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jueves, 18 de diciembre de 2025

Reseña a: Seronda, de Ana Pérez Cañamares (La Garúa Libros, 2025)

Reseña publicada el pasado finde en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba:

También puedes leer la reseña debajo de la foto.

Ana Pérez Cañamares

SERONDA (2025)

La Garúa Libros

 

JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

Sin darse mucho bombo, Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) ha ido consolidando una amplia trayectoria literaria (sería abusivo citar aquí todas sus obras) de la que cosechamos ahora, tras un tiempo en barbecho, este libro maduro, Seronda, que en asturiano significa ‘otoño’, también ‘fruta tardía’. Un poemario que ya desde su título nos presenta una voz periférica, tejida de motivos autumnales, entendida también esta estación como la penúltima etapa de la vida.

Como el recogimiento al que invita la caída de las hojas y la bajada de las temperaturas, ‘Seronda’ es un libro introspectivo: no se dedica al discurso positivo y a las cláusulas lógicas, esa función reverente del lenguaje orientado al exterior. Al contrario, encontramos aquí un idioma vuelto sobre sí mismo. El referente del significante teje telas de araña entre sus versos. En lugar de ceñirse al consabido poema narrativo, la autora crea aquí un dialecto propio mediante la yuxtaposición de breves secuencias connotativas, haciendo así confluir en sus estrofas distintas sugerencias, impresiones y pensamientos que se funden, como en una aleación, en el magma verbal de sus poemas. Suceden dentro de sí estos paseos de la mano de la madre tierra. Como la fauna del bosque, la poeta es otra especie estenoica, otro ‘ser onda’.

Imitando, tal vez, al calendario solar, el conjunto se equilibra en cuatro partes, como las de una hoja: Haz, Limbo, Envés y Nervadura, lo que da pie a imaginar hipotéticas asociaciones entre tales denominaciones y su peso textual. El haz, la cara que se orienta hacia la luz, indagaría en la fricción entre lo humano y su matriz amniótica, es decir, la naturaleza: «Quién dice yo dentro de la manzana», «los árboles no juzgan ni etiquetan», «De los cascos del burro surgirá/ una nueva escritura sobre el teclado/ amarillo y crujiente de los pastos». El limbo se dedicaría al corazón, al grueso de las cosas, donde más explícitamente se denuncian las injusticias, con páginas dedicadas al genocidio indígena (se cita a un superviviente de la tribu Dakota) y a los desastres de la guerra: «A los pies de la anciana/ troncos ejecutados al amanecer// carne y madera: misma firma de humo». El envés, la espalda, se orientaría hacia el pasado, con textos casi elegíacos, incluyendo un epicedio: «Tu sexo era una ofrenda y sobre el vientre llevabas escrito un contrato en blanco», «ahora el amor no es orquesta, sino eco/ una lluvia delgada en vez de saetas/ bóveda en la garganta de los pájaros». Por último, la nervadura incluiría reflexiones sobre la propia escritura, la lectura, la infancia y el amor, siempre urdidos de conciencia social: «Cuando ames las arrugas del vecino/ la vecina contigo adore al roble/ y sus hijos acampen en tu umbral», «a Dios lo sustituye/ una asamblea de alas».

En los versos de Pérez Cañamares late un panteísmo íntimo, un sentimiento de comunidad política y ecológica. Frente al individualismo del presente, la autora reivindica, entre renglones, la interdependencia mutua, más allá de las pieles que separan a personas, reinos elementales y órdenes biológicos. Como la revolución interior de Krishnamurti, ello conlleva una manera de estar dentro de sí con los ojos abiertos hacia el mundo. Y así sucede en estas hojas, acompañadas de abundantes citas y dedicatorias, que es otra forma de ir con los demás. Su escritura combina una voz ética con la profundidad de su lectura de las cosas, lo que resulta en imágenes de hondura conceptista y fresca sensación: «después del arrebato de la lluvia/ destellan en las manos de los árboles/ joyas libres de todas las subastas». 

