blog de Jorge Díaz Martínez

miércoles, 14 de septiembre de 2022

No puedes escapar de tu destino. El testimonio de Rubén Barents

Armenian old woman with a Kaláshnikov.
Photo: Armineh Johannes

Después de muchas horas de revisar y corregir la traducción de Hakob Simonyan de este relato de Rubén Barents sobre el genocidio armenio, este es el resultado, siempre mejorable. Lo importante es la historia, el fondo de la historia. La primera vez que la leí, no me lo podía creer.

Quien siga un poco la actualidad internacional, sabrá que en los últimos años a este pueblo no han dejado de pasarle cosas, por así decirlo. Esta misma semana, el representante francés en el Parlamento Europeo hizo un llamamiento en contra de la intervención armada azerí (un pueblo túrquico) en territorio armenio.

Volviendo al texto, insisto en que la versión que ofrezco aquí es mejorable, siempre hay muchas opciones a la hora de traducir un texto, pero estoy más o menos satisfecho con el resultado, que además aparece en un momento desgraciadamente oportuno.

Os copio aquí el enlace a la publicación del relato el Culturamas:





NO PUEDES ESCAPAR DE TU DESTINO

Rubén Barents

Traducción de Hakob Simonyan

Texto adaptado por Jorge Díaz Martínez


En 1950, en los asentamientos del Caucaso Norte, los armenios seguían viviendo según sus antiguas costumbres, en pequeñas comunidades cristianas, fraternales y puritanas. Sólo se diferenciaban por el momento de su éxodo, es decir, su huida del exterminio que llevaban a cabo periódicamente los turcos desde hacía siglos, y por su lugar de origen dentro de la meseta armenia. En aquel pueblecito, sobre las montañas del Cáucaso, la mayoría eran gente de pueblo, refugiados que venían de remotas aldeas en las montañas turcas, aunque también había algunos de pequeñas ciudades como Van, Kars o Shushi, que se diferenciaban claramente por su comportamiento urbano. Los rusos les llamaban refugiados de 1915, algo bastante inexacto, ya que el genocidio armenio venía sucediendo desde mucho antes y, lamentablemente, siguió ocurriendo hasta mucho después. En realidad, las tribus turcas incursionaban el territorio armenio desde hacía milenios, aniquilando a sus habitantes, de manera que todos los armenios son descendientes de niños que sobrevieron a alguna de sus matanzas. Hay infinitas historias de niños supervivientes, pero no todas pueden olvidarse.

Se llamaba Sirán. Más tarde me di cuenta de que era un nombre masculino, al que le había añadido el sufijo femenino «na-nu», es decir: Siranush. Yo tenía entonces doce años y no entendía que mi abuela dijera que Sirán era una mujer hermosa, para mí era solo una mujer mayor. Estaba muy delgada y era también más alta de la media. No hablaba nada de ruso, excepto algunas palabras sueltas. Vestía siempre de negro, con el típico pañuelo armenio. Tenía el pelo gris, veteado todavía de algunos mechones negros que asomaban debajo de su pañuelo.

Entraba en nuestra casa como si fuera una sombra y salía silenciosa e imperceptiblemente como una sombra. Cada vez que alguien le rogaba que se sentara y comiera alguna cosa, aunque fuera su madre, su abuela o su tía, ella se negaba en redondo, diciendo que ya había comido. Vivía justo enfrente, en una casa destartalada y llena de polvo, que evidentemente hacía mucho tiempo que no veía la mano de su dueño. Esa casa estaba llena de niños, de nueras y de adultos, y yo no entendía muy bien quién era hijo de quién ni pariente de quién. La entrada quedaba a la misma altura del suelo y la calle estaba sin pavimentar, llena de baches que después de las lluvias se convertían en charcos en los que se bañaban las aves y los cerdos y por la noche era atravesados por rebaños de vacas que volvían de los pastos.

    Al atardecer, se sentaba en la puerta, en un banco de madera torpemente hecho a mano, y miraba a los jóvenes que salían de la casa. Era una mirada extraña, como si los observara desde un lugar muy alto, de alturas desorbitantes, desde el que las personas se veían diminutas y lejanas y todo se desahacía en un inmenso vacío. Desde su humilde cuerpo perecedero parecía contemplar algo eterno. ¿Pero qué era? ¿Qué veía cuando sus labios comenzaban a temblar en silencio? ¿Le estaba rezando a Dios? Nunca llegué a saberlo.

    

De sus hijos, dos no volvieron del frente. Y el marido, a quien llamaban kartash1 Gaspar, no tuvo mejor suerte (por cierto, que ese mote, kartash, me reveló el origen armenio de algunos apellidos rusos como Kartashev, Kartamyshev y Koltashev). Gaspar era albañil, construía casas, levantaba muros y hacía todo tipo de obras. En 1939, mientras trabajaba en una obra, comentó de pasada que Trotsky era muy buen orador, que Alemania tenía un ejército imponente y que una nueva guerra era inminente. Ya fuera por lo primero, por lo segundo o por las tres cosas a la vez, una noche detuvieron a Gaspar. Cuatro agentes se presentaron en su casa y empezaron a revolverlo todo. ¿Pero qué iban a encontrar en aquella casa miserable, en la que hasta los niños dormían en el suelo? Sin embargo, lo encontraron. Después de ponerlo todo patas arriba, encontraron una pistola Mauser.

