blog de Jorge Díaz Martínez

miércoles, 3 de agosto de 2022

Quién te cerrará los ojos. Historias de arraigo y soledad en la España rural. Virginia Mendoza


 Llevo en el bolso Quién te cerrará los ojos, el libro de Virginia Mendoza sobre la despoblación de las zonas rurales. En la terraza del Llévatecafé, en el Albaicín, Emma mira en su móvil anuncios de fincas rústicas. Vemos una tirada de precio, por 25.000€. Y otra con once marjales de aguacates, agua de riego y luz, buen acceso y una caseta de aperos, por 100000€. Como Emma, miles de jóvenes buscan todos los días una parcela en un pueblo, un lugar alejado del mundanal ruido en el que cultivar sus tomates y ganar en autosuficiencia. Pero no son los únicos. Los grandes fondos de inversión también han puesto sus ojos sobre el campo. Las multinacionales agrícolas buscan grandes latifundios en los que implementar sus sistemas de cultivo intensivo haciendo uso de cantidades industriales de pesticidas, herbicidas y quién sabe qué más. Aquellos que viven cerca de sus explotaciones saben bien en qué acaba todo eso, por eso evitan beber el agua de los pozos y a veces ni siquiera la del grifo. La indefensión de los pequeños agricultores y ganaderos, a la vez propietarios y trabajadores de sus fincas, la lucha desigual entre sus sistemas tradicionales de cultivo que se mantienen en equilibrio con el medio y las explotaciones que convierten el campo en una fábrica, un océano de plástico o una macrogranja para llenar los bolsillos de personas que no viven allí ni les importa la contaminación de los acuíferos, la alteración los ecosistemas o la desaparición de culturas centenarias, no es nueva.

El campo sigue siendo ese lugar al que volver, aunque sea de turismo rural, pero la despoblación sigue ganando la partida. En Quien te cerrará los ojos, Virginia Mendoza nos habla de Eugene Smith, el fotógrafo que sorteó la censura franquista para publicar en Life las imágenes de una posguerra mísera y profunda. Nos habla de las novelas de Miguel Delibes y Julio Llamazares, del ensayo de Sergio del Molino. Pero sobre todo nos habla de personas reales, los últimos habitantes de sus pueblos, portadores de dialectos que morirán con ellos. Podemos imaginarla por rincones olvidados de la geografía española, acercándose al umbral de cortijos semiderruidos, llamando a viejas puertas de madera para encontrar la voz de los supervivientes, aquellos que se han quedado, que se han negado a marcharse, y también la de aquellos urbanitas que han querido volver a sus raíces.

Los renglones de este libro me recuerdan a las arterias de un organismo vivo, porque sus episodios, pequeños reportajes literarios, nacen de su convivencia con estos rebeldes empecinados, con la memoria de un tiempo en extinción, con candiles de aceite, establos y gallinas. Algunos solo esperan que, con ellos, desaparezca su pueblo, mientras que otros se empeñan en restaurar sus calles y sus casas. Las historias que nos cuenta Virginia son una pequeña muestra de millones de vidas anónimas cuyas tragedias nunca conoceremos, habitantes que lucharon, trabajaron, se enamoraron perdidamente, tuvieron hijos y esperanzas y duelos, los llamaron incultos, atrasados, analfabetos, expropiaron sus terrenos, inundaron sus pueblos, sus hijos emigraron y el estado los abandonó, los dejó incomunicados, sin correos, sin escuelas ni campanas en la Iglesia. Los capítulos de este libro te pegan un pellizco en el pecho.

“Si la casa es el lugar al que volver, tener pueblo es una versión sentimental de tener casa. Necesitamos la casa del pueblo, la de la abuela y, si no tenemos pueblo, posiblemente echaremos de menos un lugar en el que nunca estuvimos”.

Virginia termina recordándonos a Azarías, el personaje de Los santos inocentes que se orina en las manos para que no se le agrieten con el frío. Virginia nos dice: “La ruptura entre su mundo y el nuestro no solo ocurre en la epidermis: también sucede cuando el Azarías se mea en las manos y unos reaccionamos con asco y otros con indiferencia.” En la terraza del Llévatecafé, yo estoy preocupado por las medusas, esta tarde me bajo a la playa. Clara que me dice que, aunque me parezca raro, el mejor tratamiento para las picaduras es la urea, sí, la propia orina. Por lo visto, no todo está perdido.  

lunes, 1 de agosto de 2022

Reseña/opinión a: Vozdevieja, de Elisa Victoria

 