En definitiva, Seronda, haciendo honor a su nombre, es una colección de plenitud, una interlocución artesanal en la que cada línea es a resultas de una meditada decantación. Entre la contemplación y la denuncia, entre la intimidad y la protesta, Ana Pérez Cañamares nos da su poesía necesaria, su lírica social. 

domingo, 13 de noviembre de 2022

Xavier Guillén, de andar por casa. Reseña en Culturamas de: Amo de Casa (Pre-Textos, 2021).


Enlace a mi reseña del último poemario de Xavier Guillén, publicada en Culturamas el 13 de noviembre de 2022: 

https://culturamas.es/2022/11/13/xavier-guillen-de-andar-por-casa/


Por Jorge Díaz Martínez.

Vengo a hablaros de un poemario que ha pasado demasiado de puntillas por entre la vorágine de posts de novedades supuestamente literarias que compiten en las redes sociales por la preclara atención de los escasos (o no tanto) lectores de renglones troceados. Me refiero al segundo de Xavier Guillén, editado por Pre-Textos en 2021 bajo el rótulo de Amo de casa.

El fenotipo de esta locución consigue lo que se suele esperar de cualquier título, que es llamar la atención ―y más en un contexto de reformulación de los roles de género, aunque el libro no vaya exactamente de eso― y no es en absoluto gratuito, pues se trata de un texto que concede especial protagonismo a las relaciones domésticas, subiendo a la palestra a la práctica totalidad del árbol familiar del narrador.

He dicho narrador porque el autor, de entre la prolífica descendencia de la poesía de la experiencia, sigue esa rama interior que va de las canciones reflexivas de, pongamos por caso, Felipe Benítez Reyes, a la retranca retórica ―sin dejar de ser figurativa, por supuesto― de ingenieros del verso tales como Luis Muñoz, Carlos Pardo y Rafael Espejo, por ejemplo. Lo que Xavier Guillén aporta a esta conocida fórmula es, en primer lugar, su cuidada ejecución y, en segundo lugar, su carácter burlón: un cinismo, o sarcasmo entreverado, de tono coloquial con un fondo de escenas bien tramadas que nos deja un regusto amargo en el paladar y caliente el corazón.

Esta cordialidad confiere a sus poemas una apariencia casual bajo la que se esconde la vil fermentación de sus asuntos: las relaciones familiares, el amor aposentado, la política infame, la práctica epicúrea y el papel que la poesía pinta en todo eso. Dejo para otro lugar un análisis más extenso. Así pues, solo me queda recomendaros de viva letra esta obra cuya coprotagonista responde al nombre de Odile, derivado de oda. Premeditadamente entrañables, conmovedoramente afilados; qué más se puede pedir de unos poemas.

AMO DE CASA

Xavier Guillén

Pre-Textos, 2021.

GEMELAS


Todos los viernes
mi madre compra flores
para su hermana.

Que mi tía y mi madre
fueran gemelas
era cosa de magia.

Me quedaba embobado
ante las imágenes.
Parecían idénticas
salvo que mi madre
llevaba gafas
y se las quitaba
cuando querían confundir
a los mayores.

Recuerdo esas historias. Más tarde,
aprendí que se gestaron juntas,
que compartieron
placenta y confusión
hasta ser alumbradas.
Mi madre, la primera:
llegó de nalgas.
Mi tía venía de cabeza.
Nacieron mirándose
a los ojos.

He acompañado a mi madre
a poner flores frescas
en la tumba de su hermana.
Mientras limpiaba
el cristal del nicho
he visto el rostro de mi madre,
a contraluz,
sin las gafas puestas.

Me ha mirado muy seria
y me ha dicho:
A mí me echáis al fuego,
que ya me dio patadas
en el vientre de la abuela.


 

DÍA SENCILLO


Amanece un día precioso pero frío
para salir tan temprano.
Menos mal que ayer taparon
los geranios y el tomillo del alféizar
con plásticos y pinzas. Campa el hielo.

El matrimonio alarga el desayuno.
Tuestan pan, hierven leche.
Saborean. Reconocen sus gestos.
Untar la miel, apoyar el cuchillo
tras chuparlo con celo, en el plato.
Compases muy antiguos.
Hechizos invisibles y modestos.