―¡El enemigo es el enemigo!  ―dijo el de mayor rango, agitando patéticamente la pistola, como si fuera una bandera―. En la cárcel, Gaspar no duró ni una semana. Le pegaron todos los días, hasta que se murió. A su esposa ni siquiera le devolvieron el cuerpo.

Los días señalados, las mujeres andaban hasta la iglesia, la única que quedaba en toda la región. Era una iglesia pequeña y miserable, apartada de todo y de difícil acceso y, sin duda, por eso sobrevivió. Las demás habían sido demolidas por las autoridades. Sin embargo, Sirán no iba nunca a la iglesia. Decía que estaba enferma o que estaba muy lejos o que no podía dejar la casa tanto tiempo. Para las fiestas, mi abuela hacía unos platos exquisitos. Los cocinaba y, después, me llamaba diciéndo ¡Avara,2 llévale esto a Sirán! Ella, llena de gratitud, aceptaba aquellos platos exquisitos murmurando oraciones mientras, por un momento, sus ojos siempre tristes se volvían relucientes y cálidos. Entonces, susurrando, me dedicaba tales bendiciones, con tanta expresividad que nunca he podido olvidarlas.

    Pocas mujeres tenían unos ojos como los de Sirán. No eran solo azules, sino de un azul azulado. Se habían vuelto pequeños, escondidos en unas cuencas profundas. Y su boca, semioculta tras el pañuelo armenio, casi nunca emitía ningún sonido. Era increíble que en aquella casa llena de niños no se escuchara casi ningún ruido. Las pocas veces que Sirán les mandaba alguna cosa, ellos obedecían inmediatamente. Pero eso no sucedía casi nunca. Sin embargo, algunas veces se escuchaba un sonido ronco y pesado, semejante a un gemido, que se escapaba del fondo de su pecho. Sirán se retiraba a un extremo de la casa, hacia el oeste, y oraba de manera inaudible. Aparte de eso, solo se la podía oír mientras hilaba. Se sentaba sobre una alfombra, como es nuestra costumbre, con las piernas cruzadas, entonando una canción sin palabras, un sonido áspero y melancólico, emitido al compás de la rueca de madera, que los armenios llaman chajarak3. El movimiento mecánico de Sirán, el chajarak y su canto se fundían en una misma cosa. Era obvio que aquella melodía no se correspodía por pura casualidad con el chirrido rítmico del chajarak: eran una canción que el tiempo había compuesto, a través de los siglos, a través sus hilos. La música aliviaba el sufrimiento de Sirán y, al mismo tiempo, ese canto monótono encajaba a la perfección con ese tipo de trabajo mecánico.

Los niños la llamaban nane, y ella, a los más traviesos, les decía shpan4. Años más tarde, encontré ambas palabras en idioma ucraniano, con el mismo significado, y en alemán, como apellido. Para los antiguos armenios, Nane-Mane era la diosa de la maternidad, que los ucranianos llamaban “nanenka”. ¿Pero quién era Sirán? ¿Y cómo había acabado en aquel lugar perdido de la mano de Dios, en las lejanas montañas del Cáucaso Norte? Por entonces, solo se escuchaba una fecha: 1915.

Los turcos habían cercado el pueblo. Quedaban pocos cartuchos. Gaspar era el menor de siete hermanos. A los diecinueve, se había casado con su novia de catorce. Para cuando los turcos atacaron su pueblo ya tenían una hija de ocho años y dos hijos más pequeños. Sirán les llevaba a los defensores un poco de agua y comida y también vendas de lino, lavadas a mano, para los heridos.

    ―Esto se está acabando ―dijo el hermano mayor―. Gaspar, llévate a los niños de aquí, a todos nuestros hijos, tenéis que escapar ahora, mientras todavía sea posible. Nosotros nos quedaremos aquí, aguantaremos tal vez hasta la tarde y después que sea lo que Dios quiera.

    Gaspar arrancó un puñado de tierra con las manos, después reunió a sus hijos y a los hijos de todos sus hermanos y emprendieron la huida, escaparon por una brecha y corrieron a las montañas. Desde lo alto de las colinas, pudieron ver a los turcos penetrando en el pueblo con sus caballos y las columnas de humo que salían de las casas.

    

En las altas colinas, las cigarras cantaban contentas. Sobre los verdes prados todo estaba bañado por el sol. Pero abajo, el pueblo era un infierno. El susurro del viento entre las rocas, el olor de las hierbas y el encanto de las flores melíferas, resplandecientes de belleza, toda aquella belleza que había creado Dios contrastaba horriblemente con matanza que estaban llevando a cabo los turcos en el pueblo. Los gritos agonizantes de las mujeres y los niños subían hasta el cielo, llenando de rabia todo lo que respiraba y se movía.

Sin detenerse, siguieron alejándose entre peñascos ardientes. El Sol de los armenios, tan querido, se había convertido de golpe en un enemigo. Ese Sol en cuyo nombre juraban y ponían sus esperanzas los armenios, era en esos momentos una carga. ¿Qué sería del armenio si se borrara del diccionario el concepto de Ar? Incluso la palabra yar, que se refiere al sol del corazón, esa felicidad que los seres queridos se ofrecen entre sí, desaparecería. ¡Si las nubes lo ocultaran un momento, solo por un momento, para aliviar su calor! En vez de darles vida como siempre, ahora estaba consumiendo sus fuerzas.

