioskas en una sola.
Pero mira tú qué desastre.
Dentro de mí sale una,
y otra,
y otra…

Como decía, como tantos «poemarios de construcción», estas páginas abordan el pasaje entre infancia y juventud, la amistad y los juegos ¿inocentes? como pompas de jabón y la amistad y los juegos abiertamente sexuales, pero igualmente efímeros y frágiles como pompas de jabón. La poeta insiste en esa herida, ahonda en los distintos pretéritos cutáneos subrayando la fricción, la rozadura. Compone con la fórmula del lenguaje directo del habla popular ―incluyendo vulgarismos― con técnica filóloga. Su conjunción de verso coloquial y retórica lírica continuamente entrega locuciones de tierna intensidad, aumenta la emoción, la gracia del poema y su teatralidad. Hay patios de recreo, cadenas de bicicleta que se rompen y muchos besos en la frente. Hay incluso un poema que alberga un cuento maravilloso dentro ―de los que le gustaban a Vladimir Propp―, si bien la mayoría incorporan en su propia sintaxis esa magia.

Tu beso en la frente calmó todo movimiento
y me cosió a la vida con la aguja e hilo
que una vez sostuvieron todos los que me amaron.

Retomando el hilo: si asumimos la básica asociación entre infancia y un concepto inasible de pureza ―o de inocencia―, tenemos que su pérdida resulta paradójica, pues, como anuncia la cita que abre el libro: La pureza no se puede perder nunca cuando uno la lleva dentro de verdad. Por eso, viene que ni pintada la imagen de las matrioskas. Como diría Zygmunt Bauman, la protagonista de estas páginas habita una identidad líquida. Porque ¿quién no conserva en su interior una pizca, ni aunque sea un retazo de su infancia?

No me reconocí en las fotos de aquella niña.
Esa mirada guardaba la inocencia
que a mí no me quedaba, esos ojos negros
y esa sonrisa sin dientes que ya no tengo.

En sintonía con lo ya comentado, otro rasgo de carácter de este libro es su combinación de lo que tradicionalmente se ha llamado alta y baja cultura. Por ejemplo, el poema titulado «Kim K. acaba de compartir una publicación» se encabeza con una cita de Britney Spears (You want a piece of me) y otra de Santa Catalina de Siena. El vínculo que las une, el conflicto que encarna este poema no es sino la problemática de saberse sujeta (u objeto) de deseo para una pluralidad en masculino. Y lo hace desde una postura (si cabe, más) abiertamente feminista, en el sentido de que su voz se declara una más de una comunidad o tribu histórica, mientras que en la mayor parte de los poemas prima un prisma personal ―aunque lo personal, ya lo sabemos, sea también (o más) político―.

Vosotros queréis un pedazo de mí,
cuando me veis sola y hecha añicos,
pero yo no soy sólo yo.
Pertenezco a una raza que ya existe,
de muñecas rusas fabricadas por artesanos
que las multiplican con variaciones
(medalla de oro, pecho blanco, mejillas rosas…),
y que todo el mundo desea abrir,
todas con un nombre distinto tallado,
todas con algo familiar en la mirada.
Vosotros queréis un pedazo de mí,
saquear mi cuerpo igual que Borchardt Nefertiti.
Por eso me corté las tetas
y os las ofrecí en una bandeja de plata.
El dolor me convirtió en Catalina.

Tanto esta problemática como este posicionamiento reaparecerán, de nuevo, en lugares tan significativos como el último poema:

A veces incluso piensan
que no queremos ser mujeres
por pura aprobación masculina,
mientras simplemente deseamos
amputarnos de forma leve y sofisticada
para que dejen de mirarnos.