La posición periférica de los cómics en el campo de los géneros narrativos les ha permitido profundizar en zonas alejadas del canon de lo aceptable, lo reconocible y, por usar un término decimonónico, “lo burgués”. Estas áreas incluyen la fantasía, el erotismo, el terror y lo grotesco, en las que ha acabado sacándole bastante ventaja a la literatura “pura”. Mucha de esta libertad autoconcedida hay en la primera novela de Elisa Victoria, Vozdevieja (así, todo junto). Empieza por mostrarnos el placer de la protagonista, Marina, una niña de nueve años, viendo cagar a su abuela, entre otras escenas escatológicas. Otro aspecto tabú, el de la sexualidad infantil, aparece sin tapujos. Es una novela densa, redactada en presente y con una sintaxis a destajo: la mirada directa de la prota. Ambientada en la Sevilla de los noventa, con la resaca de la Expo, están muy bien captados los giros del habla coloquial, con toda su carga emocional. A veces se me ha hecho difícil, precisamente por esa atmósfera asfixiante en la que vive Marina, cuyas mejores vías de escape ante la dependencia infantil, la precaria situación familiar y las constricciones de su psicología (la frustración del amor y del deseo), son los filetes empanados, las escenas sangrientas hurtadas de los cómics y la pornografía. En ocasiones, Marina me ha resultado inverosímil, por la excesiva madurez de algunos de sus diálogos. Poco a poco, consigue transmitirnos, a través de su disgusto, no solamente una crítica social muy pertinente, sino también, o sobre todo, una sensibilidad en la que reconocernos ―y no me refiero a lo gore, eso ya dependerá de los gustos―. En las pausas que he hecho, he notado ese poso de lectura: el mundo de Marina se me había metido dentro, me llamaba para que siguiera tirando del hilo. En definitiva, un libro que a veces puede resultar muy agobiante, otras veces desagrada, otras veces enternece y al final merece la pena. De diez. 

viernes, 29 de julio de 2022

La novela de la polémica: Feria, de Ana Iris Simón.


La novela de la discordia: Feria, de Ana Iris Simón, me ha resultado menos una novela y más unas memorias familiares que a veces se hacen un poco bola. Las anécdotas y episodios que las componen a menudo parece que estuvieran ahí solo para sostener la hilazón o el andamiaje de la abundante crítica celtibérica que contienen –que vaya si derramó tinta a raudales–, sin embargo, la verdad es que si estas páginas rebosan de recuerdos manchegos lo hacen también porque rebosan de un gran amor por su tierra y por sus gentes. Más que en su aspecto narrativo, su mérito reside en su capacidad –sobradamente demostrada– de levantar urticaria a través de las opiniones puestas en boca de los personajes y, sobre todo, de la narradora, y que atañen a los modelos de familia, masculinidad, feminismo, progreso y patria/nación, por ejemplo. A este respecto, Feria acierta a reflejar (y al hacerlo cumple su papel) una fricción generacional, una incomodidad que, como constante histórica, viene dada por el roce o la resistencia entre los modos de ser tradicionales y los que han venido luego, es decir, por la dificultad de integrar en sociedad unos cambios demasiado acelerados en la forma de entender lo que somos. Los puntos de vista críticos de Ana Iris Simón pueden resultar más o menos afortunados, pero sin duda subrayan ese malestar palpable en la cultura. Su crítica, por otra parte, no nos llega a través de sesudos argumentos académicos, sino encarnada en unos personajes calcados de sus dobles de carne y hueso. Y eso –entre otras cosas– es la literatura. Total que, al final, se nos ha quedado una buena novela.

sábado, 23 de julio de 2022

La revelación del año: Panza de burro, de Andrea Abreu.


 

Aunque me resulte un poco tonto insistir en lo que ya todo el mundo conoce, vengo a transmitir mi entusiasmo tras leer Panza de burro, de Andrea Abreu. No sabía que la autora había sido seleccionada como una de las mejores narradoras en lengua hispana, porque no me fijo en esas cosas, pero no me extraña nada. La estuve leyendo anoche hasta que se me hizo de día y resulta que solo me quedaba un capítulo (en Kindle), que acabo de terminar, con la calor (sin ánimo de hacer spoiler, fue un parón oportuno). Hay novelas que te quitan las ganas de leer y novelas que te reconcilian con la literatura, Panza de burro es del segundo tipo. La he leído con fruición. Me ha encantado la plasticidad de su lenguaje, que me ha recordado a José Lezama Lima y a Juan Rulfo. El contenido sexual no resulta, como sí pasa en otras obras, puesto ahí para enganchar la morbosidad del lector, sino integrado con naturalidad en una emoción intensa, como todo en estas páginas. El estilo, en mi opinión, entra directamente en la categoría de prosa poética, y no solo por plasmar literariamente ese idiolecto lírico, expresionista, ese habla telúrica desde la que nos llega la conciencia infantil de la narradora, en la que la ingenuidad se mezcla con lo cruento, lo escatológico, el retrato pictórico de unas personas mayores que son las principales convivientes de las dos amigas protagonistas en plena transición hacia la pubertad; decía que no sólo por eso –pues no hay nada más aburrido que una transcripción fonética, y no es eso– sino un poco por todo, por la lograda elaboración de unos textos que funcionan como auténticos poemas en un lenguaje inédito –que no me atrevo a desbrozar aquí, pero que toca la fibra del lector– y que funcionan, en definitiva, como lo que son, como una novela. Una obra maestra.

miércoles, 27 de abril de 2022

Cuando leer es viajar: Voyage d'une Parisienne à Lhassa, de Alexandra David-Néel.



