El suplemento cultural del Diario Córdoba, Cuadernos del Sur, publica esta semblanza de Francisco Gálvez que quiero recoger aquí en su formato impreso, que siempre es más estético. Se publicó el 31 de enero de 2026.
Lo copio también abajo, para los amantes del texto.
FRANCISCO
GÁLVEZ: MÁS DE 50 AÑOS DE POESÍA
JORGE DÍAZ MARTÍNEZ
Los años de formación de
Francisco Gálvez coincidieron en el tiempo con el impacto de ‘los
novísimos’ en las
letras españolas. El joven Gálvez compaginó su lectura con la de los poetas del
realismo social de los cincuenta, además de las escasas traducciones que iban llegando
a sus manos casi como una forma de estraperlo literario: Rabindranath Tagore,
Octavio Paz e, incluso, algunas antologías de poesía china o sueca. De hecho, su
primer libro, «Los soldados» (1974), lo escribió bajo el
influjo de Bertolt Brecht. Pero en Gálvez predominaba el ánimo de no parecerse
a nadie, de encontrar su propia voz, la cual iría afinando en sus siguientes
poemarios: «Un hermoso invierno» (1981), «Iluminación de las
sombras» (1985) y «Santuario» (1986), cuyos versos reuniría
en la antología bilingüe «Fragile vaso» (1993). Esta serie tuvo su colofón
con la publicación de «Tránsito» (1994), ganador del por entonces
prestigioso ‘Premio Anthropos’ (Roger Wolfe lo había ganado en el 91), una obra
que marcaría un antes y un después en su andadura. Eduardo García, en el
prólogo a la reedición del 2008, afirmaba: “Hoy se nos ofrecen los ‘topói’ más
rancios como si de pensamiento se tratase. «Tránsito» ya nos regalaba un fértil
diálogo poético con la filosofía, sin que nadie o casi nadie pareciera reparar
en ello”.
Y es que la
recepción de la poesía de Gálvez se había visto penalizada, sin duda, como un
jugador que se adelanta a la línea de defensa, por llegar, de alguna manera,
demasiado temprano a la imprenta. Ávido lector de narrativa, su inclinación
natural hacia la prosa se había vertido en su poesía, más concisa y racional
que la de sus coetáneos novísimos; por edad le correspondía sumarse al
esteticismo de los setenteros, mientras que por estilo su tono sosegado suponía
una avanzadilla tal vez incómoda para los ochenteros. Gálvez se había adelantado
al cambio de paradigma en la línea canónica, anticipando el poema reflexivo,
heredero de la palabra en el tiempo de Antonio Machado, que acabaría instaurándose
con ‘la poesía de la experiencia’. Pedro Roso ya lo había advertido en 1984, indicando
que Gálvez se servía de la razón “para entender lo esencial humano desde la
propia experiencia”, tratando “de fijar con una cierta objetividad las
impresiones que de la realidad tiene el poeta”. «Tránsito» llegó a darle el
reconocimiento que su voz merecía.
Después vendrían
títulos memorables como «El hilo roto. Poemas del contestador
automático» (2001), «El paseante» (2005), ganador
del ‘Premio Ciudad de Córdoba Ricardo Molina’, «Asuntos internos»
(2006), «El oro fundido» (2015) y «La
vida a ratos» (2019). Esta etapa ha sido profusamente estudiada
por la crítica, con trabajos de Juan M. Molina Damiani, Ángel Estévez, Bernd
Dietz y Joaquín Fabrellas, entre otros. Por citar solamente un par de apuntes,
la catedrática M.ª Ángeles Hermosilla señala la “mirada cognoscente” que trasciende
la separación platónica entre lo sensible y lo intelectual, desatando una
epifanía poética en lo cotidiano; mientras que el también catedrático Pedro
Ruiz Pérez subraya el desdoblamiento del yo lírico en una sucesión de personajes
en los que la memoria y la identidad están en continuo tránsito.