Gaspar y Sirán llevaban en brazos a dos o tres pequeños cada uno. El resto tropezaba y se caía, ayudándose entre ellos, sin detenerse nunca. Tenían que alejarse cuanto antes de los caminos transitados y los senderos a caballo. Iban por desfiladeros y hondonadas, trepando entre peñascos, alejándose cada vez más de los turcos y, por lo tanto, acercándose a la vida. Sabían que detrás de esas montañas que se veían a lo lejos había unas aldeas armenias donde tal vez podrían conseguir comida, pero Gaspar dudaba, era posible que los turcos las hubieran atacado y entonces habrían gastado sus fuerzas para nada. De cualquier manera, debían llegar hasta las tropas rusas, que se encontraban a varios días de camino.

―¡Gaspar!  ―gritó Sirán―.

Yacían amontonados multitud de cuerpos de mujeres desnudas y cortadas. Era evidente que los turcos las habían separado para ahorrar unos cartuchos. Gaspar se estremeció. Solo había mujeres. Debían llevar allí algo más de una semana porque sus vientres brillantes ya se habían hinchado por el sol. Corrieron hacia lo alto, serpenteando entre rocas escarpadas.

    ―Agua, agua ―comenzó a llorar uno de los pequeños, seguido por un segundo―.

Gaspar adivinó, en una franja más densa de vegetación, la presencia de un arroyo de montaña. Escondió a los niños tras unas piedras y corrió agachándose hacia la maleza. Efectivamente, había agua. Empapó en el arroyo su túnica y corrió de vuelta hasta la roca. La exprimió sobre el rostro del niño más pequeño y así, sucesivamente, fue dando un viaje tras otro, siempre agachado por el miedo de ser visto, hasta que le dio de beber a todos los pequeños.

No podían quedarse allí, hubiera sido un suicidio: no había ningún árbol, ni siquiera un arbusto, todo era visible y estaban demasiado expuestos. Tenían que alejarse del peligro. Con sus últimas fuerzas, siguieron hacia arriba, arrastrándose por senderos de cabras. Al momento, llegaron dos jinetes con los rifles al hombro y se pararon abrevando a sus caballos. Ellos los miraban desde lo alto. Sólo con que uno de ellos levantara la mirada, significaría su muerte.

Estaban ya muy lejos cuando Sirán, con voz ronca, exhaló:

    ―¡Gaspar! ¡Mátame!

Gaspar se paralizó, eso era lo que más temía escuchar. Conocía a su mujer, su fuerza de voluntad, y sabía que ese débil gemino significaba que de verdad había llegado al límite de sus fuerzas.

    ―¿Qué dices? 

    ―Sí ―fue su única respuesta―.

Hubo un silencio.

    ―¿Qué hacemos? ―dijo Gaspar, mirando al vacío―.

    ―¡Tú eres el cabeza de familia! ¡Tú decides! 

Un silencio angustioso.

―¡Escucha, entonces! Nuestros hermanos ya no tendrán más hijos, pero tú sí me parirás. Dejaremos aquí a los nuestros, no nos queda más remedio, y salvaremos a los de nuestros hermanos, mientras sigamos vivos.

  Sirán reconoció en la mirada de Gaspar una furia masculina que ya había visto otras veces, como en aquella tarde de septiembre.

   

Era tanta la pobreza en aquellas aldeas de alta montaña que cuando Sirán fue dada en matrimonio ni siquiera hicieron boda. Por lo común, la dote consistía en una docena de ovejas; así que Sirán las fue arreando simplemente hasta casa de Gaspar, al otro lado del pueblo. Los padres de Sirán se la dieron a Gaspar porque sus padres, un día, fueron a hablar con ellos y les dijeron:

    ―¡Nuestro hijo no puede vivir sin su hija!

Eso fue suficiente y más que suficiente. El duro trabajo físico, las saludables verduras de las cumbres, el aire de las montañas y el agua cristalina de los manantiales, el queso fresco de oveja y el poco pan que tenían convertían muy pronto a las niñas en nueras. No las casaban en función de su edad, sino de la madurez del cuerpo. Y así fue cómo, con catorce años, Sirán entró a vivir en la casa de Gaspar. En aquellas comunidades armenias, era la madre del novio quien se encargaba de salvaguardar la virginidad de la novia, al menos durante un año. Así que, como era la costumbre, Sirán dormía con ella, con la madre de Gaspar. De esta manera, las novias se iban acostumbrando a su nueva casa, les cogía cariño a sus nuevos familiares, se iban adaptando a las costumbres de sus nuevos hermanos y a ver a sus nuevos padres como si fueran los propios. Y así, poco a poco, se terminaba su infancia.

    Pero Gaspar no era muy obediente. Una tarde, cuando regresaban con sus ovejas de los pastos y el cielo se estremecía, se detuvo delante de Sirán. Ella supo que iba a pasar algo. Y, aunque ya le tenía cariño, y admiraba su carácter voluntarioso, lo que pasó entonces la pilló totalmente por sorpresa. Gaspar intentó abrazarla y ella se puso a temblar como el tallo de una flor agitada por el viento. Se resistió y entonces fue cuando vio esa mirada, esa mirada oscura. De imediato, e inesperadamente, se acostó sobre la hierba.

   

  Más adelante, cuando sus ojos se encontraban, volvía a ver ese brillo, y entonces se lanzaba en sus brazos, embriagada por el frescor vespertino de las nubes y por su felicidad. Sirán había aprendido a quererle como mujer, como amiga y también… de otra manera que ella misma no era capaz de explicar. Ahora lo entendía. Tenía miedo por Gaspar, miedo de lo que pudiera pasarle, lo amaba demasiado, casi como una madre. Y Gaspar ya no era ese adolescente que se había enamorado de ella, sino un hombre lleno de responsabilidad por su trabajo y un orgulloso padre de familia. Eso la deleitaba. La voz seca de Gaspar la sacó de su ensoñación.

