blog de Jorge Díaz Martínez

domingo, 1 de diciembre de 2024

'Follar con amor'. Annalisa Marí Pegrum traduce a Lenore Kandel (Colección Torremozas, 2024) Reseña en Cuadernos del Sur

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2024/11/30/erotismo-lenore-kandel-112147234.html



EL EROTISMO SAGRADO DE LENORE KANDEL

 

Follar con amor

Autora: Lenore Kandel

Editorial: Torremozas, 2024

Traducción: Annalisa Marí Pegrum

            JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

            En los últimos años, han aumentado en el mercado editorial español los estudios y antologías dedicados a la Beat Generation. Esta tendencia viene a revalorizar a uno de los movimientos o grupos literarios más influyentes de la segunda mitad del siglo veinte, a ampliar la nómina de sus autores más conocidos y, por añadidura, poner de relieve el papel de las escritoras en dicho movimiento, las cuales, como es habitual, no habían recibido por parte de la crítica suficiente atención. A esta labor dirige sus esfuerzos la poeta, profesora, dinamizadora cultural, madre múltiple y, por si esto fuera poco, antóloga y traductora Annalisa Marí Pegrum. A ella le debemos la antología Beat Attitude (Bartleby, 2015), así como sus traducciones de Dorothea Lasky, Joanne Kyger, Diane di Prima y, ahora, Lenore Kandel.

            Bajo el título de Follar con amor, esta antología bilingüe nos presenta el erotismo místico de Kandel, precedido por una sucinta introducción que nos da cuenta de las claves biográficas y literarias de la autora, además de un proemio firmado por la propia Kandel en San Francisco en 1967. Su poesía comparte con su generación una escritura de flujo de conciencia, una actitud vitalista y contestataria frente a las directrices de la sociedad norteamericana más conservadora, el influjo de la espiritualidad oriental y el idealismo crítico del movimiento hippie; pero nadie brilla tanto como Kandel en el canto sin tapujos de una sexualidad sagrada y desbordada, hasta el punto de que su primera publicación, The Love Book (1966), fue acusada de pornográfica y retirada de las librerías, teniendo que enfrentar cargos por obscenidad. Como indica Annalisa Marí Pegrum, su poesía “trataba del placer femenino y heterosexual en un momento en el que se suponía que las mujeres no debían expresar tales sentimientos”. La falta de autocensura de Kandel respondía a un principio poético que podríamos resumir, citando de nuevo a la antóloga, como “la muerte de la hipocresía”, el cual guardaba no poca relación con su práctica del budismo zen. En palabras de Lenore Kandel: “Cualquier forma de censura, ya sea mental, moral, emocional o física, ya sea de dentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, es una barrera contra la conciencia de uno mismo.”  

Lenore Kandel se retiró al silencio tras un grave accidente de moto en 1970. Sin embargo, sus poemas de juventud, medio siglo después de su publicación, mantienen encendida su viveza, su sorpresa, su capacidad de conmovernos e incluso de epatarnos, además de ofrecernos un modelo literario alternativo al de las prácticas escriturales eufemísticas que saturan el mercado editorial. Honestidad brutal, tanto para escribir como para callar.

domingo, 27 de octubre de 2024

La primera novela de Pablo García Casado: La madre del futbolista. (Visor, 2022) Reseña en Cuadernos del Sur

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba.

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2024/10/26/madre-futbolista-110413849.html


Pablo García Casado

LA MADRE DEL FUTBOLISTA

Visor Libros, 2022

 

Por Jorge Díaz Martínez

En una antigua entrevista, Pablo García Casado declaraba no disponer del músculo necesario para escribir narrativa. Años después, el poeta, tantas veces acusado de excesivo prosaísmo ―su poesía siempre ha levantado ampollas y envidias―, ha terminado por darle el gusto a sus críticos, demostrando al mismo tiempo que no llevaban razón. Su primera novela, La madre del futbolista, está lejos de incurrir en los vicios estilísticos en los que suelen caer los poetas metidos a novelistas. Cierto que su poesía ya venía depurada de retóricas manidas ―en favor de una sintaxis cuasi cinematográfica― e incluso que esta novela bien podría interpretarse como un poema expandido ―a partir de unos versos anteriores―, pero aquí el escritor mete un cambio de marchas diferencial: una prosa rasante que no se separa un centímetro del suelo, sin insomnes monólogos de interior ni intrincadas figuras de expresión, llevada con suavidad por un narrador omnisciente, pero no del todo ausente, que se asoma en incisivos adjetivos e integra en su textura la mirada de los protagonistas, a quienes conocemos ―un poco al modo del iceberg de Hemingway― a partir de sus acciones objetivas y puntuales diálogos de clase media baja.

