blog de Jorge Díaz Martínez

Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Espejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Espejo. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de febrero de 2026

Presentando: A la vuelta recogeré el camino, la poesía reunida de Rafael Espejo.

La editorial Milenio ha publicado recientemente A la vuelta recogeré el camino, la poesía reunida de Rafael Espejo, uno de los poetas más antologados de su generación. El volumen tiene la virtud, como suele pasar en estos casos, de rescatar del olvido sus primeros títulos, algunos ya prácticamente inencontrables, convertidos en objeto de coleccionista o fetiche literario (y con un precio acorde a su escasez en algunas librerías de viejo), ofreciéndoselos ahora a los nuevos lectores tras pasar por el filtro de las irresistibles correcciones y oportunos descartes que impone la conciencia literaria atesorada a lo largo de las décadas (así las futuribles ediciones críticas tendrán la oportunidad de añadir notas a pie de página contrastando las primeras versiones y las últimas). Rafael Espejo se detiene, se da la vuelta y va recogiendo los poemas que ha dejado como miguitas de pan por el camino —salvo que algunas migas se las ha comido la autocrítica inclemente del autor.  

Algunos de los libros aquí recogidos marcaron verdaderos hitos generacionales para los que éramos entonces, hace un cuarto de siglo, los jóvenes poetas. Recomiendo, por tanto, su frescura, su descaro, su ultimátum a un siglo que moría, su bienvenida a este que empezaba. Escritos en la encrucijada del milenio, son algunos de los mejores poemas de nuestra época. 

Ayer, viernes, 20 de febrero de 2026, tuve la suerte de presentar esta poesía reunida de Rafael Espejo, junto a Juan Antonio Bernier, en la librería La Romántica de Córdoba. El acto fue todo un éxito y, por mi parte, fue un placer reencontrarme con los viejos amigos y lectores cordobeses. Mi intervención la llevé por escrito y tanto el autor como el público me instaron a que la publicara en algún medio. Así pues, para quien le pueda interesar, sin más, aquí podéis leerla íntegra.

 


Presentación de A LA VUELTA RECOGERÉ EL CAMINO

Poesía reunida de RAFAEL ESPEJO en Librería LA ROMÁNTICA

20 de febrero de 2026

 

Por Jorge Díaz Martínez

 