 VOYAGE D’UN PARISIENNE À LHASSA

Alexandra David-Néel

 

Cada vez que alguien me preguntaba de qué iba el libro que estaba leyendo, este libro que me ha acompañado durante los últimos nueve meses de mi vida, en los que prácticamente lo único que no ha cambiado ha sido su compañía, su tapa blanda que se iba deteriorando demasiado rápido entre mis manos, por lo que me preocupé de forrarla como hacíamos antes con los libros del colegio (creo que ya no se hace), pues, decía, cada vez que alguien me preguntaba, y yo le respondía, volvían a preguntarme que si era de ficción o era de verdad.

Voyage d’une parisienne à Lhassa, de Alexandra David-Néel (1868-1969), es, efectivamente, una obra de verdad, una obra autobiográfica, perteneciente al género de los libros de viajes. En el momento de su publicación, 1927, fue todo un éxito mundial, y no es para menos, pues el libro relata, en primera persona, la proeza de su protagonista, la primera mujer occidental (desconozco el dato, pero supongo que, anteriormente, sólo le habrían permitido entrar, como mucho, a algún embajador chino o inglés) en poner sus pies sobre la ciudad prohibida de Lhassa, la capital del Tíbet. Para lograrlo, se disfrazó de peregrina autóctona y, en compañía de un lama ―éste sí, auténtico―, anduvo, anduvo, anduvo a través de puertos de montaña, por inhóspitos parajes y cumbres nevadas, puentes colgantes y rutas infestadas de bandidos, de una pequeña población a otra, y siempre haciéndose pasar por tibetana, hasta llegar a Lhassa.

A pesar de lo extraordinario de su aventura y de la calidad literaria de su testimonio, a día de hoy, Alexandra David-Néel es prácticamente desconocida para el gran público, más atraído por otro tipo de diarios que por los del carácter fuerte de una anarco-feminista (del pasado entresiglo), cantante de ópera, ensayista, políglota, madre y exploradora, y una de las principales introductoras de la sabiduría oriental en Europa.   

Yendo al texto, Voyage d’une Parissiene à Lhassa se centra sobre todo en la peripecia vital de su peregrinaje, es decir, en lo anecdótico, folklórico y diarístico de su aventura, sin entrar en demasiados detalles sobre las enseñanzas esotéricas y espirituales que recibió (durante sus muchos años de estancia) en el Tíbet, temática que se reserva para sus siguientes obras. Se detiene, por el contrario, abundantemente, en comentarios críticos acerca de sus creencias religiosas, sus costumbres y su situación política.

En mi opinión, más allá del detallado informe de su viaje, el valor de estas páginas reside en la oportunidad de acompañar a Alexandra en su extraordinaria aventura, de conectar, digamos, con su personalidad y con su pensamiento, con el rastro de palabras que ha dejado, como huellas de aquel itinerario: sus etapas aburridas, llenas de descripciones anodinas, junto a las otras, al borde ―literalmente― del abismo, pendientes de una endeble tirolina, atrapados en la nieve entre glaciares o enfrentándose al filo de los bandidos… además de muchas otras anécdotas pintorescas en las que se refleja la vida cotidiana de un Tíbet desconocido, alejado de místicas leyendas y en contacto directo con la lucha por la supervivencia, práctica y terrenal, de sus tribus y pueblos.

Se me ocurre que estos nueve meses de lectura han sido como un parto invertido para mí, tras el cual nada ―excepto esta reseña― ha salido de mi útero, pero en cambio Alexandra David-Néel se ha colado en mis entrañas. Lo que es cierto es que ella ha sido, en muchas ocasiones, mi mejor compañía; y a lo largo de estos meses he llegado a sentirla como a una amiga, con sus tics de carácter y sus juicios no siempre compartidos, pero, en fin, una amiga al fin y al cabo. Afortunadamente, aún me quedan el resto de sus libros por leer. 

martes, 12 de abril de 2022

Reseña a: Lorca. Basado en hechos reales, de Miguel Caballero.


Miguel Caballero.
Editorial Carpe Noctem

La perspectiva biográfica sobre la literatura viene siendo despreciada desde hace más de un siglo. Los estudiosos de Teoría de la Literatura conocen bien este periplo que, a lo largo de las décadas, iba desde el autor hasta la sociedad, la historia y la cultura, desde el texto en sí mismo, intrínseco y exento, a su público receptor, su contexto pragmático, semiótico y sistémico. Esta obra nos devuelve al comienzo del camino, a los "hechos reales" de aquel tiempo, de la vida de Federico García Lorca, su familia y muchas otras familias, que tuvieron que ver directamente en la redacción de sus poemas y tragedias, y sin los cuales éstas no pueden explicarse sino sesgadamente.

Por si esto fuera poco, este estudio nos demuestra también cómo, desde la propia literatura, desde la propia obra y escritura de Federico, las consecuencias saltaron, o se tradujeron, de nuevo hasta su vida, hasta sus huesos. 

Esta obra nos avisa de que la literatura no es un elemento inerte, un objeto aséptico de estudio, ni un mero entretenimiento, sino que sus ramificaciones nos alcanzan –sea positiva, negativa, o ambas mentes a la vez– a veces brutalmente, como fue, por desgracia, el caso de Federico.

Esta obra nos enseña que vida y literatura no están tan separadas como los estudios estructuralistas querían hacernos creer. ¿Qué pasaría si en las escuelas se enseñara que ciertas personas, reales e históricas, y sus familias, en las que Lorca se había inspirado para la creación de sus personajes, estuvieron directamente implicadas en su ejecución sumaria? 