La obra recolecta las principales obsesiones que el autor ha ido diseminando en sus poemarios: el decorado humano de las urbanizaciones de extrarradio ―símbolo de los márgenes del canon literario y del canon social―  en Las afueras (1997); los viajes de carretera y «ese niño de 11 años que descubre a su mamá/ en un vídeo acompañada de otros hombres» en El mapa de América (2001); la precariedad económica en Dinero (2007); las cuestiones parentales en García (2015) y el submundo de la pornografía en La cámara te quiere (2019); además de su conocida afición futbolística.

Citándolo de nuevo, la vida que nos muestra es la de «un telefilme de bajo presupuesto» donde la progenitora que da título a la obra escapa como puede de unas turbias relaciones familiares, laborales y conyugales, donde la amistad se cimenta en base monetaria y una chapucera productora pornográfica comparte página con corruptelas político-inmobiliarias. En este entorno opresivo, la madre protagonista sobrevive a contrapelo con la mayor dignidad asequible, sin pájaros en la cabeza ni más preocupaciones que llenar la nevera. Sus breves lapsos de alivio coinciden, curiosamente, con el ambiente sórdido del sobresueldo erótico al que tanto sus apuros económicos como su necesidad de salirse del tiesto la empujan. 

domingo, 13 de octubre de 2024

Entrevista con Nuria Ortega Riba en Cuadernos del Sur. Fantasía y símbolo en la poesía.

Entrevista con Nuria Ortega Riba, publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, el 12 de octubre de 2024. Incluyo el texto completo de la misma aquí abajo. 


Nuria Ortega Riba
Fotografiada por © Jorge Díaz Martínez

NURIA ORTEGA RIBA

Jorge Díaz Martínez

Nuria Ortega Riba (Almería, 1996) recibió el Premio Adonáis de 2021 por su primer poemario: Las infancias sonoras (Rialp, 2022). Coincidiendo con el confinamiento de 2020 escribió su segundo: Albatros (Planeta, 2023), con el que obtuvo el VI Premio Espasa es Poesía. Actualmente cursa en Granada un doble máster de Profesorado y Estudios Literarios y Teatrales.

¿Cómo estás digiriendo el éxito?

Cansada, pero muy contenta. Y muy agradecida. Me he pasado el mes de abril sin parar.  Ahora quiero estar en mi casa y dedicarme a mí. Yo soy muy de la lentitud, de la calma. No puedo estar todo el rato produciendo, con prisas.

¿Crees que tus poemas tienen que ser descifrados?

 El primer libro es muy accesible, pero en el segundo sí que hay una dimensión que se escapa un poco, hay que darle más vueltas a la cabeza.

Albatros es un libro rebosante de subjetividad.

Sí, yo he llegado a pensar que, si alguien lo lee, pensará que se me ha ido la cabeza.

Eso es lo bonito. Tenemos ya muchos poemas que hablan de subirse y bajarse del autobús.

A mí me preocupa que sea una poesía menos accesible, me preocupa que la gente lo entienda, no llegar a ese punto de decir: Nuria, para.

Quieres que el poema siga teniendo ese clavo al que agarrarse, de sentido.

Sí, claro. Escribir para que sólo yo lo entienda no le veo ningún sentido.

De hecho, aunque te alejas del poema narrativo más convencional, se aprecia que detrás de esas imágenes sí que hay un referente. Parece que es todo símbolo, pero luego se descubre una escena que sostiene todo el entramado. Por ejemplo, en «Estrellas negras», hasta el último verso no das la clave.

Ese poema es una foto. De repente, en la facultad, se veían los pájaros muy lejanos y, como estaban tan altos, parecía que no se movían, parecían estrellas negras en el cielo de la tarde. A mí se me quedó esa frase y, a partir de ahí, años después, construí todo lo demás. Quizá por eso, hasta el final no se revela.

¿Tú pretendías alejarte de la poesía realista? ¿Diseñas tu poética previamente?

No, para nada. Pero sí que noto que hay esa diferencia respecto a Las infancias. Yo me siento bastante alejada de eso porque personalmente tiendo a otro sitio, no porque me siente y diga… No, sino porque mi manera de entender la literatura, incluso lo que leo, tira más hacia otros sitios, hacia la fantasía y la imaginación, más que a lo puramente… terrenal.

Se nota que te interesa más ese mundo de la imaginación, los mundos interiores, que el prosaísmo de lo cotidiano.

