Aunque me resulte un poco tonto insistir en lo que ya todo el mundo conoce, vengo a transmitir mi entusiasmo tras leer Panza de burro, de Andrea Abreu. No sabía que la autora había sido seleccionada como una de las mejores narradoras en lengua hispana, porque no me fijo en esas cosas, pero no me extraña nada. La estuve leyendo anoche hasta que se me hizo de día y resulta que solo me quedaba un capítulo (en Kindle), que acabo de terminar, con la calor (sin ánimo de hacer spoiler, fue un parón oportuno). Hay novelas que te quitan las ganas de leer y novelas que te reconcilian con la literatura, Panza de burro es del segundo tipo. La he leído con fruición. Me ha encantado la plasticidad de su lenguaje, que me ha recordado a José Lezama Lima y a Juan Rulfo. El contenido sexual no resulta, como sí pasa en otras obras, puesto ahí para enganchar la morbosidad del lector, sino integrado con naturalidad en una emoción intensa, como todo en estas páginas. El estilo, en mi opinión, entra directamente en la categoría de prosa poética, y no solo por plasmar literariamente ese idiolecto lírico, expresionista, ese habla telúrica desde la que nos llega la conciencia infantil de la narradora, en la que la ingenuidad se mezcla con lo cruento, lo escatológico, el retrato pictórico de unas personas mayores que son las principales convivientes de las dos amigas protagonistas en plena transición hacia la pubertad; decía que no sólo por eso –pues no hay nada más aburrido que una transcripción fonética, y no es eso– sino un poco por todo, por la lograda elaboración de unos textos que funcionan como auténticos poemas en un lenguaje inédito –que no me atrevo a desbrozar aquí, pero que toca la fibra del lector– y que funcionan, en definitiva, como lo que son, como una novela. Una obra maestra.
sábado, 23 de julio de 2022
miércoles, 27 de abril de 2022
Cuando leer es viajar: Voyage d'une Parisienne à Lhassa, de Alexandra David-Néel.
VOYAGE D’UN PARISIENNE À LHASSA
Alexandra David-Néel
Cada
vez que alguien me preguntaba de qué iba el libro que estaba leyendo, este
libro que me ha acompañado durante los últimos nueve meses de mi vida, en los
que prácticamente lo único que no ha cambiado ha sido su compañía, su tapa
blanda que se iba deteriorando demasiado rápido entre mis manos, por lo que me preocupé
de forrarla como hacíamos antes con los libros del colegio (creo que ya no se
hace), pues, decía, cada vez que alguien me preguntaba, y yo le respondía,
volvían a preguntarme que si era de ficción o era de verdad.
Voyage
d’une parisienne à Lhassa, de Alexandra David-Néel (1868-1969),
es, efectivamente, una obra de verdad, una obra autobiográfica, perteneciente al
género de los libros de viajes. En el momento de su publicación, 1927, fue todo
un éxito mundial, y no es para menos, pues el libro relata, en primera persona,
la proeza de su protagonista, la primera mujer occidental (desconozco el dato,
pero supongo que, anteriormente, sólo le habrían permitido entrar, como mucho,
a algún embajador chino o inglés) en poner sus pies sobre la ciudad
prohibida de Lhassa, la capital del Tíbet. Para lograrlo, se disfrazó de peregrina
autóctona y, en compañía de un lama ―éste sí, auténtico―, anduvo, anduvo,
anduvo a través de puertos de montaña, por inhóspitos parajes y cumbres
nevadas, puentes colgantes y rutas infestadas de bandidos, de una pequeña población
a otra, y siempre haciéndose pasar por tibetana, hasta llegar a Lhassa.
A
pesar de lo extraordinario de su aventura y de la calidad literaria de su
testimonio, a día de hoy, Alexandra David-Néel es prácticamente desconocida
para el gran público, más atraído por otro tipo de diarios que por los del
carácter fuerte de una anarco-feminista (del pasado entresiglo), cantante de
ópera, ensayista, políglota, madre y exploradora, y una de las principales
introductoras de la sabiduría oriental en Europa.
Yendo
al texto, Voyage d’une Parissiene à Lhassa se centra sobre todo en la peripecia
vital de su peregrinaje, es decir, en lo anecdótico, folklórico y diarístico de
su aventura, sin entrar en demasiados detalles sobre las enseñanzas esotéricas
y espirituales que recibió (durante sus muchos años de estancia) en el Tíbet,
temática que se reserva para sus siguientes obras. Se detiene, por el contrario, abundantemente,
en comentarios críticos acerca de sus creencias religiosas, sus costumbres y su
situación política.
