blog de Jorge Díaz Martínez

domingo, 5 de junio de 2011

Piccolo Mondo

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Tenía 23 años, me estaba haciendo rastas y sabía que el verdadero conocimiento sólo lo da la vivencia, que su versión intelectual es un mero sucedáneo, que la universidad es un negocio y que la mayor parte de las cosas que nos habían vendido como si no lo fueran, las naciones, la historia, la medicina e incluso la ciencia, eran un negocio. Y lo peor es que la poesía también lo era.






Pensaba que la no participación en las estructuras económicas de la sociedad era la única manera de dejar de contribuir al canibalismo, a la explotación occidental del hombre por el hombre. Tardaría todavía un par de años en atreverme a dejar la facultad y mudarme al Sacromonte, pero en ese verano del 2000 tenía que empezar a romper con algo. Probé, junto a unos amigos, a sacar algún dinero recogiendo lechugas en Murcia, pero no se nos veía mucha pinta de jornaleros. Parecíamos más bien unos turistas despistados buscando la playa. Y en la playa acampamos, aburridos de recibir negativas. 




De todos modos, yo prefería la segunda opción. Durante el curso, había conocido a una amiga de mi compañero italiano de piso, una chica de Guadalajara que apareció un fin de semana y con quien me carteaba desde entonces. Mirko me insistía en tono amenazante en que Mamen era una chica muy especial, que no se me ocurriera aprovecharme de ella, que no era como las otras, etc. Y a mí me gustaba picarle, responderle que todo eso me lo decía porque él no había sido capaz de nada con ella. Pero sobre todo me gustaba Mamen. Lo que decía Mirko era cierto, esa chica tenía algo. Tenía, por ejemplo, la suficiente locura como para aceptar mi propuesta de viajar sin rumbo fijo, de ir saltando de ciudad en ciudad, confiados a su teatro y mi didgeridoo. Estábamos encantados. La primera noche la besé. 



Dormíamos muy poco, pero muy bien.
  
   
   
   
   
   
   
  
   
    
   
   
   
   
   
   
   
   
   

LLEGA CON la cara pintada de mimo
a darme, doblado
en papel, un beso.

Y la leo alejarse

    y veo tu cuerpo
 es una flor.

               Y escribo       

 para ti, que meces
 pétalos insomnes
 la arena lleva olas, sal…
 tus senos océanos
 de sol y te adormeces,
 oscilas como un ave
 de alas de luz lenta música esmeralda

y cosas del estilo.

Sobre una página blanda
encarnamos el tópico francés,
como esas algas
que el alquitrán ensucia
y ahora veo en forma de cinta de Moebius.














 
 
 
 
 

 
 
 

  

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