Tienen planes hoy. Estar callados.
No echar de menos.
Mirar por la ventana.
Reinar antiguamente.
Al final, el amor llama a la puerta,
pero por dentro.

martes, 23 de agosto de 2022

Reseña a: Okaeri, de Eduardo Chivite (Cántico, 2021)




Okaeri
Eduardo Chivite
Editorial Cántico, 2021.

La prisa por publicar, tan característica de los malos ―y también de algunos buenos― poetas, no hizo mella en la paciencia de Eduardo Chivite, quien ha esperado algo más de un cuarto de siglo (si contamos desde sus dieciocho, por ejemplo) para dar a la imprenta Okaeri (Ed. Cántico, 2021), su primer libro de poesía. Hasta ahora, solo había ejercido como antólogo, promotor cultural, investigador filológico, profesor de dramaturgia y productor teatral, entre otras cosas. De su labor como crítico, destacaría sus antologías La sátira contra la mala poesía (Berenice, 2008) y Terreno fértil. Un ámbito poético (Cangrejo Pistolero, 2010).

Antes de todo eso, cuando todavía éramos estudiantes en la FFL de la UCO (un edificio barroco con palmeras y fantasmas en la judería de Córdoba) yo le había «publicado» (por así decirlo: era un pliego ilustrado por mi hermano, fotocopias en unas cartulinas con un número de depósito legal) Enversos en camisones húmedos (1998), la historia de un amor lésbico esbozada en cinco poemas en prosa. Una década después, su primer libro, Sharaija murió con trece años (La Bella Varsovia, 2008), incluía también cinco poemas en prosa + cinco microrrelatos + una obra de teatro ―que se ha representado varias veces, en distintos escenarios―. Sin embargo, como decía, Okaeri es su primer libro íntegramente de poesía; de poemas en prosa.    

Si destaco este rasgo de la poética de Eduardo Chivite es porque me parece indicativo de su deseo de alejarse de las convenciones del género; tal vez su conocimiento experto de la mala poesía le haga huir de sus rancias retóricas. Así que, en vez de en una estructura estrófica anclada en la tradición, Eduardo Chivite busca la fibra (del texto) en el texto, ensamblando fragmentos de intensidad, detalles que suceden en un tiempo imperfecto y que construyen esa mirada onírica tan propia del autor, cargada de lecturas de la infancia, referencias bibliófilas y ficciones soñadas. Eduardo Chivite escribe en prosa porque encuentra en ella la poesía, es decir, al revés de los que confunden la poesía con la tecla del intro.

Okaeri es como una narración deshilvanada, compuesta de retales de relatos, el sedimento fértil de una profunda cuenca bibliográfica. Sus pinceladas ligeras como una referencia impresionista son pistas que conducen a un laberinto borgiano. Es un libro ilustrado, doblemente ilustrado. Y el título, no hace falta explicarlo.

  

 

 

 

 

 

 

 

  

viernes, 19 de febrero de 2021

Reseña a: Poesía fantástica, de Juan Andrés García Román

  


Poesía fantástica. Resumen primero (2007-2019)

Juan Andrés García Román
Edición de Erika Martínez y Juan Carlos Reche
Pre-Textos, 2020

Los monstruos nacen, se miran y se ríen.

Juan Andrés García Román

 

En realidad, toda la poesía de Juan Andrés García Román es una monstruosidad, una maravillosa reinvención de códigos preexistentes, como la inauguración de un nuevo género. Su escritura es un oasis para la imaginación ―la técnica y el esfuerzo― y, sobre todo, para la libertad. Libertad para mezclar estructuras y formas de decir musicales, narrativas y dramáticas. Libertad para alterar plásticamente los significantes gráficos, para la creatividad gramatical, para la deconstrucción del repertorio, para la poliglosia intertextual, y un largo etcétera, pero logrando un discurso coherente y homogéneo, como decía Wölfflin del Barroco. De ahí que el título de Poesía fantástica le venga especialmente bien a una antología (pues los monstruos se hacen de pedazos) que recoge fragmentos memorables de los mejores libros del autor.