¿Qué pasaría si en las escuelas se enseñara, por ejemplo, que los descendientes de los asesinos de Antoñito El Camborio (sin comillas) siguen, a día de hoy, teniendo en propiedad algunos de los bienes inmuebles que sus antepasados inmediatos les arrebataron a esta familia gitana, en aquellos infames años de la sangre con la que se lavaban las rencillas rurales?

La maravilla que es la obra de Federico no necesita, desde luego, que el lector conozca estos sucesos para disfrutar de ella, y eso es lo que la hace grande y universal. Pero su conocimiento, desde luego, tampoco sobra; y de hecho, contribuye a completar una visión más certera de la génesis y el funcionamiento –en ocasiones, tan cruel– recíproco de vida y literatura.  


martes, 15 de febrero de 2022

La pared del caracol, de Ana Isabel Alvea




LA PARED DEL CARACOL
Ana Isabel Alvea
Ayuntamiento de Lodosa, 2020.

A veces nos enfrentamos con dificultades que nos causan frustración, desesperanza y enojo. Una y otra vez, chocamos contra el mismo muro sin ser capaces de romperlo, sortearlo o alejarnos de él. Ante esta situación, como en las fábulas griegas, Ana Isabel Alvea se mira en el espejo de un pequeño animal: el caracol. En el poema que da título al libro, la pared son las adversidades; el caracol, la figura ejemplar; y la paciencia, la virtud a emular. Y efectivamente, tal y como enuncia el título, a lo largo de las páginas comprobamos que el foco está mirando a la pared: una constante crítica, tanto social como vital, ante los sinsabores de la vida. Esta mirada, en ocasiones parece haber tirado la toalla: “¿Acaso cuando nos ilusionamos/ no estamos regando/ una estepa reseca?”; mientras que en otras conserva una especie de optimismo, una insistencia cargada de paciencia ―o de tenacidad―, en la que el deseo (de mejora) se vuelve ese horizonte utópico que tal vez no alcancemos nunca pero que nos sirve para avanzar: “Todos esos sueños que no terminan de cumplirse/ a los que buscamos sin descanso aproximarnos”.

Los poemas en verso libre de Ana Isabel Alvea se parecen a un cuadro en cuya perspectiva has de profundizar para apreciar los detalles. La riqueza de su vocabulario, por ejemplo, perpetúa un lenguaje en peligro de extinción: estiaje, urdimbre, vitrales, alfeizar, mendaces, artesa, rezago, yunta… palabras expulsadas de la poesía, recogidas del baúl de un idioma que se acaba, como se acaban los modos de vida asociados a ellas, modos de vida en contacto con la tierra, las raíces… y, por cierto, también con ese sufrimiento tan presente en la lírica andaluza, que encontramos aquí expresado de otra manera: un reproche “ante el creciente humo de las fábricas”; una crítica ―o una queja― en la que la industrialización y el avance de la historia homogeneizadora más parece un signo de opresión que de progreso. Su respuesta es la rebeldía.

 

LA BANALIDAD DEL MAL

Hubo muchos hombres como él…

fueron, y siguen siendo,

terroríficamente normales. 

Hannah Arent

 

Una casa inquisitorial presidida

por su escudo de calavera y siglos de mugre

se levanta

                        en cada uno de nosotros.

 

Y condenamos a Copérnico a Galileo

            quemamos a Miguel Servet

encarcelamos a Oscar Wilde

marginamos a la mujer

exterminamos a los judíos     a los gitanos

expulsamos al extranjero       al diferente

 

No dejemos que una siniestra obediencia

ante el zumbido de los insectos

abra su puerta.

 

 

ADIESTRAMIENTO

 

Hacer todo lo que nos indican

como una línea recta

paralela a todas las demás

 

SIN TACHONES

 

entre centros comerciales

polígonos industriales

y pantallas planas de televisión


La amargura presente en la mayoría de estos poemas contrasta con el ímpetu contestario de otros y, al mismo tiempo, con la finura y el tacto con el que están dispuestos los versos. Tratándose del cuarto libro de la autora, con el que obtuvo el Premio del XXXV Certamen Poético “Ángel Martínez Baigorri” en el 2020, es de esperar que no sea el último, pues se trata de una poeta a la que, a buen seguro, le queda todavía mucho que decir.  

viernes, 11 de febrero de 2022

Reseña en Culturamas a: Breves erizos verdes, de Juan Antonio Bernier. El poeta, el profesor y el niño.

Reseña aparecida hoy en Culturamas: 
Gracias a la gentileza de Jesús Cárdenas.




BREVES ERIZOS VERDES
Juan Antonio Bernier
Ed. Cántico 2020


Puede llevar a engaño la apariencia menor de este librito, cuyo rectángulo cabe en la palma de la mano. El origen incidental de su composición, de ánimo propedéutico, no le ha restado mérito; antes bien, creo que ha contribuido a una sutileza de estilo que, aun siendo característica del autor, alcanza aquí, en contraposición con la profundidad de sus asuntos, esa rara virtud que es ser capaz de hablar y esclarecer de manera sencilla cuestiones complicadas. Dicen que decía Confucio que «en todos los ritos la sencillez es la mejor de las extravagancias»; y es mediante esta exquisita extravagancia que Juan Antonio Bernier logra tocarle la fibra al ser/hecho poético.   