   

―Debéis esperarme aquí mientras consigo agua y comida.

Desapareció camino abajo. Los demás se quedaron esperando, con miedo y ansiedad. Gaspar no regresó hasta varias horas después, cuando el cielo se cubría de un espeso carmesí. Tenía manchas de sangre en la cara y en las manos y traía algunas bolsas, también manchadas de sangre, llenas de panes y quesos.

―¿Qué ha pasado?

   ―Hubo un problema ―dijo Gaspar―.

    ―¿Eran muchos?

    ―No realmente ―respondió secamente―.

―¿Y qué es eso?

―¡Una máuser! ¡Dispara como un rifle!

De nuevo, distinguió en su marido esa mirada traviesa y encendida. La mirada de alguien a quien amaba con calma y facilidad. Su mirada sencilla y juvenil parecía el reflejo directo de su alma. Con paciencia, suspiró:

    ―¿No estás herido?

    ―No.

Y después:

  

―No tenías derecho a arriesgarte.

   ―No quedaba más remedio.

Sirán sentó a su hija de ocho años y a sus dos hijos pequeños en el suelo de un pajar. Les dio un pedazo de pan a cada uno. Los niños no lloraron. Cuando el resto del grupo se alejaba, la pequeña estrechó contra su pecho a sus dos hermanos pequeños. Con los ojos encendidos observaba a sus padres alejándose. Sirán miró hacia atrás, hacia los ojos grandes de su hija, y ya no dejaría de verlos el resto de su vida. Ellos seguían andando y sus hijos no dejaban de mirarlos.

    Las figuras del pajar fueron empequeñeciéndose. Pasaron muchos años y Sirán salvó y crió a los hijos de los hermanos de Gaspar, sin perder uno solo, de no ser por la guerra. Incluso yo, que era su vecino, no sabía que esos niños no eran realmente sus hijos. Pero Sirán nunca tuvo más hijos. Nunca volvió a quedarse embarzada. Había algo del cielo en ello.

    

Sirán murió el mismo año que el hombre llegó a la Luna. Esa noche brillaba de manera especial. La enterraron con una cinta en las manos, una cinta bordada que guardaba un puñado de tierra de su patria, abandonada lejos, pero nunca olvidada. Un sacerdote ruso, invitado en secreto, celebró una misa de cuerpo presente   por esta mártir de Dios.

Observaciones:

1. Kartash – palabra armenia, significa albañil. La etimología de la palabra consiste en el concepto de “kar” – una piedra y “tash-tas” – tashel (labrar), cercano al armenismo en ruso “tes” – tesat (labrar).

2. Avara – Es un apodo coloquial en el ámbito armenio. Se refiere al concepto general de ario en Oriente. Aquí el sonido “a” niega la subsiguiente “vara”. La frase se refiere a los conceptos más antiguos, de 7 a 8 mil años, que luego se conservaron en sánscrito. “Vara” significa “circulo solar”.

3. Chajarak – diseño ligero y simple de la rueca armenia, cuyo borde se pone en movimiento a mano. Adecuado para trabajo sentado bajo.

4. “Shpan” es una forma antigua del nombre del monte Sipán en el área del lago Van. Su altura es de más de tres kilómetros. Dado que la altura es significativamente inferior al monte Ararat (incluido el significado sagrado), en sentido figurado, la palabra se usa para transmitir el significado de “pequeño, no importante”. “Shpana” – armenismo en ruso, se usa tanto en singular como en plural para transmitir el significado de “joven”.

El autor:

Rubén Barents, superviviente de refugiados armenios en las montañas del Cáucaso Norte, médico y politólogo, ha publicado varios libros sobre política internacional. Su colección de cuentos, El Sol de los Armenios, documenta material autobiográfico y casos de personajes reales que Barents conoció a lo largo de su vida.



jueves, 1 de septiembre de 2022

READING TALES FROM THE ALHAMBRA IN THE ALHAMBRA, SACROMONTE GYPSY CAVES AND THE ALBAYZIN


READING TALES FROM THE ALHAMBRA IN THE ALHAMBRA, SACROMONTE GYPSY CAVES AND THE ALBAYZIN 

TALES FROM THE ALHAMBRA
Washington Irving
(First edition in 1832, definitive text in 1851)

Tales from the Alhambra, de Washington Irving, es uno de esos libros que todo el mundo conoce pero nadie ha leído. Cuando digo nadie, digo lectores hispanohablantes, sobre todo españoles, cuyo desconocimiento y desinterés por la literatura anglosajona (me refiero a la clásica, no a las traducciones de Best Sellers) es casi tan natural como a la inversa, la de los angloparlantes para con las letras hispanas. A ello hay que añadir la mala fama de los prosistas románticos y más la de los viajeros ingleses ―aunque Irving era neoyorkino―, a quienes se les achaca una visión en exceso folklórica y costumbrista, redundante en los tópicos del exotismo andaluz. Supongo que ambas circunstancias contribuyen a explicar que no haya leído este clásico hasta ahora. 