La edición, a cargo de Erika Martínez y Juan Carlos Reche, se justifica por el hecho de que varios de sus poemarios anteriores, aparecidos en la hoy desaparecida DVD ediciones, resulten inencontrables, y también, no menos importante, para ofrecer al lector desprevenido un resumen lo suficientemente representativo de uno de los mejores poetas del idioma, es decir, de uno de los mejores escritores actuales en lengua castellana. Leer a García Román es contemplar la historia de nuestra literatura. Sus metáforas e imágenes despiertan un destello que creíamos enterrado en la cuneta de aquella Edad de Plata. El asombro versátil de sus versos nos recuerda al de los grandes maestros y los genios ―por ponernos neorrománticos― de nuestra tradición. No quiero dar a entender que se trate tan solo de efectismo e imaginería, al contrario, las composiciones de García Román nos conmueven por la profundidad de su psicología, la visceralidad de su filosofía, la hiperestesia de su erudición.

Una vez dicho esto, yo prefiero, un poco fetichista, las primeras ediciones, el sabor a fruta recién cogida de su tinta. Porque, como a Juan Ramón, tan cerebral, perfeccionista, a Juan Andrés le gusta también mucho corregirse. Las ediciones críticas futuras podrán así contar con abundantes notas a pie de página en sus márgenes. Disfrutemos ahora de esta poesía creciente y multiforme, como un monstruo fantástico.  

domingo, 14 de febrero de 2021

Reseña a: Vivir de oído, de Andrés Neuman (La Bella Varsovia, 2018)

 






Vivir de oído
Andrés Neuman
La Bella Varsovia, 2018

Andrés Neuman es un caso ―escaso en la contemporaneidad― de escritor total. Si como novelista un autor está normalmente abocado a cierta consideración comercial, en Vivir de oído, su más reciente poemario, Neuman dirige el código a una inmensa minoría. 

Este libro destaca por su inteligencia, la sofisticación de sus imágenes y la profundidad de un pensamiento ducho en introspección, ese vicio de las mentes en exceso reflexivas que vuelven a pasar por sus circunvoluciones en busca de un error, una tercera lectura o un matiz. En los tiempos de la poética instantánea de Instagram, Andrés Neuman nos ofrece un discurso casi psicoanalítico, que combina digresiones de índole doméstica y fenomenológica, pero siempre a la luz de una retórica culta que a la vez las resigna que decora ―es decir, reproduce su sentido mientras guarda el decoro―.   

Esta racionalidad ―digamos, confuciana― puede parecer fría, cuando es solo el resultado de sostener la emoción con la metáfora. Y si bien es necesario que el lector participe ―no sé si me explico― no es tampoco una poesía oscura. De hecho, es bastante biográfica. Tanto así que el leitmotiv del libro, esa especie de sinestesia musical que lo atraviesa, tiene mucho que ver con sus raíces. Diría que, pasada la cuarentena (de la edad), Neuman ha dado a la imprenta su poemario más personal, hasta el momento. Ilustrado y romántico, con intuición y técnica, tiene la facultad de abrir al sentido las ideas. 

 

viernes, 5 de febrero de 2021

Marcha por el desierto, de Sandra Santana

 



Marcha por el desierto
Sandra Santana
Pregunta Ediciones, 2020.

Este libro es un ejemplo de las tribulaciones inverosímiles que en muchas ocasiones supone tanto la escritura como la publicación definitiva de una obra literaria concisa. Veinte años han rodado estas composiciones antes de que tengamos en las manos sus hojas de poesía. Veinte años que han servido, no obstante, como decantación de unos papeles reducidos ahora a lo esencial. Esa esencia y ese envejecimiento se paladea sin duda en su lectura. Textos primeros y bien estructurados descansan con sabores a polvo de biblioteca, conservando el regusto afrutado de sus versos. Citas de Martin Heidegger y del Génesis apuntan a la lengua. Cuidada edición por parte de Pregunta Ediciones. Epílogo de la autora. Invita a relectura. Bueno para subrayar y llevar en la cartera.


viernes, 20 de julio de 2018

Reseña a: Joan de la Vega, En manos del aire.