Con todo, el tono general que brilla en estas páginas es la celebración ―aunque sea melancólica― del impulso de la vida, con todo su repertorio de emociones gozosas y dolosas. La poeta acierta a retratar tanto la frescura juvenil: «¿Qué hice anoche? No me acuerdo. Tal vez me besé con todos/ mis amigos en la boca.»; como la crudeza de los rescoldos que se apagan: «Escribo y callo./ Y tú alargas el tiempo entre mis cortas respuestas/ para sentir que hablamos mucho más.». Se me ocurre que si Ricardo Molina hubiera nacido en el 96, tal vez escribiera versos como estos, que rebosan a la vez dulzura y decepción:

Tal vez sí nos conocimos, de otra forma,
cuando tímidamente bajabas la cabeza
y tú tenías novia y yo seguía perdida
entre amantes con novia también.

El pasado es irrecuperable, pero nos acompaña. El penúltimo poema (sin título) empieza con una intertextualidad ―no sé si hace falta decirlo― del famoso versículo de Dámaso Alonso: «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres». En su lugar, Irene Domínguez pone: «Madrid está lleno de señores con barba que miran periódicos». Sin embargo, a lo largo del texto predomina no tanto esa dimensión social ―la presencia de un pasado común que la protagonista desestima y envidia al mismo tiempo―, como el solapamiento de su propio pasado personal: el áspero contraste que ocasionan sus ―relativamente recientes― recuerdos por Madrid frente a la Irene distinta que es ahora. Habiendo tantísimas obras literarias y cinematográficas que reiteran este recurso, su eficacia depende ―como es obvio― de cada ejecución; y en este caso destaca el estilo diarístico de un presente voraz, imperativo:

Hablamos, y veo en su cara
un gesto que ya no conozco
pero unos ojos que me siguen queriendo.
Ya ni siquiera siento rencor de que se fuese con otra.
Hablaría más, pero he quedado
con Guille por la tarde
y voy muy mal de tiempo.

En conclusión, Irene Domínguez tiene eso que los comentaristas deportivos llaman garra. La técnica de su obra, su conciencia literaria, alienta al mismo tiempo una profunda honestidad (ideológica, biográfica y) sentimental, y eso se nota. Así pues, un accésit muy merecido para una autora que ha logrado cuajar un estilo personal, con soltura, coherente y conseguido y, por ende, acorde con su tiempo, es decir, con el espíritu ―el habitus, la sensibilidad― de su generación. Aunque en lugar del accésit, igual hubiera merecido el premio, pero claro. Esperaremos con ganas su siguiente título. Léanla, en serio.

Vamos a comprar casas que no podemos permitirnos,
vamos a pasar la mañana en tiendas de muebles
pensando en comprar estanterías
donde mezclar todos nuestros libros.

viernes, 18 de agosto de 2023

La educación física, de Rosario Villajos, Premio Biblioteca Breve 2023

 Reseña publicada en Culturamas el 18 de agosto de 2023.


Leída y subrayada La educación física, de Rosario Villajos, más que el premio a la novela, creo que la novela le ha hecho un favor al premio, devolviéndole un título del calado de su primera época, cuando lo ganaban autores como Mario Vargas Llosa, Juan Marsé y Carlos Fuentes, por ejemplo. Las obras anteriores de Rosario Villajos destacaban por la acidez de su estilo, por su gracia de color tirando a oscuro, su habilidad en el retrato satírico de costumbres, su trasfondo social y feminista y por el fuerte carácter de su prosa. Tanto Ramona (2019) como La muela (2021), eran libros de tono, en general, desenfadado y hasta humorístico, en los que las situaciones se narraban con una sonrisa sardónica. Esa era, hasta ahora, la marca propia de la autora. Tomadas en conjunto ―incluyendo el cómic Face (2017)―, ahora vemos que su letra se ha ido endureciendo con cada entrega, a la vez que ganando en hondura.

Tanto Ramona como Rebeca, sus anteriores protagonistas, a pesar de lo bien retratadas que estaban, resultan casi caricaturas al lado de Catalina, la superviviente ―por así decirlo― de La educación física. Aquí nos adentramos en las profundidades de la psique de una adolescente que lo pasa francamente mal. Como lectores, sentiremos su rabia contenida, la constricción y subterfugios por los que necesariamente se desenvuelve su vida, una vida encajonada y dependiente de una madre mentirosa, castrante y sobreprotectora, un padre autoritario, tacaño y obsoleto, dentro de una familia disfuncional y machista, en una ciudad pequeña de los noventa, en una España hortera y zacatera, de reality shows y caspa en la pantalla. Como lectores, encontraremos en negro sobre blanco numerosas situaciones traumáticas en las que en demasiadas ocasiones nos reconoceremos.