En
mi opinión, más allá del detallado informe de su viaje, el valor de estas
páginas reside en la oportunidad de acompañar a Alexandra en su extraordinaria
aventura, de conectar, digamos, con su personalidad y con su pensamiento, con el rastro
de palabras que ha dejado, como huellas de aquel itinerario: sus etapas
aburridas, llenas de descripciones anodinas, junto a las otras, al borde ―literalmente―
del abismo, pendientes de una endeble tirolina, atrapados en la nieve entre
glaciares o enfrentándose al filo de los bandidos… además de muchas otras anécdotas
pintorescas en las que se refleja la vida cotidiana de un Tíbet desconocido,
alejado de místicas leyendas y en contacto directo con la lucha por la
supervivencia, práctica y terrenal, de sus tribus y pueblos.
Se
me ocurre que estos nueve meses de lectura han sido como un parto invertido para mí, tras
el cual nada ―excepto esta reseña― ha salido de mi útero, pero en cambio
Alexandra David-Néel se ha colado en mis entrañas. Lo que es cierto es que ella
ha sido, en muchas ocasiones, mi mejor compañía; y a lo largo de estos meses he
llegado a sentirla como a una amiga, con sus tics de carácter y sus juicios no
siempre compartidos, pero, en fin, una amiga al fin y al cabo. Afortunadamente,
aún me quedan el resto de sus libros por leer.
martes, 12 de abril de 2022
Reseña a: Lorca. Basado en hechos reales, de Miguel Caballero.
Por si esto fuera poco, este estudio nos demuestra también cómo, desde la propia literatura, desde la propia obra y escritura de Federico, las consecuencias saltaron, o se tradujeron, de nuevo hasta su vida, hasta sus huesos.
Esta obra nos avisa de que la literatura no es un elemento inerte, un objeto aséptico de estudio, ni un mero entretenimiento, sino que sus ramificaciones nos alcanzan –sea positiva, negativa, o ambas mentes a la vez– a veces brutalmente, como fue, por desgracia, el caso de Federico.
Esta obra nos enseña que vida y literatura no están tan separadas como los estudios estructuralistas querían hacernos creer. ¿Qué pasaría si en las escuelas se enseñara que ciertas personas, reales e históricas, y sus familias, en las que Lorca se había inspirado para la creación de sus personajes, estuvieron directamente implicadas en su ejecución sumaria?
¿Qué pasaría si en las escuelas se enseñara, por ejemplo, que los descendientes de los asesinos de Antoñito El Camborio (sin comillas) siguen, a día de hoy, teniendo en propiedad algunos de los bienes inmuebles que sus antepasados inmediatos les arrebataron a esta familia gitana, en aquellos infames años de la sangre con la que se lavaban las rencillas rurales?
La maravilla que es la obra de Federico no necesita, desde luego, que el lector conozca estos sucesos para disfrutar de ella, y eso es lo que la hace grande y universal. Pero su conocimiento, desde luego, tampoco sobra; y de hecho, contribuye a completar una visión más certera de la génesis y el funcionamiento –en ocasiones, tan cruel– recíproco de vida y literatura.
martes, 15 de febrero de 2022
La pared del caracol, de Ana Isabel Alvea
LA PARED DEL CARACOL
Ana Isabel Alvea
Ayuntamiento de Lodosa, 2020.
A veces nos enfrentamos con dificultades que nos causan frustración, desesperanza y enojo. Una y otra vez, chocamos contra el mismo muro sin ser capaces de romperlo, sortearlo o alejarnos de él. Ante esta situación, como en las fábulas griegas, Ana Isabel Alvea se mira en el espejo de un pequeño animal: el caracol. En el poema que da título al libro, la pared son las adversidades; el caracol, la figura ejemplar; y la paciencia, la virtud a emular. Y efectivamente, tal y como enuncia el título, a lo largo de las páginas comprobamos que el foco está mirando a la pared: una constante crítica, tanto social como vital, ante los sinsabores de la vida. Esta mirada, en ocasiones parece haber tirado la toalla: “¿Acaso cuando nos ilusionamos/ no estamos regando/ una estepa reseca?”; mientras que en otras conserva una especie de optimismo, una insistencia cargada de paciencia ―o de tenacidad―, en la que el deseo (de mejora) se vuelve ese horizonte utópico que tal vez no alcancemos nunca pero que nos sirve para avanzar: “Todos esos sueños que no terminan de cumplirse/ a los que buscamos sin descanso aproximarnos”.
