blog de Jorge Díaz Martínez

viernes, 24 de junio de 2011

Hoguera de San Juan

 

 
 
 

 
 
 

 

 


 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

Una amiga ha tirado a la hoguera de San Juan tres cartillas del banco. Otra amiga se ha pasado toda la semana escribiendo las notas que esta noche ha arrojado a esa misma hoguera. Continuamente, la gente se acercaba a quemar sus demonios personales, demonios redactados en trocitos de papel cuadriculado. Me imagino a Shiva el Destructor, me lo imagino lector de papelitos: un fuego desdoblando y descifrando incontables ejemplos de una caligrafía apresurada bajo el pulso del alcohol mientras miles de pies van saltando y saltando su humeante cabeza. E imagino un collage, uno que incluya pedazos de todos esos millones de papelitos: las cartillas del banco, la factura (la falta, la fractura) de autoestima, las inseguridades, los cambios de trabajo, el desamor, la rutina, la ruina, los celos, la pereza, la envidia, la amargura, la inercia, las rencillas, los traumas. Y también los objetos: esos viejos zapatos, una caja con fotos o cualquier otro símbolo de una mal digerida decepción.

Y el rito del agua: alguien que desahoga una botella de plástico haciéndola girar mientras alrededor los espíritus chillan agradecidos, enardecidos.
  
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
  
   
   
    
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
  

lunes, 6 de junio de 2011

Midnight in Granada

 
 
 
 
 
 
 
 


 
 
 

 
 
 
 
 El sábado estuvimos viendo la última de Woody Allen, Midnight in Paris. Tenía un mensaje bonito, casi sacado de manual de autoayuda. No me gustó la caracterización de los personajes históricos, caricaturas ridículas, cuya falta de relieve se delataba aún más junto a la elaborada psicología de nuestros contemporáneos protagonistas, por mucho que esa pretendida profundidad se base en su insistencia a lo largo de la producción tragicómica de Woody. Y esto hasta el punto de que, ciertamente, estos protagonistas y secundarios pueden ser considerados simples “tipos”, similares a los del Teatro de Oro, pero propios del genio neoyorkino. Vamos que, caricaturas junto a caricaturas, aquello parecía un teatro de guiñoles. Sin embargo, lo valioso de estos tipos dramáticos de Woody es que efectivamente funcionan como arquetipos tan reales que a uno no le queda más remedio que sentirse identificado en demasiadas ocasiones, muchas veces, más de las que le gustaría. Supongo que la caricaturización de los personajes históricos pretendía desmitificar la imagen del artista, en concordancia con la línea principal del argumento. Pero de nuevo, tenemos que cuando Woody desmitifica, a la vez está mitificando. Reincorpora los mitos a su vulnerabilidad material para resaltar su proeza de ser en un mundo como este, de lo cual salen favorecidos. Mi vecino, que lleva todo el año ensayando la misma escala en un trombón, creo que no pertenece a esa escala, pero he aprendido a escucharlo con gusto,  casi como se escucha una nana. Cuando acaba, me despierto.

El caso es que de nuevo me volví a ver en la pantalla. A veces, echo en falta en mi vida lo mismo que el protagonista de Midnight in Paris buscaba en París. Pero, en mi caso, soy más consciente del autoengaño que esto supone. A la vuelta, me encontré oportunamente con el fantasma de uno de mis pasados, precisamente el de mi particular bohemia literaria granadina, muy bien representada por dos de sus encarnaciones actuales, los señores Fruela Fernández e Ignacio Buhigas. Parecía un guiño del guionista, que me daba la oportunidad de revivir, por una noche, mi nostalgia personal, de la que en esos momentos le estaba hablando a Veronika. Y estuve cerca de seguirles, pero la visualización de un abstemio en el Planta Baja se parecía demasiado a la de un espíritu en pena. Continué de la mano del presente.


Vivo en una burbuja contigo
para protegerme de mi pasado


A la noche siguiente, en cambio, me permití una incursión en escena. Y quién mejor que Max Estrella para completar el reparto. Quedamos en la revolución. Mientras me iba acercando a la Plaza del Carmen, se confirmaba la procedencia de la música. Y, que me perdone el señor Chao, pero aquello parecía una revolución con hilo musical de diseño. Y lo es. A Max, la visión de la plaza rodeada de stands, con las cuatro bocinas en medio y un rubio bailando descalzo, le produjo la misma sensación. Una mujer encantadoramente comprometida nos explicó que ahora las asambleas eran una vez por semana. Decía que había mucho “boicot mediático.” Nosotros sonreíamos y asentíamos con la cabeza mientras me imaginaba, sin ánimo de intentarlo, cómo reaccionaría si le dijera que quienes llevaban a cabo el boicot mediático, sin saberlo, eran ellos, marionetas guiadas por hilos invisibles. Y ella continuaba diciendo que no importaba el tiempo para entrar en un grupo o asistir a una reunión, que ella era madre y vivía en el Zaidín y… Imposible, hubiera sido incapaz de agredir tan tierna dedicación. Le dimos las gracias.