Me veo en la difícil tarea de presentar la obra literaria de un amigo. Difícil porque lo más fácil sería acomodarse en los tópicos comunes del elogio. Yo voy a procurar no caer en la laudatoria hueca de las presentaciones y ofrecer, en cambio, mi subjetividad crítica, a riesgo de incurrir en la pedantería e incomodar, tal vez, a los presentes o incluso al propio autor. Para mí no se trata de presentar un producto literario exento de contexto, no solo porque el autor y yo nos conozcamos desde hace casi treinta años, sino porque la supuesta autonomía del texto artístico quedó completamente desfasada, hace todavía más décadas, en los estudios de teoría literaria. De la misma manera que hay que tener en cuenta el momento histórico, los movimientos artísticos y las características del mercado, también hay que tener en cuenta al propio autor, cuyo carácter y hechos biográficos contribuyen a dar sentido a la obra. Como muy bien decía aquí Juan Antonio Bernier en alguna poética de las que nos pedían a finales de los noventa ―y cito de memoria: «aunque no soy lo que escribo, me considero importante para mi poesía». Si incluso el novelista de ciencia ficción que construye universos inventados se revela a sí mismo ―hasta por omisión― en sus mundos fantásticos, cuánto más no lo harán los poetas que deciden, a conciencia y con cierta desvergüenza, inspirarse en sus anécdotas verídicas para reconvertirlas, tras pasar por la planta de procesamiento, en artefactos de ficción poética astutamente diseñados para sugestionar la conciencia del lector. Este modus operandi lo han seguido millares de humanos, desde las cuevas de Altamira hasta nuestros días, sencillamente porque la intensidad de nuestras pasiones deja una huella que no desaparece fácilmente, no se agota en sí misma, no nos basta, como a otros animales, con una sacudida muscular para deshacernos del susto del momento. Entre los sapiens, el trauma y la obsesión necesitan otras vías de expresión que, por habitus social, van adoptando formas convencionalizadas que, a fuerza de repetirse, acaban adquiriendo una cierta independencia y casi que sustituyendo a la función biológica o social que las configuró. Surge entonces el arte por el arte, pero a pesar de tal especialización, toda clase de artistas y escritores han seguido sometiendo, por una causa u otra, desde la oscura noche de los tiempos, a viva voz o por escrito, la piedra bruta de su contenido personal (emociones, sentimientos, experiencias o pensamientos) a las leyes compositivas de alguna disciplina artística. Y más concretamente, en el caso que nos ocupa, la poesía de Rafael Espejo bebe de una corriente cuyo nacimiento suele situarse en la poética de William Wordsworth, en los albores del Romanticismo, la cual, haciendo una exagerada elipsis histórica y simplificando al extremo, llegaría a través de Robert Langbaum y Jaime Gil de Biedma a los poetas de la Generación de los cincuenta, de ahí a la poesía de la experiencia de los ochenta y de ahí, ya en los noventa, a los poetas de nuestra propia generación intermedia, intermedia entre siglos y entre épocas, entre el post y el metamodernismo, nacidos analógicos y muertos prácticamente clones cibernéticos. Así que, yo diría, llevándome la contraria, que, más que una dificultad a la hora de presentar la poesía reunida de Rafael Espejo, puede ser para mí un privilegio el hecho de conocernos desde hace ya tanto tiempo, el hecho de conocer tanto a la obra impresa como al escritor de carne y hueso, tanto al personaje que se muestra, igual que un espejismo, en sus poemas, como a la persona física con quien tantas andanzas he vivido. Y por eso, quiero traer de nuevo a colación unas palabras de Juan Antonio Bernier, que en uno de sus Breves erizos verdes, apuntaba:

«SOBRE EL ESTILO PERSONAL

Si aquello que hace que tus allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en el peor sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán sin identidad.»  

Efectivamente, esta hipótesis se verifica empíricamente en la obra de Rafael Espejo, cuyos poemas nunca podrán pasar por fotocopias de otros. En su caso, se da una sincronización perfecta entre carácter y estilo literario, como dos subconjuntos insertados, la conjunción aritmética de una personalidad arrolladora altamente integrada en su escritura. Y por lo tanto, aquí cabría preguntarse en qué consiste esa gracia personal, como si se pudiera destilar la esencia de Rafael Espejo vaporizando en un alambique algunos de sus versos. Una imagen, por cierto, esta del alambique y la esencia del poeta, bastante típica de la crítica biográfica impresionista, en la que caigo ahora tratando de encontrar, como diría Leo Spitzer, la marca del autor dentro del texto. Pero voy a mojarme y a decir que, en vez de separar obra y autor, si tuviéramos que caracterizar esa gracia intransferible según algún sistema caracterizador, como bien pudiera ser, por ejemplo, una baraja de cartas española, al darle la vuelta al naipe, el azogue nos devolvería la imagen de un caballo de copas: el arquetipo del seductor. Las copas, como se sabe, contienen las emociones y se corresponden, en la baraja francesa, con los corazones. Y es que no hace falta citar a Jacques Lacan para notar que la libido de Rafael Espejo circula en la cadena significante de sus acentos, que su goce reaparece en la materialidad de su escritura y, sin embargo, en su caso, la pasión no deforma, como en el callejón del Gato, la estructura. No hay un esperpento, sino una estilización. La conciencia creadora de Rafael Espejo canaliza la energía orgónica a través del cauce equilibrado de una melodía casi renacentista, casi grecolatina. Sus poemas contienen, como copas cargadas, pero sin llegar a rebosar, no sus hechos biográficos, sino la letra con sangre que ha aprendido, ofreciéndonos a los lectores una especie pagana de eucaristía. Estamos, pues, ante un seductor de la palabra, un alquimista que es capaz de balancear, de un lado, el peso de sus vísceras y, de otro, el oficio, el cincel y la maza con la que detallar las imágenes que quiere dar a luz.