Los poemas en
verso libre de Ana Isabel Alvea se parecen a un cuadro en cuya perspectiva has
de profundizar para apreciar los detalles. La riqueza de su vocabulario, por
ejemplo, perpetúa un lenguaje en peligro de extinción: estiaje, urdimbre,
vitrales, alfeizar, mendaces, artesa, rezago, yunta… palabras expulsadas de
la poesía, recogidas del baúl de un idioma que se acaba, como se acaban los
modos de vida asociados a ellas, modos de vida en contacto con la tierra, las
raíces… y, por cierto, también con ese sufrimiento tan presente en la lírica
andaluza, que encontramos aquí expresado de otra manera: un reproche “ante el
creciente humo de las fábricas”; una crítica ―o una queja― en la que la
industrialización y el avance de la historia homogeneizadora más parece un signo
de opresión que de progreso. Su respuesta es la rebeldía.
LA BANALIDAD DEL MAL
Hubo muchos
hombres como él…
fueron, y siguen
siendo,
terroríficamente normales.
Hannah Arent
Una casa
inquisitorial presidida
por su escudo de
calavera y siglos de mugre
se levanta
en cada uno de nosotros.
Y condenamos a
Copérnico a Galileo
quemamos a Miguel Servet
encarcelamos a
Oscar Wilde
marginamos a la
mujer
exterminamos a los
judíos a los gitanos
expulsamos al
extranjero al diferente
No dejemos que una
siniestra obediencia
ante el zumbido de
los insectos
abra su puerta.
ADIESTRAMIENTO
Hacer todo lo que
nos indican
como una línea recta
paralela a todas
las demás
SIN TACHONES
entre centros
comerciales
polígonos
industriales
y pantallas planas de televisión
La amargura
presente en la mayoría de estos poemas contrasta con el ímpetu contestario de
otros y, al mismo tiempo, con la finura y el tacto con el que están dispuestos los
versos. Tratándose del cuarto libro de la autora, con el que obtuvo el Premio
del XXXV Certamen Poético “Ángel Martínez Baigorri” en el 2020, es de esperar
que no sea el último, pues se trata de una poeta a la que, a buen seguro, le
queda todavía mucho que decir.
viernes, 11 de febrero de 2022
Reseña en Culturamas a: Breves erizos verdes, de Juan Antonio Bernier. El poeta, el profesor y el niño.
BREVES ERIZOS VERDES
Juan Antonio Bernier
Ed. Cántico 2020
Puede llevar a engaño la apariencia menor de este librito, cuyo rectángulo cabe en la palma de la mano. El origen incidental de su composición, de ánimo propedéutico, no le ha restado mérito; antes bien, creo que ha contribuido a una sutileza de estilo que, aun siendo característica del autor, alcanza aquí, en contraposición con la profundidad de sus asuntos, esa rara virtud que es ser capaz de hablar y esclarecer de manera sencilla cuestiones complicadas. Dicen que decía Confucio que «en todos los ritos la sencillez es la mejor de las extravagancias»; y es mediante esta exquisita extravagancia que Juan Antonio Bernier logra tocarle la fibra al ser/hecho poético.
Actualmente, existen en el mercado diversos manuales dedicados al arte de escribir un poema, dirigidos a un público infantil o juvenil, donde se explican algunas técnicas básicas como puedan ser la rima, la métrica o las figuras. Son manuales, por lo general, amenos y, en verdad, necesarios, que no pasan de ser precisamente eso, manuales de escritura. Aquí hablamos de otra cosa. Breves erizos verdes es un texto que, sin prescindir de su orientación moral ―educativa―, no ha perdido tampoco su carácter de obra literaria, en el sentido artístico del término. Se trata, en definitiva, de una obra al margen de los géneros.
Atendiendo a su enfoque, y salvando las distancias, recuerda inmediatamente a las Cartas a un joven poeta, de R. M. Rilke; o incluso, por su temática, a Función de la poesía y función de la crítica, de T. S. Eliot ―sin ser tampoco lo mismo, por supuesto―. Con ambos textos comparte el ánimo de indagar en cuestiones de fondo, como pueden ser el estilo personal, el uso de la ironía ―y de la rima―, el valor de la tradición, la actitud ante el mercado… y un pequeño etcétera, así como la apariencia de estar escritos en prosa. Sin embargo, mientras que las epístolas de Rilke y el tratado de Eliot están, efectivamente, escritos en prosa ―más o menos sesuda, en cada caso― lo que distingue y realza los erizos de Bernier es su reductio ad essentiam, acercándose, a mi juicio, más al texto poético que al prosaico.