Actualmente, existen en el mercado diversos manuales dedicados al arte de escribir un poema, dirigidos a un público infantil o juvenil, donde se explican algunas técnicas básicas como puedan ser la rima, la métrica o las figuras. Son manuales, por lo general, amenos y, en verdad, necesarios, que no pasan de ser precisamente eso, manuales de escritura. Aquí hablamos de otra cosa. Breves erizos verdes es un texto que, sin prescindir de su orientación moral ―educativa―, no ha perdido tampoco su carácter de obra literaria, en el sentido artístico del término. Se trata, en definitiva, de una obra al margen de los géneros.

Atendiendo a su enfoque, y salvando las distancias, recuerda inmediatamente a las Cartas a un joven poeta, de R. M. Rilke; o incluso, por su temática, a Función de la poesía y función de la crítica, de T. S. Eliot ―sin ser tampoco lo mismo, por supuesto―. Con ambos textos comparte el ánimo de indagar en cuestiones de fondo, como pueden ser el estilo personal, el uso de la ironía ―y de la rima―, el valor de la tradición, la actitud ante el mercado… y un pequeño etcétera, así como la apariencia de estar escritos en prosa. Sin embargo, mientras que las epístolas de Rilke y el tratado de Eliot están, efectivamente, escritos en prosa ―más o menos sesuda, en cada caso― lo que distingue y realza los erizos de Bernier es su reductio ad essentiam, acercándose, a mi juicio, más al texto poético que al prosaico.

 Cada lector encontrará en esta obra sus propios referentes. Por su tono, entre sarcástico y lúdico y didáctico, y por su naturaleza híbrida, a mí me ha recordado, en algunos momentos, a autores como Julio Cortázar y Eduardo Galeano. Una locución muy suelta que parece brotar directamente y que sólo se consigue tras años de ensayar y de ensayar (o de explicar y de explicar). Y es que sucede con no poca frecuencia que algunos grandes artistas aciertan a componer sus obras más celebradas casi sin darse cuenta, en buena parte debido a tener muy interiorizado su arte ―hasta la médula― y en buena parte debido a una de las máximas que enuncian los erizos:


SOBRE EL ESTILO PERSONAL 

Si aquello que hace que tus allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en el peor sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán sin identidad.

 

Esta idea se aplica también al librito que ahora comentamos. Y es que, aunque la voz del profesor ―que también es Juan Antonio Bernier― esté presente en ellos, esa voz pedagógica se ha ejecutado aquí como un rasgo de estilo, una voz diferida dirigida no a un público específico sino a un adolescente universal, implícito e implicado en la poesía. Todos hemos fantaseado alguna vez con volver al pasado, pero con el conocimiento ―y la experiencia― que ahora tenemos de la vida. Probablemente, Juan Antonio Bernier le haya escrito este libro a aquel adolescente que alguna vez fue él mismo. El poeta, el profesor y el niño.

Por todo lo anterior ―y por las abundantes coincidencias de estilo―, Breves erizos verdes casi debiera contarse, en mi opinión, entre los libros de poesía del autor. Los libros de aforismos, de hecho, aparecen en las colecciones de poesía. Y aunque, de alguna manera, todo poemario encarne ―o más bien imprima― una poética, lo que tenemos aquí resulta elevado al cubo: metapoesía decantada en poesía. Sin embargo, tampoco es eso: ni aforismos, ni máximas, ni sentencias, ni versos, sino erizos.

 

FINALIDAD DE LA POESÍA

Las palabras se gastan con el uso. La poesía es un intento de crear maneras novedosas, y por ello más eficaces, de volver a decir “te quiero”.

 

            Andando el tiempo, lo previsible ―y deseable― es que vayan apareciendo sucesivas reediciones ―¿ampliadas, tal vez?― de estas breves instrucciones para escribir una poema. De momento, ya se está reimprimiendo. Si mucho no me equivoco, esta cosa llamada Breves erizos verdes (Editorial Cántico) tiene muchas papeletas de convertirse en libro de cabecera de futuras generaciones de poetas, e incluso a algunos de ahora no nos vendría mal releerlo alguna vez. De seguro, la obra irá llamando a sus lectores, sin prisa pero sin pausa, como la tortuga que le gana a la liebre, o como esos erizos que sobreviven gracias a sus rizos. 




lunes, 29 de noviembre de 2021

Taller sobre la poesía de Carlos Pardo


El miércoles día 1 de diciembre, impartiré una clase dentro del taller de poesía contemporánea organizado por Ana Isabel Alvea Sánchez. Hablaremos de la poesía de Carlos Pardo, uno se los poetas más destacado de su promoción.

En el enlace tenéis toda la información. Precio 10€. Estudiantes y ociosos 5€. 