Rafael Espejo nació en Palma del Río, provincia de Córdoba, en 1975, e inició sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Granada no sé muy bien qué año, pero sí sé que para cuando yo llegué allí, en septiembre del 98, él era ya una figura destacada entre los jóvenes poetas de la ciudad. Cuentan las malas lenguas que lo conocí en un autobús de ALSA y que, sin saber todavía quién era, pero intuyendo que debía ser un poeta o, como mínimo, un filólogo, porque quién sino un poeta o un filólogo iría leyendo en el ALSA una antología de poetas románticos ingleses, pues, tras una breve presentación, me arrodillé en el pasillo a leerle un poema sempiterno antropológico que traía impreso en unas hojas y que, sin duda, debió causarle gran impresión, pues a partir de entonces, a partir de aquel acto iniciático de pleitesía poética se selló entre nosotros un vínculo merced al cual nos presentábamos, en muchas ocasiones, con los ojos achinados, en los recitales con catering de Granada. Y ese vínculo me ha traído aquí, casi treinta años después, a presentaros su poesía reunida.

He dicho que para finales de los noventa Rafael Espejo era ya una figura reconocida entre los jóvenes poetas. Y lo era gracias a su primer libro, Círculo vicioso (de 1996), con el que había ganado el Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Granada era, por entonces, prácticamente una escuela de poetas de la experiencia, en la que Juan Carlos Rodríguez, Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Muñoz y tantos otros ejercían de mentores y maestros, y en la que, no lo olvidemos, había nacido La otra sentimentalidad. En esa línea dio sus primeros pasos la poesía de Rafael Espejo. Una etapa todavía muy juvenil, de ensayo y aprendizaje y, no obstante, en Círculo vicioso encontrábamos ya algunos de los rasgos que iban a definir toda su obra, hasta la fecha: la ambigüedad entre ficción y biografía, la presencia puntual pero recurrente del entorno rural, la reflexión metaliteraria, la reflexión, al principio algo efectista, luego más asentada, sobre el paso del tiempo y la caducidad, las escenas nocturnas, la bohemia, la corporalidad y los amores, en cualquiera de los estados de la materia.  

Su siguiente poemario llegaría cinco años después con un título sacado de Baudelaire: El vino de los amantes (publicado en 2001) gracias a la obtención ex aequo del Premio Hiperión. A este segundo libro se le puede calificar como su obra maestra, en el sentido medieval; es decir, la obra con la que el aprendiz demostraba que era capaz de ejercer por sí mismo su oficio gremial. Con El vino de los amantes Rafael Espejo salía definitivamente a la palestra con una voz reconocible y, al mismo tiempo, asimilable a una corriente mayor, situándose por méritos propios entre los indiscutibles poetas emergentes del país. El libro se dedicaba, como indica su título, a la celebración del amor y del deseo. En él, Rafael Espejo había logrado la técnica invisible, el poema que, solo aparentemente, emana de sí mismo, a la vez que una intensificación de la experiencia. Las estampas carnales, cuasi eróticas, aparecían combinadas, de manera indistinguible, con el intelectualismo de sus imágenes. Se diría que el poeta se había entregado al goce corporal, pero tampoco podía dejar de ser cerebral, a lo mejor por ser virgo su signo zodiacal.   

A esta primera etapa, Círculo vicioso y El vino de los amantes, pertenecen algunos de sus poemas más memorables y emblemáticos, al menos para mí, quizás por el fulgor de la juventud que compartimos, por la admiración que nos causaban las primeras ediciones o, quizás, por una suerte de reconocimiento generacional. Sea como fuere, cuando pienso en la poesía de Rafael Espejo no puedo evitar recordar poemas como: «Nocturno, Buscando la inspiración, Piso de alquiler, Amanezco con ella; De noche, los domingos; Madriguera, Amour fou, Los pechos de mi novia, Soneto en mí sostenido, Alter ego, o Yo». Todos ellos han sobrevivido a la poda del autor, aunque con ligeros retoques de jardinería, si bien, tengo que decir que yo prefiero las primeras versiones, que albergan, para mí, un encanto especial.