Cada lector encontrará en esta obra sus propios referentes. Por su tono, entre sarcástico y lúdico y didáctico, y por su naturaleza híbrida, a mí me ha recordado, en algunos momentos, a autores como Julio Cortázar y Eduardo Galeano. Una locución muy suelta que parece brotar directamente y que sólo se consigue tras años de ensayar y de ensayar (o de explicar y de explicar). Y es que sucede con no poca frecuencia que algunos grandes artistas aciertan a componer sus obras más celebradas casi sin darse cuenta, en buena parte debido a tener muy interiorizado su arte ―hasta la médula― y en buena parte debido a una de las máximas que enuncian los erizos:
SOBRE EL ESTILO PERSONAL
Si aquello que
hace que tus allegados te estimen no está en tus poemas, serán solo “poemas” en
el peor sentido de la palabra. Carecerán de tu encanto, tu “gracia”; vagarán
sin identidad.
Esta idea se aplica también al librito que ahora comentamos. Y es que, aunque la voz del profesor ―que también es Juan Antonio Bernier― esté presente en ellos, esa voz pedagógica se ha ejecutado aquí como un rasgo de estilo, una voz diferida dirigida no a un público específico sino a un adolescente universal, implícito e implicado en la poesía. Todos hemos fantaseado alguna vez con volver al pasado, pero con el conocimiento ―y la experiencia― que ahora tenemos de la vida. Probablemente, Juan Antonio Bernier le haya escrito este libro a aquel adolescente que alguna vez fue él mismo. El poeta, el profesor y el niño.
Por todo lo
anterior ―y por las abundantes coincidencias de estilo―, Breves erizos
verdes casi debiera contarse, en mi opinión, entre los libros de poesía
del autor. Los libros de aforismos, de hecho, aparecen en las colecciones de
poesía. Y aunque, de alguna manera, todo poemario encarne ―o más bien imprima―
una poética, lo que tenemos aquí resulta elevado al cubo: metapoesía decantada
en poesía. Sin embargo, tampoco es eso: ni aforismos, ni máximas, ni
sentencias, ni versos, sino erizos.
FINALIDAD DE LA POESÍA
Las palabras se
gastan con el uso. La poesía es un intento de crear maneras novedosas, y por
ello más eficaces, de volver a decir “te quiero”.
Andando
el tiempo, lo previsible ―y deseable― es que vayan apareciendo sucesivas reediciones
―¿ampliadas, tal vez?― de estas breves instrucciones para escribir una poema.
De momento, ya se está reimprimiendo. Si mucho no me equivoco, esta cosa llamada
Breves erizos verdes (Editorial Cántico) tiene muchas papeletas de convertirse en libro de
cabecera de futuras generaciones de poetas, e incluso a algunos de ahora no nos
vendría mal releerlo alguna vez. De seguro, la obra irá llamando a sus lectores,
sin prisa pero sin pausa, como la tortuga que le gana a la liebre, o como esos
erizos que sobreviven gracias a sus rizos.
lunes, 29 de noviembre de 2021
Taller sobre la poesía de Carlos Pardo
El miércoles día 1 de diciembre, impartiré una clase dentro del taller de poesía contemporánea organizado por Ana Isabel Alvea Sánchez. Hablaremos de la poesía de Carlos Pardo, uno se los poetas más destacado de su promoción.
En el enlace tenéis toda la información. Precio 10€. Estudiantes y ociosos 5€.
Una horita estaremos, a través de Google Meet.
jueves, 25 de noviembre de 2021
Escribiendo mandalas en la revista: secretOlivo, por Joaquín Carmona
martes, 23 de noviembre de 2021
Escribiendo mandalas en Cuadernos del Sur, por Francisco Onieva
lunes, 15 de noviembre de 2021
Escribiendo mandalas en Cosmopoética
Después de pasar por la Feria del Libro de Granada, mi primera lectura de Escribiendo mandalas en Córdoba ha sido en Cosmopoética. Me siento muy afortunado de haber podido participar en esta XVIII edición del festival... ¿18? Nos hacemos viejos... En el siguiente vídeo se recoge íntegra mi intervención. En la pantalla de fondo podéis ver las ilustraciones de la artista cordobesa María Ortega Estepa. A partir del minuto 1:13.
Muchas gracias :)
lunes, 28 de junio de 2021
Escribiendo mandalas, reseña por Ana Isabel Alvea en la revista En Sentido Figurado
Reseña publicada por Ana Isabel Alvea Sánchez en el número cien de la Revista virtual En sentido Figurado:
«Escribiendo mandalas. Un álbum de vivencias y lecturas.