Sin embargo, para mí, la obra ha estado siempre presente. En mis primeros años como estudiante universitario en Granada, recuerdo encontrarme varias veces con alguna adusta edición en los pisos de mis amigos extranjeros, no en los de los erasmus, por supuesto, sino en los de los hippies viejos, que en realidad no eran ni tan hippies ni tan viejos, puesto que pagaban alquiler y la mayoría no tendrían más de treinta, edad que por entonces me parecía lejanísima. Su economía de subsistencia, sus trabajos alternativos y sus pintas hacían que los mirara con cierta fascinación, como demostraciones de que otra vida más guay era posible, y ahí, en sus estanterías, estaban esos cuentos icónicos impresos en alguna extravagante lengua europea.

Así pues, como decía, en mis años de universitario, niní, doctorando, sabático y profesor en Granada, de alguna manera, siempre ha estado presente. Era como un titular que podría aplicarse a cualquier superviviente de la urbe. Era un telón de fondo o una música, como los Recuerdos de la Alhambra de Tárrega. Y es que hay libros que modifican el paisaje, las ciudades y tu vida aunque ni siquiera los hayas leído. Tales from the Alhambra es uno de esos libros.

La suma de prejuicios que he mencionado arriba hizo que supusiera que estos cuentos serían algo así como las Leyendas de Bécquer, relatos medievales de muertos y fantasmas. Contrariamente a mis expectativas, es un texto autobiográfico en el que Washington Irving intercala algunos episodios sobre la verdadera historia de la Alhambra.  Su intención no es la de estimular la imaginación del lector, sino al revés, contrastar las fantásticas leyendas populares con los hechos históricos que realmente acontecieron.

La parte historiográfica, aunque pueda resultar más o menos interesante, para mí no lo ha sido tanto como la diarística, en la que el autor relata, de primera mano, sus propias experiencias en Andalucía. Comienza con su viaje a caballo, desde Sevilla a Granada, en compañía de un guía (curiosamente, vasco) y de un príncipe ruso. Este capítulo está contado con más lujo de detalle que sus meses de inquilino en la Alhambra, dentro del propio palacio, viviendo como un sultán. Supongo que esto es así un poco por economía del lenguaje, pero también intuyo que se reserva más de lo que nos cuenta, pero bueno, algunas anécdotas sí que nos cuenta de lo que, efectivamente, al neoyorkino le parecía una vida de cuento.

Cuando Washington Irving llegó a Granada era ya un escritor reconocido, tanto así que sus libros se publicaban a la vez en Londres y Nueva York. Parte de su trabajo consistía en traducir del español, por encargo de sus editores, ciertas crónicas históricas (valga la redundancia), con lo cual, no es extraño que en Tales from the Alhambra, obra surgida de una genuina y espontánea fascinación, combine, como deformación profesional, lo autobiográfico y lo historiográfico. Gracias a su prestigio, durante su estancia en Granada tuvo acceso, nada más y nada menos que a la biblioteca de los jesuitas, un archivo en el que pudo consultar los documentos históricos con los que contrastar las leyendas populares:

«In this old library, I have passed many delightful hours of quiet, undisturbed, literary foraging; for the keys of the doors and bookcases were kindly intrusted to me, and I was left alone, to rummage at my pleasure ― a rare indulgence in these sanctuaries of learning, which too often tantalize the thirsty student with the sight of sealed fountains of knowledge.

In the course of these visits I gleaned a variety of facts concerning historical characters connected with the Alhambra, some of which I here subjoint, trusting they may prove acceptable to the reader. »

Washington Irving llegó a Granada con 46 años y, sin duda, en buen estado físico y anímico, para los palizones que se pegaba y las aventuras que se corría. A mí, que tengo 45, por su forma de escribir, me había parecido treintañero. A ver si se me pega algo. De hecho, para leerlo he seguido una especie de ritual. Me explico. El pasado febrero apunté esta ocurrencia en mi Instagram:

«A veces pienso que los libros debieran ser como las relaciones ―y de alguna manera, en ocasiones muy íntima, lo son―. No empezar una nueva lectura hasta haber concluido la anterior. En mi caso, me temo que padezco una incorregible promiscuidad literaria. 


Escuchar a Beethoven y leer a Irving

una noche de invierno:


Dear Mr. Irving:

It’s raining outside, and I know you were around, not very far from here, two hundred years ago. These narrow streets remember your steps… and very soon it will be Spring again. We Spaniards have softened ourselves a lot, for bad or good, by force. But something still remains: now your writing is the magical mirror of our past. The old quarter sends regards to you. »

Hay libros que se leen del tirón y libros que te acompañan a lo largo de meses o de años. Tengo algunos así. Son amigos discretos, tal y como aconsejaba La Fontaine, lo que no puedo decir de todos mis supuestos amigos de carne y hueso. En fin. Por dónde iba. Ah, sí. Me pasó con Voyage d’une Parisienne à Lhasa, de Alexandra David-Néel, que estuvo nueve meses conmigo, y me ha pasado ahora con Tales from the Alhambra, de Washington Irving, que me ha acompañado medio año. Y aunque algunas noches de invierno he leído un par de páginas en la cama, la mayoría de las veces me ha servido para salir a pasear, porque he querido leerlo en los mismos lugares que inspiraron al autor, aunque sean exactamente los mismos lugares a los que hubiera ido (y voy) a leer cualquier otro libro. Así que algunos días andaba hasta la Alhambra y me sentaba en el bordillo a contemplar las vistas de la Vega y el barrio del Albaicín. Esa vista que tenía ante mis ojos aparecía doscientos años antes descrita en el librito que tenía entre las manos. Os copio aquí un fragmento alusivo, en el que la racionalidad ilustrada casi se deja engatusar por la sensibilidad romántica:

