blog de Jorge Díaz Martínez

miércoles, 20 de abril de 2011

Un poema de Mauricio Valenzuela (1968-1996)

                                                                                                                                         .
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Estando tranquilo y con olor verde
en la tibia tarde del verano,
y el ruido de los aspersores
que entra por mi ventana.
Vamos todos a cantar con BOB
porque nos dejen en paz ya que aunque estamos
locos y no nos peinamos
y no fregamos los platos como es debido
ni nos conformamos nunca con la división entre
placer y deber, ni hacemos nada
como es debido
porque somos bastante inmaduros y no tenemos
sentido de la responsabilidad ni sentido común,
a pesar de todo esto,
nosotros no matamos a nadie, ni perfeccionamos
misiles, ni leemos el "TIMES",
porque para ser policía o presidente se necesitan
cosas que no tenemos y que no sabemos hacer;
además de lo más importante, y es que no queremos
hacer, como por ejemplo ser lógicos y cuerdos
ser cultos y cuervos
ser diplomáticos y cerdos;
cerdos con corbatas y blancas y amplias sonrisas y
comidas de negocios y neveras modernísimas
y vacaciones con camisas floreadas y todos esos
malditos jerseys a rayas que llenan maletas enteras
que pagan sobrecarga en "Iberia" porque "nos
vamos a Marbella".
Y todos los montones de hijos de todos esos seres
despreciables que lo controlan todo
y que están en todas partes
y que van en motos "vespino"
o en la "250",
motos que no se han hecho ellos mismos a mano
precisamente;
no como el amigo Holley que tenía una "Chopper"
hecha con sus propias manos con cacharros
que encontró en los botes de basura que me
servían de Restaurant cuando aún podían
encontrarse restos alimeneticios allí; pero bueno, no
hay problema porque todo está calculado
y previsto con varios millones de VERANOS de
antelación,
y seguro que al final no pasará nada malo y que
todos, tarde o temprano, abrirán sus ojos
como intento abrirlos yo ahora, aunque a veces me
quede medio dormido y me ponga un jersey
rayado y me beba una "Spritte";
y si algo intenta fallar, siempre está ahí Ferlinghetti
y Allen, e incluso Jacky
y hasta el mismo LOCO
y en último caso los BEATLES
o hasta podría ser que Elvis Presley
o Jimmie Dean,
para recordarnos cual es el Camino Correcto
(aunque lo sean todos o quien sabe)





Mauricio Valenzuela (1968-1996)



De: Mauricio Valenzuela, El aprendiz de brujo. Miss peoress poemass, Casa Doce, Chile, 1996.

viernes, 15 de abril de 2011

EL PLACER COMO NECESIDAD





















EL PLACER COMO NECESIDAD


Escribo por placer. Pero no siempre fue así. Obviando las operaciones escolares, mis primeras tentativas poéticas se debieron a una combinación de función emotiva y utilitarismo: eran cartas de amor. En realidad, un plagio, fruto del espionaje fraternal, de otras cartas de amor. Recuerdo la indignación que me causó, poco tiempo después, descubrir que esas cartas que había tan celosamente imitado eran a su vez una imitación bastante fidedigna de las Elegías de Sandua de Ricardo Molina. A pesar de aquella ausencia del original, no dudé en lanzarme a la búsqueda de esa originalidad, experimentando también la necesidad de sincerarme conmigo y con el mundo, aunque en secreto. Un ocultismo que tuvo que disolverse mientras anunciaban por el micrófono que había resultado ganador del premio del instituto y debía salir a recitar, delante de cientos de compañeros, una de mis íntimas diatribas medioambientales. Lo que sigue sería un poco largo y no tenemos tiempo de extendernos, pero creo que esto basta para ejemplificar algunas de las claves que a día de hoy me siguen importando: el sentido de canonicidad, tradición e individualización, la gestión institucional entre lo privado y lo público, o la escritura como un ejercicio que rara vez atiende a una preocupación exclusivamente estética.

Pero, ¿por qué un estilo? ¿y por qué este empeño en el arte? Reconozcamos, en primer lugar, que el arte posee varias raíces. A mí me interesa la que proviene del ritual. Es decir, un ajuste necesario, una reorganización y una dotación de sentido a través de una intensidad inusitada, sea cíclica o puntual, individual o social. Según Hauser, estos procedimientos se vincularon al arte ya durante el Paleolítico. Una estructura semejante, la de reparación, puede verse en el alma de los cuentos populares rusos, como nos muestra Propp. Dentro de esta noción, las elecciones de estilo implicarían, se sepa o no, una filosofía y un posicionamiento que serían, tal vez, sólo diferentes modos de afrontar una misma carencia mitológica.
 
 
 
Jorge Díaz Martínez