Me gusta también la literatura que habla de lo cotidiano; por ejemplo, cómo se construye la intimidad, el amor. Pero, incluso en esos relatos, a mí lo que me interesa es lo que se va a otros mundos, el imaginario que pertenece únicamente a esa persona, lo que se va de lo realista y tira a otros sitios.

¿Te sientes parte de una generación?                      

¿Es que ahora hay una generación? Hace unos años se decía: «Ha surgido una nueva generación, hablan de la precariedad de los jóvenes». Y yo pensaba: «Ay, pues me identifico mucho. Si yo tuviera que pertenecer a una generación, pertenecería a esta». Pero, luego resulta que los dos libros que tengo no creo que vayan por ahí, para nada.

¿De quién te sientes heredera, literariamente hablando?

Uf, heredera… Ni siquiera me gusta pensar en influencias, sino en gente que me gusta. 

Por ejemplo, Lorca en ti está súper marcado.

Pero, ves, yo no lo diría… y llevo una bolsa de Lorca.  Se me ocurre, en Las infancias, Gloria Fuertes, en ese juego con una inocencia que no es inocencia… Y Szymborska. A mí Szymborska me dio muy fuerte.

¿Y en Albatros?

Mary Oliver, Emily Dickinson… por ese espacio natural en contraste con el interior, el cuarto, el encierro… Y luego aquí hay mucha música, casi más que poesía.

Tu libro es muy romántico.

Es que lo romántico… es de esas cosas que dices, es el momento de poner una mano encima de la mesa y decir: Chicos, no todo es tan malo… Porque hubo esa época de: Oh, Dios mío, lees a Bécquer… y blablablá.

Del Romanticismo al hippismo.

Un poco.

¿Hay un poema inspirado en Mujeres que corren con los lobos?

No, ese poema está inspirado en una canción de Aurora, que la cito al inicio del libro. Cuando hablo de «pueblo» y de «hombre» en el libro, lo hago en el sentido de la violencia, de la niña que dice: «Me pusieron zapatos al nacer, me enseñaron la lengua de los hombres».

Has conseguido conservar la sensibilidad metafísica de la adolescencia.

Es algo que también me preocupa, nunca perder esa sensibilidad que no sé si tiene que ver con la inocencia, con cierta ternura, con esa sorpresa de mirar el mundo. Eso no quiero perderlo. Lo cual no quiere decir que no me sienta yo ya… más hacia una edad que hacia otra.

Conservar el niño o la niña interior no significa que uno sea Peter Pan.

Esa es la cosa, pero es que parece que si escribimos sobre la infancia es que…

Hay también un poema dedicado al tema de las creencias, la religión, la fe y la magia.

Me dio una época por leer sobre astrología y me di cuenta de que tengo ciertos patrones que se acercan más a esas creencias mágicas, místicas o religiosas, que para mí vienen de lo mismo: ese momento de desesperación absoluta en el que tienes que pedirle a algo… o tengo que encomendarme a algo, puede ser la luna o puede ser un deseo que tiras al mar en un papel. Para mí, ir a una iglesia y ponerte de rodillas a rezar o encender una vela es prácticamente lo mismo que irte a caminar sola, mirar la luna y pedirle un deseo.

Dices que no pensabas en el albatros de Baudelaire cuando escribías este libro. Me parece increíble, hay poemas que parece que van uno detrás del otro.

Cuando yo lo escribía y lo releía, en mi cabeza no estaba en ningún momento el poema de Baudelaire. Y cuando me di cuenta, me dije: no puede ser.

¿Crees que un arquetipo de tu subconsciente te poseyó para que escribieras ese poema?

No lo sé.

Los simbolistas creían mucho en eso.

Yo no me planteaba que el albatros fuera un símbolo universal, para mí era mi símbolo.

Hay mucho de sabiduría elemental en tu libro, en el sentido telúrico, de los cinco elementos.

Sí, yo creo que también por ahí va el poema del marsupilami, que acabo diciendo que ojalá compartir la sabiduría de mi madre, que es creer en cosas que la gente piensa que no existen… Vamos, que no existen, que es un marsupilami, un invento, un ser mitológico… ¿Y por qué porque no lo veamos no puede existir?

O sea, que crees que las ideas sí existen.

O creo que hay dimensiones… o, al menos, se puede jugar con eso en la literatura.  Yo voy por el bosque pensando que me voy a encontrar un hada ¿y cómo va a caber en mi cabeza que las hadas no existen? ¿o que los seres mitológicos no existen? ¿Porque ya somos adultos y creemos que debemos pensar con la cabeza, no existe todo eso? ¿Quién soy yo para decirle a mi madre: «No, los marsupilamis no existen» porque mis ojos no han visto un marsupilami?

