blog de Jorge Díaz Martínez

domingo, 1 de diciembre de 2024

'Follar con amor'. Annalisa Marí Pegrum traduce a Lenore Kandel (Colección Torremozas, 2024) Reseña en Cuadernos del Sur

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2024/11/30/erotismo-lenore-kandel-112147234.html



EL EROTISMO SAGRADO DE LENORE KANDEL

 

Follar con amor

Autora: Lenore Kandel

Editorial: Torremozas, 2024

Traducción: Annalisa Marí Pegrum

            JORGE DÍAZ MARTÍNEZ

            En los últimos años, han aumentado en el mercado editorial español los estudios y antologías dedicados a la Beat Generation. Esta tendencia viene a revalorizar a uno de los movimientos o grupos literarios más influyentes de la segunda mitad del siglo veinte, a ampliar la nómina de sus autores más conocidos y, por añadidura, poner de relieve el papel de las escritoras en dicho movimiento, las cuales, como es habitual, no habían recibido por parte de la crítica suficiente atención. A esta labor dirige sus esfuerzos la poeta, profesora, dinamizadora cultural, madre múltiple y, por si esto fuera poco, antóloga y traductora Annalisa Marí Pegrum. A ella le debemos la antología Beat Attitude (Bartleby, 2015), así como sus traducciones de Dorothea Lasky, Joanne Kyger, Diane di Prima y, ahora, Lenore Kandel.

            Bajo el título de Follar con amor, esta antología bilingüe nos presenta el erotismo místico de Kandel, precedido por una sucinta introducción que nos da cuenta de las claves biográficas y literarias de la autora, además de un proemio firmado por la propia Kandel en San Francisco en 1967. Su poesía comparte con su generación una escritura de flujo de conciencia, una actitud vitalista y contestataria frente a las directrices de la sociedad norteamericana más conservadora, el influjo de la espiritualidad oriental y el idealismo crítico del movimiento hippie; pero nadie brilla tanto como Kandel en el canto sin tapujos de una sexualidad sagrada y desbordada, hasta el punto de que su primera publicación, The Love Book (1966), fue acusada de pornográfica y retirada de las librerías, teniendo que enfrentar cargos por obscenidad. Como indica Annalisa Marí Pegrum, su poesía “trataba del placer femenino y heterosexual en un momento en el que se suponía que las mujeres no debían expresar tales sentimientos”. La falta de autocensura de Kandel respondía a un principio poético que podríamos resumir, citando de nuevo a la antóloga, como “la muerte de la hipocresía”, el cual guardaba no poca relación con su práctica del budismo zen. En palabras de Lenore Kandel: “Cualquier forma de censura, ya sea mental, moral, emocional o física, ya sea de dentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, es una barrera contra la conciencia de uno mismo.”  

Lenore Kandel se retiró al silencio tras un grave accidente de moto en 1970. Sin embargo, sus poemas de juventud, medio siglo después de su publicación, mantienen encendida su viveza, su sorpresa, su capacidad de conmovernos e incluso de epatarnos, además de ofrecernos un modelo literario alternativo al de las prácticas escriturales eufemísticas que saturan el mercado editorial. Honestidad brutal, tanto para escribir como para callar.

domingo, 27 de octubre de 2024

La primera novela de Pablo García Casado: La madre del futbolista. (Visor, 2022) Reseña en Cuadernos del Sur

 Reseña publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba.

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2024/10/26/madre-futbolista-110413849.html


Pablo García Casado

LA MADRE DEL FUTBOLISTA

Visor Libros, 2022

 

