blog de Jorge Díaz Martínez

lunes, 6 de junio de 2011

Midnight in Granada

 
 
 
 
 
 
 
 


 
 
 

 
 
 
 
 El sábado estuvimos viendo la última de Woody Allen, Midnight in Paris. Tenía un mensaje bonito, casi sacado de manual de autoayuda. No me gustó la caracterización de los personajes históricos, caricaturas ridículas, cuya falta de relieve se delataba aún más junto a la elaborada psicología de nuestros contemporáneos protagonistas, por mucho que esa pretendida profundidad se base en su insistencia a lo largo de la producción tragicómica de Woody. Y esto hasta el punto de que, ciertamente, estos protagonistas y secundarios pueden ser considerados simples “tipos”, similares a los del Teatro de Oro, pero propios del genio neoyorkino. Vamos que, caricaturas junto a caricaturas, aquello parecía un teatro de guiñoles. Sin embargo, lo valioso de estos tipos dramáticos de Woody es que efectivamente funcionan como arquetipos tan reales que a uno no le queda más remedio que sentirse identificado en demasiadas ocasiones, muchas veces, más de las que le gustaría. Supongo que la caricaturización de los personajes históricos pretendía desmitificar la imagen del artista, en concordancia con la línea principal del argumento. Pero de nuevo, tenemos que cuando Woody desmitifica, a la vez está mitificando. Reincorpora los mitos a su vulnerabilidad material para resaltar su proeza de ser en un mundo como este, de lo cual salen favorecidos. Mi vecino, que lleva todo el año ensayando la misma escala en un trombón, creo que no pertenece a esa escala, pero he aprendido a escucharlo con gusto,  casi como se escucha una nana. Cuando acaba, me despierto.

El caso es que de nuevo me volví a ver en la pantalla. A veces, echo en falta en mi vida lo mismo que el protagonista de Midnight in Paris buscaba en París. Pero, en mi caso, soy más consciente del autoengaño que esto supone. A la vuelta, me encontré oportunamente con el fantasma de uno de mis pasados, precisamente el de mi particular bohemia literaria granadina, muy bien representada por dos de sus encarnaciones actuales, los señores Fruela Fernández e Ignacio Buhigas. Parecía un guiño del guionista, que me daba la oportunidad de revivir, por una noche, mi nostalgia personal, de la que en esos momentos le estaba hablando a Veronika. Y estuve cerca de seguirles, pero la visualización de un abstemio en el Planta Baja se parecía demasiado a la de un espíritu en pena. Continué de la mano del presente.


Vivo en una burbuja contigo
para protegerme de mi pasado


A la noche siguiente, en cambio, me permití una incursión en escena. Y quién mejor que Max Estrella para completar el reparto. Quedamos en la revolución. Mientras me iba acercando a la Plaza del Carmen, se confirmaba la procedencia de la música. Y, que me perdone el señor Chao, pero aquello parecía una revolución con hilo musical de diseño. Y lo es. A Max, la visión de la plaza rodeada de stands, con las cuatro bocinas en medio y un rubio bailando descalzo, le produjo la misma sensación. Una mujer encantadoramente comprometida nos explicó que ahora las asambleas eran una vez por semana. Decía que había mucho “boicot mediático.” Nosotros sonreíamos y asentíamos con la cabeza mientras me imaginaba, sin ánimo de intentarlo, cómo reaccionaría si le dijera que quienes llevaban a cabo el boicot mediático, sin saberlo, eran ellos, marionetas guiadas por hilos invisibles. Y ella continuaba diciendo que no importaba el tiempo para entrar en un grupo o asistir a una reunión, que ella era madre y vivía en el Zaidín y… Imposible, hubiera sido incapaz de agredir tan tierna dedicación. Le dimos las gracias.

Camino de algún lado, hablábamos de libros y política. Yo creía que estaba en otra calle, pero ahora el Bohemia está en la Plaza de los Lobos. Mi Granada sigue siendo la de hace años. Y me sentí de nuevo como ese personaje que estaba interpretando, como en una película de Woody Allen, cotilleando de libros y escritores, bebiendo chocolate con leche condensada, nata montada y sirope de cacao, mientras una hipocondríaca judía atea y neoyorkina subrayaba los detalles sobre unas paredes cargadas de nostalgia impresa sobre fotos de Cary Grant, Louis Armstrong o Charlie Parker y el camarero tardaba como un cuarto de hora que pasaba volando en venir a preguntar si sabíamos ya lo que queríamos y no pinchaba otra cosa que mítico jazz de New Orleans y aquello más que un café parecía una librería de viejo atestada de ediciones polvorientas de olvidadizos clásicos eternos mientras en las otras mesas iban sentándose mujeres extranjeras que  intercambiaban idiomas y belleza y para colmo un pianista con pinta de pez fuera del agua se puso a improvisar maravillosamente un viejo ragga time sobre el piano que adoran al lado de la barra y sólo faltaba entonces que cualquiera se prendiera un pitillo. Pero claro, había que salir a la puerta a fumar. Nos sentamos en la Plaza de los Lobos, pero antes de salir, Max, la verdadera Max, me dijo que no se podían coger los libros de las estanterías, que estaban todos pegados con pegamento. ¡No puede ser! Sí. Y casi cada libro que vi fui intentando despegarlo, comprobando si no se les hubiera olvidado ponerle a alguno el pegamento, por caridad. Y todo aquello no pudo menos que recordarme a La nueva taxidermia, porque allí es donde estábamos, en una reconstrucción de la bohemia, en una plastificación de la nostalgia habitada por Erasmus y tardobohemios intentando convencerse a sí mismos de estar siendo ellos mismos, pues ante la evidencia de que habría que reponer demasiados y no poco caros ejemplares de nostalgia, se había decidido disecarlos, limitarlos a su lomo. Al igual que en el resto de la sociedad del espectáculo, aquí también la imagen imperaba sobre cualquier otra cosa.

Y ahora, como quien abre de golpe el grifo de la ducha, ahora que acabo de escribir esto.

Y ahora se pone a llover.



6 comentarios:

Jose Carlos dijo...

Gran post Jorge. La última de Mr. Allen me encantó, y además, haber vivido en París hace poco me hizo recordar grandes momentos y lugares. Y bueno... a la próxima que esté por granada me llevas al Bohemia, que yo tambien quiero intercambiar idiomas y belleza. ;D

Jorge Díaz dijo...

Gracias Jose, te cambio un cromo de Granada por otro de París!

N. dijo...

Porqué no me has dicho que eres poeta..? Me encanta tu blog!

Jorge Díaz dijo...

Lo di por sobreentendido.

Muchas gracias, N!

Natalia dijo...

Hola Jorge,
Estaba pensando.... Y me gustaría intentar y traducir tus poemas...

Jorge Díaz dijo...

Genial, Natalia, si te parece lo hablamos por facebook, abajo está el enlace a mi página.