blog de Jorge Díaz Martínez

lunes, 6 de abril de 2020

Shock Therapy & Covid-19


Naomi Klein se hizo famosa con la publicación del ensayo No logo, que muchos recordaréis, donde, básicamente, revisa la influencia del poder económico sobre las sociedades en el contexto de las grandes corporaciones de hoy en día. Pocos años después, en Shock Therapy (La doctrina del shock) describía una estrategia de manipulación masiva (según Klein, propia del capitalismo) basada en la creación de un falso problema (o, simplemente, la creación de un problema real) que generaría un estado de alarma (miedo), tras lo cual la sociedad aceptaría, incluso de buen grado, la imposición de algunas "soluciones" previamente prescritas para dicho problema prefabricado.

Este modelo se aplica a diversos eventos de la historia reciente. Pero, por citar solamente un caso cuyo "problema prefabricado" ha sido públicamente desmentido incluso por los mismos que lo publicitaron, recordemos las pruebas presentadas ante la ONU sobre la irrefutable existencia de armas de destrucción masiva en Irak, tras lo cual, con el beneplácito de la ONU, una alianza internacional de países occidentales se vio legitimada para intervenir militarmente dicho estado.

La difícil aceptación de estas teorías conspiracionistas —que denuncian la intencionalidad programada de tales operaciones encubiertas, siempre planificadas por algún organismo en la sombra— es su falta de credibilidad a gran escala, pues a la mayoría de las personas les resulta imposible aceptar por mucho tiempo que existan poderosas organizaciones, no siempre coincidentes con las instituciones políticas, cuyos objetivos no incluyan necesariamente la protección de la salud y la vida de los individuos que componen las sociedades.

Es decir, a la mayoría de la gente le resulta difícil, si no imposible, admitir durante un periodo prolongado de tiempo que los gobiernos de nuestros países, así como los organismos internacionales que componen, mientan y manipulen sistemáticamente a los ciudadanos, y que por tanto nuestras vidas se hallen continuamente bajo un estado de engaño controlado a través de distintos sistemas culturales, ideológicos e institucionales. Se entiende que no es fácil admitirlo: ni emocionalmente, ni para el orgullo asociado a la propia identidad. Por lo tanto, podemos tener el engaño delante de nuestras propias narices sin ser capaces de verlo, de creerlo o de aceptarlo.

Instintivamente, estamos programados para confiar y obedecer a unas figuras de autoridad que, aunque puedan a veces castigarnos, en última instancia procuran nuestra seguridad, protección y beneficio. Estas estructuras psicológicas de obediencia y credulidad hacia unas figuras de autoridad de las que dependemos provienen, obviamente, de las estructuras familiares primigenias, tanto animales como humanas, dándose el caso de que numerosas sociedades animales generan asimismo, como es sabido, figuras de autoridad o "líderes de la manada", más allá de la estructura unifamiliar. Nuestras organizaciones políticas no son más que la sofisticación de la tendencia de los mamíferos a generar una guía común.

Actualmente, nos resulta casi inaceptable, psicológicamente hablando, admitir una situación en la que nuestros "políticos-padres" nos sometan a diversos grados de manipulación, llegando incluso a atentar contra nuestra integridad personal. Sin embargo, en tiempos pretéritos la conciencia de la brutalidad, la violencia, la esclavitud y, en definitiva, del sometimiento al poder (de la fuerza) y a una jerarquía establecida se daba por sentado; así pues, quedaba menos espacio para el engaño ideológico y para una pretendida ilusión de libertad sociopolítica. Sin embargo, también desde muy antiguo los gobernantes han tenido conciencia de la conveniencia de controlar a las sociedades desde la manipulación ideológica, en vez de con la fuerza bruta. De otro modo, muchos soldados no se alistarían para morir voluntariamente en defensa de los intereses de, pongamos por caso, una casa real o un nuevo estado.

¿Cómo se aplica todo esto a la situación que estamos viviendo actualmente? Hay distintas teorías, pero, desde luego, todas juegan la misma baza en contra: la gente no cambia fácilmente de opinión y mucho menos admite estar siendo engañada. Admitirlo significaría resquebrajar el paradigma de realidad sociopolítica en el que el sujeto se encuentra cómodamente instalado, con la subsecuente inseguridad respecto a qué creer, desorden emocional y paranoia. Lo menos problemático, por tanto, es seguir ciegamente el discurso oficial, cosa que, al mismo tiempo, nunca antes había sido tan sencillo, pues nunca antes las sociedades habían estado, como ahora, tan controladas desde unos medios de comunicación tan instantáneos, eficientes, centralizados y universalmente homogeneizados.