 

sábado, 11 de mayo de 2024

Reseña a: Orden inverso, de Eva Hidalgo (Ediciones En Huida, 2024) en Cuadernos del Sur

Reseña aparecida en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba. 



EVA HIDALGO

ORDEN INVERSO

EDICIONES EN HUIDA, 2024.

 

 

Eva Hidalgo, poeta, profesora, dinamizadora cultural y cordobesa de adopción y de elección, ha publicado este año en Ediciones En Huida su segundo poemario: Orden Inverso. El libro lo componen doce cantos circulares que, como premoniciones, concluyen en el aciago año de 2020. Se trata de una obra más crítica que lírica, cuya sintaxis estilística va hilando realidades aparentemente distanciadas pero vinculadas aquí por la mirada onírica de la autora, quien pone en evidencia las relaciones de poder que las sustentan y en las que, ineludiblemente, los lectores nos hallamos implicados. Las citas iniciales de Paul Celan y de Heidegger ya nos dan una pista sobre la disposición de la autora ante un lenguaje entendido como cárcel y hogar al mismo tiempo, una jaula cuyas limitaciones solamente nos permiten señalar con gestos torpes aquello que verdaderamente quisiéramos expresar. Tienen algo de bíblico estos himnos de aspiración universalista, de tríptico del Jardín de las delicias del tonto sapiens global. Se repite en todos ellos el leit motiv de los «peligros indefinidos» y un estribillo final con variaciones que apunta hacia una «sed» aquí interpretable como insatisfacción orgánica y moral, biológica y cultural. En este Orden inverso nadie sale bien parado: ni la ciencia, ni la historia, ni los nacionalismos, ni las infancias traumáticas, ni los inmigrantes ahogados, ni los ecosistemas devastados por el capitalismo, ni las mujeres condenadas a estereotipadas improntas sexuales, ni los trabajadores   consumidos en su propia vorágine de productividad, ni los sintecho que buscan con sus bolsas de plástico cobijo en nocturnas estaciones de autobús… todas estas figuras quedan presas de una misma explotación inescapable. Le gustaría a la autora formular un hipotético orden menos torcido, en el que los hormigueros de bípedos humanos funcionaran una pizca mejor. Y su protesta es este alegato: una poesía social figurativa. A Eva Hidalgo le queda la sed y la palabra.

 

 

 

 

domingo, 25 de febrero de 2024

Reseña a: Criaturas del momento, de Rafael Espejo (Pre-Textos, 2023) en Cuadernos del Sur


Después de toda la vida leyendo Cuadernos del Sur (en la época de la prensa de papel, se apilaban en mi cuarto adolescente), la casualidad ha querido que publique en ellos, por primera vez, una reseña. Ciertamente contento de escribir en el suplemento cultural que leía de pequeño, en el periódico de toda la vida de mi ciudad natal.

Podéis leerla en el sigiente enlace:

Reseña de Criaturas del momento, de Rafael Espejo, en Cuadernos del Sur.


Y de paso os la copio aquí:

Rafael Espejo

Criaturas del momento

III Premio internacional de poesía Francisco Brines

Pre-Textos (2023)


Por Jorge Díaz Martínez 

La prolija descendencia de la poesía figurativa de los ochenta (según acuñación de Luis Antonio de Villena) sigue ofreciéndonos frutos muy dispares, la mayor parte, epígonos sin gracia. No obstante, entre la muchedumbre antologada podemos distinguir, como decía Antonio Machado, algunas voces personales. Una de ellas es, sin duda, la de Rafael Espejo (Palma del Río, 1975), quien vuelve a la palestra con su quinto poemario: Criaturas del momento (Pre-Textos, 2023), merecedor del III Premio de Poesía Francisco Brines, uno más en la serie de reconocimientos que jalonan su estela literaria, entre otros, el Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 1995, el Hiperión en 2001 y el Emilio Prados en 2008.

Rafael Espejo vuelve y sigue siendo él mismo: sus poemas, no obstante, sí han cambiado, no tanto en la factura técnica de los versos como en su discurso íntimo, las cosas que nos cuenta. Me refiero, en especial, al tema universal de los lazos familiares y su caducidad; un rasgo generacional que vincula a esta obra con las últimas entregas de otros escritores, más o menos, de su quinta, tales como Carlos Pardo, Juan Antonio Bernier, Andrés Neuman, Erika Martínez o Xavier Guillén. En todos ellos, el desapego de la juventud ha dado ya lugar a una insoslayable madurez, la cual trae aparejada una sentida reflexión acerca de los vínculos de sangre, las raíces rurales y la inevitable pérdida de los seres queridos, un asunto que ocupa ya un lugar central entre las páginas de esta generación.