“When one looks upon the fairy traces of the peristyles, and the apparently fragile fretworks of the walls, it is difficult to believe that so much has survived the wear and tear of centuries, the shocks of earthquakes, the violence of war, and the quiet, though not less baneful, pilfering of the tasteful traveller; it is almost sufficient to excuse the popular tradition that the whole is protected by a magic charm. »  

            Otros días, me iba al Mirador de San Nicolás, donde muchas noches los gitanos estaban tocando y bailando como locos, rodeados de turistas, mientras yo leía a mi bola el libro y, cuando levantaba la vista, enfocaba a través de mi miopía los detalles de la Alhambra. Otros días lo he leído en el Mirador de la Ermita de San Miguel Alto. Incluso algunas noches lo he leído en el Huerto del Carlos, mientras algún perro venía y me chupaba la cabeza. Pero, a decir verdad, las más de las veces me he sentado a leerlo en el bordillo del Paseo de los Tristes, a los pies de la Alhambra, a la orilla del Darro. Escuchar el rumor del río Darro y leer a Washington Irving en las noches de verano.



martes, 23 de agosto de 2022

Reseña a: Okaeri, de Eduardo Chivite (Cántico, 2021)




Okaeri
Eduardo Chivite
Editorial Cántico, 2021.

La prisa por publicar, tan característica de los malos ―y también de algunos buenos― poetas, no hizo mella en la paciencia de Eduardo Chivite, quien ha esperado algo más de un cuarto de siglo (si contamos desde sus dieciocho, por ejemplo) para dar a la imprenta Okaeri (Ed. Cántico, 2021), su primer libro de poesía. Hasta ahora, solo había ejercido como antólogo, promotor cultural, investigador filológico, profesor de dramaturgia y productor teatral, entre otras cosas. De su labor como crítico, destacaría sus antologías La sátira contra la mala poesía (Berenice, 2008) y Terreno fértil. Un ámbito poético (Cangrejo Pistolero, 2010).

Antes de todo eso, cuando todavía éramos estudiantes en la FFL de la UCO (un edificio barroco con palmeras y fantasmas en la judería de Córdoba) yo le había «publicado» (por así decirlo: era un pliego ilustrado por mi hermano, fotocopias en unas cartulinas con un número de depósito legal) Enversos en camisones húmedos (1998), la historia de un amor lésbico esbozada en cinco poemas en prosa. Una década después, su primer libro, Sharaija murió con trece años (La Bella Varsovia, 2008), incluía también cinco poemas en prosa + cinco microrrelatos + una obra de teatro ―que se ha representado varias veces, en distintos escenarios―. Sin embargo, como decía, Okaeri es su primer libro íntegramente de poesía; de poemas en prosa.    

Si destaco este rasgo de la poética de Eduardo Chivite es porque me parece indicativo de su deseo de alejarse de las convenciones del género; tal vez su conocimiento experto de la mala poesía le haga huir de sus rancias retóricas. Así que, en vez de en una estructura estrófica anclada en la tradición, Eduardo Chivite busca la fibra (del texto) en el texto, ensamblando fragmentos de intensidad, detalles que suceden en un tiempo imperfecto y que construyen esa mirada onírica tan propia del autor, cargada de lecturas de la infancia, referencias bibliófilas y ficciones soñadas. Eduardo Chivite escribe en prosa porque encuentra en ella la poesía, es decir, al revés de los que confunden la poesía con la tecla del intro.

Okaeri es como una narración deshilvanada, compuesta de retales de relatos, el sedimento fértil de una profunda cuenca bibliográfica. Sus pinceladas ligeras como una referencia impresionista son pistas que conducen a un laberinto borgiano. Es un libro ilustrado, doblemente ilustrado. Y el título, no hace falta explicarlo.

  

 

 

 

 

 

 

 

  

miércoles, 17 de agosto de 2022

HISTORIAS RURALES (REALES). MEMORIA DEL TIEMPO, de Lourdes Hernández Martín.


Memoria del tiempo
Lourdes Hernández Martín
2019 

Por Jorge Díaz Martínez

Una mañana, observé que uno mis alumnos de 1º de la ESO estaba leyendo un libro de más de quinientas páginas, cosa bastante inusual en estos tiempos. Manuel me dijo que lo había escrito su abuela y, después de echarle un vistazo, le pedí que me lo trajera ―pagándoselo, por supuesto―. Se trataba de Memoria del tiempo, de Lourdes Hernández Martín. Un libro de memorias. Me picaba la curiosidad ante esa muestra de «escritura del yo» de carácter local y, con toda probabilidad, ajena a las supersticiones del mercado literario. No tenía muchas expectativas puestas en su lectura, pero el libro me enganchó desde el principio. Esos días anduve pendiente de sus páginas, emocionado con sus historias reales, de su propia sangre, e identificado, en buena parte, con su geografía. Esa geografía es la de los pueblos y cortijos de la cara norte de Sierra Nevada, las Alpujarras y la ciudad de Granada. Da la casualidad de que los veranos de mi infancia transcurrían en un pequeño pueblo, entre las Alpujarras y la Costa Tropical granadina, donde se habla con el mismo acento con el que lo hacen los personajes de Lourdes. Pero no es necesaria una conexión regional para sentirse tocado por sus historias. Más o menos lejano, todos tenemos un sustrato rural y Memoria del tiempo podría servir de base a un guion cinematográfico ―me lo imagino rodado por Julio Medem, un director telúrico― sobre la intrahistoria trágica de España, esa España agropecuaria que ahora está tan de moda y que para Lourdes no es en absoluto una moda literaria, sino la verdadera historia de su familia.