Jorge Díaz Martínez es doctor en Teoría de la Literatura y del Arte y Literatura Comparada por la Universidad de Granada, lector de español en universidades de Asia, África y Europa. Actualmente, profesor de enseñanza secundaria en Andalucía. Ha publicado los poemarios: Trasbordo. Poemas del metro de Barcelona (La Garúa, 2012), Almizcle y tabaco (Premio Arcipreste de Hita, Pre-Textos, 2005) y La piel de la memoria (Premio Vicente Núñez, Visor, 2004). Como crítico, ha seleccionado y prologado la antología Voces del nuevo siglo. Poesía española contemporánea (2014), traducido y publicado en Armenio, y ha sido uno de los antólogos de La vida por delante. Antología de jóvenes poetas andaluces (Ediciones en Huida, 2012).
La idea de Escribiendo mandalas le vino al autor en su estancia en China como lector de español, cuando leyó las investigaciones de C. G. Jung acerca de estos símbolos, el mandala o círculo. Entonces pensó en aplicar a la literatura cierta idea de mandala, que el dibujo se convirtiera en escritura, una escritura que aparece en la quietud, y decide plasmarla en versos dodecasílabos y en poemas de 144 sílabas con los que construir un glasperlenspiel, título de una novela de Hesse, Juego de abalorios, donde, como dice Eduardo Chivite en su reseña publicada en Culturamas, pretende un discurso lúdico e intelectual con el que reflejar la propia experiencia personal, en la que se incluye la lectora.
Acompañado de las hermosas ilustraciones de María Ortega Estepa, tenemos entre las manos un libro estético y cuidadosamente editado.
Con un estilo que parece directo, desnudo, depurado, en él asoman ocurrentes figuras literarias, saca brillo al lenguaje con ingenio, en poemas donde predomina la visualidad y reflexión. Su poesía se alza normalmente sobre referencias culturales, o bien anécdotas, y a menudo guardan un misterio, se llenan de sugerencias y se abren a la interpretación del lector. Y, a veces, guardan secretos, esconden claves que debe descubrir el lector. Su tono parece testimonial, una voz contenida que piensa lo que dice, por la que asoma una fina ironía o una dulce melancolía.
En cuanto a su contenido, adquieren un papel relevante sus cavilaciones sobre la lectura y el lenguaje, como bien nos indican los versos que inauguran el libro: Sobre el “Manual de estudios literarios/ de los siglos de oro, de Pedro Ruiz Pérez, / la ilustración de Velázquez/ muestra a un lector melancólico/ frente a un voluminoso tomo/ junto al que parece enano”. Con esta écfrasis y el simbolismo de la figura enana quiere reflejar nuestra pequeñez para poder abarcar todo el conocimiento de los libros. Frente al claroscuro barroco prefiere la vida, Tantas líneas/ le andan ya en los ojos/ como hormigas.
Retrata las noches ensimismado en la lectura, la imposibilidad de poder leer todo lo que valga la pena, un Alonso Quijano/inmerso en otras vidas: / la mirada clavada en un papel. En todo el libro se encuentra la contraposición de vida y literatura.
Resulta recurrente su negación del lenguaje como medio para encontrar la verdad: Dices que somos las palabras que dicen/ lo que somos/ y te contesto que nada/ verdadero puede ser dicho con ellas. No encuentra mayor verdad que la de los actos o la piel, sobre todo en el amor.Rechaza la afirmación de Ludwig Wittgenstein de que los límites del lenguaje son los límites del pensamiento. Contrasta el taoísmo con el racionalismo occidental en un diálogo amoroso. Arremete contra las palabras, a las que define como disfraces en este teatro de títeres humanos… yo anhelo/ una fiesta feliz de desnudados,/ que a eso hemos venido: / a quitarnos los vestidos. Califica el vocabulario como ruido, ruido abstracto y sin sentido, pero no todas las puertas/ están hechas de conceptos.
Menciona In memory of Sigmund Freud de Auden para cuestionarse la idea de identidad, siente extrañeza respecto a sí mismo: ¿Yo soy este palimpsesto/ o el blanco que había debajo? Y extrañeza respecto a sus decisiones, perdido y desorientado a veces, como nos indica en su poema Hacia el lago brumoso, entreviendo- ninguno de sus poemas está titulado -: Y nada, excepto este poema/ que me explique, realmente, / por qué he venido aquí. El hogar, si lo buscara, parece que se disuelve constantemente, aunque sienta como su familia a toda la sociedad.