La otra línea que guía este poemario es la de la disertación filosófica infantil acerca de esas preguntas fundamentales de la existencia que acostumbramos a enterrar bajo el ajetreo de lo consuetudinario, pero enunciadas aquí al calor de una madurez comprometida, coherente con los límites de su propia conciencia, a la que la experiencia de la muerte cercana y el propio deterioro ha dotado de fondo quevedesco. Preguntas que suceden, de nuevo, en un ambiente campestre y familiar, con la mirada atenta a las constelaciones, con perros, chimenea, frutales y paseos. Nada que ver con el desparrame bohemio de sus primeros libros hedonistas. Aquí encontramos poemas dedicados a un vaso de agua, a las macetas del patio, a las mascotas también perecederas, a una hogaza de pan y, por supuesto ―al igual que Walt Whitman―, a sí mismo. Aunque, en realidad, todos estos poemas son excusas para hablar de otras cosas. De esta manera, Rafael Espejo acompaña a un punto medio al anciano y al niño, la razón taxonómica y la imaginación lúdica, la circunvolución sedimentada y la capacidad de asombro.

En todo caso, estas indicaciones no alcanzan a resumir el universo impreso en dichas páginas, ni menos la emoción que alienta en sus poemas; no son su sustituto, solo una invitación a su lectura. No hay una sola cita en todo el libro: todo el libro es una sola cita.  

miércoles, 20 de diciembre de 2023

La poética de la experiencia y el oficio de la poesía. 'Xavier Guillén: poesía domesticada'. Artículo en Studia Romanistica.

Acaba de aparecer el número 23-2 de la revista de estudios lingüísticos y literarios Studia Romanistica, de la Universidad de Ostrava, al que contribuyo con un artículo sobre el último poemario de Xavier Guillén, Amo de casa (Pre-Textos, 2021), precedido por una muy escueta introducción sobre la línea de escritura en la que se sitúa, es decir, la de los continuadores de la poesía de la experiencia. El artículo está destinado, especialmente, a cualquiera que tenga el más mínimo interés por la poesía española y peninsular de las últimas décadas, además de otras cuestiones de poética general. Os dejo aquí el enlace al número completo de Studia Romanistica y también al del artículo exento en mi perfil de academia.

https://ff.osu.eu/studiaromanistica/current-issue/

https://www.academia.edu/111945555/Xavier_Guill%C3%A9n_poes%C3%ADa_domesticada

miércoles, 4 de octubre de 2023

La semilla y el corazón. Antología de poesía japonesa, de Juan F. Rivero (ALBA poesía, 2022)

 




Traducción de Teresa Herrero
Versión en castellano de Juan F. Rivero
Introducción de Juan F. Rivero
ALBA poesía (2022)

Este es uno de los libros que mejor me ha acompañado en los últimos meses. Lo he leído a la orilla del Darro, primero los poemas y luego la introducción. Se trata de una antología que abarca nada más y nada menos que mil trescientos años de poesía --lo cual es más edad de la que tiene el castellano, si contamos a partir de las Glosas Emilianenses--. Mi forma de disfrutar de esto objeto bilingüe creo que pega bastante con el espíritu que se le presupone a la escritura de haikus: no leerlo del tirón, sino a ratitos, sobre todo a la orilla de un riachuelo, a la hora del paseo, entre partida y partida de ajedrez, entre conversaciones y otros libros, entre fotografías. Respecto a su introducción, un excelente trabajo, la he dejado bastante subrayada: de manera sintética y sucinta nos presenta los hechos principales de la literatura japonesa en general y de la escritura de haikus en particular, deteniéndose en sus fundamentos filosóficos, estéticos e históricos. En resumidas cuentas, una joya, ya de mi biblioteca. Una joya que tiene la virtud, además de lo ya comentado, de dejarte con hambre, de abrir el apetito. Por lo tanto, seguiremos leyendo y escribiendo, entre otras cosas, haikus, tankas y rengas.  

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Pureza, de Irene Domínguez. Accésit del Premio Adonáis 2022

 Reseña publicada en Culturamas el 13 de septiembre de 2023


Al morder un tomate de verdad, un tomate de los de antes, de los que saben a la infancia, me acordé de este libro titulado Pureza, de Irene Domínguez. El solo hecho que acabo de referir, por más que subjetivo, me valió como indicio irrefutable de su fuerza, de la huella que dejan sus imágenes, y está también el hecho de que fuera accésit del Adonáis en 2022. Así que volví a leerlo este verano: me gustó porque cita a Camarón de la Isla, pero también a Eugenio Montale y porque de pequeño a mí también me marcaron las canciones de Antonio Machado.