Pasarían ocho años hasta su siguiente libro, Nos han dejado solos (del 2009), con el que obtuvo el Premio Emilio Prados, para menores de 35 y publicado por Pre-Textos. Con este título comenzaba ya su etapa de madurez, a la que se sumarían sus siguientes poemarios: Hierba en los tejados (del 2015), Premio Ojo Crítico RNE, y Criaturas del momento (del 2023), Premio Internacional de Poesía Francisco Brines. Todos ellos publicados por Pre-Textos. Si yo fuera un agente de recursos humanos de una empresa de poesía, no podría dejar de constatar el hecho de que absolutamente todos sus poemarios hayan sido merecedores, a priori o a posteriori, de algún premio de peso nacional. Pero, volviendo al texto, sobre esta etapa de madurez, decir que estos tres títulos comparten un progresivo cambio de tono, sin duda, más sosegado, que se vira al interior, hacia la hondura, destacando el calado existencial y humanista de unos versos igualmente vitalistas y sanguíneos.

Yo os invito a que leáis esta poesía reunida de Rafael Espejo como si se tratase de una especie de novela fragmentaria en la que nos es dado observar el arco del personaje del protagonista, desde un joven ya desengañado, tal vez, a una edad demasiado temprana, que se entrega a un hedonismo sin concesiones, hasta el adulto que, verso a verso, recuerda, esta vez con solidaridad, a sus mayores, a su infancia rural, ese hombre cuarentón que, en sus paseos, en lugar de a las fiesteras, les hace a las estrellas las preguntas filosóficas eternas, ese hombre que, como en Ciudadano Kane, ensueña que su hogar es como un bibelot (una cabaña dentro de una bola de cristal donde nieva por obra de la mano) y, en definitiva, un hombre que ama profundamente a sus mascotas, a sus macetas y a su novia, igual no por ese orden. Y es que treinta años dan para mucho arco de personaje. Y a nuestra generación, por otra parte, ―un poco como a todas― también nos ha tocado nuestra buena ración de aceleración histórica. Las nuevas generaciones, está claro, tienen sus propios círculos viciosos, aunque no sé si eso a Rafael Espejo le importa mucho, poquito o nada. Como decía don Antonio Machado, la poesía es palabra en el tiempo y la suya, a la vista está, sigue imprimiendo proyectos. Por eso, este título engañoso me parece que está muy bien puesto, porque, precisamente, está conjugado en futuro y asertivo. Así pues, todo parece indicar que a Rafael Espejo le queda cuerda para rato antes de recoger camino.





 


domingo, 25 de febrero de 2024

Reseña a: Criaturas del momento, de Rafael Espejo (Pre-Textos, 2023) en Cuadernos del Sur


Después de toda la vida leyendo Cuadernos del Sur (en la época de la prensa de papel, se apilaban en mi cuarto adolescente), la casualidad ha querido que publique en ellos, por primera vez, una reseña. Ciertamente contento de escribir en el suplemento cultural que leía de pequeño, en el periódico de toda la vida de mi ciudad natal.

Podéis leerla en el sigiente enlace:

Reseña de Criaturas del momento, de Rafael Espejo, en Cuadernos del Sur.


