blog de Jorge Díaz Martínez

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POEMAS

COLADA

Algo importa si sufres
esas pinzas,
la cuerda que sostiene
el margen de tu cielo,
cómo limpia
piel muerta de la piel,
el viento que voló
tu ropa de la cuerda.

Importa dónde caes.

(De La piel de la memoria)



VALENTINA, EL INVIERNO.

Serán más de las nueve de un domingo.
La gente entra y sale de las cafeterías
o desayuna al sol en las terrazas,
pero Valentina duerme, duerme tranquila.

¿Que si trabajé… Trabajé en un montón de sitios!
Yo tenía que cuidar de mi hermano
y tenía que comprarle la ropa y las cosas del colegio,
los cuadernos, los lápices, los libros, la ropa… todo.
Yo era la que traía el dinero a casa
y cuidaba de mi madre también,
que estaba siempre bebiendo…
y yo era sólo una niña!

Valentina amanece en el suelo, en la esquina
de Reyes Católicos con Calle Elvira.
Sus perros, como ángeles, la arropan.
No la despierta el humo
ni el ruido de los tubos de escape,
no la despiertan los pasos
ni el sol
que en los labios hinchados
ya la besa.

Una rasta rubia le cae en la mejilla.

Su sueño será espeso y pegajoso.

(De Almizcle y tabaco)


EQUINOCCIO 

La rosa del invierno
se deshace despacio acariciada.

Inevitable tarde
que a propósito olvida
y nada entre dos cuerpos.

Las parejas sin ver
en los cristales.

 Un murmullo inaudible,
 una bufanda de agua
 y en las manos arena
 -digámoslo así- muy blanca.

La pizarra del vaho
amortiguando
sus diafragmas ansiosos.

Y todavía la nieve
que resbala.

(de Transbordo. Poemas del metro de Barcelona)    



PROSA INÉDITA


You look like a piece of Magritte

Il n'y a pas de choix: pas d'art sans la vie.

René Magritte


"Pas de photos!" es el grito de guerra de los vigilantes que rondan las tres plantas del Museo Magritte. En el descansillo de cada una de ellas un magnífico ventanal ofrece una melancólica estampa de Bruselas. Una mujer contempla inmóvil el panorama. Viste de negro y su pelo rizado es del mismo color. Su figura completamente oscura se recorta sobre un paisaje de tonos pastel y recuerda a las siluetas vacías de Magritte. También el propio paisaje, urbano y celeste, enmarcado por el ventanal, se parece a los cuadros que decoran las salas adyacentes, donde la realidad simula penetrar y salirse de los lienzos, o los lienzos fundirse con la vida. Y el encuentro con esta mujer que  observa sentada, a través del ventanal, completamente inmóvil, una ciudad tan real y a la vez tan pictórica como Bruselas, contemplando algo que con seguridad no era lo que tenía ante sus ojos, en vez de deambular frente a las pinturas enmarcadas de las salas adyacentes, me pareció la mejor obra de arte de Magritte. Le hice una foto, le di el móvil a Veronika y me dirigí a la ventana para posar. Vi a la mujer de frente, era de raza negra, y muy guapa, con gafas elegantes. Me pareció que estaba triste, o incómoda, o lejana. Ella se fue apartando del encuadre hasta alcanzar el extremo opuesto del banco, oficiando una sonrisa cortés. Me pareció que no deseaba que la molestaran, pero you look like a piece of Magritte, le dije. 





PALOMA MENSAJERA

Pasé a su lado con la bici y aleteó en el suelo. Dentro de poco un coche la atropellará, o un perro se la comerá. Dejé la bici en el portal y volví a por ella. Hacía años que no recogía a un animal. No era capaz de calcular la gravedad de su lesión. No podía mover las patas, las tenía encogidas. También tenía un boquete donde debía estar el culo. Le puse un cartón con periódicos y un plato con agua y pan migado. Salió del estado de shock y al cabo de una hora le pude dar de beber con el dedo. Se despertó: bebía y comía sola. Casi parecía contenta. Unas horas después me animé a investigar esa herida, oculta en un amasijo de plumas. Di un salto hacia atrás cuando un puñado de moscas salió espantado de ahí. De vez en cuando le cambiaba el periódico. Comprobé que todavía tenía sensibilidad en las patas, aunque no podía moverlas. Tenía los dedos inertes y arrugados. Tal vez pudiera recuperarlas al cabo de... ¿dos semanas, tres? Ese día comimos en la terraza. Por la noche dejamos apagada la luz del salón y cenamos en mi cuarto. Estuvimos leyendo en wikipedia la historia de las palomas mensajeras. La nuestra era una columba livia: me había fijado en los reflejos verdes del plumaje del cuello. Le puse el cartón debajo de la mesa para que se sintiera protegida, pues las palomas descansan por la noche. Al alba, me despertó su aletear. Yo había dormido tres horas. La escuchaba golpear alrededor. Estaba totalmente desorientada, con la cabeza doblada contra una pared. La puse de nuevo en el cartón, le puse un poco más de agua en el plato, intenté que bebiera. Tenía los ojos agotados y el cuello hundido. Me volví a la cama. Me di cuenta de que simplemente estaba prolongando su sufrimiento. Preparé una bolsa de plástico, dos calzoncillos viejos y un cuchillo. Cuando la envolví en el trapo, levantó la cabeza abriendo bien los ojos. En la cocina, la dejé en el suelo y la observé. Sin poder sostenerse, se arrastraba golpeando con las alas en un palmo de suelo. Demostraba sus ganas de vivir y a la vez su impotencia. Entonces me di cuenta de que aunque recuperara algo de fuerza en las patas, y aunque el boquete del culo se le cerrara, nunca podría volver a volar, simplemente porque no tenía cola. Le faltaba toda esa parte. Cuando se relajó, la envolví de nuevo. Le tapé también la cabeza. Sentía su calor palpitando, la desproporcionada fuerza de sus alas. Se la quité a la muerte, y se la devolví.