Por Jorge Díaz Martínez

En una antigua entrevista, Pablo García Casado declaraba no disponer del músculo necesario para escribir narrativa. Años después, el poeta, tantas veces acusado de excesivo prosaísmo ―su poesía siempre ha levantado ampollas y envidias―, ha terminado por darle el gusto a sus críticos, demostrando al mismo tiempo que no llevaban razón. Su primera novela, La madre del futbolista, está lejos de incurrir en los vicios estilísticos en los que suelen caer los poetas metidos a novelistas. Cierto que su poesía ya venía depurada de retóricas manidas ―en favor de una sintaxis cuasi cinematográfica― e incluso que esta novela bien podría interpretarse como un poema expandido ―a partir de unos versos anteriores―, pero aquí el escritor mete un cambio de marchas diferencial: una prosa rasante que no se separa un centímetro del suelo, sin insomnes monólogos de interior ni intrincadas figuras de expresión, llevada con suavidad por un narrador omnisciente, pero no del todo ausente, que se asoma en incisivos adjetivos e integra en su textura la mirada de los protagonistas, a quienes conocemos ―un poco al modo del iceberg de Hemingway― a partir de sus acciones objetivas y puntuales diálogos de clase media baja.

La obra recolecta las principales obsesiones que el autor ha ido diseminando en sus poemarios: el decorado humano de las urbanizaciones de extrarradio ―símbolo de los márgenes del canon literario y del canon social―  en Las afueras (1997); los viajes de carretera y «ese niño de 11 años que descubre a su mamá/ en un vídeo acompañada de otros hombres» en El mapa de América (2001); la precariedad económica en Dinero (2007); las cuestiones parentales en García (2015) y el submundo de la pornografía en La cámara te quiere (2019); además de su conocida afición futbolística.

Citándolo de nuevo, la vida que nos muestra es la de «un telefilme de bajo presupuesto» donde la progenitora que da título a la obra escapa como puede de unas turbias relaciones familiares, laborales y conyugales, donde la amistad se cimenta en base monetaria y una chapucera productora pornográfica comparte página con corruptelas político-inmobiliarias. En este entorno opresivo, la madre protagonista sobrevive a contrapelo con la mayor dignidad asequible, sin pájaros en la cabeza ni más preocupaciones que llenar la nevera. Sus breves lapsos de alivio coinciden, curiosamente, con el ambiente sórdido del sobresueldo erótico al que tanto sus apuros económicos como su necesidad de salirse del tiesto la empujan. 

domingo, 13 de octubre de 2024

Entrevista con Nuria Ortega Riba en Cuadernos del Sur. Fantasía y símbolo en la poesía.

Entrevista con Nuria Ortega Riba, publicada en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, el 12 de octubre de 2024. Incluyo el texto completo de la misma aquí abajo. 


Nuria Ortega Riba
Fotografiada por © Jorge Díaz Martínez

NURIA ORTEGA RIBA

Jorge Díaz Martínez

Nuria Ortega Riba (Almería, 1996) recibió el Premio Adonáis de 2021 por su primer poemario: Las infancias sonoras (Rialp, 2022). Coincidiendo con el confinamiento de 2020 escribió su segundo: Albatros (Planeta, 2023), con el que obtuvo el VI Premio Espasa es Poesía. Actualmente cursa en Granada un doble máster de Profesorado y Estudios Literarios y Teatrales.

¿Cómo estás digiriendo el éxito?

Cansada, pero muy contenta. Y muy agradecida. Me he pasado el mes de abril sin parar.  Ahora quiero estar en mi casa y dedicarme a mí. Yo soy muy de la lentitud, de la calma. No puedo estar todo el rato produciendo, con prisas.

¿Crees que tus poemas tienen que ser descifrados?

 El primer libro es muy accesible, pero en el segundo sí que hay una dimensión que se escapa un poco, hay que darle más vueltas a la cabeza.

Albatros es un libro rebosante de subjetividad.

Sí, yo he llegado a pensar que, si alguien lo lee, pensará que se me ha ido la cabeza.

Eso es lo bonito. Tenemos ya muchos poemas que hablan de subirse y bajarse del autobús.

A mí me preocupa que sea una poesía menos accesible, me preocupa que la gente lo entienda, no llegar a ese punto de decir: Nuria, para.

Quieres que el poema siga teniendo ese clavo al que agarrarse, de sentido.

Sí, claro. Escribir para que sólo yo lo entienda no le veo ningún sentido.

