blog de Jorge Díaz Martínez

viernes, 3 de febrero de 2012

La lectura de Elvira








Anoche fue el recital de Elvira Ramos. Me pareció obligado empezar con la lectura de un poema, en concreto, este poema, de Wislawa Szymborska. Después, el acto continuó más o menos como sigue:





PRESENTACIÓN DE ELVIRA RAMOS EN LA TERTULIA, EL 2 DE FEBRERO DE 2012, GRANADA


Por Jorge Díaz Martínez


Los que estamos aquí esta noche, hemos venido, como ustedes saben, a realizar una especie de velada esotérica. Hemos venido, ni más ni menos, que a poner en marcha el ritual/ de la literatura, a merendar el espíritu de Elvira, a beber/ la destilación/ de sus desvelos. Y no crean que estoy exagerando si digo que, dentro de un breve momento, comenzará a producirse, en esta misma taberna, una especie de bucle, un bucle dimensional al que vamos a tener acceso sin necesidad de recurrir a aceleradores de partículas, más allá de los estimulantes que cada cual tenga a bien consumir, y de entre los cuales, los poemas de Elvira no serán, sin duda, los más blandos. Pero estaba, perdónenme si divago, pero estaba recurriendo antes a la imagen de un bucle temporal, pues lo que va a ocurrir aquí, dentro de poco, no consiste en otra cosa, sino en un solapamiento, sino en una simultaneidad, como un agujero de gusano hacia el pasado de una amante, el presente de una vida y el futuro de una poeta, y todo ello a su vez multiplicado por cada uno de los receptores de la comunicación, es decir, por nosotros, tan susceptibles al verbo. Y vamos a tener la suerte de asistir también a una premonición, la suerte de escuchar unos poemas como quien adivina en las formas de un cuerpo/ todavía adolescente/ la anatomía adulta que cobija: no son éstos los primeros poemas de Elvira Ramos, ni tampoco los últimos, pero son ya, sin duda, sus poemas, su manera de hablar, su movimiento. Y es que Elvira es una escritora increíblemente inédita, alguien a quien la exigencia íntima del perfeccionamiento del oficio había mantenido hasta hace poco tiempo bien a salvo, bien abrigada en esa confortable anonimia de la que ahora, entre todos, empezamos con gusto a despojarla.

Yo no sé si meterme en cuestiones de poética. Hablar de su poesía se parece demasiado a hablar de ella, a desnudarla en público, así, para todos ustedes, y debo reconocer que me causa un poco de pudor, un poco de vergüenza, toda la que le falta a ella cuando decide decir en sus poemas de manera completamente sincera todas esas mentiras que los demás solemos guardarnos para luego. Son mentiras sentidas, sin embargo, tan sentidas que a veces me recuerdan a aquella famosa cita de Pessoa. Ustedes ya me entienden, ya musitan la cita, y yo quiero aprovechar para decirles que los versos de Elvira también hablan de lo mismo: de dolor y de otros versos. 

Y si a una poeta la hacen sus lecturas, las de Elvira han parido a una bastarda, quiero decir, a la hija de un amor enfebrecido y extramatrimonial, un delito fraguado en la alta oscuridad y bajo coste siempre de la vigilia, pero es precisamente esa pasión ilegítima la única a la que nosotros, los poetas, los intelectuales bohemios, concedemos cierta legitimidad, quizá porque sabemos que quien no se ha ahogado nunca en las profundidades de una página, no puede llegar tampoco a entrecortar el aliento de aquellos que se acerquen a las suyas. Y esto último venía, y ya termino, a decir que Elvira Ramos no ha llegado hasta aquí, hasta este púlpito, o público, o pulpito, perdón, decía, que no ha llegado hasta aquí como una persecutora de padrinos, de modas, medallitas, tendencias y trofeos, sino como una lectora voraz, una amante promiscua de las letras y una enamorada fatal de la poesía. Si esta noche la tenemos con nosotros, se debe a alguna suerte de justicia, de karma o de destino. A la literatura, démosle gracias. Amén.














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