En el reciente número 13 de la revista Paraíso de la Diputación de Jaén aparece mi reseña a la última recopilación poética de Joan de la Vega. Podéis leerla en la propia página de la revista Paraíso o bien directamente en mi perfil de Academia.edu





miércoles, 8 de junio de 2016

Reseña a: Los allanadores, de Carlos Pardo (Pre-Textos, 2015)

 


LOS ALLANADORES
CARLOS PARDO
Pre-Textos, 2015.



El pasado mes de octubre salían a la luz Los allanadores, de Carlos Pardo. Nueve años lo separan de su anterior poemario, durante los cuales el autor ha publicado dos novelas: Vida de Pablo (2011) y El viaje a pie de Johann Sebastian (2015). Este hecho no ha dejado de influir en la poesía de quien afirmaba haber dejado de escribirla para buscar en la narrativa una cierta “intimidad con el mundo”. Tanto es así que sus dos últimas entregas, tanto en prosa como en verso, comparten una misma temática y un juego parecido en la alternancia de series narrativas dispares. Sin embargo, más allá del alargamiento de los poemas y la concatenación de tramas, este comercio de géneros no ha supuesto tampoco un cambio demasiado ostensible en un estilo formado precisamente en una escuela conocida por su sesgo narrativo: la poesía de la experiencia. Lo que sí resulta ostensible es que Carlos Pardo demuestra haber cruzado ya esa línea a partir de la cual un autor no tiene que demostrar nada y puede “soltar la mano”. Nos encontramos ante su mejor poesía, más personal y también más humana, que se aleja de frivolidades para encarar algunos de los grandes y al mismo tiempo mundanos asuntos de la literatura, como el de las relaciones paterno-filiares y su caducidad, problemática que se hace extensiva al contrato social, de pareja y, de paso, a la propia identidad. 
  
La cosa familiar ya se apuntaba en Echado a perder (2007), donde algunos poemas se dirigían hacia la madre o bien hacia el padre, en un tono que anticipa a los actuales. Y también en anteriores ocasiones lo habíamos leído extenderse -aunque no tanto- y ensayar yuxtaposiciones discursivas, como en el poema “Un dos piezas” que cerraba Desvelo sin paisaje (2002). Estas tendencias y algunas otras convergen en Los allanadores, ofreciendo al lector un poemario maduro pero fresco, pues su característico humor ácido tampoco ha desaparecido. Por ende, se refuerza la fusión de coloquialismo y acentuación garcilasiana, de lenguaje corriente y sociolecto intelectual, lo que sumado a la calculada exposición de motivos desencadena un efecto sorpresivo y conmovedor. Como el mismo poeta apunta, se trata de una poética basada en el contrapunto (en “Mis problemas con el judaísmo”). La llamada disonancia (manifiesta en constantes contrastes) solo alcanzaría a ser armónica en función de la muerte, si hablamos de la vida, o merced a la lectura, si hablamos de poesía. Yo añadiría algo que puede parecer obvio, y no es tan fácil: Carlos Pardo traduce el universo de referentes que le son propios sin hacer demasiada distinción entre literarios y extra-literarios. Esta poesía no obedece –o no solo- a una premeditación aséptica, sino a una sociología personal, pero con conciencia estética; circunstancia a la que él se refiere como “disciplina de la desposesión”. A menudo, encontramos matices que solo la complicidad de quien coincida en cierta contingencia cultural puede colegir (es decir, intraducibles no solo por su léxico, sino por su contexto), y ello contribuye a otorgar al poemario ese sabor, con perdón, a autenticidad. 
  
También en esta ocasión, como era de prever, se nos habla desde del filtro descreído de una mirada irónica, una queja burlesca que muestra la disonancia de valores en sociedad, y en poética. En Carlos Pardo la ironía es la pose inconformista de quien necesita encajar en una escena con la que no se termina nunca de estar de acuerdo. Bajo su apariencia lúdica no deja de ser una estrategia para sobrellevar el absurdo, a veces doloroso, de la existencia. 
  
