Entrevista con Nuria Ortega Riba, publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, el 12 de octubre de 2024. Incluyo el texto completo de la misma aquí abajo.
 |
Nuria Ortega Riba Fotografiada por © Jorge Díaz Martínez |
NURIA ORTEGA RIBA
Jorge Díaz Martínez
Nuria Ortega Riba (Almería, 1996)
recibió el Premio Adonáis de 2021 por su primer poemario: Las infancias
sonoras (Rialp, 2022). Coincidiendo con el confinamiento de 2020 escribió
su segundo: Albatros (Planeta, 2023), con el que obtuvo el VI Premio
Espasa es Poesía. Actualmente cursa en Granada un doble máster de Profesorado y
Estudios Literarios y Teatrales.
¿Cómo estás digiriendo el
éxito?
Cansada, pero muy contenta. Y muy
agradecida. Me he pasado el mes de abril sin parar. Ahora quiero estar en mi casa y dedicarme a
mí. Yo soy muy de la lentitud, de la calma. No puedo estar todo el rato
produciendo, con prisas.
¿Crees que tus poemas tienen que ser descifrados?
El primer libro es
muy accesible, pero en el segundo sí que hay una dimensión que se escapa un
poco, hay que darle más vueltas a la cabeza.
Albatros es un libro rebosante de subjetividad.
Sí, yo he llegado a pensar que, si alguien lo lee, pensará
que se me ha ido la cabeza.
Eso es lo bonito. Tenemos ya muchos poemas que hablan de
subirse y bajarse del autobús.
A mí me preocupa que sea una poesía menos accesible, me
preocupa que la gente lo entienda, no llegar a ese punto de decir: Nuria, para.
Quieres que el poema siga teniendo ese clavo al que
agarrarse, de sentido.
Sí, claro. Escribir para que sólo yo lo entienda no le veo
ningún sentido.
De hecho, aunque te alejas del poema narrativo más
convencional, se aprecia que detrás de esas imágenes sí que hay un referente.
Parece que es todo símbolo, pero luego se descubre una escena que sostiene todo
el entramado. Por ejemplo, en «Estrellas negras», hasta el último verso no das
la clave.
Ese poema es una foto. De repente, en la facultad, se veían los
pájaros muy lejanos y, como estaban tan altos, parecía que no se movían,
parecían estrellas negras en el cielo de la tarde. A mí se me quedó esa frase
y, a partir de ahí, años después, construí todo lo demás. Quizá por eso, hasta
el final no se revela.
¿Tú pretendías alejarte de la poesía realista? ¿Diseñas tu
poética previamente?
No, para nada. Pero sí que noto que hay esa diferencia
respecto a Las infancias. Yo me siento bastante alejada de eso porque
personalmente tiendo a otro sitio, no porque me siente y diga… No, sino porque
mi manera de entender la literatura, incluso lo que leo, tira más hacia otros
sitios, hacia la fantasía y la imaginación, más que a lo puramente… terrenal.
Se nota que te interesa más ese mundo de la imaginación, los
mundos interiores, que el prosaísmo de lo cotidiano.
Me gusta también la literatura que habla de lo cotidiano;
por ejemplo, cómo se construye la intimidad, el amor. Pero, incluso en esos
relatos, a mí lo que me interesa es lo que se va a otros mundos, el imaginario
que pertenece únicamente a esa persona, lo que se va de lo realista y tira a
otros sitios.
¿Te sientes parte de una
generación?
¿Es que ahora hay una generación? Hace unos años se decía:
«Ha surgido una nueva generación, hablan de la precariedad de los jóvenes». Y
yo pensaba: «Ay, pues me identifico mucho. Si yo tuviera que pertenecer a una
generación, pertenecería a esta». Pero, luego resulta que los dos libros que
tengo no creo que vayan por ahí, para nada.
¿De quién te sientes heredera, literariamente hablando?
Uf, heredera… Ni siquiera me gusta pensar en influencias,
sino en gente que me gusta.