El poema «La torre, el caballo y el alfil» se refiere a un grupo de inmigrantes que cada domingo entrena en un gimnasio algún arte marcial dentro de un cuadrilátero. La escritora se suma a su sudor exiliado porque alguien le dijo que allí ella también podría honrar sus apellidos. No sólo este poema, sino todo el libro gira en torno a la cuestión de las raíces, los lazos familiares, los amores cursados y cómo reconocerse en alguna identidad. Para ello, Irene Domínguez toma de leit motiv el término pureza, una cierta y ambivalente pureza. Desde la primera hoja, la pureza se imprime en primer plano y en este poema en concreto adopta la figura de una gota de sangre de inmigrante: «Son tan puros como la sangre que salta en un golpe seco».

Como tantos poemarios primerizos, Pureza está cuajado de trozos de la infancia, explora los lugares comunes de su pérdida y su metamorfosis (que no se detiene nunca) en una sucesión de primeras personas superpuestas. De ahí que se divida en Matrioska I, II, III, IV y V. La voz de Irene Domínguez rompe los estereotipos ―ya cascados― del género social, le gusta jugar al fútbol y el boxeo sin que ello implique merma de su feminidad. Rebosa de amor paterno. Hay tantas cosas implícitas que se dicen como quien no quiere la cosa… como, por ejemplo, el tema del oficio de la literatura como una profesión de incertidumbres, como una artesanía sobre arenas movedizas:

Mi padre fue albañil y mi abuela costurera.
Si hubiese atendido a sus oficios
sabría cómo arreglar mi vida.
Ahora me veo artesana de mí,
tratando de meter todas estas matrioskas en una sola.
Pero mira tú qué desastre.
Dentro de mí sale una,
y otra,
y otra…

Como decía, como tantos «poemarios de construcción», estas páginas abordan el pasaje entre infancia y juventud, la amistad y los juegos ¿inocentes? como pompas de jabón y la amistad y los juegos abiertamente sexuales, pero igualmente efímeros y frágiles como pompas de jabón. La poeta insiste en esa herida, ahonda en los distintos pretéritos cutáneos subrayando la fricción, la rozadura. Compone con la fórmula del lenguaje directo del habla popular ―incluyendo vulgarismos― con técnica filóloga. Su conjunción de verso coloquial y retórica lírica continuamente entrega locuciones de tierna intensidad, aumenta la emoción, la gracia del poema y su teatralidad. Hay patios de recreo, cadenas de bicicleta que se rompen y muchos besos en la frente. Hay incluso un poema que alberga un cuento maravilloso dentro ―de los que le gustaban a Vladimir Propp―, si bien la mayoría incorporan en su propia sintaxis esa magia.

Tu beso en la frente calmó todo movimiento
y me cosió a la vida con la aguja e hilo
que una vez sostuvieron todos los que me amaron.

Retomando el hilo: si asumimos la básica asociación entre infancia y un concepto inasible de pureza ―o de inocencia―, tenemos que su pérdida resulta paradójica, pues, como anuncia la cita que abre el libro: La pureza no se puede perder nunca cuando uno la lleva dentro de verdad. Por eso, viene que ni pintada la imagen de las matrioskas. Como diría Zygmunt Bauman, la protagonista de estas páginas habita una identidad líquida. Porque ¿quién no conserva en su interior una pizca, ni aunque sea un retazo de su infancia?

No me reconocí en las fotos de aquella niña.
Esa mirada guardaba la inocencia
que a mí no me quedaba, esos ojos negros
y esa sonrisa sin dientes que ya no tengo.

En sintonía con lo ya comentado, otro rasgo de carácter de este libro es su combinación de lo que tradicionalmente se ha llamado alta y baja cultura. Por ejemplo, el poema titulado «Kim K. acaba de compartir una publicación» se encabeza con una cita de Britney Spears (You want a piece of me) y otra de Santa Catalina de Siena. El vínculo que las une, el conflicto que encarna este poema no es sino la problemática de saberse sujeta (u objeto) de deseo para una pluralidad en masculino. Y lo hace desde una postura (si cabe, más) abiertamente feminista, en el sentido de que su voz se declara una más de una comunidad o tribu histórica, mientras que en la mayor parte de los poemas prima un prisma personal ―aunque lo personal, ya lo sabemos, sea también (o más) político―.