De hecho, aunque te alejas del poema narrativo más convencional, se aprecia que detrás de esas imágenes sí que hay un referente. Parece que es todo símbolo, pero luego se descubre una escena que sostiene todo el entramado. Por ejemplo, en «Estrellas negras», hasta el último verso no das la clave.

Ese poema es una foto. De repente, en la facultad, se veían los pájaros muy lejanos y, como estaban tan altos, parecía que no se movían, parecían estrellas negras en el cielo de la tarde. A mí se me quedó esa frase y, a partir de ahí, años después, construí todo lo demás. Quizá por eso, hasta el final no se revela.

¿Tú pretendías alejarte de la poesía realista? ¿Diseñas tu poética previamente?

No, para nada. Pero sí que noto que hay esa diferencia respecto a Las infancias. Yo me siento bastante alejada de eso porque personalmente tiendo a otro sitio, no porque me siente y diga… No, sino porque mi manera de entender la literatura, incluso lo que leo, tira más hacia otros sitios, hacia la fantasía y la imaginación, más que a lo puramente… terrenal.

Se nota que te interesa más ese mundo de la imaginación, los mundos interiores, que el prosaísmo de lo cotidiano.

Me gusta también la literatura que habla de lo cotidiano; por ejemplo, cómo se construye la intimidad, el amor. Pero, incluso en esos relatos, a mí lo que me interesa es lo que se va a otros mundos, el imaginario que pertenece únicamente a esa persona, lo que se va de lo realista y tira a otros sitios.

¿Te sientes parte de una generación?                      

¿Es que ahora hay una generación? Hace unos años se decía: «Ha surgido una nueva generación, hablan de la precariedad de los jóvenes». Y yo pensaba: «Ay, pues me identifico mucho. Si yo tuviera que pertenecer a una generación, pertenecería a esta». Pero, luego resulta que los dos libros que tengo no creo que vayan por ahí, para nada.

¿De quién te sientes heredera, literariamente hablando?

Uf, heredera… Ni siquiera me gusta pensar en influencias, sino en gente que me gusta. 

Por ejemplo, Lorca en ti está súper marcado.

Pero, ves, yo no lo diría… y llevo una bolsa de Lorca.  Se me ocurre, en Las infancias, Gloria Fuertes, en ese juego con una inocencia que no es inocencia… Y Szymborska. A mí Szymborska me dio muy fuerte.

¿Y en Albatros?

Mary Oliver, Emily Dickinson… por ese espacio natural en contraste con el interior, el cuarto, el encierro… Y luego aquí hay mucha música, casi más que poesía.

Tu libro es muy romántico.

Es que lo romántico… es de esas cosas que dices, es el momento de poner una mano encima de la mesa y decir: Chicos, no todo es tan malo… Porque hubo esa época de: Oh, Dios mío, lees a Bécquer… y blablablá.

Del Romanticismo al hippismo.

Un poco.

¿Hay un poema inspirado en Mujeres que corren con los lobos?

No, ese poema está inspirado en una canción de Aurora, que la cito al inicio del libro. Cuando hablo de «pueblo» y de «hombre» en el libro, lo hago en el sentido de la violencia, de la niña que dice: «Me pusieron zapatos al nacer, me enseñaron la lengua de los hombres».

Has conseguido conservar la sensibilidad metafísica de la adolescencia.

Es algo que también me preocupa, nunca perder esa sensibilidad que no sé si tiene que ver con la inocencia, con cierta ternura, con esa sorpresa de mirar el mundo. Eso no quiero perderlo. Lo cual no quiere decir que no me sienta yo ya… más hacia una edad que hacia otra.

Conservar el niño o la niña interior no significa que uno sea Peter Pan.

Esa es la cosa, pero es que parece que si escribimos sobre la infancia es que…

Hay también un poema dedicado al tema de las creencias, la religión, la fe y la magia.