            Ahora debería hablar sobre aquellos veranos de mi infancia, de los pequeños agricultores y ganaderos a los que cada año les rentaba menos el campo, del ensayo de Sergio del Molino, de la representación de la ruralidad en la novela y la cinematografía del siglo XX español, de ecofeminismo y de despoblación, de expropiaciones e incendios forestales, de miles de tractores y cuotas europeas, de sequías y empresas hidroeléctricas, pero entonces esto no sería una reseña, así que voy a centrarme en el libro.

Memoria del tiempo se diferencia del resto de novelas ambientadas en un entorno rural ―por citar solamente algunas muy conocidas: Panza de burro (2020), de Andrea Abreu; Feria (2020), de Ana Iris Simón; o Canto yo y la montaña baila (2019), de Irene Solà― por el hecho de que su fuerza motora no procede de la aspiración literaria de una autora por construirse a sí misma como profesional de la escritura, y por el hecho de no estar concebida como un artefacto ideológico que arrojar a la arena del debate social. Por el contrario, la autora escribió estas páginas, en primer lugar, como un discurso privado, desde y para la intimidad de su familia, siendo solo de forma secundaria y debido a la insistencia de sus hijos que se determinó corregir el manuscrito para su publicación. Este proceso, llevado a cabo, como digo, con ayuda de sus hijos, implicó algunos recortes también de autocensura, para evitar males mayores en un pueblo en el que, con pseudónimo o sin pseudónimo, todos se reconocen. Si a ello le sumamos la destreza narrativa de Lourdes, tenemos que admitir que a estas memorias no les falta conciencia literaria ―y todo lo que ello implica―. No se trata, por tanto, de un mero documento historiográfico ―o etnográfico, como he leído por ahí― sino de una novela con todas las de la ley. Añadamos que la autora, nacida en plena posguerra y pese haber asistido solamente quince días a la escuela, ya desde muy pequeña empezó a «escribir» poemas ―en su imaginación, no en un papel― que ha conservado hasta ahora en su memoria, y de los cuales ha publicado también algún librito. Por ende, con cerca de ochenta años, Lourdes Hernández Martín aprendió a escribir a ordenador solo para pasar a limpio esos recuerdos que tenía copiados en cuadernos. El resultado es esta Memoria del tiempo que ya va por su tercera edición. Solo está a la venta en una librería, la Librería Piñar, en La Zubia.

El instinto literario de Lourdes hace que estas memorias conserven el acento de la tradición oral pero funcionen muy bien como texto legible. Su sencillez nos regresa al grado cero de la escritura, no como una sofisticación del estilo, sino como consecuencia del amor de una abuela que les cuenta a sus nietos esos cuentos populares ―que Propp llamaría fantásticos― y esas anécdotas de puertas para dentro, transmitidas de generación en generación, al calor de una cocina de leña en las largas noches de invierno de Sierra Nevada. Por eso, este libro me recuerda a los orígenes de la literatura, a la construcción de la identidad de los pueblos, al laborioso paso de una cultura oral y mnemotécnica a una tradición escrita.

La indudable nostalgia que inspiran estas páginas no es debida a una crítica sociológica ni a una moda literaria, sino al simple deseo de conservación de unos recuerdos en los que se reflejan unos modos de vida que ya no volverán. Por otra parte, su retrato de la vida en el campo sí parece un poco idealizado, especialmente en los tiempos anteriores a la Guerra Civil, pues a partir de entonces la cosa cambia. Hasta ese momento, los «personajes» se encuentran aceptablemente adaptados a su entorno, no hay un cuestionamiento de los valores tradicionales, ni una crítica explícita al orden socioeconómico, ni se insiste en la dureza del trabajo en el campo, aunque tampoco se elude su lado más cruel, como lo que se refiere, por ejemplo, a la alta mortalidad infantil de la época. Lo que leemos, en cambio, es el punto de vista de unos protagonistas que admiten sus condiciones de existencia casi como consecuencia de un orden natural o de un ecosistema dentro del cual es posible la felicidad, el amor, la diversión y hasta cierta prosperidad económica, en función de la suerte y del esfuerzo ―pero, repito, que esta situación cambiará radicalmente a partir de la Guerra Civil―. Me llama especialmente la atención que no se haga hincapié en la dureza del trabajo en el campo, sin duda porque este aspecto se da por sobreentendido. Recordemos que los destinatarios primarios de este texto eran los familiares directos de la autora, y a lo sumo algunos vecinos de Güéjar Sierra, es decir, personas acostumbradas de sobra al esfuerzo que supone hacerse cargo de un pedazo de tierra. Los urbanitas que nunca han vareado olivos, ni recogido almendras en agosto, ni le han salido ampollas de escardar, difícilmente podrán hacerse una idea. Pues ese es el telón de fondo en el que suceden las historias de amor y las anécdotas de la genealogía de «los sidoros».   