Por ejemplo, Lorca en ti está súper marcado.
Pero, ves, yo no lo diría… y llevo una bolsa de Lorca. Se me ocurre, en Las infancias, Gloria
Fuertes, en ese juego con una inocencia que no es inocencia… Y Szymborska. A mí
Szymborska me dio muy fuerte.
¿Y en Albatros?
Mary Oliver, Emily Dickinson… por ese espacio natural en
contraste con el interior, el cuarto, el encierro… Y luego aquí hay mucha
música, casi más que poesía.
Tu libro es muy romántico.
Es que lo romántico… es de esas cosas que dices, es el
momento de poner una mano encima de la mesa y decir: Chicos, no todo es tan
malo… Porque hubo esa época de: Oh, Dios mío, lees a Bécquer… y blablablá.
Del Romanticismo al hippismo.
Un poco.
¿Hay un poema inspirado en Mujeres que corren con los
lobos?
No, ese poema está inspirado en una canción de Aurora, que
la cito al inicio del libro. Cuando hablo de «pueblo» y de «hombre» en el libro,
lo hago en el sentido de la violencia, de la niña que dice: «Me pusieron
zapatos al nacer, me enseñaron la lengua de los hombres».
Has conseguido conservar la sensibilidad metafísica de la
adolescencia.
Es algo que también me preocupa, nunca perder esa
sensibilidad que no sé si tiene que ver con la inocencia, con cierta ternura,
con esa sorpresa de mirar el mundo. Eso no quiero perderlo. Lo cual no quiere
decir que no me sienta yo ya… más hacia una edad que hacia otra.
Conservar el niño o la niña interior no significa que uno
sea Peter Pan.
Esa es la cosa, pero es que parece que si escribimos sobre
la infancia es que…
Hay también un poema dedicado al tema de las creencias, la
religión, la fe y la magia.
Me dio una época por leer sobre astrología y me di cuenta de
que tengo ciertos patrones que se acercan más a esas creencias mágicas,
místicas o religiosas, que para mí vienen de lo mismo: ese momento de
desesperación absoluta en el que tienes que pedirle a algo… o tengo que
encomendarme a algo, puede ser la luna o puede ser un deseo que tiras al mar en
un papel. Para mí, ir a una iglesia y ponerte de rodillas a rezar o encender
una vela es prácticamente lo mismo que irte a caminar sola, mirar la luna y
pedirle un deseo.
Dices que no pensabas en el albatros de Baudelaire cuando
escribías este libro. Me parece increíble, hay poemas que parece que van uno
detrás del otro.
Cuando yo lo escribía y lo releía, en mi cabeza no estaba en
ningún momento el poema de Baudelaire. Y cuando me di cuenta, me dije: no puede
ser.
¿Crees que un arquetipo de tu subconsciente te poseyó para
que escribieras ese poema?
No lo sé.
Los simbolistas creían mucho en eso.
Yo no me planteaba que el albatros fuera un símbolo
universal, para mí era mi símbolo.
Hay mucho de sabiduría elemental en tu libro, en el sentido
telúrico, de los cinco elementos.
Sí, yo creo que también por ahí va el poema del marsupilami,
que acabo diciendo que ojalá compartir la sabiduría de mi madre, que es creer
en cosas que la gente piensa que no existen… Vamos, que no existen, que es un
marsupilami, un invento, un ser mitológico… ¿Y por qué porque no lo veamos no
puede existir?
O sea, que crees que las ideas sí existen.
O creo que hay dimensiones… o, al menos, se puede jugar con
eso en la literatura. Yo voy por el
bosque pensando que me voy a encontrar un hada ¿y cómo va a caber en mi cabeza
que las hadas no existen? ¿o que los seres mitológicos no existen? ¿Porque ya
somos adultos y creemos que debemos pensar con la cabeza, no existe todo eso?
¿Quién soy yo para decirle a mi madre: «No, los marsupilamis no existen» porque
mis ojos no han visto un marsupilami?