Una horita estaremos, a través de Google Meet.

https://amarandaalvea.wordpress.com/2021/11/21/taller-de-poetas-1-de-diciembre-jorge-diaz-martinez-poesia-espanola-contemporanea-la-poesia-de-carlos-pardo/

jueves, 25 de noviembre de 2021

Escribiendo mandalas en la revista: secretOlivo, por Joaquín Carmona



El poeta y narrador Joaquín Carmona le dedica esta reseña a Escribiendo mandalas en la revista secretOlivo.

Podéis leerla en este link:


A continuación, os copio aquí la reseña íntegra:
ESCRIBIENDO MANDALAS
POR JOAQUÍN CARMONA RODRÍGUEZ
ESCRITOR Y DOCTOR EN TEORÍA DE LA LITERATURA.

De las relaciones entre el macrocosmos ―entendido como la universalidad de la energía y la materia― y el microcosmos ―entendido como el universo a escala que encarna cada ser humano― saltan como chispas, como esquirlas, también como gotas de agua los versos que componen este laborioso, meditabundo y expansivo Escribiendo mandalas, el último poemario ―hasta el momento― de Jorge Díaz Martínez.

Lo sacro y lo profano, tomado el primer concepto como lo arcano, esa “entraña del mundo” que señala Herman Hesse en una de las citas que encabezan el libro, y el segundo como lo material, lo físico y hasta la reificación de ciertas intuiciones, se entrelazan figurativamente en un ejercicio de versificación cuidadosamente dispuesto sobre una atenta observación que bascula entre lo concéntrico y lo proyectivo.

Afirma el propio autor en una de las notas introductorias que una de sus intenciones es la composición de un “pequeño e imperfecto glasperlenspiel”, ese utópico ejercicio intelectual formulado por Hesse como combinación de códigos semióticos dispares que en Escribiendo mandalas no es ajena a cierta matematicidad en su correspondencia de atributos y estructuras entre entidades abstractas y sus símbolos.

El juego de abalorios hessiano, englobador de todos los asuntos y valores concernientes a la cultura, y asociado a un advenimiento de unificación espiritual y temporal, se reproduce en este poemario en breves ráfagas que van de la esperanzada creencia en la realización: “El dibujo se convirtió en escritura. / El trazo halló su instrumento” a la constatación de la imposibilidad de obtener una victoria en ese juego: “Sé que / me moriré / sin haber leído todo / lo que merece la pena leer”, puesto que el artefacto, el proyecto, conscientemente imperfecto, es mera materialidad profana, mientras que lo sacro se halla inscrito en su propio círculo, en “el centro mismo” referido por Hesse: “Entre la luz que inunda con su alegría / y el amanecer de la crueldad del hombre, / el sol, como una moneda en el aire.”

Los mandalas llevados al verso por Jorge Díaz Martínez revelan además evocaciones junguianas. El psicólogo suizo, también citado en la introducción del libro, estudió la universalidad de estas representaciones simbólicas y espirituales, considerándolas manifestaciones del inconsciente colectivo en cuyo centro figuraría el arquetipo central, la totalidad del individuo como unidad indivisible.

Estas reminiscencias aparecen textualizadas en el poema número 9, en el que el mismo Jung se nos muestra dibujando mandalas en “Una casa en el bosque, / cerca de un lago”. Esta “casa de piedra, cerca del agua”, este lugar “donde los difuntos reciben discursos / y las leyes del azar se clasifican”, funciona no solo como referencia, sino también, en un ejercicio de extraversión literaria, como centro mismo del poema, centro del mandala y sí-mismo del libro, convertido, como poemario y como objeto, en “una estancia que alberga sus propios sueños”.

Y es que la dimensión objetual de Escribiendo mandalas, primorosamente enriquecida tanto estética como conceptualmente por las ilustraciones de María Ortega Estepa, resulta imposible pasar por alto. Toda la complejidad estructural, la diversidad de órganos que componen este poemario, se condensa a la perfección en la longitud y la latitud de este atlas entre cuyas tapas se encierra artesanalmente el testimonio de un espíritu colectivo y otro individual.

El libro-objeto funciona como mediador funcional. Los versos que contiene, de evidente cuidado sensorial, adheridos a la musicalidad de su sonido, consiguen unificarse racionalmente al encarnarse en el papel, en la materialidad de esta edición de orfebrería.

Escribiendo mandalas, como los buenos libros de poesía, puede ser abierto por cualquier página para dejarse llevar en cada poema por su juego de intuiciones, de alusiones y elusiones: (Las palabras / un instrumento: sirven para ocultar / o descubrir). La lupa de Díaz Martínez se aleja y se acerca, y vuelve a distanciarse y a aproximarse movida por una música circular, sin principio ni fin. Pues el universo es un fractal, una sinécdoque, el todo está en la parte y en la parte está el todo.


(Ediciones En Huida, Sevilla, 2021.)

martes, 23 de noviembre de 2021

Escribiendo mandalas en Cuadernos del Sur, por Francisco Onieva

A veces pasan meses sin salir una reseña y luego en una semana salen dos y recitas en Cosmopoética. Esto me ha pasado la semana pasada. Muchas gracias a Francisco Onieva Ramírez por una reseña tan acertada, la verdad, tanto en las virtudes como en los defectos de este extraño poemario.