Pero, sin duda, otro de los aciertos de este poemario es haber hecho algo muy raro en nuestra tradición: una poesía política íntima, alejada de proclamas y del estilo llano de la poesía social (aunque, evidentemente, parta de la Generación de los 50). En su monólogo interior, Carlos Pardo recurre a un mismo tono incómodo ya nos hable de su familia, de su desencanto social o de etimología, y nos acerca así a una vivencia en la que podemos reconocernos, no porque sea la nuestra, sino porque logra representar, es decir: ser interior, como la nuestra.

lunes, 24 de diciembre de 2012

POR QUÉ VOLVER A LEER "PASEO DE LOS TRISTES", de Javier Egea


 POR QUÉ VOLVER A LEER PASEO DE LOS TRISTES

Egea, Javier.
Paseo de los Tristes.
Point de Lunettes, 2010.

Por Jorge Díaz Martínez

La editorial sevillana Point de Lunettes ha tenido el acierto de reeditar un título emblemático para la poesía española de los ochenta y, cabría decir, una clave esencial para comprender buena parte de la poesía escrita desde entonces en nuestro país. La nueva edición de Paseo de los tristes, de Javier Egea, se terminó de imprimir el pasado 27 de marzo de 2010 con una tirada de mil ejemplares que al cabo de tres meses ya se encontraba agotada. 

El prólogo corre a cuenta de Antonio Sánchez Trigueros, quien nos facilita, a partir de diferentes ángulos, un marco de lectura muy completo que abarca desde la aparición del poemario en 1982, cuando resultara ganador del Premio Juan Ramón Jiménez, hasta aspectos tan significativos como la composición del jurado, la ascendencia ideológica del libro o la acogida crítica que mereció a través de las varias reseñas que se fueron publicando durante los meses siguientes.

Al volver a leer Paseo de los tristes, una ligera sensación de aire de familia se transforma pronto en la certeza de estar volviendo a leer cuatrocientos poemarios en uno. Dicho de otra manera, nos parece estar ante algo así como la madre de todos los poemarios. Sin necesidad de insistir demasiado sobre la huella que La otra sentimentalidad primero, y la Poesía de la experiencia después, dejaron sobre los autores posteriores y, por ende, también sobre los actuales, creo que se entenderá lo apropiado de la imagen. 

Ahora bien, sabemos que cada vez que una fórmula es reproducida por un nutrido grupo de copistas, sucede que aquello que en principio resultara genuino, ingenioso o genial, acaba sin remedio en una escritura torpe, alienada o serializada. No debemos lamentarnos: es un mal necesario o, mejor dicho, inevitable. Incluso puede que sirva de reactivo, impulsando, al igual el abono, nuevos florecimientos.

La situación, que fue señalada con acritud desde numerosas instancias ya a mediados de los noventa, debería entenderse hoy por hoy, desde un punto de vista sistémico, como un mecanismo intrínseco a la instauración de nuevos paradigmas estéticos dentro de una tradición, una fase de expansión que daría pronto lugar a un estadio de deterioro, según la dinámica de los sistemas literarios modernos. 

¿De qué nos sirve entonces, ahora, volver a leer Paseo de los tristes? Nos sirve, precisamente ahora, para volver justo al principio. Y no como una estampa de melancolía, sino para tomar justa conciencia de la significación del término clásico en su propio sentido, o de canon. Nos sirve para reconocer la fuente, el agua de la que han bebido tantos otros que nosotros, luego, hemos leído. Nos sirve para acotar un centro fundamental del repertorio (Even Zohar) de una tradición. Una toma de conciencia viva, ésta, que lo será más, si cabe, para quienes durante las últimas décadas han venido leyendo la poesía que se ha escrito en España desde aquel 1982.

Y para retomar un poco la reflexión teórica que daba pie a sus versos y agitaba también los de otros muchos escritores de su generación. Una teoría poética que posteriormente sería desarrollada, explicitada y pormenorizada, a lo largo de los ochenta y noventa, en diversos manifiestos, prólogos, artículos y ensayos, bien por los propios autores de lo que empezó llamándose La otra sentimentalidad (labor en la que destacó particularmente Luis García Montero), o bien por una multitud de poetas y estudiosos que se posicionaban, y aún se posicionan, a favor o en contra de lo que se llamó Poesía de la experiencia. 

