blog de Jorge Díaz Martínez

lunes, 16 de mayo de 2011

LA POESÍA COMO COMPETICIÓN



   Foto Pol Punto R
 


LA POESÍA COMO COMPETICIÓN

El ajedrez y el fútbol participan de una misma lógica: el mítico enfrentamiento entre dos bandos que compiten por alcanzar una posición. En el fútbol, es una posición estática, mientras que en el ajedrez es dinámica. Pero, a fin de cuentas, el rey y la portería funcionan de la misma manera, son “la meta”. Dicho objetivo articula todo lo demás y de él depende también la dimensión narratológica del juego, lo cual se hace evidente en la crónica deportiva, donde con frecuencia se retrata al adversario en forma de antihéroe -y, en la práctica, funciona de manera similar, aunque sea como marca “a batir”. Es decir, tanto el deporte como la narrativa popular reproducen la competencia y la lucha entre iguales por la supervivencia, los recursos o como medio de superación. No es extraño que la misma dinámica rija también la cultura. El famoso vídeo de los Monty Python, donde filósofos alemanes se enfrentan en un partido de futbol contra filósofos griegos, no deja de tener, como todas las bromas, una parte de verdad. La historia de la filosofía puede (¿debe?) entenderse como el resultado de un enfrentamiento continuo entre ideas antagónicas que se reproducen generación tras generación. Y, si hacemos caso a Bourdieu, cuya obra más conocida se titula precisamente Las reglas del arte, en alusión a “las reglas del juego”, esa competición se libraría también en un terreno mucho menos ideal: al igual que en la lógica posicional del ajedrez o del fútbol, el objetivo de los productores culturales sería ocupar un espacio, alcanzar una situación, lugar o colocación en el sistema, en este caso la posición central, ya sea a corto o a largo plazo. Pero los propios productores pueden verse como simples medios de llevar a ese lugar predominante determinados modelos poéticos que, al igual que las ideas filosóficas, se transmitirían de generación en generación. Con la peculiaridad de que estos “peones” pueden hacer uso de cualquier procedimiento, más allá de la escritura de textos, para acercarse a la meta. En principio, triunfaría aquel a cuyo lanzamiento, carrera o salto se le reconociera más valor, pero, como en el deporte, como en la vida, los jugadores también pueden engañar al árbitro. Sin necesidad de recurrir a comparaciones deportivas, el carácter competitivo de la literatura se evidencia en algunos de sus ritos más arcaicos, como las justas poéticas, los juegos florales, los certámenes y concursos o las antologías. Incluso podría decirse que el adolescente empeñado en lograr un poema memorable compite por situar su escritura en una tradición, es decir, por elevarla hasta un grado. O, hasta si no tiene más intención que la de dejar oír su voz, de una u otra manera estará “tomando partido” y “posicionándose” respecto a un estado de cosas. Por eso, y de hecho, la poesía es una competición implicada en el conjunto de competencias de la realidad. En nuestras sociedades se tiende a percibir también la propia vida como un deporte con unos objetivos que cumplir, aunque esos objetivos consistan simplemente en la felicidad o en la ausencia de infelicidad, lo que nos planta de nuevo ante una estructura bipolar, ante la narración ancestral en la que hay que ingeniárselas para solventar los obstáculos que median entre el yo y su realización o, como diría Propp, su boda con la princesa. Para Bourdieu, la “princesa de la poesía” no sería otra cosa que la cúspide en la jerarquía de los modos literarios o, al menos, la posición central en uno de sus estratos, ya sea en vida o póstumamente. Pero ni la literatura ni la propia vida tienen por qué consistir en una competición, ni siquiera en una competición contra la infelicidad, ni siquiera contra uno mismo.


     
   
        

3 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Por desgracia completamente cierto. Quizá la competición esté en lo más hondo del hipotálamo, yo qué sé. Serán las reminiscencias de la lucha por el territorio, por el alimento, por la descendencia... Siempre luchando contra, siempre enfrentándonos a..., es cansadísimo, y doloroso cuando eres derrotado.
Gracias por este texto

Anónimo dijo...

Creo que la competitividad, ni siquiera estando en la cúspide, otorga felicidad, es un error.

Anónimo dijo...

Holla su espacio online es muy trabajado,esto es la tercera vez que vi tu website, muy informativo!
abrazo