blog de Jorge Díaz Martínez

jueves, 24 de abril de 2014

Égloga de un desayuno





 
Soy consciente de que una de las claves de la salud es ajustar los propios ritmos biológicos a los ciclos de la naturaleza, y si bien durante la mayor parte de mi crecimiento nunca he albergado seriamente la intención de ceñirme a esta regla (pues desde infante la noche me ha servido de despacho privado), hace ya algunos años que lo vengo probando con relativo éxito. El tener un horario laboral, desde luego, ayuda considerablemente, aunque tampoco es una garantía. Las obligaciones estudiantiles, en cambio, son de otro costal. Durante mi época universitaria en Granada (que ahora me regresa en forma de doctorado), cuando iba a visitarla, mi abuela me echaba la regañina: “¡La noche es para dormir!”. Y yo le devolvía la razón junto con una sonrisa, porque en el fondo no podía admitirlo, y es que algunas de las mejores mociones de mi vida sucedían a horarios intempestivos. Para empezar, la propia literatura, ya que desde muy niño adquirí el hábito de llegar onírico al colegio, y a veces todavía con las pantuflas puestas, como consecuencia de haberme gastado media noche alumbrando novelas intrigantes (recuerdo, por ejemplo, las de El pequeño vampiro, que devoré antes de pasar a géneros menos nobles). Con la edad adulta, o semi-adulta, resultó que el vicio se fue agravando inevitablemente en relación directamente proporcional a las obligaciones académicas o laborales. De manera que si la literatura requiere cierto margen de tiempo material en el que zambullirse y olvidarse, de cuantas menos franjas libres de criterio se dispongan más bocados al periodo de sueño le daremos. Y esto plantea un dilema quijotesco ¿dormir o leer? de aristotélicas concatenaciones. Cuando el reloj anuncia el comienzo del día después del mediodía y la luz se evapora como sal de rocío, constatamos que andamos de nuevo en la celada y sabemos, aunque no lo reconozcamos, del peligroso bucle progresivo que puede llevarnos a dar como en noria de feria completamente el giro a la jornada hasta amanecer de nuevo sonrosados y frescos en el turno correspondiente de nuestras buenas siete de la mañana, pero catorce días después. Cualquiera reconoce que es preferible reposar en franjas equivocadas a no hacerlo, como cuando acudimos insomnes al sudor evangélico. Sin embargo, los libros no serán los únicos culpables de este solapamiento. Quien dice literatura dice cine o música o sexo o vapor (de varias variedades, se entiende). Y de hecho, a algunos insomnes profesionales les basta con la contemplación de un cigarrillo. No menciono el caso de los bebés para no profundizar en el asunto, me refiero a otros trances. En resumen, el placer de pasar la noche en vela disfrutando de un buen libro, una mala mujer o unos sabios amigos, eso que tan profundamente se imbrica en nuestra consumación artística, es algo que se me hace difícilmente incompatible con la buena salud, o todo lo contrario. Y si de consumir literatura pasamos a producirla, mejor no hablamos. Con todo, yo conservo en mi mente una suave querencia, que algunos meses se torna sincera melancolía, por las mañanas despejadas, fragantes, el ejercicio físico diurno, aquella ligera prisa matutina y la flagrante ayuda que presta a quien madruga Dios.




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