No falta el homenaje a la creación y a la escritura en El dibujo se convirtió en escritura. Lamenta todos aquellos textos que se han perdido, aunque agradezca que el Arte permanezca.
Algunos poemas- normalmente los que usa la tercera persona del singular- hacen referencia a sus lecturas: Al final, te has decidido, habla del protagonista de la novela Juego de Abalorios de Herman Hesse. Era el poeta maldito, el artista raro alude a Luis de Góngora. Una casa en el bosque, cerca de un lago, recrea la casa de Carl G. Jung- autor que cita al inicio del poemario-. Ladrillos, memoria, expresa la impresión que le provocó la lectura de De profundis, su tristeza.
En este juego de abalorios hallamos un poema sobre el ajedrez, en este juego uno puede saber las reglas, pero resulta imposible conocer las reglas de la vida y nos sugiere consejos para vivir o tomar decisiones: medir las variantes, mantener la calma/ y saber cambiar. Aprende que resulta fundamental para el equilibrio personal, no tanto jugar muy bien, como saber perder.
El libro nos puede parecer un álbum de fotografías, o más bien, una cinta de vídeo que graba diferentes momentos, vividos o leídos: la feliz armonía nudista en Cabo de Gata, el desengaño en Barceloneta, la diferencia de culturas y costumbres con personas de otros países, las relaciones fugaces o perecederas,los amores malditos, y quién sabe, un poema- o amor- con final abierto.
Dentro de este baúl de recuerdos, una elegía de su juventud romántica, en la que menciona – no gratuitamente- a la generación beat, The road. Una época de trotamundos mochilero cuando solo necesitaba amor y unas monedas. Y siempre, acompañándolo en la vida, entre su sentir y su pensar, la escritura, una manera de pasar página y soltar. ¿Cuánto dolor se oculta/ debajo de unas letras?, se pregunta.
Un libro original que parece recoger con discreción y pudor una serie de vivencias, tal vez las más relevantes- incluidas las que le provocaron algunas lecturas- y reflexiones propias de un teórico de la literatura. Un especialista en literatura que advierte que no se puede vivir solo en el papel y decide salir, como Alonso Quijano, a experimentar los caminos de la vida; un occidental que mira a oriente; un escritor que, curiosamente, niega el lenguaje, o el sentido del lenguaje, y advierte de sus peligros. Una paradoja, como la vida misma.
Ana Isabel Alvea Sánchez»
martes, 11 de mayo de 2021
Ciento cuarenta y cuatro cuentas de colores. «Escribiendo mandalas», de Jorge Díaz Martínez, por Eduardo Chivite Tortosa.
Reseña aparecida en Culturamas el 11 de mayo de 2021.
Ciento cuarenta y cuatro cuentas de colores.
Por Eduardo Chivite Tortosa.
La belleza del objeto libro, en este caso, no es una casualidad o solo amor por la edición cuidada. Responde a la delicadeza del editor, Martín Lucía, la cual dialoga con esta nueva propuesta poética de Jorge Díaz Martínez (Córdoba, 1977), quien se libera de la idea constringente de poesía, entendida como una concepción poética o estética. Para el autor es algo más profundo, que no se manifiesta en debates ideológicos, sino en un uso del lenguaje, un deseo de avanzar en la búsqueda y experimentación de formas expresivas. Si en poemarios anteriores recorrió líneas vinculadas con lo libresco (La piel de la memoria, Visor, 2005), lo experiencial (Almizcle y tabaco, Pre-Textos, 2006) y lo intelectivo (Transbordo. Poemas del metro de Barcelona, La Garúa, 2012), ahora en Escribiendo mandalas (Ediciones en Huida, 2021) se inclina hacia lo espiritual en el arte. En su prólogo desvela que, durante su estancia en China, observó cómo los mandalas se encontraban en multitud de elementos cotidianos “y no demoré mucho en plantearme su proyección literaria”.
El autor advierte desde el principio que “mandala” significa “círculo”, en sánscrito, pero también que en el Tíbet se combinan con el cuadrado. Menos conocido, quizá, que los mandalas de arena de colores, destinados a ser algo meramente momentáneo, son los que albergan las estupas tibetanas, que constituyen una representación arquitectónica del propio edificio. Efectivamente, cualquiera puede comprobar ―con Google Maps― que toda estupa, vista desde el cielo, es una combinación de círculos y cuadrados concéntricos.