Vosotros queréis un pedazo de mí,
cuando me veis sola y hecha añicos,
pero yo no soy sólo yo.
Pertenezco a una raza que ya existe,
de muñecas rusas fabricadas por artesanos
que las multiplican con variaciones
(medalla de oro, pecho blanco, mejillas rosas…),
y que todo el mundo desea abrir,
todas con un nombre distinto tallado,
todas con algo familiar en la mirada.
Vosotros queréis un pedazo de mí,
saquear mi cuerpo igual que Borchardt Nefertiti.
Por eso me corté las tetas
y os las ofrecí en una bandeja de plata.
El dolor me convirtió en Catalina.

Tanto esta problemática como este posicionamiento reaparecerán, de nuevo, en lugares tan significativos como el último poema:

A veces incluso piensan
que no queremos ser mujeres
por pura aprobación masculina,
mientras simplemente deseamos
amputarnos de forma leve y sofisticada
para que dejen de mirarnos.

Con todo, el tono general que brilla en estas páginas es la celebración ―aunque sea melancólica― del impulso de la vida, con todo su repertorio de emociones gozosas y dolosas. La poeta acierta a retratar tanto la frescura juvenil: «¿Qué hice anoche? No me acuerdo. Tal vez me besé con todos/ mis amigos en la boca.»; como la crudeza de los rescoldos que se apagan: «Escribo y callo./ Y tú alargas el tiempo entre mis cortas respuestas/ para sentir que hablamos mucho más.». Se me ocurre que si Ricardo Molina hubiera nacido en el 96, tal vez escribiera versos como estos, que rebosan a la vez dulzura y decepción:

Tal vez sí nos conocimos, de otra forma,
cuando tímidamente bajabas la cabeza
y tú tenías novia y yo seguía perdida
entre amantes con novia también.

El pasado es irrecuperable, pero nos acompaña. El penúltimo poema (sin título) empieza con una intertextualidad ―no sé si hace falta decirlo― del famoso versículo de Dámaso Alonso: «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres». En su lugar, Irene Domínguez pone: «Madrid está lleno de señores con barba que miran periódicos». Sin embargo, a lo largo del texto predomina no tanto esa dimensión social ―la presencia de un pasado común que la protagonista desestima y envidia al mismo tiempo―, como el solapamiento de su propio pasado personal: el áspero contraste que ocasionan sus ―relativamente recientes― recuerdos por Madrid frente a la Irene distinta que es ahora. Habiendo tantísimas obras literarias y cinematográficas que reiteran este recurso, su eficacia depende ―como es obvio― de cada ejecución; y en este caso destaca el estilo diarístico de un presente voraz, imperativo:

Hablamos, y veo en su cara
un gesto que ya no conozco
pero unos ojos que me siguen queriendo.
Ya ni siquiera siento rencor de que se fuese con otra.
Hablaría más, pero he quedado
con Guille por la tarde
y voy muy mal de tiempo.

En conclusión, Irene Domínguez tiene eso que los comentaristas deportivos llaman garra. La técnica de su obra, su conciencia literaria, alienta al mismo tiempo una profunda honestidad (ideológica, biográfica y) sentimental, y eso se nota. Así pues, un accésit muy merecido para una autora que ha logrado cuajar un estilo personal, con soltura, coherente y conseguido y, por ende, acorde con su tiempo, es decir, con el espíritu ―el habitus, la sensibilidad― de su generación. Aunque en lugar del accésit, igual hubiera merecido el premio, pero claro. Esperaremos con ganas su siguiente título. Léanla, en serio.

Vamos a comprar casas que no podemos permitirnos,
vamos a pasar la mañana en tiendas de muebles
pensando en comprar estanterías
donde mezclar todos nuestros libros.

viernes, 18 de agosto de 2023

La educación física, de Rosario Villajos, Premio Biblioteca Breve 2023

 Reseña publicada en Culturamas el 18 de agosto de 2023.


Leída y subrayada La educación física, de Rosario Villajos, más que el premio a la novela, creo que la novela le ha hecho un favor al premio, devolviéndole un título del calado de su primera época, cuando lo ganaban autores como Mario Vargas Llosa, Juan Marsé y Carlos Fuentes, por ejemplo. Las obras anteriores de Rosario Villajos destacaban por la acidez de su estilo, por su gracia de color tirando a oscuro, su habilidad en el retrato satírico de costumbres, su trasfondo social y feminista y por el fuerte carácter de su prosa. Tanto Ramona (2019) como La muela (2021), eran libros de tono, en general, desenfadado y hasta humorístico, en los que las situaciones se narraban con una sonrisa sardónica. Esa era, hasta ahora, la marca propia de la autora. Tomadas en conjunto ―incluyendo el cómic Face (2017)―, ahora vemos que su letra se ha ido endureciendo con cada entrega, a la vez que ganando en hondura.