Y de paso os la copio aquí:

Rafael Espejo

Criaturas del momento

III Premio internacional de poesía Francisco Brines

Pre-Textos (2023)


Por Jorge Díaz Martínez 

La prolija descendencia de la poesía figurativa de los ochenta (según acuñación de Luis Antonio de Villena) sigue ofreciéndonos frutos muy dispares, la mayor parte, epígonos sin gracia. No obstante, entre la muchedumbre antologada podemos distinguir, como decía Antonio Machado, algunas voces personales. Una de ellas es, sin duda, la de Rafael Espejo (Palma del Río, 1975), quien vuelve a la palestra con su quinto poemario: Criaturas del momento (Pre-Textos, 2023), merecedor del III Premio de Poesía Francisco Brines, uno más en la serie de reconocimientos que jalonan su estela literaria, entre otros, el Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 1995, el Hiperión en 2001 y el Emilio Prados en 2008.

Rafael Espejo vuelve y sigue siendo él mismo: sus poemas, no obstante, sí han cambiado, no tanto en la factura técnica de los versos como en su discurso íntimo, las cosas que nos cuenta. Me refiero, en especial, al tema universal de los lazos familiares y su caducidad; un rasgo generacional que vincula a esta obra con las últimas entregas de otros escritores, más o menos, de su quinta, tales como Carlos Pardo, Juan Antonio Bernier, Andrés Neuman, Erika Martínez o Xavier Guillén. En todos ellos, el desapego de la juventud ha dado ya lugar a una insoslayable madurez, la cual trae aparejada una sentida reflexión acerca de los vínculos de sangre, las raíces rurales y la inevitable pérdida de los seres queridos, un asunto que ocupa ya un lugar central entre las páginas de esta generación.

La otra línea que guía este poemario es la de la disertación filosófica infantil acerca de esas preguntas fundamentales de la existencia que acostumbramos a enterrar bajo el ajetreo de lo consuetudinario, pero enunciadas aquí al calor de una madurez comprometida, coherente con los límites de su propia conciencia, a la que la experiencia de la muerte cercana y el propio deterioro ha dotado de fondo quevedesco. Preguntas que suceden, de nuevo, en un ambiente campestre y familiar, con la mirada atenta a las constelaciones, con perros, chimenea, frutales y paseos. Nada que ver con el desparrame bohemio de sus primeros libros hedonistas. Aquí encontramos poemas dedicados a un vaso de agua, a las macetas del patio, a las mascotas ―también perecederas―, a una hogaza de pan y, por supuesto ―al igual que Walt Whitman―, a sí mismo. Aunque, en realidad, todos estos poemas son excusas para hablar de otras cosas. De esta manera, Rafael Espejo acompaña a un punto medio al anciano y al niño, la razón taxonómica y la imaginación lúdica, la circunvolución sedimentada y la capacidad de asombro.

En todo caso, estas indicaciones no alcanzan a resumir el universo impreso en dichas páginas, ni menos la emoción que alienta en sus poemas; no son su sustituto, solo una invitación a su lectura. No hay una sola cita en todo el libro: todo el libro es una sola cita.  

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Poetas un poco quinquis



De derecha a izquierda: Rafael Espejo, Xavier Guillén y Jorge Díaz. Barcelona, otoño de 2007. 

La foto es digital, aunque no lo parezca, sobre todo por nuestra pinta analógica, subproducto de una película quinqui o un vídeo en blanco y negro de Serrat. Los detalles importan, como el abrazo tácito que nos damos, nuestra mirada al unísono en la fotógrafa y eso que nos traemos entre manos. Sin mencionar la dicha que nos ha juntado ahí, en un piso del eixample a celebrar, de entre todas las nuestras, una noche de fiesta inmemorial. Y qué guapos estábamos, sin saberlo, todavía dispuestos en cualquier momento, todavía el calorcito del verano en la piel, invulnerables, sonámbulos, usando la misma ropa desde hacía años.

#photobio #fotobiografía #nostalgia #poetas #barcelona

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Un sol de izquierdas



Durante el mes de noviembre en La Bicicleta (Córdoba) se realiza un ciclo de recitales. Cada miércoles, una pareja de poetas. Pero Juan Antonio Bernier y Rafael Espejo hoy están de huelga, así que han decidido adelantar el recital hasta ayer. A mí me toca el miércoles 28 junto a José G. Obrero, pero ayer me tocó presentar a mis amigos. Fue una reunión estupenda. Sorpresas y reencuentros. En lo político-poético que nos envuelve, me gustaría destacar el gesto con que Bernier semantizó su poema "Flecte ramos", que pude recoger en la videocámara del móvil. Ignoro si el sentido cobrado formaba originalmente parte de la concepción del poema... en todo caso, importa que lo forme ahora. 

