Reseña publicada en Cuadernos del Sur, el 28 de marzo de 2026.
https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2026/03/28/domesticacion-128409416.html
LA DOMESTICACIÓN
Abraham Gragera
Pre-Textos, 2025.
Por Jorge Díaz Martínez
En un campo literario
adulterado por las modas y los egos, un poemario ha pasado demasiado de
puntillas. Su autor no se prodiga en las redes ni le da al autobombo: lo que
tenía que decir ya lo ha escrito en su libro. La domesticación, qué duda
cabe, está entre los mejores poemarios de 2025 y, si la poesía fuera un
maratón, Abraham Gragera (Madrid, 1973) estaría en el pódium de su generación.
¿A qué alude su título?
En principio, se diría que se refiere al hogar, a la familia, a la experiencia
de la paternidad. Y al mismo tiempo, a través de las líneas, bien pudiera tratarse
del impulso civilizatorio de la humanidad frente a la naturaleza, de la
emancipación de la razón frente al absolutismo de unos dioses que no terminan nunca
de irse del todo, como tampoco nos abandonan en absoluto los instintos atávicos
de la depredación, de la reproducción, los cuidados y el deseo. El vínculo
parental, el hecho de actualizar una genealogía, esa imbricación identitaria, subraya
la antinomia de vivir entre fricciones: las rozaduras incómodas de los
metarrelatos con los que nos explicamos la existencia, una grieta por la que no
se sabe bien qué es lo que entra, de ser un sucedáneo del ser, escritos en
cursiva, como el eco de nuestra propia grafía: «Y se consuelan ante la
perspectiva/ de dar nombre otra vez/ a su naturaleza escarmentada.».
Estas páginas alejadas
de los típicos clichés del amor paterno filial, no obstante, o quizá
precisamente por eso, le tocan la fibra a cualquiera, resultan inevitablemente
conmovedoras. A pesar de todo su sedimento cultural, su angustia metafísica y
su conciencia política, la emoción emerge como de un manantial tras el
deshielo, sin respeto por lo poéticamente correcto. Por ejemplo, en esa comunión
entre lo sagrado, lo corporal y lo sexual que nos epata en una escena explícita
en el poema «Cuarentena». O en el monumental «Ecografía», cuyo resumen no me atrevo a
simplificar aquí, pero que recogerán los cánones de la literatura universal. O la
simple ternura de «Mitología para niños», donde la narración de los albores de
la especie es el cuento de buenas noches con el que se duerme a una hija.
Sobrepujados sobre palimpsestos
translúcidos, sus versos se balancean en un constante vaivén de lo
contemporáneo a lo intemporal y de la vivencia íntima a lo común ancestral. El
brillo de sus imágenes no proviene de ningún efectismo pirotécnico, sino del
interior de sus figuras de pensamiento. Por lo tanto, no deslumbran: iluminan.
La construcción desbordada y libérrima de algunos textos alterna con estrofas
de marco clasicista, incluyendo una serie de sonetos, con una excepción en
prosa y con aforismos líricos. Tal variación de prendas más o menos
yuxtapuestas resulta sintomática de una actitud que alguien podría llamar
posmoderna: el conglomerado lúdico de los recursos de la tradición. Sin
embargo, en todo caso, más allá del poema posmoderno descreído, sin centro ni
verdad, estos renglones aspiran y declaman el poema total, con peso histórico,
que renuncia a la renuncia de sentido, sin esperanza pero con convencimiento de,
en la medida de nuestras posibilidades, permanecer despiertos, como hacen
oníricos los padres, en un mundo ingobernable, hasta el punto de atreverse a
poner punto y final con una máxima.
De todos los registros
del estilo, Abraham Gragera, que empezó siendo
sarcástico, ha llegado por fin, con el debido suspense, a lo sublime. En su
poesía emotiva, referencial y mística, vulnerable de lenguaje, la conmoción se
enriquece con cada siguiente lectura. Basta un solo poema para dejarte saciado,
estupefacto de literariedad por todo el día. Quería hacerlo épico y le salió
legendario.