Me dio una época por leer sobre astrología y me di cuenta de que tengo ciertos patrones que se acercan más a esas creencias mágicas, místicas o religiosas, que para mí vienen de lo mismo: ese momento de desesperación absoluta en el que tienes que pedirle a algo… o tengo que encomendarme a algo, puede ser la luna o puede ser un deseo que tiras al mar en un papel. Para mí, ir a una iglesia y ponerte de rodillas a rezar o encender una vela es prácticamente lo mismo que irte a caminar sola, mirar la luna y pedirle un deseo.

Dices que no pensabas en el albatros de Baudelaire cuando escribías este libro. Me parece increíble, hay poemas que parece que van uno detrás del otro.

Cuando yo lo escribía y lo releía, en mi cabeza no estaba en ningún momento el poema de Baudelaire. Y cuando me di cuenta, me dije: no puede ser.

¿Crees que un arquetipo de tu subconsciente te poseyó para que escribieras ese poema?

No lo sé.

Los simbolistas creían mucho en eso.

Yo no me planteaba que el albatros fuera un símbolo universal, para mí era mi símbolo.

Hay mucho de sabiduría elemental en tu libro, en el sentido telúrico, de los cinco elementos.

Sí, yo creo que también por ahí va el poema del marsupilami, que acabo diciendo que ojalá compartir la sabiduría de mi madre, que es creer en cosas que la gente piensa que no existen… Vamos, que no existen, que es un marsupilami, un invento, un ser mitológico… ¿Y por qué porque no lo veamos no puede existir?

O sea, que crees que las ideas sí existen.

O creo que hay dimensiones… o, al menos, se puede jugar con eso en la literatura.  Yo voy por el bosque pensando que me voy a encontrar un hada ¿y cómo va a caber en mi cabeza que las hadas no existen? ¿o que los seres mitológicos no existen? ¿Porque ya somos adultos y creemos que debemos pensar con la cabeza, no existe todo eso? ¿Quién soy yo para decirle a mi madre: «No, los marsupilamis no existen» porque mis ojos no han visto un marsupilami?

 

sábado, 11 de mayo de 2024

Reseña a: Orden inverso, de Eva Hidalgo (Ediciones En Huida, 2024) en Cuadernos del Sur

Reseña aparecida en Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba. 



EVA HIDALGO

ORDEN INVERSO

EDICIONES EN HUIDA, 2024.

 

 

Eva Hidalgo, poeta, profesora, dinamizadora cultural y cordobesa de adopción y de elección, ha publicado este año en Ediciones En Huida su segundo poemario: Orden Inverso. El libro lo componen doce cantos circulares que, como premoniciones, concluyen en el aciago año de 2020. Se trata de una obra más crítica que lírica, cuya sintaxis estilística va hilando realidades aparentemente distanciadas pero vinculadas aquí por la mirada onírica de la autora, quien pone en evidencia las relaciones de poder que las sustentan y en las que, ineludiblemente, los lectores nos hallamos implicados. Las citas iniciales de Paul Celan y de Heidegger ya nos dan una pista sobre la disposición de la autora ante un lenguaje entendido como cárcel y hogar al mismo tiempo, una jaula cuyas limitaciones solamente nos permiten señalar con gestos torpes aquello que verdaderamente quisiéramos expresar. Tienen algo de bíblico estos himnos de aspiración universalista, de tríptico del Jardín de las delicias del tonto sapiens global. Se repite en todos ellos el leit motiv de los «peligros indefinidos» y un estribillo final con variaciones que apunta hacia una «sed» aquí interpretable como insatisfacción orgánica y moral, biológica y cultural. En este Orden inverso nadie sale bien parado: ni la ciencia, ni la historia, ni los nacionalismos, ni las infancias traumáticas, ni los inmigrantes ahogados, ni los ecosistemas devastados por el capitalismo, ni las mujeres condenadas a estereotipadas improntas sexuales, ni los trabajadores   consumidos en su propia vorágine de productividad, ni los sintecho que buscan con sus bolsas de plástico cobijo en nocturnas estaciones de autobús… todas estas figuras quedan presas de una misma explotación inescapable. Le gustaría a la autora formular un hipotético orden menos torcido, en el que los hormigueros de bípedos humanos funcionaran una pizca mejor. Y su protesta es este alegato: una poesía social figurativa. A Eva Hidalgo le queda la sed y la palabra.