Fotos: © Pablo Diartínez










miércoles, 25 de abril de 2012

José Watanabe










No tengo ningún libro de uno de mis poetas favoritos, qué desastre. Recuerdo que leíamos en voz alta sus poemas, no muchos años antes de que fuera invitado a Cosmopoética y tuviéramos ocasión de conocerlo en persona. Como en tantas otras cosas, la madeja nos lleva hacia la biblioteca de Carlos Pardo y hacia unas ediciones de Pre-Textos, de ahí a reuniones en casa de Rafael Espejo, inundados de humo y de bohemia, leyendo de aquí y de allá, y un día, el entusiasmo por el descubrimiento de un "nuevo poeta" que Carlos nos había desvelado. Durante unos años fue el autor de moda y luego, su repentino fallecimiento. La importancia de conocer a los poetas en carne y hueso se relativiza cuando es una experiencia repetida, y sobre todo cuando es una ocasión superficial. Sirve para rehumanizar unas palabras impresas, para vincular lo ideal a lo carnoso. Y no es poco, pero eran sus versos -tinta, idea- los que nos detenían a admirarle. Y lo siguen siendo. Por eso, al pensar en Watanabe se me vienen primero a la memoria esas lecturas fuera del tiempo, no la anécdota de un apretón de manos, unas presentaciones breves, unas palabras fáticas. Esos versos que nacen de la carne, sin embargo.  
















viernes, 22 de abril de 2011

oraciones y autorretratos

.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.




AUTORRETRATO




Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
soy profesor en un liceo obscuro,
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
que envejecieron sin arte ni parte.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -¡Nada!
me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo ¡para qué!
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara de un burgués
y con olor y con sabor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!

Por el exeso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan.
¡Estas negras arrugas infernales!

Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras de diamante:
aquí me tienes hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.




Nicanor Parra (1914)








AUTORRETRATO




Al final de estos brazos unas manos
para tocar por gusto
o acercarle sustento
a la boca que pía.

Igualmente dos piernas acopladas
al tronco: lo pasean
con sus lagares dentro,
con sus filtros y bombas,
sus engranajes sordos.

De perfil me embellecen
un ojo y una oreja, media nariz, dos labios
mitad sobre mitad.

Y duros huesos a los que se enredan
músculos trepadores
regados por la sangre que heredé,
todo cubierto de porosa dermis
mal abrigada por vellosidades.

Pero yo, que habito una región
ignota en el cerebro,
sólo me reconozco íntegramente
en el pene y los testículos:
esos ojos no natos con trompa umbilical,
reliquias ancestrales
de las eras biológicas que confluyen en mí,
pura animalidad que me despierta.

¿Para qué sirvo entonces,
a qué puedo aplicar estos dispositivos,
exactamente qué he venido a hacer?

Vivir, pero además
vivir consciente,
                         vivir como si solo
fuese real la vida.

Y dar gracias a ciegas
a quienes me engendraron,
gracias al niño que me trajo aquí,
gracias a las muchachas,
al perro que me sigue y a la flor transitoria,
a la llovizna mística, a la luna de agosto,
gracias a los viajes que al llevarme
me hacen creer en casa,
y a las drogas felices, y a las decepciones
que me tienen humilde.

Esto soy. Gracias,
enormemente gracias.
Aunque, en verdad, no era necesario nada de esto,
muchas gracias.




Rafael Espejo (1975)









Violeta Parra, "Gracias a la vida",
Nicanor Parra, Chistes para desorientar a la (p/ol/ic/i/a/) poesía. Visor, 1989.
Rafael Espejo. Nos han dejado solos. Pre-Textos, 2009.