Los logros de
Gálvez en el campo cultural empezaron por la creación, con Rafael Álvarez Merlo
y José Luis Amaro, del grupo ‘Antorcha de Paja’, en cuya colección aparecieron
algunos de los primeros libros de Antonio Carvajal, Antonio Colinas y Justo
Navarro. A su revista le dedicó Juan José Lanz un profuso estudio: «Antorcha
de Paja. Revista de poesía (1973-1983)» (2012). Siempre ejerciendo
de puente entre generaciones, Gálvez estableció lazos de amistad tanto con los
poetas del ‘Grupo Cántico’ como con los más jóvenes. A este respecto, Vicente
Luis Mora certifica: “Gálvez nos tuvo en cuenta a los jóvenes de los 90 de la
misma manera que, como recuerda María Rosal, había apoyado desde ‘Antorcha de
Paja’ a los jóvenes poetas españoles de los 70”. Mora se está refiriendo aquí,
entre otras cosas, a la contestación que ‘Antorcha de Paja’ tuvo para la famosa
antología de Castellet, la cual, pese a su supuesto marco nacional, no había incluido
en su índice a ningún andaluz; y la respuesta fue, a cargo del propio Gálvez, «Degeneración
del 70. Antología de poetas heterodoxos andaluces» (1978), en cuyas
páginas firmaban Fernando Merlo, María Luz Escuín, Juan de Loxa, Álvaro
Salvador y Antonio Jiménez Millán, entre otros.
La
infatigable labor de Gálvez ha seguido por décadas con la dirección de la
revista «La Manzana Poética» y sus
colecciones «Suplementos» y «Trayectoria de Navegantes», el ‘Aula de Poesía
Córdoba 2016’, el ‘Seminario de
Poesía y Círculo de Traducción Poética de Córdoba’ y el ‘Seminario
Internacional de Poesía en Lenguas Peninsulares’, aún activo en la actualidad. Y
todavía me dejo cosas en el tintero. No sin razón, la Universidad de Córdoba le
dedicó un cálido homenaje en 2023 y esta casa, ‘Cuadernos del Sur’, le concedió
su ‘Premio Trayectoria Literaria’ en 2024.
SEPARATA:
Muchos son
los motivos para celebrar la trayectoria de Francisco Gálvez (Córdoba, 1945)
cuando se han cumplido treinta años de la publicación de «Tránsito»
y más de medio siglo de su actividad como gestor cultural. Toca reivindicar su
papel en las letras españolas como uno de los poetas destacados de su
generación y como un incansable dinamizador cultural. Las dos etapas de su
poesía se han reunido en los volúmenes: «Una visión de lo
transitorio» (1998) y «Los rostros del personaje» (2018).
El trauma de la Guerra
Civil, tan presente todavía, estuvo siempre inscrito, de una manera u otra, en
la literatura del Franquismo. Por eso, no es de extrañar que el primer libro de
Gálvez, «Los soldados» (1974), revisitara ese sitio. A propósito, Pedro Roso
mencionaba que es un “libro que hay que situar en ese clima generacional de una
juventud que años antes hizo del antibelicismo una forma de protesta social y
del pacifismo una forma de vida”. Y tampoco es de extrañar que la censura, aún
vigente en aquellas postrimerías del régimen, decidiera retener su publicación.
Ya impresos, «Los soldados» durmieron arrinconados durante todo un año en algún
almacén, a la espera del permiso de la Dirección General de Información. Cuando
por fin salieron a la luz, Juan Bernier, del ‘Grupo Cántico’, les dedicó una
extensa reseña en el ‘ABC’ de Sevilla y Miguel Romero Esteo otra en el ‘Nuevo
Diario Madrid’. Pero quizás lo más significativo fuera la inclusión de uno de sus
poemas en el mítico disco que en 1975 «Agua Viva» le dedicara a los «Poetas
Andaluces de Ahora». Y ahora, medio siglo después, la canción «El último
soldado» puede escucharse en YouTube. Desgraciadamente, desde entonces, siguen
los soldados muriendo anónimamente, seguimos con guerras todavía. Los versos de
Gálvez resuenan: «EL ÚLTIMO SOLDADO/ entre dos zanjas de tierra, solo,/
inadaptadamente solo, espera/ la metralla de un fusil fanático/ embistiendo su
último cartucho.// EL ÚLTIMO SOLDADO/ estadísticamente muerto,/ espera…»
