El
objetivo inicial era encontrar un lugar confortable para el reposo de la panza contemporánea, algunas de las más recientes aportaciones de los sofás nos parecían solitarias. Sin embargo, antes que dedicarnos a una superficie gélida o meramente árida, hemos querido fundamentar nuestras bases sobre este papel tan propicio. Creemos que el
resultado de este reposo supone por sí mismo una unidad coherente de sentido,
la cual tal vez sea suficiente para constituir una siesta. Se trataría, pues, de
una siesta de análisis sobre cuestiones de cercanía calorífica y de la propuesta de
un modelo felino de convergencia, y por ende, de familiaridad simbiótica.
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jueves, 14 de noviembre de 2013
jueves, 6 de septiembre de 2012
Madrugada verbal
Utilizamos las palabras inconscientemente, sin saber lo que realmente significan. Por ejemplo, ¿qué significa la palabra real? ¿existe el significado real de una palabra? ¿no es este significado más que una convención fluctuante? Es más, ¿existe la realidad? Y si existe, ¿podemos conocerla? ¿acaso podemos decir de una palabra que sea o no sea una palabra real? ¿existen las palabras? ¿Y qué significa significar? Para significar algo tiene que haber algo que significar, por lo tanto reconocer la significación de los signos significa reconocer la existencia de algo más, de algo otro. ¿O acaso ese algo otro solo existe en función de los signos que lo apuntan, en función del sentido que lo apunta? ¿Existe, en fin, la realidad, la irrealidad, ambas cosas, o ninguna? Y si existe, ¿qué significa que la realidad existe? O, dicho de otra manera, ¿qué significa la realidad? ¿Es la realidad un signo, para poder significar algo? ¿es el libro de Dios, como decían en el Medievo? Y si lo es, ¿hacia dónde señala? De nuevo, ¿qué significa la realidad? ¿qué significa la palabra real?
viernes, 24 de junio de 2011
Hoguera de San Juan
Una amiga ha tirado a la hoguera de San Juan tres cartillas del banco. Otra amiga se ha pasado toda la semana escribiendo las notas que esta noche ha arrojado a esa misma hoguera. Continuamente, la gente se acercaba a quemar sus demonios personales, demonios redactados en trocitos de papel cuadriculado. Me imagino a Shiva el Destructor, me lo imagino lector de papelitos: un fuego desdoblando y descifrando incontables ejemplos de una caligrafía apresurada bajo el pulso del alcohol mientras miles de pies van saltando y saltando su humeante cabeza. E imagino un collage, uno que incluya pedazos de todos esos millones de papelitos: las cartillas del banco, la factura (la falta, la fractura) de autoestima, las inseguridades, los cambios de trabajo, el desamor, la rutina, la ruina, los celos, la pereza, la envidia, la amargura, la inercia, las rencillas, los traumas. Y también los objetos: esos viejos zapatos, una caja con fotos o cualquier otro símbolo de una mal digerida decepción.
Y el rito del agua: alguien que desahoga una botella de plástico haciéndola girar mientras alrededor los espíritus chillan agradecidos, enardecidos.
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