 

 

 

 

domingo, 25 de febrero de 2024

Reseña a: Criaturas del momento, de Rafael Espejo (Pre-Textos, 2023) en Cuadernos del Sur


Después de toda la vida leyendo Cuadernos del Sur (en la época de la prensa de papel, se apilaban en mi cuarto adolescente), la casualidad ha querido que publique en ellos, por primera vez, una reseña. Ciertamente contento de escribir en el suplemento cultural que leía de pequeño, en el periódico de toda la vida de mi ciudad natal.

Podéis leerla en el sigiente enlace:

Reseña de Criaturas del momento, de Rafael Espejo, en Cuadernos del Sur.


Y de paso os la copio aquí:

Rafael Espejo

Criaturas del momento

III Premio internacional de poesía Francisco Brines

Pre-Textos (2023)


Por Jorge Díaz Martínez 

La prolija descendencia de la poesía figurativa de los ochenta (según acuñación de Luis Antonio de Villena) sigue ofreciéndonos frutos muy dispares, la mayor parte, epígonos sin gracia. No obstante, entre la muchedumbre antologada podemos distinguir, como decía Antonio Machado, algunas voces personales. Una de ellas es, sin duda, la de Rafael Espejo (Palma del Río, 1975), quien vuelve a la palestra con su quinto poemario: Criaturas del momento (Pre-Textos, 2023), merecedor del III Premio de Poesía Francisco Brines, uno más en la serie de reconocimientos que jalonan su estela literaria, entre otros, el Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 1995, el Hiperión en 2001 y el Emilio Prados en 2008.

Rafael Espejo vuelve y sigue siendo él mismo: sus poemas, no obstante, sí han cambiado, no tanto en la factura técnica de los versos como en su discurso íntimo, las cosas que nos cuenta. Me refiero, en especial, al tema universal de los lazos familiares y su caducidad; un rasgo generacional que vincula a esta obra con las últimas entregas de otros escritores, más o menos, de su quinta, tales como Carlos Pardo, Juan Antonio Bernier, Andrés Neuman, Erika Martínez o Xavier Guillén. En todos ellos, el desapego de la juventud ha dado ya lugar a una insoslayable madurez, la cual trae aparejada una sentida reflexión acerca de los vínculos de sangre, las raíces rurales y la inevitable pérdida de los seres queridos, un asunto que ocupa ya un lugar central entre las páginas de esta generación.

La otra línea que guía este poemario es la de la disertación filosófica infantil acerca de esas preguntas fundamentales de la existencia que acostumbramos a enterrar bajo el ajetreo de lo consuetudinario, pero enunciadas aquí al calor de una madurez comprometida, coherente con los límites de su propia conciencia, a la que la experiencia de la muerte cercana y el propio deterioro ha dotado de fondo quevedesco. Preguntas que suceden, de nuevo, en un ambiente campestre y familiar, con la mirada atenta a las constelaciones, con perros, chimenea, frutales y paseos. Nada que ver con el desparrame bohemio de sus primeros libros hedonistas. Aquí encontramos poemas dedicados a un vaso de agua, a las macetas del patio, a las mascotas también perecederas, a una hogaza de pan y, por supuesto ―al igual que Walt Whitman―, a sí mismo. Aunque, en realidad, todos estos poemas son excusas para hablar de otras cosas. De esta manera, Rafael Espejo acompaña a un punto medio al anciano y al niño, la razón taxonómica y la imaginación lúdica, la circunvolución sedimentada y la capacidad de asombro.

En todo caso, estas indicaciones no alcanzan a resumir el universo impreso en dichas páginas, ni menos la emoción que alienta en sus poemas; no son su sustituto, solo una invitación a su lectura. No hay una sola cita en todo el libro: todo el libro es una sola cita.