Las citas de C. G. Jung y de Herman Hesse, que encabezan el poemario, son como un diálogo con el autor, una cuenta de colores dejada sobre la mesa… Jorge Díaz nos confiesa que ha “querido componer un pequeño e imperfecto glasperlenspiel”. Hesse escribió una novela con dicho título, “juego de abalorios”; una metáfora, más bien imagen, de cómo los teóricos denominan aquellas obras que pretenden ser un discurso a la vez lúdico e intelectual, abstracto y sin pretensiones: un divertimento, tal vez, pero con contenido. ¿Y qué es la poesía a veces, sino eso? ¿Qué es para el escritor, que ha sentido y sabe lo que quiere decir? ¿Qué necesidad real tiene de engarzar palabras, de crear símbolos de unidad? Esos símbolos que llamamos poemas y otros llaman mandalas, o quizá “símbolos o combinación de símbolos” que nos llevan “al centro mismo, al misterio, a la entraña del mundo” (H. Hesse).
Jorge no va a recurrir a escribir poemas con forma circular o rectangular, no. Se trata de algo más armónico: el sonido. Esta formulación literaria del mandala será silábica. Ciento cuarenta y cuatro silabas constituyen el eje de unión de estos poemas: un juego, sí, pero con significaciones. Ciento cuarenta y cuatro sílabas dispuestas de forma diferente. No son las mismas sílabas, de igual modo que los monjes no usan los mismos granos de arena. Pero el sonido, la cantidad, la extensión (que no su forma o su significado) son idénticos, como un mantra al oído, como una métrica vista desde el cielo. El poeta lo advierte: “el cuadrado de doce” (122). Esta expresión también es polisémica, ofrece información a la vez que la calla. Doce es un número simbólico, casi todos los ciclos se rigen por dicho número: la esfera del reloj, los signos zodiacales, los apóstoles, los caballeros de la mesa redonda. El problema de la cuadratura del círculo ha obsesionado a matemáticos y filósofos desde su planteamiento en la Grecia clásica, y es también una expresión para referirse a un empeño infructuoso, a la par, que, igualmente, a una de las formas ideales.
El objeto libro (195 x 195 mm) y las ilustraciones de María Ortega Estepa (Córdoba, 1983), a menudo como anillos concéntricos de árboles; constelaciones en las esferas celestes o relojes sin números (apenas) ni manecillas, y el ciclo de las plantas, remiten también a este juego no tan superficial de un mandala-libro, como quiso Cortázar, a quien también se cita en estas páginas. Algo más, como decía, que una mera cuestión estética o amor por la edición. Especialmente significativo es que cada poema ocupe una sola página, para poder ser contemplados desde arriba, desde el cielo, pero también la carencia de títulos, que romperían esta concepción de círculo inscrito.
Ya dentro, los poemas no responden a esfuerzos por trasformar la simbología secreta de estas formas rituales en temas o términos espirituales; los granos de arena de colores son solo eso: palabras o temáticas habituales del poeta. El poema “Sobre el Manual de estudios literarios” ―declaración de intenciones a este respecto―, me recuerda a La piel de la memoria. El estilo indirecto, narrativo, de “Dices que somos las palabras que dicen”, donde los personajes hablan directamente entre ellos, a los versos de Almizcle y tabaco. Y, sin duda, el sonido del mar en Barcelona de los versos de Transbordo vuelve a escucharse en “LA nuit, la playa de la Barceloneta” o “La chica de los flyers”.
Desde las coordenadas de este juego silábico y concéntrico se vuelve metapoético: “El dibujo se convirtió en escritura. / El trazo halló su instrumento”. Y el poema que sigue, “Para leer correctamente este mandala”, parece jugar irónicamente con la meliflua voz de fondo de un monitor de yoga que dirige una meditación, y constituye, no obstante, un verdadero manual para leer: “atender sencillamente / a la abstracción del sonido”. Me gusta especialmente, “Una casa en el bosque, cerca de un lago”, compuesto con versos dodecasílabos y tres cuartetas, y que remite a una anécdota del psiquiatra Carl G. Jung, investigador de estos símbolos circulares, quien viviendo en la casa que él mismo construyó, la Torre de Bolligen, fue visitado por ánimas perdidas. El ajedrez, la vía láctea, las escalas musicales (“Las palabras también siguen un orden”), palabras como ladrillos (o como un tallo, en las ilustraciones de María), collages…, son realidades, todas ellas, que remiten al mandala. Veintiocho poemas en total, tantos como el ciclo lunar, casualidad tal vez.