Tanto Ramona como Rebeca, sus anteriores protagonistas, a pesar de lo bien retratadas que estaban, resultan casi caricaturas al lado de Catalina, la superviviente ―por así decirlo― de La educación física. Aquí nos adentramos en las profundidades de la psique de una adolescente que lo pasa francamente mal. Como lectores, sentiremos su rabia contenida, la constricción y subterfugios por los que necesariamente se desenvuelve su vida, una vida encajonada y dependiente de una madre mentirosa, castrante y sobreprotectora, un padre autoritario, tacaño y obsoleto, dentro de una familia disfuncional y machista, en una ciudad pequeña de los noventa, en una España hortera y zacatera, de reality shows y caspa en la pantalla. Como lectores, encontraremos en negro sobre blanco numerosas situaciones traumáticas en las que en demasiadas ocasiones nos reconoceremos.

En una charla a la que tuve ocasión de asistir, debatían la autora y el escritor Munir Hachemi sobre el carácter pasivo de Catalina, en el sentido de que más que actuar, Catalina reaccionaba a lo que le sucedía. No estoy del todo de acuerdo, primero porque cada reacción de Catalina determinantes para la trama―, por instintiva que sea, es el acto de una individualidad intransferible y, segundo, sobre todo, porque la acción principal de la novela, en mi opinión, no transcurre tanto en el plano físico ―que también― como en su correlato subjetivo, es decir, en el flujo de conciencia de Catalina. Hay que tener presente que el aspecto decisivo de cualquier texto literario es su punto de vista, y en el caso de La educación física ese punto de vista es el de Catalina, con puntuales reflejos a través de sus diálogos y con la ambigüedad añadida de una voz narradora que tiende a confundirse con ella. Y si lo determinante, insisto, es ese magistral ejercicio de focalización que plasma sobre el papel la vivencia interior de Catalina, cómo el mundo se ve a través de los ojos de una adolescente acomplejada, neurótica e introvertida de los noventa, de una adolescente en permanente estado de estrés postraumático ―y con buenas razones, conscientes o inconscientes, para estarlo―, lo más valioso de esa mirada interior sería valga la redundancia su pensamiento, ese último reducto de libertad, intimidad y rebeldía que le queda a Catalina. 

Su voz ensimismada traducida por la voz narradora que se superpone a ella señala una y otra vez, desde el dolor y la frustración, la hipocresía y dobleces de una sociedad que se confirma especialmente amenazante para cuerpos como el suyo, los cuerpos de unas mujeres que, paradójicamente, con frecuencia funcionan como correa de transmisión reproductora de esos mismos valores o habitus sociales que las co-hartan y aprisionan. La mirada de Catalina no deja títere con cabeza, empezando por su propia familia, sus amistades, las vecinas, los profesores, la tele, los demás y, por supuesto, ella misma.

De alguna manera, la novela reproduce varias características de los géneros modernos que Carlos Pardo ha asociado con cierta tradición cínica, entre otras, un posicionamiento feminista, la corporeización del pensamiento ―o de la escritura, visceral y sudorosa―, la oposición de lo físico a la doxa (la ropa aparece en repetidas ocasiones como símbolo material de esas convenciones sociales que todo el mundo lleva aunque nadie esté cómodo con ellas), la mezcla de lo humorístico y lo serio ―en este caso, el humor es bilioso―, una especie de empatía animal, la verdad como tortazo (unos cuantos se lleva, literal y metafóricamente, Catalina), o el hecho de dar voz a un punto de vista exótico, foráneo o marginal y, sin embargo o precisamente por eso―, señalar problemáticas que afectan al conjunto normativo, al conjunto social que sí ha asumido esa normatividad.

Es posible que Catalina no sea ―como ella misma dice― igual que las demás, pero ¿qué es la normalidad? Sus desventuras y ardides serán reconocidas, en mayor o menor grado, por todos los lectores. La crudeza de sus disforias es la pureza de la mirada infantil, antes de ser domesticada. La doxa, lo normal, es justo lo que este libro corrosivo perfora. El retrato interior de Catalina no es solo valioso desde el punto de vista figurativo, sino igualmente y con más motivo, porque sigue percutiendo en el presente.

En fin, habría tanto que decir de la novela de Rosario que necesitaría un artículo académico entero, como mínimo, sólo para abrir el melón. Tardaría un año en escribirlo y aun así me dejaría cosas en el tintero. En todo caso, apuesto a que esta novela pasará a la historiografía como una de las más destacadas de la década. Después de La educación física, no me imagino qué otra cosa puede escribir Rosario para superarse, pero tampoco me extrañaría que nos volviera a sorprender.