Os copio a continuación el texto íntegro de la reseña:


'Escribiendo mandalas', el nuevo poemario de Jorge Díaz Martínez

Córdoba | 20·11·21 | 13:17

Escribiendo mandalas es el título de la nueva propuesta poética de Jorge Díaz Martínez (Córdoba, 1977), que ve la luz nueve años después de Transbordo. Poemas del metro de Barcelona (La Garúa, 2012). Como el propio poeta explica en una breve nota introductoria, «en sánscrito, el término mandala significa círculo, aplicándose a un tipo de figuras geométricas utilizadas desde hace milenios como instrumento de meditación»; así pues, los mandalas, cuya arquitectura es una sutil combinación de cuadrados y círculos para crear «figuras tridimensionales», devienen simple cauce para el conocimiento y carecen de valor en sí. De hecho, uno de los rituales más conocidos es aquel en el que, durante varios días, los monjes budistas tibetanos del monasterio Drepung Loseling «dibujan un mandala con arena de colores» que, una vez terminado, es barrido de manera inmediata, en una de las más estéticas lecciones de desapego.

Durante su estancia en China, nuestro poeta ahondó en la simbología de esta representación espiritual y ritual del macrocosmos y del microcosmos y la percibió en numerosos objetos cotidianos, al tiempo que se planteó «su proyección literaria». Así, reconoce que «este poemario es un intento de aplicar a la literatura cierta idea de mandala», entendida más bien como «un simple ejercicio de escritura», cuyo objetivo último es «componer un pequeño e imperfecto glasperlenspiel». Esta imagen hace referencia a aquellas obras que, aunque combinen pensamiento y juego, buscan ser, ante todo, divertimento y entretenimiento. Como si de un juego se tratase, se impone la creación de poemas de 144 sílabas -que sería el cuadrado de doce, la medida predominante de los versos-.

Este corsé lo lleva a forzar en ocasiones el metro y el lenguaje, que se incardina en el plano de lo cotidiano y lo conversacional, en los veintiocho poemas sin título, distribuidos en bloques de cuatro (cuatro son los lados del cuadrado) y dispuestos cada uno en una página, que se funden con las ilustraciones de María Ortega Estepa, ofreciendo al lector un libro de gran belleza física, cuya forma es -y no es casual- la de un cuadrado de apenas diecinueve centímetros y medio de lado. Tras las citas de Jung, Hesse y Cortázar se dispone una página con el símbolo del círculo, con lo cual se cierra la estructura de mandala y se abre el espacio para la lectura de unos poemas de tono intimista, en los que lo coloquial e, incluso, la ironía se dan la mano a la hora de sondear, a través de diversos símbolos, el interior de un yo escéptico y afable que tantea los misterios de la existencia y del lenguaje.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Escribiendo mandalas en Cosmopoética


Después de pasar por la Feria del Libro de Granada, mi primera lectura de Escribiendo mandalas en Córdoba ha sido en Cosmopoética. Me siento muy afortunado de haber podido participar en esta XVIII edición del festival... ¿18? Nos hacemos viejos... En el siguiente vídeo se recoge íntegra mi intervención. En la pantalla de fondo podéis ver las ilustraciones de la artista cordobesa María Ortega Estepa. A partir del minuto 1:13.

Muchas gracias :)





lunes, 28 de junio de 2021

Escribiendo mandalas, reseña por Ana Isabel Alvea en la revista En Sentido Figurado

Reseña publicada por Ana Isabel Alvea Sánchez en el número cien de la Revista virtual En sentido Figurado: 

«Escribiendo mandalas. Un álbum de vivencias y lecturas.

Jorge Díaz Martínez es doctor en Teoría de la Literatura y del Arte y Literatura Comparada por la Universidad de Granada, lector de español en universidades de Asia, África y Europa. Actualmente, profesor de enseñanza secundaria en Andalucía. Ha publicado los poemarios: Trasbordo. Poemas del metro de Barcelona (La Garúa, 2012), Almizcle y tabaco (Premio Arcipreste de Hita, Pre-Textos, 2005) y La piel de la memoria (Premio Vicente Núñez, Visor, 2004). Como crítico, ha seleccionado y prologado la antología Voces del nuevo siglo. Poesía española contemporánea (2014), traducido y publicado en Armenio, y ha sido uno de los antólogos de La vida por delante. Antología de jóvenes poetas andaluces (Ediciones en Huida, 2012).

La idea de Escribiendo mandalas le vino al autor en su estancia en China como lector de español, cuando leyó las investigaciones de C. G. Jung acerca de estos símbolos, el mandala o círculo. Entonces pensó en aplicar a la literatura cierta idea de mandala, que el dibujo se convirtiera en escritura, una escritura que aparece en la quietud, y decide plasmarla en versos dodecasílabos y en poemas de 144 sílabas con los que construir un glasperlenspiel, título de una novela de Hesse, Juego de abalorios, donde, como dice Eduardo Chivite en su reseña publicada en Culturamas, pretende un discurso lúdico e intelectual con el que reflejar la propia experiencia personal, en la que se incluye la lectora.

Acompañado de las hermosas ilustraciones de María Ortega Estepa, tenemos entre las manos un libro estético y cuidadosamente editado.