Estos y otros, que se me antojan un destello de algo por venir, un toque de estilo algo más personal, quizás en otro libro, uno futuro, no lo sé. Y es que guarda secretos este libro que son solo para los ojos que los miran, o para aquellos que los cierran y, en su defecto, solo escuchan.
jueves, 18 de marzo de 2021
UNESCO Cities of Literature: Granada
Está siendo una semana muy intensita: he cumplido un montón de años, el editor me ha dicho que mi libro ya está en imprenta (tengo que subir algo, en algún momento), este domingo participo en un recital de la UNESCO y lo retransmiten en directo, el viernes curro (y normalmente no lo hago), me he pintado las uñas, en fin, no sé qué más.
Para ver el recital del domingo, podéis seguir este enlace:
World Poetry Day 2021. UNESCO Cities of Literature. Granada - Youtube
miércoles, 10 de marzo de 2021
Trafalgar, de Benito Pérez Galdós
Trafalgar.
Episodios nacionales.
Benito Pérez Galdós
No paran de salir libros, es una puta locura, y si sumamos los clásicos, doblemente locura ―aunque, al menos, el número de clásicos no aumenta exponencialmente. Vamos leyendo lo primero que nos cae en la mano, lo que anuncian los medios, nos regalan las amigas o nos pagan por leer. Pero a veces nos hacemos programas de lectura.
Una trampa tramposa que, si coarta de algún modo nuestra espontaneidad, ofrece a cambio la ventaja de acercarnos a sea lo que sea que nos haya llevado a confeccionar una lista de lecturas. Y entonces es cuando empezamos a leer la literatura: libros que son palabras de una historia, cada poemario una línea, cada novela un renglón. Nos jugamos la vida en nuestra lista, las horas de la vida que nunca volverán. La decisión resulta abrumadora, pero hay que ser valientes y asumir nuestra caducidad. El domingo pasado, escribía lo siguiente en mis redes sociales:
Dicen que hoy es el día mundial de la lectura. Actualmente, estoy leyendo nada más que un par de libros: una traducción de los sonetos de Shakespeare (algo ligero) y los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, que iré alternando con otras cosas. Entre tanto, trato de escribir mis reseñitas sobre los últimos títulos que sí he terminado, un poemario de Pablo García Casado y el primer episodio de Galdós. Cuando termine, me espera una lista de lecturas que alcanza como mínimo hasta el verano, y que engorda a un ritmo más veloz que con el que decrece. Así que cuando muera, mi lista de lecturas pendientes será más larga que nunca.
¿Quién tiene hoy tiempo de ser hidalgo? ¿Quién tiene hoy tiempo de leer prosa decimonónica? El caso es que estoy en ello. Y como digo, alternaré esta serie enciclopédica con otras cosas que vengan ―de mi lista o de fuera. Take it easy. Por ahora, he terminado el primero: Trafalgar.
Se llama Trafalgar en referencia a una famosa batalla que allí tuvo lugar, entre la escuadra inglesa y la alianza hispano-napoleónica ―Spoiler: nos dieron para el pelo. Al principio, el enfoque nos recuerda al de una novela picaresca ―y de hecho, Galdós nos hace un guiño al mencionar en la primera página al Buscón de Quevedo. Así pues, si Lázaro de Tormes le escribía a “Vuestra Merced” “para que se tenga entera notica de mi persona”, en este caso, Gabrielillo lo hace para “referir el gran suceso de que fui testigo”. Gabrielillo, el narrador, sale al mundo y en lugar de toparse, como marcan los cánones del género, con amos truculentos, logra entrar al servicio de una buena familia. Y a partir de ese momento la novela se pone cervantina.
El señor de la casa se llama Don Alonso Gutiérrez de Cisniega. Recordemos que, antes de volverse esquizo, Don Quijote se llamaba Don Alonso (¿casualidad? No lo creo). Y al igual que Don Alonso Quijano, Don Alonso Gutiérrez, a sus 70 años, capitán de navío ya retirado, sueña con tomar las armas, desbaratar entuertos, darle su merecido a los ingleses y restaurar la honra de la patria. Le acompaña una especie de escudero: Marcial ―aka Medio-hombre―, que, en lugar de frenar tales delirios bélicos, le echa más leña al fuego. La trama se completa con un poco de enredo sentimental, y ya está hecha.
Como siempre, lo
mejor de Galdós es el retrato de época, aunque aquí, claramente, está al servicio
de la puesta en valor de unos hechos patrióticos. Así que buena parte del relato
los personajes se dedican, de forma literal, a “contar batallitas” ―sea la de
Trafalgar, o alguna otra. En todo caso, me alegro de haber leído este clásico y, en efecto, voy ya por el siguiente episodio, La corte de Carlos IV.






