Ana Pérez
Cañamares
SERONDA (2025)
La Garúa Libros
JORGE DÍAZ
MARTÍNEZ
Sin darse mucho bombo, Ana Pérez Cañamares
(Santa Cruz de Tenerife, 1968) ha ido consolidando una amplia trayectoria literaria
(sería abusivo citar aquí todas sus obras) de la que cosechamos ahora, tras un
tiempo en barbecho, este libro maduro, Seronda, que en asturiano
significa ‘otoño’, también ‘fruta tardía’. Un poemario que ya desde su título
nos presenta una voz periférica, tejida de motivos autumnales, entendida también
esta estación como la penúltima etapa de la vida.
Como el recogimiento al que invita la caída
de las hojas y la bajada de las temperaturas, ‘Seronda’ es un libro
introspectivo: no se dedica al discurso positivo y a las cláusulas lógicas, esa
función reverente del lenguaje orientado al exterior. Al contrario, encontramos
aquí un idioma vuelto sobre sí mismo. El referente del significante teje telas
de araña entre sus versos. En lugar de ceñirse al consabido poema narrativo, la
autora crea aquí un dialecto propio mediante la yuxtaposición de breves
secuencias connotativas, haciendo así confluir en sus estrofas distintas
sugerencias, impresiones y pensamientos que se funden, como en una aleación, en
el magma verbal de sus poemas. Suceden dentro de sí estos paseos de la mano de
la madre tierra. Como la fauna del bosque, la poeta es otra especie estenoica,
otro ‘ser onda’.
Imitando, tal vez, al calendario solar, el
conjunto se equilibra en cuatro partes, como las de una hoja: Haz, Limbo, Envés
y Nervadura, lo que da pie a imaginar hipotéticas asociaciones entre tales
denominaciones y su peso textual. El haz, la cara que se orienta hacia la luz,
indagaría en la fricción entre lo humano y su matriz amniótica, es decir, la naturaleza:
«Quién dice yo
dentro de la manzana», «los árboles no juzgan ni etiquetan», «De
los cascos del burro surgirá/ una nueva escritura sobre el teclado/ amarillo y
crujiente de los pastos». El limbo se dedicaría al corazón, al grueso de las
cosas, donde más explícitamente se denuncian las injusticias, con páginas
dedicadas al genocidio indígena (se cita a un superviviente de la tribu Dakota)
y a los desastres de la guerra: «A los pies de la anciana/ troncos ejecutados
al amanecer// carne y madera: misma firma de humo». El envés, la espalda, se
orientaría hacia el pasado, con textos casi elegíacos, incluyendo un epicedio: «Tu
sexo era una ofrenda y sobre el vientre llevabas escrito un contrato en blanco»,
«ahora el amor no es orquesta, sino eco/ una lluvia delgada en vez de saetas/
bóveda en la garganta de los pájaros». Por último, la nervadura incluiría
reflexiones sobre la propia escritura, la lectura, la infancia y el amor,
siempre urdidos de conciencia social: «Cuando ames las arrugas del vecino/ la
vecina contigo adore al roble/ y sus hijos acampen en tu umbral», «a Dios lo
sustituye/ una asamblea de alas».
En los versos de Pérez Cañamares late un
panteísmo íntimo, un sentimiento de comunidad política y ecológica. Frente al
individualismo del presente, la autora reivindica, entre renglones, la
interdependencia mutua, más allá de las pieles que separan a personas, reinos
elementales y órdenes biológicos. Como la revolución interior de Krishnamurti, ello
conlleva una manera de estar dentro de sí con los ojos abiertos hacia el mundo.
Y así sucede en estas hojas, acompañadas de abundantes citas y dedicatorias,
que es otra forma de ir con los demás. Su escritura combina una voz ética con
la profundidad de su lectura de las cosas, lo que resulta en imágenes de
hondura conceptista y fresca sensación: «después
del arrebato de la lluvia/ destellan en las manos de los árboles/ joyas libres
de todas las subastas».