La herencia de ese debate, que ya apuntando hacia la segunda década del s.XXI sigue moviendo el molino, la encontraríamos, por ejemplo, en la acuñación de nuevos marbetes críticos, como el reciente de Poesía de la Normalidad (utilizado por Vicente Luis Mora y Agustín Fernández Mallo), un término que, si bien podría aplicarse, tal y como ha sido expuesto por sus ideadores, a un volumen considerable de lo publicado en España de unos años a esta parte, no alcanzaría, en cambio, a la producción inicial de los autores de la escuela granadina.

Es bien sabido, y así nos lo recuerda Sánchez Trigueros en su prólogo, que la clave del pensamiento poético del citado grupo debe buscarse en la figura del profesor de la Universidad de Granada Juan Carlos Rodríguez Gómez. Por ende, Trigueros señala también, sirviéndose de los planteamientos de la Estética de la Recepción, hacia la influencia de Rodríguez Gómez no ya sobre la poesía de Egea, sino sobre la lectura que de esa poesía se hizo, tomando en consideración que “muchos lectores dicen que un libro es lo que un lector cualificado ha dicho que es.”

No es este, desde luego, el lugar adecuado para pormenorizar acerca del pensamiento poético del profesor Juan Carlos Rodríguez y su docencia sobre los creadores de La otra sentimentalidad. Acotaremos, no obstante, su raigambre en la crítica marxista de Gramsci, Althuser o Kristeva. Parafraseando al propio Rodríguez, la operación transformativa de la historia literaria moderna pasaría de considerar a la poesía como la expresión de un espíritu (romántico), a la elaboración de una razón (ilustrada), para finalmente terminar por descubrirse a sí misma en forma de producción ideológica (Marx y Freud). 

De alguna manera, estas nociones funcionaron como una base teórica que apoyaba, guiaba o justificaba la legislación estética del grupo granadino. A partir de una consideración de la poesía, no ya como la obra de un espíritu (individual, nacional o de época) o una razón (burguesa), sino como la manifestación de una ideología (materialista, histórica), se explicaría, por ejemplo, la construcción de un sujeto lírico ficticio, posicionado y comprometido ante esa o gracias a esa conciencia histórica, así como una escritura orientada, no tanto desde el yo, sino hacia el nosotros (objetivación del sujeto lírico).

Como decía, se han argüido múltiples críticas ante dichos parámetros durante los últimos veinte años aproximadamente. Algunas de ellas vienen de parte de los propios miembros de La otra sentimentalidad, que en textos más maduros recuerdan que no habría contradicción entre sujeto (propietario, al menos, de razón) y producción ideológica, ya que la ideología necesitaría siempre de un sujeto en que asentarse, de la misma manera que no sería posible un sujeto sin ideología. Así, Luis García Montero dirá que “los sentimientos públicos y las ideologías sólo existen cuando se plasman en unos ojos.”[1]
 
Pero regresemos a Paseo de los tristes. Vale la pena volver a leer un poemario fraguado al calor de unas ilusiones -las de aquella reciente democracia y aquella sociedad todavía en pleno encantamiento- comprometidas con su tiempo y, sobre todo, con la poesía. Vale la pena leer unas composiciones que todavía le seguían buscando el sentido a una cierta idea de la literatura, cuando en el calendario empezaba ya a marcarse el principio del fin de un siglo empeñado en acabar de una vez por todas con la cultura, para sustituirla por la lógica de mercado. Vale la pena porque Egea todavía creía en su escritura y, si dejamos aparte exégesis históricas y nos quedamos, sólo por unos minutos, a solas con los poemas, no podremos dejar de notarlo.    

[1] En su poética para: J. C. Mainer (ed.) El último tercio de siglo (1968-1998), Madrid, Visor, 1999. Pp: 664, 665.