En una charla a la que tuve ocasión de asistir, debatían la autora y el escritor Munir Hachemi sobre el carácter pasivo de Catalina, en el sentido de que más que actuar, Catalina reaccionaba a lo que le sucedía. No estoy del todo de acuerdo, primero porque cada reacción de Catalina ―determinantes para la trama―, por instintiva que sea, es el acto de una individualidad intransferible y, segundo, sobre todo, porque la acción principal de la novela, en mi opinión, no transcurre tanto en el plano físico ―que también― como en su correlato subjetivo, es decir, en el flujo de conciencia de Catalina. Hay que tener presente que el aspecto decisivo de cualquier texto literario es su punto de vista, y en el caso de La educación física ese punto de vista es el de Catalina, con puntuales reflejos a través de sus diálogos y con la ambigüedad añadida de una voz narradora que tiende a confundirse con ella. Y si lo determinante, insisto, es ese magistral ejercicio de focalización que plasma sobre el papel la vivencia interior de Catalina, cómo el mundo se ve a través de los ojos de una adolescente acomplejada, neurótica e introvertida de los noventa, de una adolescente en permanente estado de estrés postraumático ―y con buenas razones, conscientes o inconscientes, para estarlo―, lo más valioso de esa mirada interior sería ―valga la redundancia― su pensamiento, ese último reducto de libertad, intimidad y rebeldía que le queda a Catalina. 

Su voz ensimismada ―traducida por la voz narradora que se superpone a ella― señala una y otra vez, desde el dolor y la frustración, la hipocresía y dobleces de una sociedad que se confirma especialmente amenazante para cuerpos como el suyo, los cuerpos de unas mujeres que, paradójicamente, con frecuencia funcionan como correa de transmisión reproductora de esos mismos valores o habitus sociales que las co-hartan y aprisionan. La mirada de Catalina no deja títere con cabeza, empezando por su propia familia, sus amistades, las vecinas, los profesores, la tele, los demás y, por supuesto, ella misma.

De alguna manera, la novela reproduce varias características de los géneros modernos que Carlos Pardo ha asociado con cierta tradición cínica, entre otras, un posicionamiento feminista, la corporeización del pensamiento ―o de la escritura, visceral y sudorosa―, la oposición de lo físico a la doxa (la ropa aparece en repetidas ocasiones como símbolo material de esas convenciones sociales que todo el mundo lleva aunque nadie esté cómodo con ellas), la mezcla de lo humorístico y lo serio ―en este caso, el humor es bilioso―, una especie de empatía animal, la verdad como tortazo (unos cuantos se lleva, literal y metafóricamente, Catalina), o el hecho de dar voz a un punto de vista exótico, foráneo o marginal y, sin embargo ―o precisamente por eso―, señalar problemáticas que afectan al conjunto normativo, al conjunto social que sí ha asumido esa normatividad.

Es posible que Catalina no sea ―como ella misma dice― igual que las demás, pero ¿qué es la normalidad? Sus desventuras y ardides serán reconocidas, en mayor o menor grado, por todos los lectores. La crudeza de sus disforias es la pureza de la mirada infantil, antes de ser domesticada. La doxa, lo normal, es justo lo que este libro corrosivo perfora. El retrato interior de Catalina no es solo valioso desde el punto de vista figurativo, sino igualmente y con más motivo, porque sigue percutiendo en el presente.

En fin, habría tanto que decir de la novela de Rosario que necesitaría un artículo académico entero, como mínimo, sólo para abrir el melón. Tardaría un año en escribirlo y aun así me dejaría cosas en el tintero. En todo caso, apuesto a que esta novela pasará a la historiografía como una de las más destacadas de la década. Después de La educación física, no me imagino qué otra cosa puede escribir Rosario para superarse, pero tampoco me extrañaría que nos volviera a sorprender.