Con un estilo que parece directo, desnudo, depurado, en él asoman ocurrentes figuras literarias, saca brillo al lenguaje con ingenio, en poemas donde predomina la visualidad y reflexión. Su poesía se alza normalmente sobre referencias culturales, o bien anécdotas, y a menudo guardan un misterio, se llenan de sugerencias y se abren a la interpretación del lector. Y, a veces, guardan secretos, esconden claves que debe descubrir el lector. Su tono parece testimonial, una voz contenida que piensa lo que dice, por la que asoma una fina ironía o una dulce melancolía.

En cuanto a su contenido, adquieren un papel relevante sus cavilaciones sobre la lectura y el lenguaje, como bien nos indican los versos que inauguran el libro: Sobre el “Manual de estudios literarios/ de los siglos de oro, de Pedro Ruiz Pérez, / la ilustración de Velázquez/ muestra a un lector melancólico/ frente a un voluminoso tomo/ junto al que parece enano”. Con esta écfrasis y el simbolismo de la figura enana quiere reflejar nuestra pequeñez para poder abarcar todo el conocimiento de los libros. Frente al claroscuro barroco prefiere la vida, Tantas líneas/ le andan ya en los ojos/ como hormigas.

Retrata las noches ensimismado en la lectura, la imposibilidad de poder leer todo lo que valga la pena, un Alonso Quijano/inmerso en otras vidas: / la mirada clavada en un papel. En todo el libro se encuentra la contraposición de vida y literatura.

Resulta recurrente su negación del lenguaje como medio para encontrar la verdad: Dices que somos las palabras que dicen/ lo que somos/ y te contesto que nada/ verdadero puede ser dicho con ellas. No encuentra mayor verdad que la de los actos o la piel, sobre todo en el amor.Rechaza la afirmación de Ludwig Wittgenstein de que los límites del lenguaje son los límites del pensamiento. Contrasta el taoísmo con el racionalismo occidental en un diálogo amoroso. Arremete contra las palabras, a las que define como disfraces en este teatro de títeres humanos… yo anhelo/ una fiesta feliz de desnudados,/ que a eso hemos venido: / a quitarnos los vestidos. Califica el vocabulario como ruido, ruido abstracto y sin sentido, pero no todas las puertas/ están hechas de conceptos.

Menciona In memory of Sigmund Freud de Auden para cuestionarse la idea de identidad, siente extrañeza respecto a sí mismo: ¿Yo soy este palimpsesto/ o el blanco que había debajo? Y extrañeza respecto a sus decisiones, perdido y desorientado a veces, como nos indica en su poema Hacia el lago brumoso, entreviendo- ninguno de sus poemas está titulado -: Y nada, excepto este poema/ que me explique, realmente, / por qué he venido aquí. El hogar, si lo buscara, parece que se disuelve constantemente, aunque sienta como su familia a toda la sociedad.

No falta el homenaje a la creación y a la escritura en El dibujo se convirtió en escritura. Lamenta todos aquellos textos que se han perdido, aunque agradezca que el Arte permanezca.

Algunos poemas- normalmente los que usa la tercera persona del singular- hacen referencia a sus lecturas: Al final, te has decidido, habla del protagonista de la novela Juego de Abalorios de Herman Hesse. Era el poeta maldito, el artista raro alude a Luis de Góngora. Una casa en el bosque, cerca de un lago, recrea la casa de Carl G. Jung- autor que cita al inicio del poemario-. Ladrillos, memoria, expresa la impresión que le provocó la lectura de De profundis, su tristeza.

En este juego de abalorios hallamos un poema sobre el ajedrez, en este juego uno puede saber las reglas, pero resulta imposible conocer las reglas de la vida y nos sugiere consejos para vivir o tomar decisiones: medir las variantes, mantener la calma/ y saber cambiar. Aprende que resulta fundamental para el equilibrio personal, no tanto jugar muy bien, como saber perder.

El libro nos puede parecer un álbum de fotografías, o más bien, una cinta de vídeo que graba diferentes momentos, vividos o leídos: la feliz armonía nudista en Cabo de Gata, el desengaño en Barceloneta, la diferencia de culturas y costumbres con personas de otros países, las relaciones fugaces o perecederas,los amores malditos, y quién sabe, un poema- o amor- con final abierto.

Dentro de este baúl de recuerdos, una elegía de su juventud romántica, en la que menciona – no gratuitamente- a la generación beat, The road. Una época de trotamundos mochilero cuando solo necesitaba amor y unas monedas. Y siempre, acompañándolo en la vida, entre su sentir y su pensar, la escritura, una manera de pasar página y soltar. ¿Cuánto dolor se oculta/ debajo de unas letras?, se pregunta.

Un libro original que parece recoger con discreción y pudor una serie de vivencias, tal vez las más relevantes- incluidas las que le provocaron algunas lecturas- y reflexiones propias de un teórico de la literatura. Un especialista en literatura que advierte que no se puede vivir solo en el papel y decide salir, como Alonso Quijano, a experimentar los caminos de la vida; un occidental que mira a oriente; un escritor que, curiosamente, niega el lenguaje, o el sentido del lenguaje, y advierte de sus peligros. Una paradoja, como la vida misma.

Ana Isabel Alvea Sánchez»