Estamos acostumbrados a leer los episodios de la Guerra Civil desde una perspectiva masculina: las batallas, las trincheras, los paseos... etc. Por el contrario, aquí la guerra se nos cuenta desde el punto de vista de la desesperación de unas mujeres que ven como sus padres, sus maridos y sus hijos son apartados de ellas, a veces para siempre: la impotencia frente a las injusticias, sobre todo aquellas perpetradas después de la contienda, los ajusticiamientos, las visitas a la cárcel, las desgracias y los racionamientos y las penalidades de los años del hambre. Sin embargo, es en esos momentos cuando la narración da un giro a la primera persona y nos encontramos a una niña que nos cuenta, desde su mirada atenta, aquellos años terribles, insertando también algunas historias que sus mayores le cuentan. A través de sus ojos infantiles asistimos al drama colectivo de la posguerra, pero también a los juegos de los niños del pueblo, las trastadas y anécdotas de casa. Vemos a Lourdes crecer: sus primeras experiencias laborales, sus primeros pretendientes, su noviazgo y su boda. Observamos la Granada de la época: sus medios de transporte, sus costumbres y sus clases sociales, todo ello en la voz de una niña con un carácter muy suyo y sus propias ideas. 

En conclusión, el valor de este libro, en mi opinión, reside en su pericia narrativa, su sencillez expresiva y en haber sido escrito con el corazón. En una entrevista para Canal Sur TV, la ya octogenaria Lourdes Hernández Martín confesaba que, a sus años, le había costado trabajo terminar de escribir este libro, pero que se sentía «con una misión cumplida». Desde luego, no puedo estar más de acuerdo. Donde se ponga una abuela, que se quite Houellebecq.


jueves, 11 de agosto de 2022

Las aventuras del Ítaka, de Manuel de Pinedo



A finales de curso me regalaron este librito, editado por el Real Club Náutico de Adra. Evidentemente, no lo reseño para que lo compréis, porque no creo que sea fácil de conseguir. El autor es Manuel de Pinedo, quien en los años de la transición dirigió un grupo y una sala de teatro, representando, según tengo entendido, por primera vez en España, o uno de los primeros desde los tiempos de la II República, una obra de F. G. Lorca.

Las aventuras del Ìtaca es un relato autobiográfico, redactado en un estilo claro y sencillo: un relato de pérdida y de superación. Manuel, con tres hijos, se queda viudo. Para intentar superar la pérdida de su esposa, a pesar de su edad y en contra de la opinión de sus amigos y familiares, Manuel decide sacarse el título para embarcaciones de recreo y comprarse un velero. Lo que sigue es la historia de las pequeñas anécdotas y aventuras a bordo del Ìtaca, en compañía de sus hijos, amigos y familiares. Un relato con final feliz, en el que destaca el carácter, ya de otros tiempos, de sus protagonistas y, sobre todo, el valor terapéutico de mirar hacia adelante y el valor de la escritura.

La verdad es que muchas veces me gusta leer cosas así, sencillas, autobiográficas, sin pretensiones, pero con alma. Muchas gracias por esta lectura y un abrazo para Manuel, navegantes y compañía. 

martes, 9 de agosto de 2022

Reseña a: Las maravillas, de Elena Medel. (Anagrama)



Las maravillas, primera novela de Elena Medel, habla de esas historias que nunca se escriben: las vidas grises de unas mujeres de clase humilde, empujadas a estrecheces y trabajos esclavos, sometidas a prejuicios, castigadas por la suerte o por su propia familia, pero que a pesar de todo se rebelan, cada una a su manera, y a costa de penalidades, para ser ellas mismas, para defender su propia independencia (un trabajo precario, el alquiler de un pequeño piso en el extrarradio, su libertad sexual) antes que asumir los roles ancestrales que les hubieran tocado por ser mujer (y pobre), o por ser "la mujer de". Esta ópera prima narrativa de Elena Medel comparte con Chatterton, su último poemario, sus ejes de gravedad: la denuncia feminista de la amargura socioeconómica que en la que nacen y viven muchas mujeres. Las relaciones sin sentido, la explotación laboral, los medios de transporte público como espacio simbólico y homogeneizador, etc. En la novela, la narración omnisciente nos permite asistir a la crueldad de unas existencias contaminadas por la necesidad, pero también a la autoafirmación de quienes se niegan a seguir ocupando ese lugar secundario que les reserva, no solo un determinismo (o violencia) estructural, sino, directamente –"lo personal es político"– la mirada masculina de sus parejas. No se trata de una novela ligera de verano. Elena Medel nos revela con crudeza la psicología, el carácter alejado de los tópicos, las dobleces y la fuerza interior de estas mujeres, como pocas veces se nos había contado.

viernes, 5 de agosto de 2022

La frescura de la gran literatura: Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà (Anagrama)

He leído Canto yo y la montaña baila en castellano y pienso hacerlo también en catalán: Canto jo i la montanya balla, a ratitos, por placer y para refrescar mi familiaridad con un idioma que tengo demasiado abandonado. Los premios que se ha llevado esta novela, sin duda los merece. Las voces femeninas ―y, en general, casi todas las voces de este libro―, me han recordado a las voces, igualmente rurales, compulsivas y poéticas, de los personajes de F.G. Lorca. La trama intergeneracional, etérea y esotérica, con su mezcla de amor y de tragedia, al realismo de Gabriel García Márquez. Y la focalización, no sé, a la tradición del cuento corto, siempre dado a estas sorpresas. De hecho, muchos de sus capítulos pueden leerse como magníficos relatos independientes. Pienso en Irene Solà en un autobús de Londres, los pasajeros la mirarían algunos con desprecio, otros con curiosidad y otros con indiferencia, sin saber que esas notas que garabateaba en su cuaderno se convertirían en una de las mejores novelas del S. XXI europeo. Es un libro que parece escrito en otra época, una época en la que todavía se creía en la plasticidad del idioma, en la narrativa lírica, en la exuberancia del lenguaje, en las palabras conmovedoras y en la poesía. Tiene la frescura lúdica de la gran literatura.