Camino de algún lado, hablábamos de libros y política. Yo creía que estaba en otra calle, pero ahora el Bohemia está en la Plaza de los Lobos. Mi Granada sigue siendo la de hace años. Y me sentí de nuevo como ese personaje que estaba interpretando, como en una película de Woody Allen, cotilleando de libros y escritores, bebiendo chocolate con leche condensada, nata montada y sirope de cacao, mientras una hipocondríaca judía atea y neoyorkina subrayaba los detalles sobre unas paredes cargadas de nostalgia impresa sobre fotos de Cary Grant, Louis Armstrong o Charlie Parker y el camarero tardaba como un cuarto de hora que pasaba volando en venir a preguntar si sabíamos ya lo que queríamos y no pinchaba otra cosa que mítico jazz de New Orleans y aquello más que un café parecía una librería de viejo atestada de ediciones polvorientas de olvidadizos clásicos eternos mientras en las otras mesas iban sentándose mujeres extranjeras que  intercambiaban idiomas y belleza y para colmo un pianista con pinta de pez fuera del agua se puso a improvisar maravillosamente un viejo ragga time sobre el piano que adoran al lado de la barra y sólo faltaba entonces que cualquiera se prendiera un pitillo. Pero claro, había que salir a la puerta a fumar. Nos sentamos en la Plaza de los Lobos, pero antes de salir, Max, la verdadera Max, me dijo que no se podían coger los libros de las estanterías, que estaban todos pegados con pegamento. ¡No puede ser! Sí. Y casi cada libro que vi fui intentando despegarlo, comprobando si no se les hubiera olvidado ponerle a alguno el pegamento, por caridad. Y todo aquello no pudo menos que recordarme a La nueva taxidermia, porque allí es donde estábamos, en una reconstrucción de la bohemia, en una plastificación de la nostalgia habitada por Erasmus y tardobohemios intentando convencerse a sí mismos de estar siendo ellos mismos, pues ante la evidencia de que habría que reponer demasiados y no poco caros ejemplares de nostalgia, se había decidido disecarlos, limitarlos a su lomo. Al igual que en el resto de la sociedad del espectáculo, aquí también la imagen imperaba sobre cualquier otra cosa.

Y ahora, como quien abre de golpe el grifo de la ducha, ahora que acabo de escribir esto.

Y ahora se pone a llover.



domingo, 5 de junio de 2011

Piccolo Mondo

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Tenía 23 años, me estaba haciendo rastas y sabía que el verdadero conocimiento sólo lo da la vivencia, que su versión intelectual es un mero sucedáneo, que la universidad es un negocio y que la mayor parte de las cosas que nos habían vendido como si no lo fueran, las naciones, la historia, la medicina e incluso la ciencia, eran un negocio. Y lo peor es que la poesía también lo era.






Pensaba que la no participación en las estructuras económicas de la sociedad era la única manera de dejar de contribuir al canibalismo, a la explotación occidental del hombre por el hombre. Tardaría todavía un par de años en atreverme a dejar la facultad y mudarme al Sacromonte, pero en ese verano del 2000 tenía que empezar a romper con algo. Probé, junto a unos amigos, a sacar algún dinero recogiendo lechugas en Murcia, pero no se nos veía mucha pinta de jornaleros. Parecíamos más bien unos turistas despistados buscando la playa. Y en la playa acampamos, aburridos de recibir negativas. 




De todos modos, yo prefería la segunda opción. Durante el curso, había conocido a una amiga de mi compañero italiano de piso, una chica de Guadalajara que apareció un fin de semana y con quien me carteaba desde entonces. Mirko me insistía en tono amenazante en que Mamen era una chica muy especial, que no se me ocurriera aprovecharme de ella, que no era como las otras, etc. Y a mí me gustaba picarle, responderle que todo eso me lo decía porque él no había sido capaz de nada con ella. Pero sobre todo me gustaba Mamen. Lo que decía Mirko era cierto, esa chica tenía algo. Tenía, por ejemplo, la suficiente locura como para aceptar mi propuesta de viajar sin rumbo fijo, de ir saltando de ciudad en ciudad, confiados a su teatro y mi didgeridoo. Estábamos encantados. La primera noche la besé. 



Dormíamos muy poco, pero muy bien.
  
   
   
   
   
   
   
  
   
    
   
   
   
   
   
   
   
   
   

LLEGA CON la cara pintada de mimo
a darme, doblado
en papel, un beso.

Y la leo alejarse

    y veo tu cuerpo
 es una flor.

               Y escribo       

 para ti, que meces
 pétalos insomnes
 la arena lleva olas, sal…
 tus senos océanos
 de sol y te adormeces,
 oscilas como un ave
 de alas de luz lenta música esmeralda

y cosas del estilo.

Sobre una página blanda
encarnamos el tópico francés,
como esas algas
que el alquitrán ensucia
y ahora veo en forma de cinta de Moebius.